Cortex 27
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M e costó un par de parpadeos recobrar la consciencia y asimilar el dolor que me recorría el cuerpo.

Estaba a la sombra, en la base del risco por donde había caído.

Maldita sea, era el amanecer. Había fallado a mi cita con Lummina.

El pánico me impulsó a moverme, pero mi mano chocó con un peso muerto y antinatural.

El recuerdo regresó de golpe al divisar el cuerpo inerte de Korl: la cabeza destrozada, sus ojos blancos.

Su boca permanecía abierta y rebosante de sangre, como si los órganos internos se le hubiesen reventado.

Fui tan estúpido que, preso de la desesperación, intenté moverlo para que despertara.

Tal vez solo era la angustia de contemplar lo que le había hecho a la familia que tanto me había amparado durante esas semanas.

Lo maté.

Fui yo. Yo había acabado con Korl, el muchacho de Kuntari y Enkur.

Su sangre, ya espesa y fría, se adhería a mi ropa.

En un acto de negación frenética, volví a zarandear su cuerpo sin vida, implorando un indicio, un simple jadeo de agonía.

Si tan solo quedaba un rescoldo de vitalidad, podría intentar salvarlo con Efyndris, con la savia de alguna planta, con lo que fuera.

—Por favor, Eryndra —musité al vacío—, dame una única oportunidad.

Mi don me permitía revivir flores marchitas, pero los humanos no eran plantas ni barro moldeable.

No eran un producto de mi poder, sino seres de una complejidad finita que, al extinguirse, se desvanecían para siempre.

Para los demás, se transformaban en una idea abstracta, un rostro que se tornaba difuso, una voz que se disolvía en la neblina de los recuerdos. Se convertían en nada.

No podía devolver a Korl. Era incapaz de transformar esa nada en la totalidad de lo que él solía ser.

Nuestro tiempo juntos fue breve, sí, pero me había reconocido en él.

Al matarlo, sentí que me había asesinado a mí mismo, solo que mi miseria, a diferencia de la suya, aún tenía el castigo de la vida.

Di vueltas alrededor de su cuerpo, sin saber qué hacer.

¿Debía enterrarlo, hacerlo desaparecer en las profundidades de la tierra?

Era simple para un querubín de mi linaje.

¿Dejaría a Enkur y a Kuntari en la ignorancia para siempre?

¿Sería menos doloroso para ellos seguir esperándolo?

¿Cómo podría yo verlos a la cara sabiendo que él jamás regresaría?

¿Sería egoísta de mi parte querer librarme de esta carga?

¿Qué me gustaría a mí? ¿La verdad o una mentira que me diera paz?

Suspiré, y luego grité de impotencia. El risco se alzaba, lejano e inalcanzable. Tendría que escalarlo de nuevo.

Volví a mirar a Korl y me acerqué para cerrarle los párpados. Aunque no moviera el cuerpo, nadie me culparía; la escena parecía la obra de alguien que había decidido quitarse la vida.

Pero ya había tomado una decisión. Le contaría a su familia lo que había pasado. Entraría en su casa con la frente en alto y el dolor en el pecho, porque sabía que, en su lugar, yo desearía conocer la verdad.

Mi plan era romper el pacto de Eryndra. Les revelaría mi verdadera naturaleza y, con ello, les daría una esperanza sobre el alma de Korl.

Les haría entender que ese no era el final, que más allá de la tierra existía un lugar mejor al que ascendían todos, los buenos y los malos, sin importar si lo merecían o no.

i

Las cosas no salieron bien. Al alcanzar la cima escarpada del risco, la vista panorámica me golpeó con la certeza del desastre. El pueblo de Markadiel no era sino un vacío: las luces de la noche se habían apagado, la supuesta fiesta estaba desmantelada, dejando una estampa de silencio espectral.

Tomé el oboe de Korl —la única y horrible prueba de mi crimen— y lo sujeté con determinación, destinado a entregárselo a Kuntari y Enkur.

Me lancé a correr por la ladera. Mi mente se aferraba a Lummina, que sin duda me esperaría desde el amanecer para iniciar nuestra huida.

Confiaba, con una esperanza desesperada, en que ella comprendería mi terrible retraso.

¿ Lo entendería? ¿Me odiaría ? No lo sabía, pero mentirle nunca fue una opción. Me enfrentaría a ella.

