26
N i el barro en los zapatos ni las rodillas raspadas por las caídas lograron frenar el frenesí del carnaval esa noche.
No solo ejecuté mis números habituales, esos que el público siempre me exigía, sino que me permití ser uno más: comí, jugué y me empapé de la Fiesta de la Dorada como si el mañana no existiera.
Incluso gané una botella de alcohol que, tras el primer trago amargo, juré no volver a tocar. Y justo después de hacer esa promesa, me descubrí bebiéndolo de nuevo.
Las danzas siguieron toda la noche, hasta bien entrada la madrugada.
Lummina bailó todas y cada una de ellas con las piernas temblorosas por el cansancio.
Su sonrisa, a pesar de su fatiga, era de pura e indomable alegría.
Su insaciable vitalidad me obligó a tomar una decisión: el mundo tenía que verla.
Por una noche, la dejé brillar sola, bajo la explosión de reflectores de colores de la feria.
Cuando revisé mi máscara, vi el interior teñido de carmesí.
La sangre de la herida no dejaba de brotar.
Me quité el chaquetón para cubrirla y detener la hemorragia, resignado a perder la prenda.
Salí del carnaval para huir de las miradas curiosas; una herida tan profunda y extraña no era algo que los humanos pudieran entender en medio de una fiesta inofensiva.
Una vez fuera del tumulto festivo de Markadiel, alcé la vista buscando las estrellas, pero el firmamento estaba vacío, oscuro y sin consuelo. Me pregunté qué preocupaciones llenaban la cabeza de Lydia, la serafina del cielo, en ese preciso instante.
—Jo. ¿Te has peleado con alguien? Vaya ánimo festivo, amigo —dijo una voz que me sacó de mis pensamientos. Me giré de golpe hacia el emisor.
Desde mi conversación con Muris, la inquietud por el peso de aquella mirada me había seguido como una sombra. Ahora, al ver al desconocido, la certeza me heló la sangre. Era él. Lo supe al instante. El peso de sus ojos era el mismo, y los ángeles no nos equivocábamos en eso.
Mi instinto me obligó a observarlo con detenimiento.
Un joven enmascarado, con una copa en la mano…
nada fuera de lo común, hasta que reparé en lo que sostenía con la otra.
Mi mente quiso engañarme, susurrándome que era un simple oboe, pero las marcas lo delataban: aquellas líneas transversales, semejantes a un volcán abriéndose en su furia, las había visto antes.
Solo podían pertenecer al linaje de Enkur.
El chico debió notar mi sospecha, porque intentó irse, pero lo detuve agarrándolo por el hombro.
—Ese oboe no es tuyo —lo acusé.
—¿Ah, no? Qué raro. Lo tengo desde que nací, pensé que era mío.
—Lo has robado —repliqué.
Al soltarlo, él dio unos pasos hacia atrás para marcar la distancia.
Soltó una sonora carcajada y se quitó la máscara. Su rostro, que en algún momento debió ser jovial y simétrico, ahora se veía cansado, con ojeras tan profundas que parecían hematomas. Con la máscara fuera, su edad se hacía indescifrable.
—Gracias por el dato, en serio. Creí que era mío, sobre todo porque tiene mi nombre grabado. Ten. Encantado.
Me tendió el oboe y el nombre se reveló con una claridad brutal: Korl . Korl, el hijo de Enkur y Kuntari, el que había abandonado a su familia años atrás. Lo observé con una sorpresa paralizante, como si el peso de esa búsqueda hubiera recaído sobre mis hombros y no sobre los de su padre.
—¿Korl? —pregunté.
—Sí que sabes leer —sonrió, mostrándome toda su dentadura amarilla—. ¿Y tú quién eres? Te he visto jugar a la casita con mis padres.
—Mierda, Korl, tus padres te han buscado durante años. Tu padre te necesita, ¿sabes? Está inválido y cie...
—Ese hombre tiene lo que se merece.
Apreté la mandíbula y unas ganas de estrellarle la botella en la cara me dominaron el pensamiento.
—No me mires así, idiota —continuó—. Te aseguro que si te hubieran azotado de niño me entenderías. Tienes un lindo rostro, parece que te han tratado con amor.
Solté un suspiro. Sus palabras me confundieron, y al oír «azotes» la imagen de Calyssa detrás de mí infligiéndome dolor me invadió.
Me costó entender que, en realidad, se refería a Enkur.
¿Enkur azotando a su hijo? Imposible. De seguro estaba inventando una historia para justificar la adicción que lo había consumido.
—¿Y esa fue otra alucinación provocada por el hongo de mierda que consumes? —lo acusé.
Korl me miró con asombro, como si le hubiera dado una noticia terrible.
—Te lo han contado con detalle, ¿no? —respondió—. Sí, eso es cierto, pero se saltaron lo que pasó antes de que encontrara esos «hongos de mierda». De todas formas, no tengo por qué darte explicaciones.
Korl chocó mi botella con la suya y después de guiñarme un ojo se dio la vuelta y empezó a alejarse.
Si no lo detenía, si no lograba forzarlo a volver a casa, estaría traicionando a la familia que me había acogido. En otro momento, mi indiferencia habría ganado, pero ahora me importaba demasiado.
—Bien, lo reconozco. Te he juzgado mal, Korl. No te vayas, ¿por qué no me cuentas un poco más? ¿No te apetece hablar?
