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A l salir de aquel reducto claustrofóbico que parecía haber servido de calabozo improvisado para Faraine, los cuatro hombres no me escoltaban; me arrastraban.
Sus manos, enfundadas en guantes de cuero negro, se aferraban a mis brazos con severidad, la misma rigidez con la que parecían juzgar a todo el mundo.
El mero contacto era una ofensa, tuve que sofocar el impulso primario de escupirles en la cara, de inyectarles una dosis de pánico.
Me pregunté si acaso serviría, pues había sido sometido a la minuciosa inspección de aquel médico de Markadiel hacía apenas unas horas.
Su veredicto fue claro: no había enfermedad en mí.
Mis latidos eran fuertes y mi piel, a pesar del maltrato y el sudor, mantenía un aspecto saludable.
No tenían motivos para matarme, a menos que las razones fueran tan retorcidas e ilógicas como el miedo que destilaba su vigilancia.
Fuera del cuartel, donde había un desierto miserable, también había manchas de sangre en el suelo árido. Me preguntaba qué clase de batalla se había montado en mi ausencia. Lo bueno era que, como deseaban cuidar sus retinas, habían limpiado los cuerpos de enfermos y de heridos.
Fui empujado entre las rejas que rodeaban la fortaleza de la guardia civil.
Bajé la cabeza durante todo el camino, hasta que una especie de bullicio llamó a mi consciencia al presente otra vez.
La luz me recibió con el golpe de un tumulto furioso.
La calle era un hervidero de rostros crispados que clamaban venganza, no solo contra la enfermedad, sino contra los chivos expiatorios que la habían «importado».
Era la solidaridad más tóxica: unirse para odiar.
La escena era grotesca. Muchos llevaban todavía la máscara animalesca de la noche anterior, los vestidos de fiesta arrugados, el maquillaje cargado y corrido.
La contradicción dolía. Venían de celebrar, pero ahora buscaban una víctima.
Y mientras el pánico dictaba distancia y aislamiento, estaban hombro con hombro, respirando el mismo aire viciado, ignorando la amenaza del virus que decían combatir.
Gritaban contra la crisis, pero eran el peligro en sí mismos.
Si les atenazaba el miedo a la enfermedad, ¿por qué se habían congregado en esa plazuela?
No eran el ideal puro que me habían forzado a creer, el que Lummina defendía o el que El Zorro vendía con tanta convicción.
Los humanos no eran perfectos, no podían serlo.
Estaban ahí para presenciar el sufrimiento ajeno, la muerte exhibida en su forma más descarnada, y querían absorberla sin siquiera parpadear.
Me disocié, como solía hacerlo ante espectáculos de muerte.
Uno a uno, los líderes de Markadiel subieron al patíbulo para vomitar discursos en su lengua del oeste.
No necesité un traductor, me era irrelevante entenderlos.
Eran desvaríos vacíos, el mismo estruendo de estupidez de siempre: debemos condenar a quienes pretenden hacer caer nuestra aldea con esta enfermedad .
Esperaba que La Trucha fuera la última en desfilar, como un final dramático, pero apareció la primera. Era una declaración brutal: querían enviar un mensaje inmediato a los markadienses. Ella, y solo ella, era la única y gran responsable de la epidemia. ¿Por qué? ¿Por cómo lucía su piel?
Me dolió verla allí, vestida todavía con su atuendo de lobezna. Apenas unas horas antes, esa misma tela había ondeado mientras bailaba con alegría sincera para honrar al mismo pueblo que ahora se disponía a ahorcarla.
Distraído del horror central, mis ojos se deslizaron hacia el horizonte, hacia la silueta ominosa del volcán activo de Markadiel.
Agudicé el oído, buscando una confirmación, y la encontré: un batir de alas.
Las criaturas voladoras, vetadas en esta civilización por su inherente violencia, rodeaban el altiplano en círculos.
Sabía que los volcranes vivían en esos cráteres, aunque huyeran despavoridos ante el menor indicio de erupción.
