Cortex 26 #2
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26 #2

—No te creo. Enkur incluso toca el oboe para el carnaval. Acompaña a Maersen en los bailes.

—Ahora lo hace. ¿Quién sabe? ¿Estará intentando llamarme con esa música? ¿Pedirme perdón de esa forma tan cobarde?

¿Por qué le sería tan difícil decírmelo con palabras y un puto abrazo?

Lo miré y de pronto me vi a mí mismo en él. ¿Cómo sería mi vida si no tuviera un cuerpo de ángel que se regenera y sana solo? ¿Qué pasaría si mis heridas fueran incurables como las de Korl?

—No, no te creo —insistí.

De manera impulsiva, el hombre se quitó la camisa. Su espalda estaba cubierta de marcas, como si alguien hubiera tallado dibujos en la corteza de un árbol. Se extendían desde el cuello hasta la cadera, y solo con verlas sentí el dolor en mi propia carne.

—Oh —fue lo único que pude decir.

Él se volvió a sentar, poniéndose la camisa de nuevo.

—Sí, yo también diría lo mismo si pudiera verlas.

—¿No puedes?

—Idiota, ¿acaso puedes ver tu propia espalda?

—Mierda, no —dije, sorprendido. Mis pensamientos eran confusos—. Tienes razón, oh, mierda.

—¿Ya te hizo efecto el hongo alucinógeno?

No escuché su voz de inmediato. El sonido se distorsionó en el aire, ondulando como si viajara a través del agua, hasta alcanzarme en forma de ecos.

Uno tras otro, desfasados, pero aún logré comprender lo que intentaba decirme.

Lo miré, y el rojo de su ropa estalló ante mis ojos con una intensidad tan absurda que tuve que entrecerrarlos.

—¿No se suponía que era sedante? —pregunté... o eso creo.

Fui un imbécil.

—Tal vez te mentí. Tal vez todo lo que te he dicho no es cierto. —Rio, eufórico, como si se le escapara la cordura en cada carcajada.

Me sostuve la cabeza, temiendo que se desprendiera, y me incorporé con dificultad. Al mirar mis manos, me pareció que vibraban con vida propia. Nunca las había sentido tan mías. Tan ajenas.

Me giré hacia Korl, pero ya no estaba. De pronto, estaba solo y esa certeza me cayó encima como un peso denso, insoportable. Caminé en círculos, tambaleante, intentando que el mundo dejara de girar, pero algo dentro de mí se abrió otra vez.

La sangre salía, lo supe antes de verla. El estrés había reabierto la herida. Manchaba mis manos. Retrocedí a ciegas, con pasos sin sentido, y caí al suelo.

Al alzar la vista, el galpón. Los niños. Y la cabeza, separada del cuerpo.

Tal vez por eso tenía sangre en las manos. Tal vez por eso ahora estaba llorando.

—Ya, tranquilo, no te vayas a un mal viaje, amigo mío.

Era la voz de Maersen. Me giré hacia él, pero era un niño.

Su forma oscilaba. Los colores de su cuerpo se entremezclaban con el fondo como una pintura que había olvidado dónde terminaba la figura y comenzaba el resto.

Sentí una oleada de ira subirme desde el estómago, apretarme la garganta, pero entonces escuché otra voz. La de Calyssa.

«Mi querubín predilecto.»

Sí. Lo era. Lo había sido siempre. Debía volver con ella de algún modo, antes de que la sangre decidiera salir de mí como una cascada y me dejara hueco, seco, sin nombre. Tenía que disculparme por haberme ido. Yo era su querubín predilecto, no su hijo… Era todavía más que eso.

Maersen intentó detenerme. Dio un paso adelante, pero lo vi dudar. Se rio, nervioso, cuando notó cómo lo miraba, cómo me estremecía por dentro. ¿Y cómo no iba a estar asustado? Tenía una ballesta en la mano.

—¡Aléjate! ¡Aléjate! —le grité, pero Maersen seguía riéndose.

Apreté los labios al oírlo reír tan fuerte que, seguro, podían escucharlo incluso en la aldea de Markadiel. Entonces lo golpeé. En la cara. Cayó de espaldas. Me lancé sobre él, decidido a silenciar esa risa a puñetazos.

