24 #2
Entonces sus manos se deslizaron hacia mi camisa y comenzó a desabrocharla con lentitud, casi con un ligero temblor.
Tenía los ojos entrecerrados, como si estuviera soñando.
Como si quisiera detenerse y dejarme libre, pero no pudiera.
Una vez tuve el abdomen descubierto, acarició mi cuerpo como si intentara tener cuidado.
Su tacto era distinto a todo lo que conocía.
Incluso cuando cerré los ojos y los volví a abrir, ella seguía mirándome con esa mezcla extraña entre deseo y cautela, como si estuviera dispuesta a soltarme al menor indicio de disgusto en mi rostro.
Me incliné sobre ella y la besé con delicadeza. Quería que sintiera mi respiración entrar a través de sus labios y mi piel rozar la suya, pero aún estaba un poco tensa. Me separé apenas unos centímetros, volví a tomar su mano y la coloqué en el lado izquierdo de mi pecho.
—Lummina, tranquila. No me estás lastimando, no tengo miedo —insistí—. ¿Lo sientes? Eres tú, todo esto eres tú. Eres la razón por la que esta cosa debajo de mi pecho late tan fuerte.
—Te adoro —me susurró, y al sentir el latido firme de mi corazón, como una tormenta, frunció el labio—. No tienes idea.
Le sonreí y me aparté un poco para encender la vela que se había apagado. La luz reveló su rostro levemente enrojecido y la fina capa de sudor que perlaba su piel, a pesar de que aún no habíamos empezado.
—Me voy haciendo una idea, trono del Cielo.
Me acerqué y ella enganchó su dedo en mi cinturón. Como si me estuviera pidiendo permiso, me miró desde abajo, sentada en el catre con esos irresistibles ojos suyos. Mis manos tomaron su lugar y deshice la horquilla, ella se encontró con aquello que le provocaba tanta curiosidad y deseo.
—¿No te incomoda que sea tan…? —No se atrevió a terminar la frase, solo se cubrió la boca.
—No es siempre así, y no, no siempre me estorba —le respondí con una voz más grave de lo que esperaba. Solo me incomoda cuando estoy contigo , pensé—. Lummina, ¿tantos años y jamás habías estado así de cerca de un hombre?
En realidad, su ignorancia no me asombraba.
La vida de los ángeles varones era corta y las vivencias de Lummina parecían limitarse a su relación con Nylena.
La trono negó con la cabeza y pareció aún más nerviosa.
Después de tomar una respiración profunda, Lum apoyó su mejilla contra mi abdomen. Su aliento cálido me erizó la piel.
—Si quieres, también puedes tocarme —me dijo, y solo entonces caí en la cuenta de que yo también debía hacerlo.
Debía tocarla, aunque la mera idea me aterraba. La verdad era que no entendía bien lo que estaba permitido y lo que no. Sin embargo, haría cualquier cosa por ella. Me arrodillé y tomé los pliegues de su vestido.
—Levanta los brazos, ¿quieres? —le pedí.
Que obedeciera, permitiéndome quitarle esa pesada prenda, se sintió como una punzada en el corazón.
Con las manos temblando de puro nerviosismo, pude apreciar la blancura inmaculada de su piel. Vi la perfección de sus senos, su caída exquisita, que despertó en mí una sed inmensa. Y luego la curva sensual de su cintura que se amoldaba justo para mi palma. Un escalofrío de puro deleite me recorrió.
Lummina se dejó caer de espaldas sobre la cama y puso los brazos por encima de su cabeza, invitándome.
Con mis latidos desbordados, me acomodé de nuevo sobre ella.
Tomé su pierna para abrirme un espacio y el contacto fue casi directo.
Ella, con los ojos apenas abiertos, se veía tan sorprendida y sin aliento como yo.
Por un instante, el mundo entero se detuvo.
De entre todas las noches que habíamos dormido juntos, incluso con la intimidad implícita y la proximidad que nos unía, jamás la había tocado de esa manera.
Un temor silencioso se había instalado en mí, el miedo latente a lo que podría despertar si cruzaba esa línea invisible, si la conexión se volvía irresistible y me arrastraba a un lugar del que no habría vuelta atrás.
Tampoco podía negar que el recuerdo de Calyssa —una sombra persistente y dolorosa— había sido un freno.
Un recordatorio de que el deseo podía exponerme más de lo que estaba dispuesto a permitir.
Pero ahora, con mi sangre bombeando con una fuerza inusitada y el embriagador aroma de Lummina rozándome la piel, sabía que sería imposible, casi absurdo, intentar detenernos.
La barrera se había desmoronado por completo.
Sostuve sus muslos con fuerza, enterrando mis dedos con gentileza en su piel.
Besé su frente y luego apoyé la mía contra la de ella.
Un quejido dulce escapó de sus labios cuando me moví y froté entre sus piernas.
La sensación era tan abrumadora que no habría podido explicarla con palabras.
Por eso, en lugar de hablar, solo pude gruñir, un sonido primitivo que salió de lo más profundo de mi pecho.
Ella tomó mi mentón para profundizar un beso. Era diferente del primero, quizá más maduro, pero repleto del mismo anhelo ardiente que nos había consumido desde el inicio.
