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F ue insoportable escuchar a Enkur rogarle a su hija que regresara, como si dependiera de su voluntad. Como si ella aún pudiera oírlo.

Me quedé inmóvil, las piernas me temblaban mientras me rodeaba por el follaje esmeralda y las ramas poderosas de la Efyndris.

Mis oídos agudos nunca volverían a captar el latido de su corazón, a pesar de que apenas hacía unos segundos lo había oído tan fuerte que resultaba aturdidor.

La sensación que me invadía era extraña.

No era tristeza ni frustración; era un sabor metálico y desagradable en la boca, y una niebla densa que se asentaba en mi mente, impidiéndome formular cualquier pensamiento claro.

Me di media vuelta y salí de la habitación. En la puerta, me topé con Maersen, quien se hizo a un lado solo para poder mirar el interior del cuarto. Cuando vio la planta Efyndris serpenteando por cada rincón, me agarró por los hombros y me zarandeó.

—¿Qué haces? Calyssa va a encontrar tu… —susurró, como si yo le importara.

Lo aparté con un empujón brusco que lo hizo chocar con la pared.

El golpe me permitió seguir caminando. En el salón, Kuntari aguardaba con Estian aún en sus brazos.

Tenía los labios apretados, apenas contenidos por un temblor, y la mirada fija y desorbitada.

De seguro el grito desgarrador de Enkur le había llegado distorsionado y luchaba por convencerse de que estaba equivocada, de que no era lo que creía.

—Mijo, ¿cómo está Muri’?

Tomé una bocanada de aire, pero la garganta se me cerró.

No pude contestar. Me quedé rígido frente a ella, esforzándome por borrar cualquier gesto de mi cara.

No quería que Kuntari leyera en mis facciones el horror que acababa de presenciar; la forma cruel e inhumana en que su hija, joven y llena de vida, había abandonado este mundo.

Ella llevaba una expresión de cólera reprimida, como si esperara sacarme la información a gritos o a golpes.

Cuando la tuve cerca, mi atención se desvió hacia su respiración: era un siseo débil y sibilante, como si sus propios pulmones estuvieran saturándose de líquido.

La misma enfermedad se había instalado en ella.

Estaba perdida. Iba por el mismo camino. Pronto estaría muerta, igual que Enkur.

Mis ojos se fijaron en Estian, acunado en sus brazos, un niño angustiado que no comprendía el terror que sentía. Al concentrarme, oí el latido acelerado de su pequeñísimo corazón y noté el rosado saludable de sus labios. Estaba limpio, sin signos de la enfermedad.

No lo dudé un instante más. Con un movimiento rápido y brusco, le arranqué al infante de los brazos.

—Chico, ¿qué hace’? ¿No me vai a decir qué está pasando? —preguntó Kuntari, mientras avanzaba, lista para reclamar al niño.

Di pasos rápidos hacia atrás y casi tropecé con los juguetes dispersos en el suelo de tierra apisonada.

Me apoyé en la pared con mi mano libre, mirando a Kuntari con una advertencia muda.

Tragué saliva. Pude verla con nitidez: sus ojos estaban inyectados de rojo, sus pómulos pálidos y sus labios comenzaban a teñirse de un cobalto tenue.

Extrañaría su voz, extrañaría su mirada de anciana luchadora pero débil y su acento rústico. Extrañaría su aroma que se me quedaba pegado en la ropa.

En ese instante, Maersen apareció en la sala, con el rostro descompuesto. Su llanto entrecortado detuvo la escena. Nos miró a Kuntari y a mí, sin poder comprender qué ocurría, y la verdad reprimida se le escapó:

—Muris falleció, señora Kuntari.

Retrocedí un par de pasos más mientras la mujer se rompía en un llanto desgarrador.

Su respiración ya sibilante empeoró de golpe, comenzando a ahogarse con sus propias lágrimas.

Por suerte, no intentó recuperar al bebé, que había vuelto a llorar en mis brazos, como si en su simpleza pudiera percibir la muerte de su madre.

En ese instante, envidié a Maersen, quien fue capaz de reaccionar. Se arrodilló junto a ella y, con una mano firme en su espalda, derramó sus propias lágrimas en un intento sincero de acompañarla.

—¿Dónde está Faraine? —pregunté. La voz me sonó plana y distante, ajena al desgarro de sus emociones.

—¿Qué? ¿No estaba contigo? —Maersen se secó un ojo y me miró con una mezcla de sorpresa y reproche.

Me quedé de pie, negando con la cabeza. ¿Estaría ella con Lummina?

—¿Qué demonios está pasando, Maersen? —insistí, sintiendo el impulso de gritar—. Estuve la noche fuera de Markadiel y, de pronto, todos en esta casa se están muriendo.

—No solo nosotros, Cardillo —me respondió Maersen, mientras luchaba por contener a Kuntari, que se retorcía ahora presa de la pena y la enfermedad—.

Es toda la ciudad. El peregrinaje trajo gente enferma de otras aldeas.

Maldición, es un virus. Se transmitió rapidísimo y causó el terror. Muris se desplomó en cuestión de horas.

En medio del caos, vi a Kuntari hacer acopio de una fortaleza que solo una mujer humana podía invocar.

Se puso de pie con gran dificultad y comenzó a caminar hacia mí.

