Cortex 25
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L a Fiesta de la Dorada había llegado. La familia de Enkur se levantó al alba, se vistieron con ropas festivas y se dispusieron a marchar hacia el centro, donde toda la parafernalia se aglomeraba.

Maersen llevaba su instrumento; Enkur, su antiguo traje de lobezno, y Loke no paraba de meterse entre sus piernas, moviendo la cola.

Muris y Estian portaban máscaras de volcranes pintadas de azul y plateado, mientras que Faraine llevaba su atuendo de baile, con una pequeña pero voluminosa falda violeta metalizada.

No era la mejor combinación con su piel azul, pero aun así lucía adorable.

Me mostró los pasos de su baile mientras la familia se dispersaba en la feria.

Aún no estaba curada; sus piernas se movían con temor, apenas sosteniéndola para no quebrarse. Aun así, la vi superarse a sí misma. Cuando terminó, aplaudí con una brocheta de carne desconocida en la boca.

La feria no solo estaba repleta de vendedores de indumentaria festiva, sino también de artículos cotidianos, incluso accesorios del este y ropa no relacionada.

Y, por supuesto, había un sinfín de puestos de comida fresca, en uno de los cuales había conseguido la carne que mordisqueé hasta dejar solo el palo.

—¡Qué asco! —espetó Faraine, arrugando la nariz.

—¿Te has visto la cara? —le devolví el golpe, y ella saltó sobre mí de inmediato.

—¡Feo tú! ¡Horripilante!

Me levanté de un tirón, tomándola en brazos para voltearla, dejando su cabeza hacia el suelo. Ella soltó una carcajada, pataleando al aire con furia juguetona.

—Entonces sí que somos hermanos —le dije con una sonrisa—. Dos feos horripilantes.

De pronto, noté la mirada pesada de Lummina.

Vestía ropas festivas y se perdía entre los puestos de tela.

Cuando la observé de vuelta, desvió la atención, fingiendo interés en otra cosa.

Estaba enfadada conmigo. No sabía si era porque me había negado a ponerme el traje y la máscara o porque le revelé mi inminente muerte justo después de un momento tan íntimo.

Probablemente, lo último.

—¡Muri-Muri! —chilló Faraine, colgando boca abajo. Al instante, Muris apareció junto a nosotros, trayendo una caja de crujientes migajas de calabacín, ahogadas en salsa.

Tuve que tragarme un resoplido cuando la vi: llevaba en la cabeza un gorro de hilo grotesco, con patrones tan coloridos que herían la vista.

—¡Oh, no! ¡Faraine está siendo atacada por una be’tia! —exclamó con dramatismo, cubriéndose el rostro con las manos.

Dejé a Faraine de vuelta en el suelo. Todavía reía, pero ahora un poco mareada por la posición en la que la había dejado.

—¿Te comiste a Estian? —la acusé, al notar la ausencia del niño que siempre llevaba en brazos.

Tal vez había canjeado al niño por ese infame gorro.

—Lo he dejao’ con mi madre, tonto. Están volando cometas en la zona alta del altiplano.

Faraine me miró y me zarandeó para que fuéramos con ellos. La miré con total desinterés. En ese instante, Lummina pasó a mi lado. Extendí el brazo y la detuve. Me dedicó una mirada de puro fastidio.

—Lum quiere ir contigo, Trucha. —Le sonreí.

Lummina me clavó los ojos por un largo momento, con la seriedad cincelada en su rostro. Después, me soltó el brazo de un tirón y, tras forzar una sonrisa, se arrodilló a la altura de Faraine.

—¿Y si mejor practicamos el baile, pequeña? ¿No quieres que nos salga perfecto?

—¡Claro que sí! —exclamó La Trucha, sujetando la mano de la trono para guiarla sin demora por el sendero.

Una vez solos, noté que Muris me observaba con esa ceja levantada, como si esperara que leyera su mente.

—Soy pésimo leyendo miradas, ni lo intentes —le advertí.

—¿Están peleados? —me preguntó con los brazos cruzados—. Lum casi te asesina con los ojos.

—Mujeres, Muris —le contesté, sin ganas de resolver el asunto. Era un tema delicado que, por supuesto, un humano jamás entendería.

Se acercó a mí y elevó la mirada, poniendo una mano junto a su boca para pedirme que le ofreciera el oído.

—Sé exactamente cómo va a perdonarte —susurró.

—Te escucho —le dije.

—Tiene’ que bailar con ella el baile de la Dorada. Cuando termine la música, tiene’ que entregarle la máscara de animal. E’ una ofrenda de amor eterno.

—¿Y esto no es ninguna broma para que se rían de mí? — pregunté, desconfiando al instante—. Te llevas muy bien con Maersen, y él me detesta.

—No, Cyrone. No e’ un chiste —respondió, soltando una carcajada que le arrebató toda credibilidad—. Aunque ahora que lo pienso, habría sido muy bueno.

Iba a replicarle, pero un grupo de peregrinos me embistió contra ella como si yo fuera invisible. Me quedé desconcertado y enfadado, pero mi reacción no se acercó a la de Muris, quien se lanzó contra el grupo, rugiendo a todo pulmón:

—¡ Nak har dé! ¡Lah ja mih jam pemsela !

Estallé en risas al ver cómo los hombres se giraban, indignados por los probables improperios que la dama de la familia les había espetado. Cuando se acercaron, me puse en medio, apretando los labios para evitar seguir riendo.

