31
E l Valle de la Tierra había sido reconstruido a medias.
Lo que antes parecía precario, ahora lo era todavía más.
El ataque del linaje del aire había dejado cicatrices: estructuras derruidas, caminos convertidos en barro y claros abiertos en zonas donde antes la vegetación era impenetrable.
Aun así, la selva permanecía intacta, como un corazón verde que seguía latiendo.
La humedad del follaje envolvía el aire, y la tierra, fresca y tierna, cubría casi todo el suelo con un aroma profundo.
Aterrizamos en el patio principal, justo frente al palacio de Calyssa, cuya fachada de obsidiana y oro se conservaba en un esplendor frío e imperturbable.
Las querubinas de la tierra se acercaron, atraídas por el ruido, y noté cómo el primer destello de curiosidad moría al instante en sus pupilas.
El terror las inundó al verme descender del lomo del volcrán y la visión de mi cuerpo mutilado —incompleto, sangrante, roto— les arrancó un jadeo ahogado.
¿Cuánto tiempo habrían permanecido a la deriva, solas?
El combate era un concepto ajeno a ellas.
Yo las había protegido cada día de sus vidas y Calyssa siempre había sido el muro de basalto que absorbía cualquier ataque.
Esperaba que, en mi cansancio, en mi humillación palpable, mis hermanas pudieran leer mi feroz resistencia a volver.
De primeras, mi cuerpo se tensó en una negación muda, ante la idea de que tomaran a Lummina y la apartaran de mí.
Sin embargo, en cuanto Calyssa alzó una ceja, en ese gesto mínimo que delataba mi apego, me obligué a disimular.
No podía dejarle ver lo importante que era para mí, o la usaría en mi contra.
Era consciente de que la llevarían a un aposento seguro del palacio, un refugio donde podría sanar y recuperar sus fuerzas. Faraine, que había viajado con nosotros, se aferró a mí, queriendo seguir mis pasos. Me encogí a su altura, atrayéndola con una mano temblorosa, para susurrarle al oído.
—No, Trucha. Ve y quédate junto a Lummina.
Tu única misión ahora es cuidarla, ¿me oyes?
Y si algún intruso se acerca demasiado, si tienes que arrancarle un ojo, busca un arma.
Sé que hay un arsenal en un baúl de oro absurdo, en el primer piso de este palacio, ahí verás una ballesta. ¿Lo entiendes bien?
—Sí, yo voy a cuidarla —aseguró, cargada de determinación infantil, pero cuando me fijé en sus manos, casi tan agrietadas como la vez que la llevamos hasta Riorense, me llené de preocupación.
Miré de reojo a Calyssa. Dictaba instrucciones a una de las pequeñas querubinas y le entregaba un colgante con un diminuto contenedor con un líquido esmeralda brillante. Eran extractos de su iridia, los había visto antes, cuando curaba a Fiora tras sus entrenamientos.
—No te separes de ella, por nada del mundo.
—No lo haré —prometió La Trucha, pero su mirada la traicionó al desviarse hacia mi pie inexistente—. Hermano, ¿eso no te duele? ¿Tu pie?
—¿Cómo podría dolerme si ya no lo tengo? —intenté una broma con la sonrisa más forzada que pude. El regalo de su breve sonrisa bien valía el esfuerzo.
Por supuesto que dolía. El torniquete, tan brutalmente apretado que estrangulaba mis venas, solo disminuía el sangrado, pero no erradicaba el agudo dolor.
El viento, como un alma en pena, corría desbocado sobre el paisaje devastado.
El clima se había vuelto una locura febril, una sinfonía de desorden desatada por la Segunda Trompeta.
O tal vez era Nylena —la furia encarnada—, tejiendo las corrientes con desesperación, recorriendo el mundo en busca de su amada perdida.
No tardaría. Pronto, el rastro de orquídeas y lavanda alcanzaría sus sentidos, y vendría a reclamar a Lummina.
Si era honesto, lo prefería así. Prefería mil veces que fuera ella, antes que verla bajo la gélida protección de Calyssa.
Calyssa. La serafina impoluta, ahora sostenía una manta en sus brazos, con mi pie envuelto dentro de ella.
Su mirada, llena de una suficiencia fría y victoriosa, se encontró con la mía.
Cuando la observé de vuelta, una sonrisa lenta se dibujó en sus labios y me hizo un gesto imperioso para que la siguiera.
La orden resonó en mi mente como un eco de antiguas sumisiones.
Volví a mirar a Faraine y le acaricié la cabeza para despedirme.
Una querubina de cabello castaño y estatura similar a la de La Trucha la tomó de la mano e hizo que la siguiera junto a las otras niñas que cargaban a Lum.
Así, dejando a las dos primeras mujeres que había amado en este mundo en los brazos inciertos de las querubinas de la tierra, me volteé.
El dolor fue un motor: invoqué la fuerza del suelo tierno del Valle.
Una gruesa columna de basalto, aún caliente por la fricción de su ascenso, erupcionó a mi lado, y la tomé como un bastón.