Y yo, aunque nunca había conectado con el centro de la tierra para provocar un estallido, sabía que podía hacerlo.
Me habían entrenado para retos de una dificultad mucho mayor, había superado momentos de una complejidad que superaban con creces lo que estaba a punto de hacer. Podía hacerlo. Era la única salida.
—No puede ser. Es solo una niña. ¿Qué tienen en la cabeza? —El susurro, cargado de horror genuino, llegó desde una voz femenina justo a mis espaldas.
— Mek hai la veh —replicó otra mujer, más joven y con un tono de advertencia—. Mamá, silencio.
— Mi lak , no puedo creer que sean tan crueles.
Tragué saliva, intentando amortiguar el sonido de su conversación para concentrarme.
Si de verdad había tanta repulsión, ¿por qué no hacían nada para detenerlo?
Recorrí los rostros desconocidos de los markadienses que me rodeaban.
Encontré miradas aterradas, de indignación muda, de tristeza y profunda compasión.
Lo sentían. Sin embargo, a pesar de la revuelta de emociones, ninguno se atrevía a romper filas para detener el macabro espectáculo.
Esa cobardía colectiva, esa parálisis moral, fue la gota que colmó el vaso. En ese instante, me dio igual si morían con mi plan.
Cerré los ojos y me conecté con el calor primigenio asentado a miles de metros bajo la corteza. El sedante, irónicamente, resultó ser el catalizador perfecto; me dio una concentración absoluta.
Sentí la lava fluir por las venas de mi cuerpo, una respuesta cálida y palpitante. El fuego interior del volcán vibró, una réplica palpable en mis propios huesos.
El primer graznido de una criatura voladora resonó a lo lejos, alertando a sus compañeras de la inminente erupción.
Mi mente proyectó la imagen: el magma rompiendo los bordes.
Escuché el rugido interno de la lava ascendiendo.
De pronto, el humo que emanaba del cráter se ennegreció, una columna de monóxido ascendió en cantidades monstruosas.
Dejé de escuchar a los humanos. No podía saber si ya habían colgado a Faraine, si la soga ya rodeaba su cuello. Solo me importaba una cosa: apresurarme.
Cuanto antes provocara la explosión, antes los volcranes descenderían en estampida. Se llevarían provisiones —alimento, cuerpos humanos — para su migración forzada. Y los pocos que escaparan a la cacería sucumbirían después ante la erupción.
El plan estaba listo.
La conexión con el magma era casi total cuando el caos irrumpió a mi alrededor, un caos que no había anticipado.
No fue la turba, sino un grito ahogado el que me obligó a abrir los ojos.
Me empujaron con violencia, la gente se apartaba, aterrorizada, de un joven que se retorcía en el suelo como un pez moribundo, con las manos aferradas a su garganta.
Sus labios y la piel circundante se teñían de un cobalto intenso, el color inconfundible del veneno que cortaba la respiración.
Di un paso atrás sin quitarle los ojos de encima. ¿Un enfermo se había colado en la ejecución? La pregunta se desvaneció al instante, reemplazada por un horror mayor: vi a un individuo encapuchado parado sobre el moribundo, sosteniendo una mata de hojas de un rojo enfermizo.
Mierda, ¿eso es... ?
Mi pensamiento se paralizó.
Justo cuando mi atención se fijó en él, el encapuchado se deslizó la capucha hacia atrás. La luz cruda de la plaza reveló los cuernos curvos que enmarcaban un rostro conocido y su cabello oscuro cayéndole sobre los hombros.
Calyssa.
Me sonreía. Tenía esa expresión de orgullo calculado, como si yo no fuera más que una pieza en su macabro tablero. Me quedé helado, el terror que me inspiraba era un bloque de hielo en el pecho. Olvidé por completo lo que estaba haciendo.
La conexión con el volcán se rompió de golpe y sentí como la energía ardiente se retiraba de mis venas. Arriba, en el cielo, los volcranes se dispersaron, sus graznidos ahora eran de confusión, no de advertencia.
