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C alyssa permaneció inmóvil, como una estatua de malicia en medio del caos, sin ser tocada por los markadienses que huían despavoridos. Sus ojos no se apartaron de mí ni un instante, pero su mirada ya no me importaba.

Caminé a contracorriente de la turba aterrorizada, abriéndome paso a empujones para llegar al pie del patíbulo. Lummina seguía allí, aferrada a Faraine con intensidad, como si se consolara más a sí misma que a la niña a la que acababa de salvar.

Desde mi posición, el rostro de Lummina era una máscara de culpa y terror.

Estaba helada, con la expresión contraída, como si su mente estuviera atragantándose con la magnitud brutal del asesinato que acababa de cometer.

Miraba fijo hacia el frente. Su vista estaba clavada en un punto inexistente, con el cuerpo sin cabeza del verdugo yaciendo a un costado por las patadas de la multitud mientras escapaba.

Fue entonces cuando un sonido se impuso sobre la muchedumbre, un graznido estridente y claro, resonando y acercándose con una velocidad alarmante.

—¡Lummina! —grité con urgencia cuando recibí la ráfaga de viento hirviente.

Me agaché justo cuando el primero de ellos sobrevoló la plaza con un graznido ensordecedor y se llevó a un hombre que acababa de rebasarme.

Empecé a arrastrarme a cuatro apoyos hacia Lummina mientras esas aves carnívoras se lanzaban en picado a atrapar cualquier señal de vida que encontraran en tierra firme.

El aire se llenó con el sonido gutural de sus alas y el chillido de las víctimas.

En ese instante crítico, una rama fortificada se enroscó con la fuerza de un lazo alrededor de mi tobillo. Al desplomarme, me giré en busca de la causa. Allí estaba Calyssa, con la maldita planta entre las manos, la misma de la que había nacido la rama que ahora me reclamaba.

—¿A dónde crees que vas, Caru? —me interrogó con una media sonrisa—. Vas a volver conmigo.

—Suéltame —siseé entre dientes, forcejeando para librarme de su agarre.

—¿No te gusta el Teryndil? Es una planta grandiosa... Yo misma la creé.

Tiró de mí con una fuerza sorprendente y me arrastró sobre la tierra áspera hasta que estuve a centímetros de ella. Acto seguido, se me subió encima, aplastando mi torso con el peso de su cuerpo y robándome el aliento que no se habían llevado los volcranes.

—¿Por qué te quedas callado? —Su voz era un ronroneo bajo—. ¿Acaso no crees que esta planta es mi creación?

Los volcranes seguían su carnicería, arrancando humanos de la tierra de Markadiel.

La gente corría buscando refugio en cualquier sombra, pero era inútil: las bestias tenían picos tan largos que alcanzaban hasta los rincones más estrechos.

Solo escuchaba los gritos apagándose mientras las figuras eran izadas hacia el firmamento.

—Respóndeme. Sabes que no me gusta esperar, Caru —insistió, sujetándome las mejillas con sus dedos con una presión dolorosa.

De pronto, algo la apartó de mí con brusquedad. Calyssa desapareció de mi vista y por fin pude inhalar una bocanada de aire sin el peso aplastante de su cuerpo sobre mi pecho.

Al girarme en el suelo, vi a Lummina montada sobre ella, con las manos aferradas a su cabello y una furia que se desbordaba en gruñidos tan salvajes como los del volcrán que, a pocos metros, forcejeaba con un humano que se aferraba desesperadamente a un farol para no ser arrastrado.

—No vuelvas a tocarlo en tu puta vida —le gruñó Lummina. Con una voracidad que jamás le había visto, azotó la cabeza de la serafina de la tierra contra el suelo de la plaza.

—No… —susurré.

No me asustaba la Lummina guerrera que tenía delante; me aterraba que estuviera ocurriendo lo que yo más temía.

Las raíces que me mantenían cautivo reaccionaron. Se estiraron como látigos vivos para atrapar a Lummina también. Sin piedad alguna, las ramas se cubrieron de espinas que se le clavaron en la piel. Lummina soltó un quejido de agonía y solo entonces liberó el cabello de la serafina.

Calyssa se incorporó de inmediato, con una indignación evidente e intentando recomponer su orgullo hecho añicos tras la humillación.

—Pero, Lummina, ¿qué se supone que te ha pasado en todos estos años? —preguntó, rodeándola mientras se arreglaba el cabello desordenado—. Te crié, te vi crecer... Incluso fui yo quien sugirió a tu madre que te escogiera como trono. Maldita ingrata —escupió, encendida de furia.

Lummina, a pesar de las espinas que la sujetaban, la enfrentó con la mirada:

—Me da igual que me hieras, Calyssa. La persona que me crió y me eligió, a la que tú te refieres, no tiene nada que ver contigo. Ella jamás habría hecho sufrir así a sus hijos e hijas.

—Estar tanto tiempo entre los humanos te ha confundido al punto de llamar hijos a quienes son nuestro ejército —replicó Calyssa, alzando las manos para convocar a las aves rapaces que, en el turbio cielo, parecieron entender la señal a la perfección—.

Así como también has olvidado que, en una jerarquía, quienes insultan y agreden a la cúspide, pagan.

Los animales eran tan enormes y grotescos que, incluso erguidos sobre sus dos patas, superaban la altura de Calyssa, y eso que ella siempre llevaba calzado de tacón tan alto que parecía una extensión ósea de sus propios pies.

Quise incorporarme de inmediato, intuyendo con terror lo que iba a sucederle a Lummina, pero la raíz se aferró a mi talón con fuerza redoblada, apretando con la misma intensidad con la que yo tiraba para liberarme.

Solté un quejido ahogado cuando una de las espinas me perforó la piel.