Con esa nueva muleta de piedra bruta, cojeé tras mi madre.
i
Una vez dentro, me acerqué a la ventana sin vidrio, aquella que siempre dejaba pasar el aire fresco cargado del olor a sal.
Desde ahí, el océano se extendía sin obstáculos, ondulando bajo un cielo despejado, como si el desastre no hubiera tocado su horizonte todavía.
La estancia en la que me encontraba, esperando en secreto algún desastre de Hilaris que viniera a arrasar con todo, resultaba ser la ventana más grande de todo el palacio.
No era un detalle casual, era la habitación de Calyssa.
El ojo me temblaba, una fibrilación nerviosa que no cesaba, aun en ausencia de ella.
No era necesario tenerla cerca; su esencia, densa y sofocante, impregnaba cada rincón de la habitación.
Me sentía envuelto por ella, de forma perpetua.
No habían sido los golpes ni los azotes, ya lejanos, los que me provocaban ese terror mudo.
Era la calma.
La puerta se deslizó con un sonido grave. Me giré hacia su figura, sin entusiasmo ni desafío, solo con el cansancio de quien sabe que el mismo juego de siempre acaba de empezar.
—Listo —masculló, con una indiferencia helada, como si continuara una conversación cotidiana— . El corte es perfecto. Procederemos a la unión.
Llevaba el pesado fardo en sus brazos. Al hincar la rodilla en el frío mármol, señaló el lugar: quería que colocara el muñón sobre su regazo.
—¿Y por esto debería agradecerte? —mi pregunta destilaba un cinismo amargo.
—Silencio, de una maldita vez, y permite que haga lo que tengo que hacer. —Su voz era un látigo templado—. Si quedas así, serás inútil en la guerra de los serafines.
—¿Y qué diferencia hay? —solté, mordaz—. Creí que ser inútil era mi único rol para ti, aun antes de perder mi pie.
Ella exhaló.
—Te equivocas, Caru. Has sido mi más preciado instrumento durante toda tu vida.
Me devolvió la mirada con ese orgullo tóxico que me era tan familiar.
Con un movimiento grácil, se puso de pie, luego tomó mi rostro entre sus manos y se inclinó, buscando besarme en los labios.
Me eché hacia atrás en un espasmo instintivo, pero luego, como siempre, mi cuerpo traicionó a mi voluntad y me quedé paralizado.
—Abre tu condenada boca, ¿quieres? —siseó. El susurro era un mandato y la presión de sus dedos casi dolía.
—Hay… hay algo que me gustaría saber —logré articular. Ella rodó los ojos, me soltó y comenzó a pasear por la inmensa habitación.
Al caminar, se despojó de la capa que ocultaba su figura.
—¿Qué hacías infiltrada en Markadiel?
Ella se mantuvo en la misma postura, con una sonrisa que intentaba pasar por inocente.
La piel pálida de mi pie empezaba a teñirse de rojo a medida que la sangre volvía a circular, y decidí dejar de prestarle atención.
—Fui a buscarte —respondió, con un tono melifluo.
—Sí... y una mierda —siseé en respuesta.
—¿Desde cuándo te crees con derecho a hablarme en ese tono?
—Desde que has cruzado la jodida línea conmigo —murmuré con la voz ahogada, convencido de que la distancia era suficiente para que no me oyera.
Pero mi desafío se desmoronó. Me callé de golpe cuando la vi volver a acercarse.
Sentí la humillación al encogerme de forma involuntaria bajo su altura imponente.
Era un estúpido, un cobarde que temblaba frente a ella.
Apreté los labios hasta que dolieron y hundí los puños en la tela de mi ropa, intentando retener algo de control.
Ella se detuvo a medio paso y su sombra cayó sobre mí. Su voz bajó a un registro peligroso, casi un ronroneo:
—Piensa bien, Caru. ¿A qué cosas suelo prestarles atención?
Y aunque la pregunta parecía una confesión, alcé una ceja, confundido. Conociendo a esa mujer, a esa criatura de ambición helada, sabía que jamás prestaba atención a nada que no pudiera exprimir o que no le fuera útil de alguna manera.
—¿Venías a hacerte con los volcranes? ¿Para inflar las filas de tu ejército en la Guerra de los Serafines?
Quizá lo que buscaba era vengarse de Nylena, irrumpir en el Nido del Viento y cobrar cada afrenta infligida al Valle. Los volcranes eran perfectos para la movilización aérea, ese territorio implacable que Aestus dominaba por completo.
—Quizá. —La palabra se sintió como una burla.
Me tomó del brazo y me jaló sin esfuerzo. En un instante, me vi tendido sobre su lecho inmenso y ella se colocó sobre mí, usando su peso para asfixiarme.
No era pesada; la carga era el resultado de su malicia y su poder. Ella sabía manipular la gravedad, usándola como un yugo para multiplicar su fuerza y aplastar la mía.
—Estás siendo un maldito aburrido. ¿Qué te ha hecho esa trono, Caru? Estás distinto. No me gusta. Me dan ganas de volver a marcarte y sacarte todas esas nuevas ideas de la cabeza de la forma que mejor conoces.