24
P or Lummina, que le temía a la oscuridad, cada noche la habitación se iluminaba con velas.
Ella, aunque jamás lo confesaba, despertaba con el último suspiro de la cera, incapaz de soportar la penumbra.
A mí no me afectaba, el sueño me vencía en cualquier sitio, y ni su luz ni su respiración entrecortada lograban impedirlo.
Esa noche me adelanté y encendí la vela yo mismo.
A medida que la oscuridad se disipaba y el calor llenaba el espacio, observé la llama, cavilando sobre el mismo enigma de siempre.
Decían que el fuego provenía del Sempiterno del Empíreo, y que por eso era incontrolable, más poderoso que los cuatro serafines de la naturaleza, incluso que la misma diosa.
Era el mayor misterio de este mundo, de los anteriores y de los que aún estaban por venir.
Cuando Lum entró, su expresión era la misma que la de Faraine antes de mi sorpresa de cumpleaños: sospechosa. Aunque sabía que me ocultaba algo, la felicidad que le producía el secreto me hizo fingir que no pasaba nada y le devolví la sonrisa.
—¿Qué crees, Cyrone? Tengo algo para ti.
—¿Qué es? —le pregunté, intentando mirar tras su espalda, donde escondía algo con disimulo.
Se acercó a mi lado, se sentó en el catre y dejó un objeto sobre mis piernas. Levanté una ceja, intrigado. Era una caja atada con una simple cuerda. La miré con confusión, pero mi rostro se iluminó con una sonrisa de agradecimiento.
—Gracias —dije, sin entender nada. Lum se quedó esperando a que hiciera algo—. ¿Qué pasa?
—Tienes que abrirlo.
—¿La caja?
—Claro —dijo con un tono de obviedad—. Cyrone, es un regalo.
Ladeé la cabeza y, para seguirle el juego, fingí entender.
—Ah. Un regalo. —Comencé a desatar las cuerdas.
—¿En serio no sabías que en los cumpleaños se le dan obsequios al festejado? —preguntó sorprendida.
Por supuesto que no lo sabía, era nuevo en eso.
—Oh, ¿y en los cumpleaños hipotéticos también? —le pregunté de vuelta.
Ella sonrió y asintió, emocionada como una niña. Cuando por fin abrí la caja, me quedé mirando el objeto que yacía dentro. Lo saqué para examinarlo mejor: era una máscara de lobezno. Resultaba espeluznante por la combinación del negro y el rojo intenso, y por la expresión feroz del animal.
—Un recuerdo de Markadiel, ¿eh?
—¡No! —me respondió, indignada—. Es para que mañana bailes conmigo. Si miras al fondo de la caja, también está el traje que debes usar.
Entonces reparé en lo que creía que eran telas decorativas, un traje con los mismos tonos que la máscara.
—Estás loca —le dije.
Lummina se levantó del catre, un poco furiosa.
—¡No, Cyrone! Tienes que hacerlo. ¡Tenemos que hacerlo! Si no, ¿para qué ensayaste tanto con la pequeña Faraine?
—Para entretenerla. ¿Acaso creíste que había encontrado mi nuevo pasatiempo? Bailar es inútil, y más si es para rendir homenaje a la diosa Eryndra. —La miré con el ceño fruncido—. Oh, diosa Eryndra, ven a matarme pronto , esa debería ser la letra para que mi baile tuviera sentido.
—No quiero que bailes para la diosa Eryndra, sino para mí —dijo ella, y yo resoplé—. Oye, no te rías. Yo… no quiero bailar con un hombre desconocido.
Solo esa frase me bastó para sacar el traje de la caja e inspeccionarlo. No quería bailar en absoluto, pero la idea de que un hombre se aproximara a ella con el pretexto de un baile me ponía enfermo.
—Entonces no bailes, así de simple.
La trono se detuvo y me miró con sus grandes ojos de ónix. Pude notar cómo inflaba un poco el labio inferior, intentando conmoverme.
—Eso no —dije—. Eso no es justo para mí.
—Cyrone, de verdad quiero hacerlo —respondió, acercándose—. Tengo miedo… Miedo de que mi iridia se consuma con este mundo y ya no pueda moverme. Entonces desearé haber hecho todo lo que siempre me gustó con mi cuerpo. Y entre esas cosas, está bailar.
—No seas trágica, Lummina.
—Será divertido. ¡Vamos! —dijo, y tiró del traje que yo tenía en mis manos. Consiguió ponerme de pie con poco esfuerzo.
El espacio era tan reducido que apenas cabíamos los dos de pie. A pesar de eso, ella retrocedió unos pasos, se sostuvo de las caderas y tomó su posición inicial, lista para la acción.
—Si doy un salto aquí, derrumbaré la casa —le advertí, alzando una ceja.
—Hay que probar. Y si eso ocurre, lo resolveremos juntos.
¿ Resolverlo cómo ?, pensé. Negué con la cabeza, cruzándome de brazos.
—No te vas a rendir con esto, ¿verdad? —le pregunté con una seriedad que no era del todo real. Ella, con una sonrisa juguetona, asintió.
—Así es.
