25 #2
—De metiche na’. Yo le ayudé a Lummina a e’cogerlo. Dame las gracia’ nomá —refunfuñó. Luego me aplastó el cabello con las manos—. Ay, mijo, qué e’ ese pelo que traes. Tengo que peinártelo si quiere’ lucir.
—No quiero lucir, creáme. Ni siquiera se notará con la máscara puesta.
Pese a mi oposición, me conminó a sentarme para ocuparse de mi pelo.
Era liso, sí, pero ya rebosaba la línea del cuello.
Confié a ciegas en ella cuando decidió recortarlo, conservando el estilo trasero, pero reduciendo el largo de los cabellos que me cubrían la cara.
El sobresalto llegó cuando me sostuvo el rostro entre sus manos y sus ojos se inundaron de lágrimas.
—¿Me ha dejado tan horrible que se pone a llorar?
—Al contrario. Luce tan bonito que no me lo he podío guardar —dijo, secándose la lágrima que le resbalaba por el pómulo—. Me imagino a E’tian así de apuesto.
—¿El infante? —le sonreí—. No lo maldiga desde tan chico.
Me puse de pie sacudiéndome el cabello, pero Kuntari me hundió los hombros para sentarme de nuevo. Volvió a peinarme mientras yo apretaba los dientes.
—Quédate quieto, mijo, y no te movai. Voy a traer un poco de pintura para maquillarte.
—Está cada vez más loca. Ahora entiendo por qué le reza a un altar que no la puede escuchar.
Cuando regresó con una caja, se sentó frente a mí y se dispuso a ponerme extrañas tinturas en los párpados. Eran de un color dorado que hacía juego con los pliegues del traje.
—Yo solo le pedía a Eryndra por la salú’ de todos ustede’, mi familia. Malagradecío —me dijo, sujetándome el mentón—. Es lo único importante en esta vida. ¿No crees?
—¿Y cree que Eryndra puede cuidar nuestra salud?
—Pero, mijo, si ella no pue’e, ¿qué clase de diosa sería, ah?
Cuando me permitió levantarme, me precipité al espejo del lavabo.
No me reconocí. Tenía los ojos rodeados de un negro intenso, como carbón, y marcas primitivas en dorado.
El nuevo corte de cabello tampoco me complacía del todo, aunque no me quedaba mal.
Kuntari apareció detrás con la máscara de lobo.
Me la entregó, me la puse y, por un instante, me sentí desconectado de mí mismo.
Pero enseguida todo encajó. Le daría la máscara a Lummina, y así ella podría verme.
—Gracias, Kuntari —le dije, y ella me dedicó una sonrisa.
—De nada, mijo. Para eso están las madres.
La última palabra resonó en mi mente mientras salíamos de la choza del brazo.
La lluvia azotaba el altiplano y manchaba mis zapatos de fiesta, y el pensamiento no me abandonó ni siquiera cuando llegamos al corazón del carnaval, un torbellino de música y disfraces de animales y demonios, bajo el brillo central de la figura dorada de Eryndra.
Recordar la última vez que fui llamado «hijo» era recordar una condena. No venía acompañada del denso y protector olor a casa que emanaba Kuntari, sino del fuego del trauma y la humillación. Me era imposible aceptar la ternura implícita en ese título, la palabra se sentía hueca.
Pero Kuntari la había pronunciado y la simple fuerza de su voz me estaba haciendo sonreír.
i
Busqué a Lummina entre las lobeznas que esperaban en fila.
Todas se mantenían inmóviles como muñecas, incluso cuando la lluvia casi corría la pintura de sus máscaras.
No tardé en encontrarla, porque nadie más tenía ese cabello rizado y blanquecino, ni ese porte ni la forma de mecer su larguísima coleta desde el hombro hasta la espalda.
Aparté al hombre que tenía a su lado con el codo y le susurré, directo al oído, que ese era mi sitio.
Él cedió al instante y, a regañadientes, entendió que discutir con alguien que le sacaba dos cabezas de altura era inútil.
La única a la que temí que me regañara por el atrevimiento, ignorando la enorme diferencia de estatura, era Lummina.
Solo pude notarle una leve mirada de soslayo, que logré leer incluso a través de su máscara.
Estaba molesta, pero como esperaba, no me reconoció.
Yo solía llevar el cabello recogido o suelto, pero jamás con un estilo tan definido.
Además, nunca pensaría que mi voluntad de mantenerme al margen del carnaval flaquearía.
No podía imaginar que mis sentimientos por ella lo conseguirían.