—¡Jamás lo ! —continuó gritando Muris. Los hombres a mis espaldas lanzaban los mismos desvaríos.

Volteé a ver a Muris, intentando, en vano, calmarla con la mirada.

—Ya, Muris, vámonos. No es momento ni lugar para pelear. Estamos en un ambiente festivo, ¿sabes?

La empujé para hacerla caminar en dirección contraria, ignorando los chillidos de los mugrientos que seguían insistiendo en discutir.

—Pero es que me hierven lo’ peregrino’ de otros lados que no nos tratan como se debe, ¡ni siquiera en nuestro propio pueblo!

—Solo estaba muy lleno —dije, abriendo paso a codazos entre la gente, donde apenas había lugar para moverse.

Tal y como me lo habían advertido en la familia, la Fiesta de la Dorada estaba abarrotada de gente de todas las aldeas de Lorelai, generando embotellamientos y ambientes un tanto peligrosos.

Apenas encontramos un resquicio donde los brazos no chocaran, Muris seguía rezando un mar de maldiciones en markadieliano.

Fue entonces cuando vi la repugnante mancha de baba humana en el cuello de su túnica.

Ella la notó, se la frotó con el dorso de la mano y siguió despotricando.

Si alguien podía acumular toneladas de rencor, esa era Muris.

—Es lo que te digo, Cyrone, así no’ tratan siempre, donde quiera que vayamos.

Quise reírme cuando continuó con sus maldiciones sin tener ya nada que decir, pero su voz se desgarró mientras lo hacía, convirtiéndose en un lamento, y mi humor se disipó.

Tomó el gorro colorido, tiró de él hasta arrancárselo y lo estampó contra el suelo, transfiriéndole toda su rabia.

—Todos los del este son una mierda, Cyrone. Igual que el padre de Estian. Ni siquiera quiso conocerlo. ¡Maldito infierno!

Muris comenzó a dar vueltas a mi alrededor, desahogando las mismas frustraciones en cada idioma que conocía. Yo me incliné, recogí aquella ridícula prenda y la sacudí con un cuidado que no usaba con nadie. Por más espantoso que fuera, era de Muris.

Cuando su cuerpo se estrelló contra mi hombro, quebrado por los sollozos, la abracé solo con un brazo, y con el otro le encajé el gorro en la cabeza.

—Ya, ya, cálmate. Prometo que si tengo que aniquilar una ciudad entera, será una del este —le aseguré, dándole dos palmadas secas en el hombro.

Al menos eso bastó para que se echara a reír.

—Papá tiene razón, te parece’ un montón a Korl. Dicen el mismo tipo de estupidece’.

—¿Gracias? —contesté. Y ella se zafó del abrazo para secarse las lágrimas con la mano.

—No dejaré que algo así me arruine la Fiesta de la Dorada, Cyrone.

—Así se habla —dije, sonriendo con orgullo.

Al mirar atrás, el recuerdo del plan de Muris para ganar el perdón de Lummina volvió a mi mente. Tal vez no sería tan humillante unirme al baile.

Por un instante casi imperceptible, fugaz, sentí el peso de una mirada a la distancia.

Pese a que mi instinto rara vez fallaba, y era probable que alguien nos estuviera espiando desde lejos, le resté importancia.

Si eran los arcángeles, la Fiesta de la Dorada era el peor momento para irrumpir y desatar el caos.

Esperaba que lo supieran.

Me detuve un instante a analizar los alrededores, barriendo el lugar con la mirada, pero no vi nada fuera de lo común. Solo entonces regresé con Muris al carnaval.

i

El día se extinguió en el horizonte y el cielo se convirtió en una gran bóveda teñida de un intenso burdeo.

La rueda de bailes nocturna estaba próxima a comenzar.

Los puestos de comida y juegos cerraron para no robar protagonismo.

Los instrumentistas afinaron sus flautas y trompetas, ensayando los acordes finales.

Ver a Enkur y Maersen unirse a los músicos fue mi señal para volver a la choza.

Me sorprendí al abrir la puerta y encontrar a Kuntari de rodillas frente al altar de Eryndra.

Dado el entusiasmo con el que había hablado de la Fiesta de la Dorada, di por hecho que estaría apartando un lugar en primera fila.

Esperé sigiloso a su espalda y, cuando sintió mi presencia, dio un brinco sobresaltada.

—Lo siento, no quería asustarla.

—Mijo, casi me mata’ de un ataque de Mak hari —dijo, riendo y apoyándose en mis brazos para levantarse.

—¿Qué le pasó? ¿Por qué está aquí? Se va a perder el baile.

—Lo mismo te pregunto, chiquillo. Te perderá’ ver a tus niñas bailar.

Asentí. Sin duda, se refería a Lummina y Faraine. Me senté en la silla del altar.

—Espero que esto no le dé un ataque de Mak hari , Kuntari. Voy a bailar como lobezno en el carnaval.

Como era muy dada a exagerar, pegó un grito y dio un salto.

—¡Ay, mijo! ¿No te lo dije? ¡A mí se me cumplen to’a las mandas!

—Pues parece que los ángeles pueden escucharla —ironicé con una sonrisa.

Me puse de pie al verla correr al cuarto donde guardaba la caja de regalo de Lummina. La miré extrañado cuando la dejó sobre la mesa y estiró el traje, alisando los pliegues.

—Anciana, es usted una metiche. ¿Cómo supo dónde estaba?