Cortex 28 #2
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—Hay que purificarla —intervino el más alto, con una calma que me erizó—. Por el bien de todos, no podemos dejar que este virus se siga esparciendo. Si no actuamos, toda la ciudad morirá.

Lo dijo como si estuviera hablando del clima, como si su tono suave pudiera endulzar la atrocidad que acababa de expulsar por la boca. Debió notarlo en mis ojos desorbitados: lo mataría.

—¿Purificarla? —espeté—. ¡¿Están escuchando lo que dicen?! Es… es una niña.

Faraine tosió de forma errática en el suelo. Un sonido seco, brutal, que hizo que los hombres se apartaran de un salto, como si el mismo infierno los hubiera tocado. No podía creer lo que veía. El miedo vil se cincelaba en sus caras, tan infames como sus actos.

—¿Cómo quieren que no tosa después de que la golpearan? —rugí—. ¡Seguro que le rompieron las costillas!

—¡No! —tronó el hombre a mi lado con escalofriante decisión—. ¡Sujeten a este meridiano y quítenle al markadiense de los brazos! Haremos lo que debamos hacer por el bien de nuestra familia.

Fue como si la orden los hubiera electrificado.

Todos se abalanzaron sobre mí a la vez, con el único objetivo de arrancarme a Estian.

El niño se aferró a mi camisa con la desesperación de un cachorro aterrado, como si supiera por instinto que yo era el único que no pretendía dañarlo.

Sus pequeñas manos casi rasgaron mi prenda cuando el hombre más desaliñado del grupo lo sujetó y comenzó a tirar de él como si fuera un peluche viejo y sin valor.

Cuando logró arrancármelo, el rostro de Estian se volvió hacia mí con los ojos y la boca abiertos en un llanto mudo. Estiró su pequeño brazo en mi dirección mientras se aferraba, sin quererlo, al hombro del desconocido con el que, era evidente, no deseaba estar.

Yo fui reducido con brutalidad. Tres hombres me sujetaron de los brazos y un cuarto me dio un golpe en el estómago. El aire me abandonó y caí de rodillas, jadeando. Cuando vi que uno de ellos cubría la cabeza de Faraine con una manta y se la llevaba, un grito visceral se me soltó del pecho.

—¡Ya basta! ¡Suéltenla, malditos! —rugí, mientras me revolvía y forcejeaba con la furia ciega de un animal acorralado.

Intenté conectar con las raíces, con cualquier chispa de vida que pudiera usar, pero nada. Markadiel era tierra muerta, árida, sorda. Sin raíces, sin savia, sin voz.

Yo, que estaba acostumbrado a ser poderoso, me sentí indefenso. Me empujaron al suelo, me aplastaron contra la tierra. La fuerza que usaron consiguió asfixiarme. Uno me sujetó la cabeza y la forzó contra el polvo.

No podía moverme. No podía respirar. Solo podía gritarle al silencio.

i

La única manera en que esa guardia civil de Markadiel pudo doblegarme fue colocándome un pañuelo húmedo y maloliente sobre la boca y la nariz.

Inhalar su contenido en contra de mi voluntad me hizo revivir el recuerdo de cuando Lummina me sedó en la ceremonia donde El Zorro murió.

Mi mente tardaba en reaccionar, se volvía perezosa, pero la taquicardia en mi pecho se aceleraba a un ritmo inimaginable.

Estaba nervioso y la parálisis me impedía expresarlo.

Sabía que el sedante era una sentencia, una señal clara de que me volvería inútil para proteger a los míos.

Me habían llevado a una choza minimalista, de piedra y poco decoro. Un hombre a mi lado se aseguraba de que no escapara y de vez en cuando me hablaba en markadiense sin sospechar que no lo entendía.

— Mak hek don me —dijo.

Cuando dos de los guardias se pusieron delante de mí y repitieron las mismas palabras, creí que me hacían una pregunta.