En un acto intrépido y casi involuntario, tomé su muñeca y tiré de ella para atraerla. Sus brazos se estrellaron contra mi pecho. Sin soltarla, entrelacé mis dedos con los suyos y, con la otra mano, rodeé su cintura, sintiendo cada curva de su cuerpo contra el mío.
—¿Qué haces? —murmuró Lummina, sorprendida por la cercanía.
Pude sentir el ritmo frenético de su corazón vibrar contra mí, un sonido que me infundió una extraña valentía.
—Querías un compañero de baile, ¿verdad? —susurré con determinación.
—Pero el baile de la Dorada no es... no es así —dijo con la voz entrecortada y una sonrisa nerviosa pintada en sus labios.
El espacio entre nosotros ya no existía, pero, aun así, reduje lo poco que quedaba. Solté su mano y, con la yema de mis dedos, atrapé su mentón, inclinando su rostro hacia mí.
—Te lo dije, ¿no? Soy pésimo bailando.
Ella se mantuvo inamovible, mirándome a los ojos. De pronto, un brillo juguetón encendió su mirada. Sonrió de par en par y, con un tono seductor que me heló la sangre, preguntó:
—Y en este nuevo baile que te has inventado, ¿cuáles son las reglas?
Debía ser la sustancia que bebí en la cena la que me empujaba a esto, a dejarme llevar por mis deseos sin pensar en la vergüenza posterior.
—Es simple. Yo te guío, tú me sigues —contesté.
Deslicé mis dedos sobre su piel suave y, al rozar sus labios, los noté entreabiertos. Mi pulgar delineó el inferior y ella me siguió observando con una curiosidad que me atraía. Sin previo aviso, sus brazos rodearon mi cuello. Quizá la sustancia de la cena no solo me había desinhibido a mí.
—No me gusta que me digan qué hacer —susurró Lummina.
Lo dijo con total seguridad, pero cuando me acerqué y mis labios rozaron los suyos, no pudo evitar seguir mi ritmo.
Extrañaba tanto besarla que, en ese instante, me parecía increíble que estuviera sucediendo.
Un choque eléctrico era aterrador, pero en ese momento me daba igual correr el riesgo si podía volver a probarla.
—¿Lo ves? —murmuré con una sonrisa, separándome solo lo suficiente para mirarla—. Eres mía ahora.
Ella soltó un cálido suspiro, apretando mis brazos con fuerza.
—Idiota, cállate —dijo, intentando mantener su postura.
Pero le fue imposible. La forma en que sus cejas se curvaron, la necesidad palpable en su mirada, todo me decía que quería volver a besarme.
Y cuando lo hizo, dejó escapar un suspiro de rendición.
Mis manos subieron a su nuca, profundizando el beso hasta dejarnos sin aire, sin espacio.
.. Maldita habitación diminuta. Al movernos tan solo un poco, chocamos con la mesa que unía la cama y la pared.
La vela rebotó y cayó, sumiéndonos en la oscuridad.
Lummina rompió el beso de golpe y me jaló del susto, haciéndome perder el equilibrio.
De manera instintiva, puse mi mano en la parte posterior de su cabeza mientras caíamos.
Aterrizamos en el colchón de la cama y ella, en pánico, se cubrió el rostro con las manos, susurrando frases incoherentes que sonaban a un desesperado: «enciende la luz, enciéndela».
Pude sentir cada uno de sus temblores bajo mi cuerpo. Parecía no ser consciente de nuestra comprometedora posición. Le susurré con voz suave para que se calmara, mientras rozaba su pómulo y acunaba su rostro con una de mis manos.
—Tranquila, Lummina, estoy aquí.
Pero ella, presa del pánico, se movió de nuevo.
Para mi pésima suerte, se rozó con el lugar equivocado, mi entrepierna.
En efecto, gracias al beso, mi cuerpo estaba reaccionando de formas que no podía controlar.
Cuando sintió algo duro entre sus muslos, el miedo en sus ojos se transformó en curiosidad.
Sus dedos se cerraron sobre la tela de mi pantalón, siguiendo el contorno del bulto como si quisiera descifrarlo.
La reacción fue instantánea: en cuanto lo reconoció al tacto, apartó la mano de golpe.
—Yo… lo siento, de verdad. No supe enseguida lo que era. —El sonrojo encendió su rostro de una manera que me pareció adorable e inocente. Tal vez era terrible de mi parte encontrar eso excitante.
En lugar de paralizarme por completo, tuve el impulso de volver a colocar su mano en el mismo lugar.
Lo sentía tan bien, tan correcto. Tan pronto lo hice, ella se sorprendió casi más que yo, pero no la apartó.
Al contrario, la movió con una mezcla de firmeza, determinación y anhelo febril.
Al sentirla, solté un profundo suspiro. Mi expresión, estoy seguro, reflejó un dolor que no era ni físico ni emocional, sino el de unas ganas ardientes de que no se detuviera.
Ella, sin embargo, pareció interpretarlo de otra forma.
—¿Te estoy lastimando? —preguntó Lummina, con la voz entrecortada por la agitación, pero con un toque de preocupación al retirar su mano.
—No —respondí con la respiración entrecortada—. Por el Sempiterno, no. No me estás lastimando.