Escuché cómo sus pasos se apagaban justo a mi espalda. Cuando giró hacia mí, me encontré con una mirada llena de interés. En respuesta, levanté la botella de licor que llevaba en la mano, la misma que él había chocado.
i
Korl le dio un largo sorbo a mi botella y luego tosió arrugando la cara.
—Jo, increíble —dijo, limpiándose la boca—. Está buenísimo.
Su comentario me desconcertó. ¿Por qué había tosido así entonces?
—A los hombres les fascina sufrir —opiné, con la idea de referirme a «la raza humana».
—¿Y tú qué eres? —me preguntó, con una sonrisa burlona—. ¿Una niñita? Lo sospeché al verte la cara.
Estábamos apartados del centro de Markadiel, en un punto alto de la montaña. Desde allí, el carnaval parecía un hormiguero revuelto. Por la choza improvisada con telas y ramas, deduje que vivía allí. El frío, supuse, lo había enfermado y le había dado ese aspecto demacrado.
Me pareció una estupidez que su familia lo extrañara, cuando él solo estaba a unos pasos de la aldea. Sonreí.
—Cuando de verdad quieres encontrar algo, lo buscas, ¿no? No me hice tan difícil de encontrar.
—Sí, pero tu padre está ciego. Es difícil encontrar algo cuando no lo puedes ver. Tu madre tiene que cuidar de su hogar y tu hermana… tiene un humano diminuto que depende de ella las veinticuatro horas del día.
Él le dio otro trago al licor y carraspeó con dolor.
— Diosa Eryndra, perdónanos por el daño que hemos hecho…
Comenzó a cantar de pronto, con voz desafinada. Lo dejé desahogarse, pero cuando me ofreció la botella, volví a negarme. Él me miró con una amplia sonrisa.
—Tenemos tantas canciones para pedirle perdón a la diosa Eryndra. Es tan fácil, ¿no crees? —Se recostó y miró al cielo—. Haces lo que se te da la puta gana, lo disfrutas y luego pides perdón. Es simple.
Creí que solo estaba divagando, así que me limité a asentir.
—Pero es loco. Solo le piden perdón a Eryndra. ¿Y qué hay del ofendido? Ah, no. Jo, eso sí que es difícil… pedirle perdón a la persona a la que has hecho daño.
—¿A dónde quieres llegar con todo esto? —lo interrogué.
Korl me dedicó una sonrisa y, tras rebuscar en su bolsillo, estiró la mano. Un hongo diminuto y extraño descansaba en su palma. Sin ganas de probarlo, pero queriendo evitar una reacción hostil, lo tomé.
—A que Enkur jamás me pidió perdón por todo lo que me hizo mientras crecía.
Le presté toda mi atención, dándole el permiso implícito para que continuara.
Aún me sentía escéptico. ¿Un hombre tan bueno y tranquilo como Enkur, maltratador?
Era una idea absurda. Su maldad jamás podría igualar la de una criatura inhumana como Calyssa o cualquier otra serafina.
Además, Enkur no tenía los motivos de mi madre, por lo que la idea de que fuera un abusador no tenía sentido.
Sin embargo, la convicción en la voz de ese hombre era tan fuerte que mi terquedad comenzó a ceder.
—Él quería que fuera un jinete de volcrán, igual que él.
Medía mi hombría según lo que él mismo era capaz de hacer, o más bien, lo que él deseaba hacer y no podía por sí mismo.
¿Has visto esas criaturas? Son enormes y agresivas.
Nunca querría enfrentarme a una de ellas.
En ese entonces, me importaba tener una vida larga…
Hizo una pausa y me miró.
—Oye, el hongo que tienes en la mano no es alucinógeno. Lo cultivé para mis migrañas. Es analgésico y sedante, te hace dormir como un bebé. Muerde un poco, verás cómo te relajas.
Lo miré un momento y luego volví a analizar el hongo.
En efecto, no era una creación de una serafina de la tierra, sino una mezcla de varios tipos de hongos que había dado origen a ese.
El color era claro y el olor, casi imperceptible.
Comprendí que era inofensivo, así que me lo llevé a la boca. Era de buena textura, pero insípido.
—¿A esto te dedicas? ¿A crear hongos?
—Obvio —contestó—. Los comercio entre aldeas. Tengo que ganarme la vida de alguna forma, ¿no? Un sin familia no puede andar por ahí esperando que la diosa Eryndra lo ayude. Eso no pasa.
—Eres muy pesimista —le dije, echándome hacia atrás.
Era un forastero, eso explicaba por qué hablaba tan bien el idioma del este.
El hongo hizo efecto de inmediato. Empecé a sentirme más tranquilo, incluso más cálido, a pesar de la brisa helada del altiplano.
—El viejo Enkur era distinto cuando tenía de qué presumir —dijo Korl—.
Fuerza, piernas, ojos. Jo, me salió buena, ¿no?
Se jactaba incluso de su hijo, que era apuesto y sano.
Pero cuando supo que me gustaba bailar, tomó el azote y me dejó marcas que me forzaron a jamás volver a quitarme la ropa frente a nadie.
Lo que decía Korl no tenía sentido. Enkur era el primero en celebrar el folclor en Markadiel, llenándolo de música con su oboe. Decía que era el mejor lobezno y también bailaba.