El efecto sedante me impedía distinguir el idioma, a pesar de que lo había aprendido un poco las últimas semanas.

Me quedé en silencio, lo que sacó de quicio al grandote que me dio un empujón contra la silla.

—¡ Mek hak leh! ¡Mior ha melvé ! —vociferó con furia.

Lo observé desafiante, y eso bastó para que me golpeara en el rostro con la palma de la mano. La fuerza fue tal que casi caigo de donde estaba sentado.

— Mel ke —le dijo su compañero, que parecía comprender que yo no hablaba su idioma—. Lak he Mir leh vak .

Al menos, lo que dijo su camarada bastó para que el golpe no se repitiera.

El hombre sentado a mi lado me observaba, sorprendido de ver cómo el color de mi mejilla se disipaba en segundos.

El golpe había sido brutal, pero ahora no quedaba rastro de enrojecimiento.

Quizá también le impresionaba que yo no me hubiera inmutado, como si estuviera acostumbrado.

Un cuarto tipo, mucho más viejo que los otros y con el mismo uniforme simple, entró con las manos entrelazadas a la espalda. Llevaba un bigote blanco y tupido que le cubría gran parte de los labios. Me dedicó una mirada penetrante y, para mi gran alivio, me habló en el idioma del este.

—Chico, la niña que capturamos es tu familiar, ¿verdad?

—Es mi hermana —espeté en voz baja. A pesar de eso, los otros hombres se sobresaltaron al oírme hablar.

—Entonces debes saber de dónde viene esta enfermedad que ha infestado la aldea. ¿Tienes una idea? ¿Puedes ayudarnos a controlarla?

Negué con la cabeza.

—Claro que no. Faraine no está enferma. Su piel azul no significa…

—Otra vez con eso —me interrumpió—. Escucha, si no cooperas, también te llevaremos a la horca.

Mis ojos se abrieron de golpe, el sedante se disipó al instante. Me enderecé con tal violencia que mi espalda chocó de plano contra la pared helada de piedra.

—¿Qué dices, viejo de mierda? ¿Van a llevar a una niña inocente a la horca?

Solté el aire contenido al ver que el hombre del bigote ni siquiera pensaba responderme.

—¿Y acaso eso va a frenar la epidemia? ¡Ustedes, imbéciles, ya se han condenado! Ya están contagiados. Necesitarían un milagro para frenar un virus respiratorio. Necesitarían rezar a la diosa Eryndra... Oh, esperen, ya lo han hecho en la fiesta...

¿No se han preguntado por qué la diosa hace oídos sordos a sus súplicas?

—No solo ejecutaremos a esa niña —me contestó con una voz glacial—. Todos los peregrinos que llegaron desde afuera y que están enfermos son culpables de la peor plaga vista en siglos aquí en Lorelai, joven. Yo estoy a cargo de mantener el orden, la vida y la salud de los markadienses.

Resoplé, dejando escapar una risa amarga.

—Entonces ¿enfermarse es un crimen?

—Traer una enfermedad a Markadiel desde el exterior lo es, muchacho —afirmó sin titubear.

—¡Maldición! ¡Faraine no está enferma! ¡¿La han visto?! —Intenté levantarme de golpe, pero el hombre a mi lado me sujetó con firmeza—. ¡No pueden ejecutar a alguien sin un diagnóstico!

—El color azul es uno de los síntomas —dijo el viejo—. También presenta sequedad y la piel se le quiebra, respira con un ruido agudo y está fatigada.

Invoqué la imagen de Muris, muriendo, con la piel del mismo color.

—El médico de Markadiel la ha visto y lo ha confirmado.

No sabía cómo rebatirle. Eran síntomas que Faraine podía padecer, pero no por una enfermedad, sino por su naturaleza de querubina del agua, al faltarle el contacto con la tina de la casa de Kuntari. Mierda.