Al llegar a Markadiel, el silencio era absoluto, un peso opresivo que contrastaba con la reciente algarabía.

Los pobladores se habían desvanecido por completo.

En cada rincón, la vista se tropezaba con los restos caóticos de la celebración.

El aire aún estaba saturado con el dulzón y rancio olor de las bebidas fermentadas y el humo acre de las cocinas de leña abandonadas.

Peor aún era el rastro de la huida: los tenderetes de comida, con ollas aún tibias y viandas esparcidas por el barro, eran una señal inequívoca de que algo terrible había interrumpido la noche.

Pero la prueba más hiriente fue la de los músicos.

En el centro, los instrumentos, sus tesoros más preciados, estaban apilados sin el menor cuidado.

Tambores boca abajo, bombos perforados y oboes arrojados a su suerte.

Nadie los hubiera abandonado de esa forma a menos que la huida fuera una necesidad vital, una estampida de terror.

Fruncí el ceño y descarté las conjeturas pesimistas. Me apresuré a correr hacia la choza, hacia mi hogar.

Al llegar a la vivienda, no encontré rastro de la felicidad o el ambiente festivo que recordaba. En su lugar, la casa estaba envuelta en una quietud tensa. Apenas crucé el umbral, Maersen fue el primero en verme; avanzó hacia mí con pasos deliberados y su rostro marcado por la indignación.

—¿Dónde se supone que estabas? —susurró, con un tono de reproche que jamás había usado conmigo.

Lo miré con horror, pero él seguía enfadado por mi tardanza. Solo pude pensar que algo grave había ocurrido.

—¿Qué sucede? —pregunté, aunque mi voz se perdió en el mismo instante en que un sollozo desgarrador llamó la atención de ambos.

A un costado, Kuntari mecía al pequeño Estian, quien lloraba sin consuelo en sus brazos. Corrí hacia ella y la miré con creciente terror. Todavía no lograba asimilar lo que ocurría.

—Muri’ —murmuró Kuntari al verme, con un miedo tan palpable que se apartó cuando pretendí acercarme—. Muri’ se lo ha pega’o.

—¿Que se ha pegado qué? —insistí. Me giré para encarar a Maersen, pero el muy cobarde se había quedado mudo, justo cuando más necesitaba una explicación coherente.

Un sonido seco y áspero —la tos de alguien— proveniente de la habitación de la joven madre me hizo levantar las orejas.

Caminé con urgencia hacia el dormitorio.

Allí la encontré. Muris yacía en la cama, sacudida por un temblor frenético de pies a cabeza.

A su lado estaba el anciano Enkur, sosteniéndola con una ternura inamovible, sin importarle que lo que su hija padecía fuera contagioso.

Era una enfermedad extraña y brutal que le había teñido la piel del rostro y los labios de un azul lívido y enfermizo.

El aire mismo parecía pesado y cargado de terror.

El perro fue el único que se dio cuenta de mi llegada; sin embargo, su reacción se limitó a alzar la cabeza desde su posición previa, enroscado, con los ojos tan brillantes como siempre los tienen los perros, como si estuvieran perpetuamente al borde del llanto.

Allí estaba, resguardando a su amo de un mal del que no podía protegerlo.

Entré y la miré con temor. La veía temblar como si nunca hubiera conocido el calor. Su piel, de un azul profundo, gritaba la gravedad de su mal. Apenas conseguía jadeos superficiales, señal de que la sangre luchaba por circular en sus venas.

Enkur me sintió más que me vio y su voz, gangosa por la angustia, me obligó a retroceder.

—Atrá’, niño. Esto e’ contagioso —dijo, la simpleza de sus palabras me golpeó como un puñetazo—. Mi niña se está muriendo... —se interrumpió con la voz quebrada.

Me odié al instante por recordar el rostro inerte de Korl. No era el momento para la verdad que había planeado confesarle.

—¿Qué le ha pasado a Muris? —pregunté, observando cómo el anciano se desmoronaba en llanto a mi lado.

Muris intentó articular algo, pero de sus labios azules solo salían débiles y lastimeros quejidos.

Enkur volteó a verme, las lágrimas se abrían camino sobre la ceguera de sus ojos.

Me había preguntado muchas veces si esos ojos, velados, servían para algo.

