Cortex 23 #2
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No podía verla desde donde estaba, pero su silencio hizo que mi corazón se agitara.

—Si me amas, Nyl —respondió Lummina—, si de verdad quieres que sea feliz, necesito que me permitas buscar mi lugar en este mundo.

—¿Cómo puedes escogerlo a él y no a tu alma gemela?

—Su voz se quebraba, cargada de furia—. Estoy en la intemperie, en un lugar que no conozco, y vine por ti.

He hecho todo por ti, Lu. ¿Acaso fue la bofetada?

Lo lamento… No quise… Por Eryndra, todo lo que decías me sacó de quicio y no pude evitarlo.

Perdóname, ¿sí? Si quieres, puedes devolvérmela. Golpéame. Acaba con este resentimiento.

—¡Por supuesto que no! —gritó Lummina, interrumpiéndola—. Jamás podría dañarte ni tocarte un pelo, Nyl. Te adoro, ¿lo sabes? Eres demasiado importante, demasiado valiosa para mí. He pasado tanto tiempo a tu lado que estar sin ti me parece extraño, pero también necesario.

Nylena la observó un largo rato, incapaz de articular palabra.

—Me dices que no podrías dañarme, Lu… —Su tono se quebraba, cargado de miedo y dolor—. Pero sabes que, si vuelves esta noche con Cyrone, me harás tanto daño que jamás podré recomponerme.

Lummina suspiró, y yo logré acomodarme mejor para verla dar dos pasos atrás, alejándose.

—Te equivocas, Nyl —dijo, con la voz firme pero temblorosa—. No lo hago para hacerte daño, lo hago porque…

—¿Lo deseas? —espetó, avanzando un paso hacia ella como si quisiera atravesarla—. ¿Quieres tenerlo como lo hizo Calyssa?

Lummina bufó con indignación. Vi como su cuerpo se tensaba, lista para atacar, como cuando en los entrenamientos se lanzaba para darme una paliza, pero se contuvo y comenzó a retroceder hacia la choza. Yo me agazapé todavía más.

—Maldita sea, Lummina —espetó, su voz se tornó fría y dura—. Maldita sea. Si no vienes conmigo, juro que le contaré todo a Eryndra. Le diré dónde estás. Has traicionado a la diosa por proteger al causante del apocalipsis.

Lummina se detuvo y se giró para mirarla con una seriedad que dejaba claro que ya estaba acostumbrada a esas amenazas, a esa manipulación.

—No, Lu, no voy a hacer eso… —intentó suavizar Nylena, dudando por un momento—. Por favor, perdón, no quise decir eso…

—Haz lo que quieras, Nylena. Si prefieres verme muerta antes que en cualquier otro lugar, allá tú.

La discusión terminó cuando Lummina la dejó atrás.

Nylena se quedó de pie, paralizada, con el rostro lleno de conmoción.

Solo el viento la envolvía en su soledad.

Pude haber intervenido para defender mi propio honor, pero decidí seguir a Lummina bajo la noche estrellada de Lorelai, que se mostraba más oscura de lo habitual.

Una vez dentro de la choza fue fácil encontrar excusas que apaciguaran a los miembros de la familia.

Incluso cuando todavía guardaban dudas por expresar, el llanto de Estian al verme y notar que no estaba sobre mi regazo, como lo había estado en tantos almuerzos de la última semana, logró acallarlos por completo.

Intenté no pensar en la conversación entre Nylena y Lummina.

Quise silenciar el miedo de que la serafina desatara su furia y redujera la choza a escombros con un solo huracán, pero fue inútil.

Sentía miedo, sí, pero también un extraño éxtasis por haber presenciado a Lummina enfrentando acusaciones de sentir algo por mí…

y sin negarlo. Ni siquiera Estian, con esos ojos gigantes que parecían partirle el rostro, logró arrancarme de aquel torbellino de pensamientos.

Fue extraño recibir el cántico de la familia, todos atentos a mí mientras unas velas ardían sobre el pastel.

Por supuesto, no entendía que aquello era común, que solía repetirse todos los años para los humanos.

Tampoco pensé que, en algún otro rincón de Lorelai, un cumpleaños significara algo bueno para alguien como yo.

Al principio, esos años no significaban más que un tránsito hacia el inevitable final del Rito de la Aniquilación. Al cumplir trece, comenzó una nueva cuenta regresiva: el juramento que le hice a Calyssa, la promesa que me condenaba a morir a los veintiún años.

Veintiuno .

Veinte .

Me quedaban solo unos meses para abandonar este mundo.

—¡Ahora tiene’ que pedir un deseo! —gritó Kuntari al aplaudir.

Quizá, de forma inconsciente, deseaba que el apocalipsis llegara y acabara con todo, no solo conmigo, sino con el mundo entero, para que el siguiente pudiera renacer.

Creía que, tal vez, si naciera en el seno de una familia como esta, la que ahora me celebraba pese apenas conocerme, podría ser diferente.

Ya no tendría estos recuerdos, ni este peso.

Si era sincero conmigo mismo, lo necesitaba. Necesitaba renacer y olvidar. Un año más en este cuerpo se me hacía extenuantemente pesado si pensaba en vivirlo.

Entre los veintiún y los veinte años había un abismo.

Cuando la mayoría se había ido a dormir, me quedé un rato más en la sala de estar, cargando a Estian.

Muris me lo confió en brazos al ver que lloraba al intentar arrancármelo.

Era extraño. Si había alguien a quien los niños debían temer, ese era yo.

Sin embargo, se amontonaban a mi alrededor, confiados y curiosos, como si mi autoridad se desvaneciera del todo.

—Te ves distinto —Lummina habló envuelta en la luz difusa del lavabo, fregando los restos de la cena.

Me recosté en el sillón, deseando que el sueño atrapara a Estian cuanto antes. El bebé exploraba mis dedos con la seriedad de quien busca el secreto de un enigma ancestral.

—¿A qué te refieres? —le pregunté sin rodeos.

Lummina me miró un instante, como si buscara algo detrás de mis ojos.

—Eres distinto a cuando te vi por primera vez.

Sonreí y miré a Estian bajo la tambaleante luz de las velas.

—Bueno, ahora juego con los niños en vez de… pues matarlos —ironicé.

—Especialmente por eso —respondió Lummina—. Pero también se te ve más humano.

Alcé una ceja y la miré con cierto disgusto.

—Es un cumplido, Cyrone. No hay nada más valioso que ser humano cuando te han arrebatado la humanidad por completo.

—Eso es muy profundo. —Me reí al decirlo, aunque en el fondo lo pensaba en serio.

Estian intentaba agarrarme una de las orejas, consciente de que yo era diferente a él. Me alegraba que no fueran mis cuernos lo que le llamara la atención, pues tocar una de las puntas podría lastimarlo.

—Gracias, Lum —le dije mientras el niño tiraba de mi oreja. La imagen debía ser cómica, pero ella solo me regaló una sonrisa compasiva.

—¿Gracias? ¿Por qué?

—Por ver eso en mí.