Solo existía ella. Solo podía ver a mi madre, Calyssa. En sus manos, estaba la planta que yo había creado, la misma que había infestado el refugio de Nylena y que ahora enfermaba a los humanos.
Todo regresaba a mí.
Los hombres tiraron de mí para marcharnos, pero me percaté de que la ejecución no se había detenido pese al caos.
Los verdugos le ataban el cuello a la niña del agua, lista para el tirón que acabaría con su aliento.
Sin el rugido del volcán, sin el pánico de la erupción, todo estaba perdido.
No podría salvarla. La visión de Faraine, La Trucha, a segundos de su muerte, disolvió el terror que me inspiraba Calyssa.
Un grito de puro instinto de supervivencia desgarró mi garganta. Saqué fuerzas de la rabia y mis brazos se separaron de sus guantes con un brusco tirón y, por un instante, fui libre.
—¡Vámonos! ¡La enfermedad está más cerca de lo que crees! —rugió el bigotudo, sin ceder en su intento de arrastrarme lejos del patíbulo—. ¡Ella ya no tiene esperanza!
Seguí forcejeando con una desesperación bruta contra los hombres, mientras la sonrisa burlona y triunfal de Calyssa, que se había infiltrado en la aldea sin que nadie la notara, se clavaba en mí como una estaca.
Justo en el instante en que sentí que mi voluntad se quebraba bajo el peso de la derrota, un relámpago cian desgarró la cúpula celeste, luego un trueno ensordecedor rugió, haciendo vibrar la tierra bajo mis pies.
Y, para el asombro paralizante de todos, la cabeza del verdugo de la horca se separó con un corte limpio de sus hombros.
La vi elevarse en un tétrico giro, su expresión final de sorpresa congelada, para luego rodar pesada por el suelo, hasta detenerse justo a mis pies.
El silencio que siguió a la decapitación duró solo un par de segundos.
Luego, el pavor más primario sembró el caos.
La multitud, hasta entonces morbosa, huyó despavorida entre gritos histéricos y empujones ciegos.
Yo, en cambio, permanecí inmóvil. Estaba hipnotizado por la cabeza inerte a mis pies, por la mirada de aquellos ojos que aún destilaban la sorpresa brutal de la muerte.
Cuando alcé la vista, encontré a Lummina.
Ella había sido la responsable del acto.
A su costado, la espada dorada con la que había cometido el asesinato brillaba con la intensidad de un astro recién forjado.
Con una calma aterradora, la envainó y, en un gesto protector, rodeó a Faraine con sus brazos.
El eco de una trompeta apocalíptica se elevó: un sonido grave que resonó en el corazón de cada ángel y criatura celestial.
Una risa estridente y desquiciada rompió el tenso silencio de la plaza. Era Calyssa, mi madre. Contemplaba toda la escena con una mezcla indescifrable de impacto y regocijo, disfrutando la magnificencia del desastre.
—Vaya, vaya, Lummina —dijo ella con una sonrisa siniestra—. No esperaba que fueras tú la que rompiera la primera regla de los ángeles. Ahora me lo has puesto demasiado fácil.
La miré incapaz de ocultar mi profundo desconcierto. La sorpresa de Calyssa parecía genuina. Lummina había actuado por Faraine, no cabía duda. Su espada no era la herramienta de la ambición, sino de un sacrificio puro.
Pero si Calyssa no había orquestado esto, ¿qué demonios hacía ella en la aldea?
¿Cuál era su verdadero y retorcido plan?
Y lo más aterrador: ¿por qué sonreía con tanto deleite al oír el tañido sombrío de la segunda trompeta del apocalipsis?
La música del fin de los tiempos parecía ser, para ella, la banda sonora de la victoria.
Quise hablar, exigir una explicación, detener el alud de presagios que pendía sobre nosotros. Pero en ese preciso instante, como si el mundo mismo respondiera a su risa oscura, el volcán en la lejanía —silencioso durante siglos— rugió con una furia ancestral.
La tierra trepidó, el horizonte se iluminó en una primera erupción y Lummina se giró para mirarme.