Ahora, la respuesta me dolía con una claridad cruel.

Sí, servían para llorar a su hija moribunda.

—Pilló un viru’ que se ha extendío por la Fiesta de la Dorá —explicó—. Ha sío cuestión de horas y ahora se está llevando a mi niñita.

Al detallar su rostro, mis ojos captaron la verdad más temida: el mismo azul lívido ya se insinuaba en los propios labios del anciano Enkur.

Maldita sea . La negación me inundó como una ola de hielo.

—No. ¿No? Claro que no... No puede ser —repetí para mí mismo, un susurro ronco apenas audible.

Hice crujir mi cuello y relamí mis labios secos. Estaba demasiado vivo, demasiado consciente de mi propia existencia y salud, y eso me obligó a aceptar la realidad. Esto no era una pesadilla.

Con una urgencia desesperada, salí disparado de la habitación.

Afuera, agarré la primera maceta llena de vida que encontré, su tierra húmeda y su vibrante vegetación marcaban un contraste con la miseria que había en la choza.

Volví corriendo al lecho de Muris. Oí a Maersen gritarme que me detuviera, pero no importaba si Calyssa me escuchaba, me encontraba y me ejecutaba.

No permitiría que Muris y Enkur murieran a causa de una enfermedad tan miserable.

Regresé al lugar con la maceta en mano. El anciano no tuvo tiempo de articular la pregunta mientras yo colocaba la planta junto al lecho de Muris, cuyo gemido débil y constante era el único sonido que rompía el silencio espeso de la humilde vivienda.

Me quedé inmóvil un segundo, mientras mi mente buscaba una solución. Me conecté con las flores silvestres de la maceta, esforzándome por transformarlas en Efyndris.

Con esa planta , me dije, he sanado a miles de querubines . Un humano no puede ser diferente.

Cuando los pétalos comunes se retorcieron y mutaron en la textura sedosa y el color esmeralda de la Efyndris, recé a Eryndra como si fuera una deidad ajena, una que de verdad respondiera a las súplicas.

Pensé en Korl y en lo insoportable que sería para esta familia sobrevivir a la pérdida de una hija tras haber perdido a un hijo.

Pensé en el pequeño Estian y en el castigo de crecer sin una madre, un dolor que yo conocía.

Pero él, a diferencia de mí, no tendría ningún poder para curar sus propias heridas.

Suspiré y la Efyndris resplandeció sobre ellos, bañándolos con su luz mientras intentaba iniciar la curación. Pero nada sucedió. Con los querubines, el efecto era instantáneo.

Asumiendo que mi energía era insuficiente, forcé a la planta a crecer de forma desmedida, monstruosa, hasta que los rodeó por completo con su follaje brillante. Enkur, ciego a la luz y al milagro botánico, gemía junto al quejido de su hija.

Cerré los ojos, intentando concentrarme, pero Muris fue sacudida por una convulsión tan violenta que me obligó a abrirlos de golpe.

Enkur se desgarraba en llanto mientras intentaba sostenerla contra la cama.

Loke ladró desesperado; de su hocico brotaban palabras ininteligibles que llegaban a mis oídos.

El terror se apoderó de mí cuando Muris expulsó espuma por la boca y el recuerdo de aquel hombre escupiéndole durante el carnaval me abofeteó. ¿Habría sido esa la causa de su enfermedad?

Miré en dirección a la ventana cuando la luz empezó a extinguirse y me di cuenta de que ya nos encontrábamos envueltos en las ramas potentes y brillantes de la Efyndris.

Sin embargo, mi poder no había sido suficiente.

Muris se estremeció una última vez antes de quedar inerte, y yo no pude hacer nada más que contemplar mi propio fracaso.

Los humanos poseen el don de amar cuerpos desgraciados, heridos, enfermos.

Aman cuerpos gastados por los años, inútiles para lo que fueron creados.

Su afecto persiste aun cuando el otro ha pecado o cometido un crimen.

Aun cuando ha muerto.

Saben amar en medio del fin del mundo, incluso conscientes de que el amor mismo, en el apocalipsis, ya no salva a nadie.

Fue esa capacidad indomable lo que me hizo desear protegerlos.

Quise, con toda mi alma, ser uno de ellos.

Puesto que era imposible, por lo menos decidí que intentaría ser como ellos.

Cardillo