Pero mientras lo golpeaba, su rostro empezó a mutar. Se deformaba. Se encogía y se estiraba hasta parecerse al mío. A mí. Mi rostro magullado, reflejado como en un espejo que devolvía cada golpe.

De pronto, el ser que tenía debajo ya no reía. Lloraba.

Un estúpido.

—Calyssa te va a ver llorando, imbécil. Basta —le dije.

—¿Y a mí qué? —sollozó, sacudiéndose debajo de mí como un niño herido.

Estúpido. Cardillo. Eres un imbécil .

Lo golpeé otra vez, pero esta vez se defendió. Me agarró de la ropa, me empujó hacia un lado y caí de espaldas.

El cielo. El cielo era precioso.

Una lluvia de estrellas se derramaba sobre mí. Ha de ser el cadáver de El Zorro , pensé, esparcido en el manto del firmamento por Lummina, un día después de su muerte. Qué hermoso .

El hombre que antes era Maersen, y ahora era Cardillo, me miraba. Lloraba aún, pero también reía, como si se le hubieran roto las emociones por dentro.

—¿Quién es Calyssa? —preguntó el estúpido.

—¿Quién? Oh… bueno. Calyssa…

No me di cuenta de inmediato, pero ahora las lágrimas también me caían a mí. Una tras otra, mezclándose con la sangre de la herida. Gotas cálidas que se fundían con mi sangre y volvían a mí, como si formaran parte de un ciclo eterno, inacabable.

Respiraba entrecortado. Tenía miedo.

—¿Quién es Calyssa? —repitió.

—Quítate… quítate de encima —le exigí, y lo empujé con un golpe para apartarlo.

La tierra bajo mi cuerpo lucía suave. Tierna.

Como si, con solo tocarla, pudiera hacer brotar cualquier cosa.

Sentí una conexión profunda, inquebrantable, alimentada por ese algo que aún recorría mis venas.

Extendí la consciencia y las raíces respondieron.

Se desenterraron solas, como si hubieran estado esperando mi llamado.

Cardillo —que ahora era Maersen otra vez— se sobresaltó al verlas. Me giré hacia él.

No pude evitar reír. Me hizo gracia que Maersen temiera a las raíces, esas que se deslizaban por el suelo como reptiles sin patas, acercándose con lentitud a su cuerpo.

¿Por qué gritaba, si apenas lo sostenían?

¿Por qué gritaba, si él era un querubín de la tierra?

Ni siquiera apreté para hacerle daño. Solo lo envolví.

Lo observé desde mi altura mientras se agitaba con desesperación, intentando desprenderse de las serpientes que lo constreñían y sujetaban.

—¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué es esto?!

Gritaba. Ladeé la cabeza, curioso, y lo vi con claridad: no era Cardillo, no era Maersen. No… Era Korl.

Oh, no…

Las raíces se desenredaron en un instante. Las que antes pretendían hacerle cosquillas, las encogí, aunque no del todo. No quería que desaparecieran aún. Me arrodillé frente a él y dejé que una de las raíces se extendiera sobre mí hasta rodear mi cuello. Le sonreí con suavidad mientras lo hacía.

—Son inofensivas —le dije.

—¿Cómo haces eso? —preguntó con horror y la voz trémula. Su rostro estaba pálido, empapado en sudor, como si hubiese estado dentro de un volcán.

—¿Que cómo lo hago?

Me acerqué un poco más, como quien cuenta un secreto. Él retrocedió en el suelo.

—Soy del linaje de la tierra. Soy un ángel —susurré.

—¿Qué? —insistió Korl.

Negué con la cabeza. Él no lo entendería.

—Son inofensivas… hasta que ya no lo son —murmuré, y apreté las raíces alrededor de mi cuello.

Lo hice con fuerza. Como si las manos de los querubines que yo había masacrado tomaran el control. Como si el juicio viniera desde abajo. El aire se me cortó de golpe, pero no sentí miedo. Solo un silencio esperado.

Esperaba que Korl se riera, que entendiera la broma. Pero yo no me reí con la suya, ¿verdad? Tal vez por eso se vengaba ahora. Tal vez por eso me miraba con ese terror tan humano en los ojos.

El hombre demacrado se incorporó y sujetó la serpiente con ambas manos, intentando arrancármela para salvarme. Un buen hombre , pensé. Como Enkur.

¿Enkur… lo era?

¿Y yo?

¿ Qué era ser bueno ?