—No saben lo que están haciendo. —Mi voz era apenas un murmullo rendido mientras negaba con la cabeza. La fatiga me estaba venciendo.

Se hizo un silencio absoluto. Todos me miraron, y sentí que por fin les llegaba un destello de compasión.

Pero mi advertencia era literal: no tenían ni idea .

En aquel momento, sentado allí, rodeado de hombres que estaban convencidos de que hacían lo correcto —o que se forzaban en creerlo para justificar sus actos—, yo sabía algo crucial.

No podían imaginar lo que sucedería si ponían una mano sobre Faraine para ejecutarla.

—¿Me dejarían verla? —pregunté. El viejo bigotudo alzó las cejas, sorprendido de que bajara la guardia.

No se me ocurría nada más. Matar a un humano era la mayor transgresión para un ángel, y aunque yo ya estaba acostumbrado a romper las reglas, me aterraba cometer un acto que podría colapsar un mundo que, en ese instante, pendía de un hilo.

Me pregunté por qué la diosa Eryndra no había descendido cuando asesiné a Korl. Pronto llegué a una conclusión: debió parecer un accidente. No tuve la intención de matarlo, simplemente caímos juntos por un barranco.

Si era así, ¿cómo podría lograr que la muerte de todos los habitantes de Markadiel —con el único objetivo de salvar a Faraine— también pareciera un simple accidente?

i

La habían encerrado como a una rata con rabia, confinada en un cubículo de cristal.

Por suerte, no la habían atado, lo que habría destrozado sus frágiles extremidades.

El viejo guardia tenía razón, Faraine estaba débil.

Se acurrucaba en una esquina, desorientada, mientras respiraba con un jadeo superficial.

No quise distraerla, pero al verme se levantó con dificultad y chocó con el cristal. Los cuatro hombres me vigilaban, manteniendo distancia. Les quedaba algo de respeto. Toqué su mano a través del vidrio y ella, a pesar de estar deshidratada, rompió a llorar.

—Miedo... —logró decir con dificultad. Yo asentí y contuve las lágrimas, dedicándole una sonrisa para tranquilizarla.

—Tranquila, Trucha, nada malo te va a pasar.

Lo decía en serio, haría lo que fuera para salvarla.

Ella no tenía la culpa de nada y, aun así, sufría más que cualquier humano o ángel.

Faraine era buena, no había maldad en su cuerpo, a pesar de todos los intentos por cultivársela desde su nacimiento.

No éramos tan diferentes. Me resultaba doloroso verla reducida a esa posición, siendo una hembra que aparentemente lo tenía todo para llevar una vida digna y decente. Sin embargo, ahí estaba.

—Morirme. Me voy a morir —insistió.

—Faraine, no me estás entendiendo. No permitiré que te hagan daño.

Esperaba que los hombres a mis espaldas no tomaran mis palabras en serio, que las interpretaran como frases vacías para calmarla. Por la lástima que veía en sus reflejos sobre el cristal, parecía que así era.

—Tengo mucho miedo, hermano —murmuró—. Pero… voy a ser una niña fuerte.

Le sonreí con melancolía y me pegué aún más al cristal.

—Has aprendido a hablar muy bien, Trucha. Y en tan poco tiempo.

Ella me devolvió la sonrisa, aunque sus ojos ya habían agotado la última gota de agua que le quedaba en el cuerpo.

—Solo quería que estuvieras orgulloso de mí.

Solté un suspiro helado al escucharla. Creí que nos quedaría una eternidad para hablar, para oírla conjugar las palabras de manera correcta y sentir ese orgullo punzante, una y otra vez. Pero una mano pesada y abrupta se posó sobre mi hombro, anunciándome que el tiempo se había terminado.

La miré por última vez antes de desaparecer de su vista. A través de mis gestos y la intensidad de mis ojos, intenté decirle que no temiera. Le concedería los últimos días del mundo solo para ella. Le prometí en silencio: hoy no será tu último día.