Era insoportable verla. Lloraba con una desesperación primitiva y sin esperanza, como una hembra a la que una bestia le ha arrebatado sus crías a mordiscos.

Sus ojos buscaban recuperar al bebé, pero a pesar de mi propio dolor, di un paso firme hacia atrás y la detuve con mi brazo.

—¡Maldición, Cardillo! ¿Qué se supone que haces? —bramó Maersen.

—E’tian es todo lo que me queda de mi niña... —sollozó Kuntari.

—Estás enferma, Kuntari —espeté. La casa parecía hacerse más pequeña aún, más opresiva—. El niño aún no. Si lo contagias, él también va a morir.

Di otro paso atrás y la mano con la que antes la mantenía a distancia se aferró al pomo helado de la puerta.

—¡No te atreva’ a marcharte por esa puerta!

Maersen se acercó por detrás, intentando calmarla, pero ella se sacudió con su toque y gritó.

—¡Me e’tá quitando a mi nieto! ¡Se lo quiere llevar de mi la’o!

En un arrebato de fuerza desesperada, tomó un jarrón con flores marchitas de una mesa cercana y me lo arrojó.

Recibí el golpe con el cuerpo. El jarrón se estrelló contra el suelo en una explosión de cerámica.

Estian estalló en un llanto todavía más descontrolado, tan agudo que me resultó ensordecedor.

—Perdón, Kuntari... De verdad, lo siento tanto —murmuré.

Abrí la puerta y salí disparado. Justo antes de cruzar el umbral, la miré por última vez, grabando su imagen en mi memoria: su rostro desfigurado por el dolor, sabiendo que no volvería a ver el brillo en sus ojos, el color en sus mejillas.

A mis espaldas, oí el tropezón violento de Kuntari, seguido por el sonido desesperado de una tos que ya no era humana.

Era el bramido de la enfermedad reclamándola.

Yo no tenía ni idea de mi destino con el bebé, pero la urgencia era absoluta: debía salvarlo de la plaga de Markadiel.

No podía cargar con otra muerte de esa familia sobre mis hombros.

Recorrí los senderos de tierra que se extendían entre las hileras de casas. La aldea entera era un pozo de silencio, ninguna vivienda evidenciaba el menor atisbo de vida en su interior.

Tal como había advertido Maersen, vi a varias personas tiradas en las calles.

El olor rancio de la enfermedad flotaba pesado en el aire.

Sus labios eran de un azul cadavérico y sus miradas estaban perdidas mientras suplicaban, no con la voz, sino con el cuerpo, por un poco de aire.

Parecía que la mismísima serafina Aestus se lo hubiera arrebatado, dejando solo un jadeo desesperado que se extinguía en la suciedad del camino.

Mi mente voló hacia Lummina. Debía hallarla en el Bosque Rojo de inmediato.

Sí, ella sabría qué hacer con el bebé que se quejaba en mis brazos.

Ella sabría cómo solucionar este horror, tal vez incluso sabría cómo curarlos a todos.

Corrí tan rápido como me lo permitieron mis piernas, aterrado.

Ya habían pasado dos horas desde el amanecer y temía que ella no estuviera esperándome en el lugar acordado.

Al doblar el camino, me topé de frente con una horda de hombres, todos armados con toscos palos y garrotes.

—¡ Mek hak ! ¡Atrápenla! ¡ Leh mal ! —gritaron, chocando conmigo para pasar.

Los ignoré y seguí mi camino, pero el último del grupo soltó una frase que me heló la sangre:

—Maldita meridiana azul, nos la va a pagar.

Me detuve en seco, anulando toda mi urgencia.

Me di la vuelta y vi que el grupo rodeaba algo con una mezcla de ímpetu e ira salvaje.

Exhalé el aire de golpe cuando mis ojos captaron un pedazo de piel azul asomándose entre las piernas de los hombres.

En el instante siguiente, un grito de dolor, corto y ahogado, subió por el aire y me cerró la garganta.

—Trucha… —murmuré con la voz rota.

Miré a Estian en mis brazos, no había manera lógica de salvar a la niña mientras lo cargaba. Desestimando toda razón, con una desesperación ciega, me lancé de cabeza hacia la horda.

Empujé a los primeros hombres con furia, lancé golpes ciegos y aparté brazos y cuerpos hasta que, por fin, la vi. Faraine estaba hecha un ovillo en el suelo, temblando, casi enterrada por la masa de tierra y polvo que se había levantado con las patadas. La rabia me rugió en el corazón.

—¿Qué demonios le hacen a mi hermana? —siseé con dificultad. Me costaba horrores moderar la explosión de emociones que me asaltaban.

Dos de los hombres me sujetaron por los brazos al instante.

—¡ Mek val nih ya ! —espetó uno.

—¿Eres el hermano de esta basura? —me escupió otro—. ¡Ella trajo la enfermedad a la Fiesta de la Dorada!

—¿Qué carajo están diciendo? —rugí, sacudiéndome de sus manos como si me quemaran. Los miré uno por uno—. Ella no tiene nada, no es portadora de ninguna enfermedad.

—Claro que sí —dijo otro, con la cara llena de asco—. ¿Y la piel azul? ¿Qué más pruebas quieres? ¡Ya le dije a mi hija que no se acercara a ese fenómeno!