Sin embargo, el dolor físico se desvaneció al instante en cuanto los volcranes descendieron en picada y sus sombras gigantescas cubrieron la plaza. Iban directo hacia Lummina.

Entre aquella maraña de garras no pude distinguirla, pero sabía que estaba ahí, luchando contra ellos.

Confié en su fuerza, hasta que el cielo se cubrió con demasiadas aves que caían como flechas, con picos de obsidiana y ojos vacíos.

No necesité ver los hilos rojos de sangre tiñéndole el cabello blanco, me bastó con imaginarlo para que, con una furia imperiosa, me volviera contra el sarmiento que me aprisionaba.

Hundí los dedos en la tierra para tirar de la raíz que me apretaba cada vez más.

Grité el nombre de Calyssa, escuché los alaridos de Lummina y me pregunté por qué no había sido yo.

Un jalón seco en el talón me hizo retroceder, la raíz se retorcía como una serpiente viva.

Era un brazo de la tierra, un grillete vegetal.

El corazón me martillaba, las alas de esas bestias aullaban sobre mi cabeza, y yo seguía ahí, atrapado.

Me giré, me apoyé en un codo y tiré de mi pierna con toda la fuerza que me quedaba. Un chasquido. Un dolor agudo. Aun así, la maldita raíz no me soltó. Logré cerrar los ojos para concentrarme en la raíz bajo mi agarre y tras sentir la descarga de mi poder, la corté.

Cuando recuperé la consciencia, estaba a un costado de Lummina.

Su piel estaba hecha jirones, como si las aves hubieran querido esculpir el tormento sobre ella.

Tenía los ojos entreabiertos, perdidos en un lugar donde yo no existía.

Sangraba por los brazos, por el cuello, por las costillas que asomaban como ramas secas a través de un vestido hecho trizas. Pero seguía respirando.

No lo pensé: me lancé sobre ella, cubriéndola con mi cuerpo como un manto.

—Ya, ya… estoy aquí. No más.

Para mi sorpresa las aves retrocedieron cabizbajas, como si me debieran el mismo respeto que a Calyssa. ¿Sería mi linaje de la tierra lo que las controlaba? Escuché los inconfundibles pasos de la serafina acercarse.

Noté que miraba directo hacia mi pie y, al hacer lo mismo, vi que mi extremidad ya no estaba.

Fruncí el ceño, más confundido que alarmado.

A unos metros, entre la hierba pisoteada y las plumas arrancadas, yacía algo que no reconocí de inmediato: pálido, sucio…

con la forma inconfundible de un pie. Un pie que, por un absurdo instante, creí que no era mío.

Solo cuando el vacío en mi cuerpo pareció encajar con esa pieza distante lo creí.

—¿Es en serio? ¿Desperdiciarías tu cuerpo por una trono descartada? —preguntó Calyssa, con un tono que no pude comprender. ¿Era molestia? ¿Burla? Toda mi atención seguía fija en Lummina, que acababa de toser y un hilo de sangre le manchaba la barbilla.

Me estiré, le limpié el rastro carmesí con el revés de mi mano y enfrenté la mirada de mi madre.

—¿Cómo has podido? —Apreté los dientes, la pregunta era un latigazo ronco de rabia. Tenía ganas de que notara mi odio, aunque temía hacerla enojar y que volviera a lastimarla.

—Tal vez fue porque me azotó la cabeza contra el suelo… por si no lo viste, o no quisiste verlo.

Solté un suspiro pesado y sentí una pequeña mano aferrarse a mi camisa. Era Faraine, me había olvidado de ella por unos minutos.

—Tal vez lo merecías —murmuré.

—Con que así, Caru. Arréglatelas solo, como siempre has creído que puedes.

Oí el crujido de sus pasos alejándose, abandonándome. Me dejaba allí, prisionero de la tierra entre el aullido hambriento de los volcranes y la figura de la mujer que yo adoraba, ahora magullada y sangrando. La desesperación me clavó al suelo, ni siquiera podía ponerme de pie.

Sentía el pulso doloroso de la raíz y el escozor de la herida abierta en mi tobillo.

Sabía que, si no improvisaba un torniquete, el mareo solo iría en aumento y la consciencia me fallaría.

Miré a Faraine quien, muda, estaba sentada al otro lado de Lummina.

No parecía herida por los volcranes, quizá Lum la había logrado apartar a tiempo.

No tenía otra opción.

—Calyssa. Espera.

Pisoteé mi orgullo en esas dos palabras y el impulso de llorar me anegó los ojos. Sentí la humillación hasta la médula.

Ella se detuvo. Aunque no podía verla, supe por su silencio que estaba sonriendo.

—¿Qué pasa? ¿Acaso me necesitas?

Me giré para mirarla. No tenía ganas ni fuerza para pedirle ayuda, pero la visión de Lummina indefensa, el volcán ominoso en el horizonte y los volcranes que aún babeaban de hambre al verla me forzaron a la verdad.

—Solo… ayúdame —susurré la palabra más amarga que había pronunciado en mi vida.

Calyssa alzó la mano. Un volcrán descendió de inmediato. La bajó y el animal, ese monstruo grotesco y sangriento, se inclinó dócil ante ella. Nos llevaría al Valle de la Tierra.

Sentí a Lummina gemir con debilidad bajo mi cuerpo y el tiempo pareció encogerse, forzándome a la decisión. No podía rechazarla. Mi madre, con toda su oscuridad y profunda contradicción, era la última esperanza que le quedaba.

— Mierda —murmuré con amargura. Bajé la cabeza en señal de derrota cuando Calyssa se acercó a Lummina.

Apreté la mano en un puño con tanta fuerza que mis uñas se me enterraron en la piel.

—Así es como me gustas, Caru —dijo, con la satisfacción destilando en cada sílaba.