Sentí su gemido mezclarse con el beso. Impulsado por una necesidad demente, volví a moverme entre sus piernas. Había una punzada de frustración en la brusquedad de mi agarre, un anhelo incontenible de buscar más, de ir más allá de la fricción de la tela.
Ella, con un gesto que me robó el aliento, tomó mi mano y la guio a su pecho.
La suave textura y la perfecta forma que sentí bajo mi palma se convirtieron en mi mayor obsesión.
Presioné con una urgencia contenida, como si deseara moldearla para que fuera solo mía, y ese simple acto la llevó a cerrar los ojos con un suspiro profundo y entregado.
Debía estar volviéndome loco por ella. Quizá era eso lo que pretendía.
Por un momento, sentí que me volvería adicto a su cuerpo, a cada rincón de su piel, a la necesidad de besarla sin detenerme. Mis manos y mi boca la recorrieron por completo, explorando cada espacio que me permitió, devorando cada nueva sensación.
Como si la urgencia nos hubiera hecho perder la cabeza, ella me obligó a despojarme de toda mi ropa y prometió hacer lo mismo. Con una determinación silenciosa, me tendió sobre la cama, se sentó a horcajadas en mi regazo y nos miramos mutuamente, expuestos, sin nada que nos ocultara.
—¿Puedo hacerlo? —Su voz, un dulce susurro lleno de provocación, me hizo estremecer.
Mi respiración se aceleró. Le sonreí, aunque se sintió más como una mueca desesperada, como si la pregunta fuera lo más absurdo que había escuchado en mi vida.
Nunca nadie me había preguntado nada así y, en ese momento, la pregunta me pareció la más inútil del mundo.
—Por favor —logré articular—. Si no lo haces, no sé qué voy a hacer.
Ella sonrió. Me dejé ir, el control se disolvió en el instante en que permitió que me perdiera por completo dentro de ella. La sostuve con una fuerza instintiva. Tal vez por el irracional miedo de que desapareciera.
Me besó con ganas, como si quisiera que me anclara a ese momento, que no recordara nada que no fuera ella, porque cada vez que mi mente amagaba con vagar, con irse a cualquier otro sitio, ella me traía de vuelta.
Me traía con su beso, con sus caricias, con sus susurros en mi oído.
Me adentré en ella. La miré a los ojos, apartándole con torpeza esos mechones de cabello húmedo que le cubrían la vista, y en mi mente le prometí mil veces que la protegería.
El caos se sentía bien. Quería más de eso. Quería más de ella. Era el paraíso.
Esta es la vida que quiero. La vida que siempre quise. Quiero que seas mía. Quiero perderme en ti por completo, fundirme en tu cuerpo hasta caer derrotado, hasta que no quede rastro de lo que fui .
Continuamos hasta que el placer fue tan abrumador que nuestros cuerpos parecieron desmoronarse, entre oleadas de satisfacción que se sucedían sin tregua. Entonces, se detuvo.
Nos quedamos un instante completo, quizá una eternidad, respirando agotados y sudorosos, el aire pesado a nuestro alrededor.
La sensación intrépida que nos había tenido gimiendo y mirándonos a los ojos de pronto se extinguió, dejando una calma extraña.
No supe qué hacer cuando comenzó a reír, un sonido suave y avergonzado que llenó el silencio.
—Esto no… me lo esperaba —dijo. Su voz era apenas un susurro entrecortado por la respiración.
—Yo menos, la verdad —admití con una sonrisa tonta asomando en mis labios.
—Nunca me había vuelto así de loca por nadie…
Eso debía ser bueno.
—Ni yo —murmuré, sellando la verdad de ese momento.
i
Con la ropa de dormir ya puesta, me dejé abrazar por Lummina bajo las mantas. Su cuerpo tibio me rodeaba por completo y su barbilla estaba apoyada en mi cabeza. No lo negaré, deseaba volver a tenerla, pero ella estaba rendida. Sus ojos luchaban por no cerrarse.
—¿Bailarás conmigo mañana? —murmuró con apenas un suspiro.
—Claro que no —respondí, escondiendo mi cara en su camisón.
Un largo silencio se instaló entre nosotros. Pensé que se había dormido, pero sentí cómo sus brazos me aferraban con más fuerza. Yo también estaba a punto de caer en el sueño, perdido en el aroma de su piel que, mezclado con el mío, era como el sedante más potente.
—Cyrone, tengo algo que decirte…
Abrí los ojos con dificultad. Sabía que no me declararía su amor, al menos no como yo anhelaba que lo hiciera.
Sabía que no me quería con la misma intensidad, que no estaba enamorada, que sus pensamientos sobre mí no tenían la misma pasión.
Y aunque no quería escucharlo, la idea no me entristecía.
Era imposible sentirme triste en ese momento, acunado en sus brazos.
—Me lo dices mañana —susurré adormilado.
—No… quiero decírtelo ahora —insistió.
Solté un suspiro pesado y ella lo interpretó como resignación.
—No puedo seguir aquí —dijo, como un dardo, como si fuera lo más fácil de pronunciar.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.