24 #3
—Ya no puedo seguir así. Tengo que salir, encontrar a los niños. Necesito salvarlos.
—Y si lo haces tú sola y los salvas… algo, por cierto, imposible, ¿a dónde los vas a llevar? ¿Dónde los vas a cuidar? Nylena ya no está contigo en esto, ¿verdad?
—Convenceré a Nyl de algún modo para que me ayude a crear un nuevo refugio. —Me aparté de ella y la miré con una expresión inexplicable—. Ella es mi mejor amiga, mi alma gemela, Cyrone. Nuestras diferencias se pueden hablar.
No era su plan lo que me irritaba. Sabía que si Nylena entraba en el juego, la perdería para siempre.
No había forma de que yo ganara esa batalla.
Pero lo que me aterraba de verdad era que, con ese plan tan incierto y optimista, ella terminara perdiendo la vida.
Y lo más doloroso era ver en sus ojos que era consciente de ese riesgo.
—Si intentas rescatar a esos querubines, la diosa Eryndra sabrá de tu traición y te matará.
—Lo sé. ¿Por qué crees que no lo he hecho antes? —respondió, hundiendo el rostro en la almohada.
—¿Y eso te da igual?
Se quedó un momento hundida en la almohada hasta que se obligó a mirarme. Había reunido el valor suficiente, o al menos fingía tenerlo.
—No, no me da igual —respondió—. Pero debo hacerlo. Me hice una promesa a mí misma. El mismo juramento que me llevó a sacarte del Valle de la Tierra.
—De acuerdo —le dije. No dejé que la lógica me detuviera y tomé la decisión—. Iré contigo.
Incluso si acababa de escupir una tontería, sabía que no me arrepentiría. Ni siquiera si eso significaba volver a rozar la muerte.
—¡¿Qué?! ¡No! —me contestó, el pánico se delató en su tono—. Estoy intentando salvar querubines, Cyrone. Si te llevo, te estaré condenando. Si no estás resguardado en una aldea humana, a Eryndra no le costará nada atraparte y matarte.
—Lummina, de todas maneras, no me queda mucho tiempo de vida.
Todo el ímpetu con el que me había hablado se detuvo de golpe, su rostro se descompuso al escucharme.
No podía seguir ocultándole la verdad. Decírselo era, en cierto modo, un acto de liberación, la prueba definitiva de la confianza que había depositado en ella.
El espanto en los ojos de Lummina fue mi única respuesta.
Tomé una respiración profunda antes de continuar.
—Le prometí a Calyssa hace años que acabaría con mi vida al cumplir veintiún años.
Ella negó con la cabeza una y otra vez, como si pudiera borrar mis palabras con eso. Le mantuve la mirada con determinación.
—Mierda —suspiró. Con ese suspiro, un sollozo desgarrador se le escapó—. ¿Cómo puedes decirme eso ahora, en un momento así?
—No llores —le susurré—. Te lo digo para que entiendas por qué tengo que ir contigo. No me importa morir, Lummina. De todas formas, ya no me queda mucho tiempo.
Para mí, la vida real solo existía donde ella estuviera. Por eso, el tiempo que me quedaba tenía que pasarlo siguiéndola.
—Eres un egoísta. A ti te da igual morir, pero ¿qué hay de Faraine? ¿Qué hay de Kuntari y Enkur? ¿Sabes en lo que te has convertido para ellos en tan poco tiempo?
—Tú misma lo has dicho: ha sido poco tiempo. Lo superarán —le respondí.
Intenté acercar mis dedos a sus pómulos para secar las lágrimas, pero ella rechazó mi mano.
—¿Y qué hay de mí?
Quise decir «tú también lo superarás», pero no fui capaz. No quería que eso pasara.
Al ver mi silencio, se irguió y se alejó con brusquedad.
Cuando intenté retenerla, me apartó con un empujón.
Salió corriendo del cuarto. Solo escuché el eco de sus pasos por el pasadizo y el estruendo de la puerta al cerrarse.
Me pregunté si la volvería a ver. La posibilidad de que se fuera antes de la Fiesta de la Dorada era ínfima, un riesgo mínimo, pero de igual manera me encontré lanzándome por el pasadizo, desesperado por alcanzarla.
La seguí como pude, sin hacer ruido para que no escapara de mi vista.
La vi subir por la pendiente desde la casa de Enkur, hasta que se detuvo al borde de la montaña.
Temí que la altura la tentara a una locura.
Sin embargo, solo la vi llorar en silencio, arrodillada en el suelo, diminuta bajo el vacío inmenso del firmamento.
Arriba, en lo más alto, los colores que ella había creado habían desaparecido.
Me pregunté por qué harían un cielo tan negro.
¿Eran acaso las luces de la Fiesta de la Dorada, tan fulgurantes que le robaban el esplendor?
¿O Lummina se negaba a iluminarlo con la estridencia de sus bailes, con esos colores que desentonaban en el mundo, pero que yo adoraba sobre todas las cosas?
La fría brisa de la montaña me envolvió, un recordatorio de que incluso en el momento más feliz de mi vida había tristeza, silencio y un manto oscuro sobre mí como testigo de todo.
Oí sus sollozos con una claridad insoportable. Y aunque mi instinto me gritaba que la consolara, no pude. Maldita sea. Tendría que haberle dicho que podía ir contra el juramento de Calyssa, que mi inminente muerte podía evitarse. Tendría que haberle asegurado que viviría para siempre, a su lado.
Pero serían mentiras.
Si le decía que, de haber podido, la habría cuidado por toda la eternidad, ¿habría sido suficiente para ella? ¿Para que volviera a pintar el cielo con tantos colores, como solo ella podía?
Si mi deseo se cumpliera, si me viera libre de este pasado y rompiera las cadenas del juramento que selló mi destino, prometería esto:
Ponerte a ti primero, por sobre toda existencia.
Porque, en esencia, eso sería lo mismo que elegirme a mí.
Cardillo