Cuando la percusión resonó junto a las flautas, traté de recordar el baile que había practicado con Faraine. La lluvia le dio un toque especial a cada movimiento. Los saltos en el barro salpicaban por todas partes y el sonido en grupo imitaba el estruendo de un rayo cayendo sobre la tierra.
Tomé la mano de Lummina, la atraje hacia mí y la hice girar con un ímpetu que casi le robó el aliento.
Nuestros rostros enmascarados se encontraron con un golpe suave.
Justo cuando la volví a subir, la lluvia nos envolvió.
Me aferré a su cintura y ella colocó su mano en mi cuello.
Nos movíamos con pequeños, urgentes saltos, girando sin cesar, intentando leer la mirada del otro en la oscuridad.
Sus dedos se entrelazaron en mi cabello mientras sellaba una promesa silenciosa.
Por un instante, atisbé sus ojos sorprendidos tras la fina máscara: la mirada de quien se niega a creer que ha reconocido el tacto de su compañero de baile. ¿Cómo no habría de hacerlo? No pasaría mucho antes de que me identificara por completo.
Nos separamos formando una media luna perfecta. Tras mi salto, me deslicé para arrodillarme; ella giró a mi alrededor con una gracia felina, mientras yo tensaba su mano para marcar el ritmo de la percusión.
Cuando volví al grupo de hombres, y de nuevo tuve que dar grandes saltos, la sentí observándome a pesar de mantener una coordinación perfecta. Fascinada por la simple idea de que estuviéramos bailando juntos.
Yo no podía dejar de verla, admirando la forma en que su falda brillaba y se mecía con el vaivén de sus perfectas caderas.
La tomé de nuevo y la lancé en otro giro.
Su máscara, a diferencia de la nuestra, dejaba libre la parte inferior del rostro, y eso me permitió ver su sonrisa incluso bajo el frío goteo que caía del cielo.
La letra de la canción me era conocida. Era un cántico en honor a la diosa Eryndra, pero en ese momento sentí que profanaba su nombre al creer que ella no merecía tanto esplendor como la mujer que danzaba ante mí. Quizá era la ceguera de mi corazón enamorado, un destino del que ya no podía escapar.
De pronto, sus pies resbalaron sobre el agua concentrada. Se hundió, pero la sostuve con tal rapidez que el error fue casi imperceptible. Al tenerla tan pegada a mi cuerpo, le susurré un apremiante «cuidado». Ella me sonrió y siguió danzando.
El cántico, mezclado con los aplausos del público, se fue apagando mientras dábamos el último paso: un giro lento con sus ojos fijos en los míos.
Cuando la música se desvaneció por completo, me arrodillé frente a ella, tal como dictaba la coreografía.
Tomé su mano y me quité la máscara para ofrecérsela.
Ella se quedó paralizada. No solo me había reconocido, sino que parecía aturdida por la precisión de su propia intuición.
Nos sostuvimos la mirada y un mundo entero se desarrolló en nuestro silencio, mientras los aplausos del público rugían sin que los oyéramos.
Estábamos calados hasta los huesos por el diluvio, respirando con el aliento robado.
—Déjame estar a tu lado, Lummina —imploré, jadeante a sus pies.
Ella se arrancó la máscara de un tirón brusco, revelando un rostro marcado por la aflicción. Su mano temblaba sobre la mía. Sus ojos estaban cercados de rojo, llenos de lágrimas contenidas.
—¿Qué propones? ¿Que te acepte sabiendo que morirás y que ese día será mi fin?
La miré con una tristeza que sabía egoísta, pero mi cabeza se inclinó en una afirmación.
—Esta es la única forma en que mi existencia tendrá un propósito, Lummina. Permíteme cuidarte, permíteme ser tuyo.
Frunció los labios con rabia y negó con la cabeza. Sus lágrimas se confundieron con la lluvia que la empapaba.
—¡Maldito! Eres egoísta. Eres cruel. Eres malo —siseó entre dientes.
Apretó mi mano con una fuerza desesperada, como si pretendiera romperla, pero su esfuerzo fue inútil. Ni siquiera el dolor pudo atravesar mi piel. Ella, con las lágrimas todavía ardiendo en sus ojos, por fin se rindió y asintió. Se inclinó para acercarse a mi rostro y me besó.
—Acepto, Cyrone. Aunque te vayas a ir del todo, quiero estar contigo hasta ese momento. Quiero ser yo quien te agarre la mano cuando des el último suspiro. Ven conmigo. A primera hora, te espero en el bosque rojo de Markadiel —susurró contra mis labios.
Asentí, embelesado. Apenas noté que comenzaba el siguiente número, bailé con una euforia desbordante, todavía con la ardiente sensación de haber sido besado por la luz misma.