Hice que las raíces me soltaran antes de desmayarme. El aire volvió a entrar en mis pulmones de golpe.

Korl retrocedió, horrorizado. Gimió, mirándome como si hubiera intentado ahorcarlo a él.

—¿Por qué te ofendes? —le pregunté, con una sonrisa que me brotó sola—. Me lo he hecho a mí mismo. No a ti.

Le sonreí porque, por un instante, vi verdadera preocupación en sus ojos. Me puse de pie, tambaleante, y avancé en su dirección. Pero cuanto más me acercaba, más se alejaba de mí. Sus ojos se deformaban ante mi vista, derretidos, alargados, como si su rostro se fundiera con la luz.

Me hizo gracia. Estiré la mano, divertido, queriendo tocarlos.

Entonces me abofeteó.

—¡Aléjate, enfermo! —me gritó.

Me llevé la mano a la mejilla ardiente, intentando calmar el golpe. Al volver a mirarlo, ya no era Korl.

Era Calyssa.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Retrocedí de inmediato, más aún cuando vi que se me acercaba otra vez, con el mismo gesto de levantar la mano. Le tenía miedo. No solo a los golpes, también a lo que venía después.

Tropecé con una de las raíces en forma de serpiente que aún se arrastraban por el suelo y caí de espaldas. Me arrastré como pude, jadeando, con la garganta cerrada de terror.

—Lo siento, perdón —susurré, apenas audible, mientras me alejaba.

—¡Deshaz esta mierda! Me dan miedo las serpientes —exigió Calyssa—. No tengo idea de cómo lo has hecho, pero deshazlo.

Asentí de inmediato. Las raíces se retrajeron, regresando al suelo del que habían salido, como si nunca hubieran estado ahí. Obedecería cualquier cosa, siempre que no se me acercara.

Cuando volví a alzar la vista, ya no era Calyssa. Ni Maersen.

Era yo.

Cardillo, si hubiera sido humano.

No… era Korl. O tal vez no. Era difícil de distinguir. Como si las formas se superpusieran. Como si todas fueran verdaderas al mismo tiempo.

Me puse de pie. Al verlo bien, sentí una punzada de náusea. Era mortal. Frágil. Su cuerpo mostraba todas las huellas del maltrato, como si cada golpe hubiera quedado grabado con tinta imborrable. No era como el mío: limpio, intacto, inalterable. Él tenía heridas y todos podían verlas.

Estaba expuesto.

Todos podían ver lo herido que estaba. Mierda.

—Debo acabar contigo —susurré con la voz rasgada por la determinación.

—Qué casualidad —me respondió, con una calma escalofriante a pesar de su tos ensangrentada—. Yo pensaba lo mismo. Eres un fenómeno. Lo que haces no es normal. Eres una amenaza para la humanidad. Para mi familia, la familia que me robaste.

Lo era.

Sin pensarlo, me abalancé sobre él, intentando estrangularlo. Se defendió con un puntapié que me hizo retroceder, pero no me detuve. Volví a lanzar un golpe.

El ruido lejano de la aldea de Markadiel se intensificó, más fuerte que nunca en mis oídos, como si todo ese mundo estuviera observando, esperando.

Diosa Eryndra, perdónanos por el daño que hemos causado…

Le propiné un golpe que lo aturdió lo suficiente para aprovechar y atraparlo en un agarre del que no podía liberarse. Lo sostuve con violencia, aprisionándolo entre mis brazos, mientras él se retorcía, luchando contra mí.

— Diosa —susurré la melodía que oía de la aldea con fervor—, cuando todo esto acabe, volveré a ti y me arrodillaré .

Lo empujé con toda mi fuerza y él respondió igual; una batalla de voluntades que nos llevó al borde del barranco que partía la montaña. Sin ceder, lo forcé a deslizarse sobre la tierra suelta hasta que su grito resonó en mi oído, mezclándose con la música distante de Markadiel.

Entonces aceptaré que nunca fui nada… que nunca lo fui…

El peso de su resistencia se quebró y cayó al vacío, arrastrándome con él.

Sentí la caída prolongada, eterna, y cuando el cuerpo chocó con la roca, un estallido de dolor recorrió mis huesos. Fracturas que, sin embargo, no lograron afectarme.

Quizá, después de todo, aquel hongo sí tenía un efecto sedante.

Me fui al negro.