Cortex 23
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E ra el último día de preparación para la Fiesta de la Dorada.

Ensayé en las afueras de la choza de Kuntari junto a Faraine hasta que las piernas me temblaban de puro cansancio.

Aun así, la pequeña seguía exigiendo más, incansable, y maldije su energía infinita.

Tocamos dos, tres piezas adicionales, hasta que me harté y la frené justo cuando iba a volver a formarse.

—Ya estuvo —le solté, y, al ver su ceño fruncido, negué con la cabeza—. Quédate practicando hasta el apocalipsis si quieres, pero a mí no me arrastres.

Apenas di un paso para irme cuando me rodeó por detrás, tan veloz que la tierra se alzó en un soplo a su alrededor.

—Suéltame —le exigí fastidiado.

—Seguir ensayando —insistió, tironeándome sin lograr moverme.

—No, seguir ensayando yo no. Yo casa —me burlé, pero se me plantó enfrente y me empujó con todas sus fuerzas para hacerme retroceder.

Retrocedí dos pasos con pereza y suspiré, dejando que el aliento se volviera niebla en el aire helado. A esas horas, no tenía sentido continuar.

—¡Ensayemos! ¡Mañana es la fiesta!

—Fiesta en la que no pienso participar, y lo sabes.

Me miró desde su altura y vi cómo le temblaba el mentón.

—Algo tienes —afirmé.

—Nada. No estoy escondiendo nada —respondió con una fluidez impecable, justo como le enseñé.

—No insinué eso —repliqué. Ella se tapó la boca con la mano—. Ajá… entonces sí que me escondes algo.

Negó con fuerza, como si ese gesto bastara para convencerme. Intentó apartarme, pero avancé igual, arrastrándola conmigo. Su esfuerzo fue en vano, llegamos a la puerta de la choza, la que empujé con determinación, aunque la débil niña quedara atrapada entre medio.

Al abrir, noté un gran movimiento dentro. No solo estaba toda la familia reunida, sino que reinaba un caos organizado. Los miembros llevaban vajilla con comida y movían muebles para hacer espacio a la mesa grande que Enkur había tallado durante los últimos días.

Cuando me miraron, todos parecieron enfadarse conmigo. No entendí de inmediato por qué, hasta que Muris alzó la mano y gritó:

—¡Feliz cumpleaños, Cyrone!

Entonces los demás intentaron borrar sus rostros de frustración y comenzaron a aplaudir. Fruncí el ceño, desconcertado, porque según mis cálculos todavía faltaban meses para que cumpliera los veintiún años.

—Está confundido —dijo Lummina al notar que yo no sonreía a pesar de los vitoreos—. Bueno, Cyrone, les conté que jamás te habían celebrado un cumpleaños y no pude detenerlos.

—Lummina no quiso decir cuándo era tu cumpleaño’, así que lo decidimo’ nosotro’ —agregó el viejo Enkur, que por fin podía sentarse en su nueva mesa.

Esa familia celebraba cualquier cosa con comida.

Cualquier excusa servía: que parara de llover, que sobrevivieran a un huracán, que un colibrí se posara en la ventana o que Estian dijera una palabra; y cada palabra que decía la celebraban con una cena.

Me preguntaba cómo es que no estaban todos obesos.

—Mi cumpleaños, Lummina, cae en el día de los Ritos —les dije, y como era natural solo ella y Maersen pudieron entenderlo—. El día que cumplo años no hay nada que celebrar.

Creé el momento más incómodo posible entre los presentes, hasta que Enkur rompió el silencio para aliviar la tensión.

—No sé qué son «lo’ ritos», mijo. Pero deben ser algo malo, ¿no es así?

Asentí y miré a Maersen que, igual que yo, se quedó cabizbajo.

—Bueno, entonces mejor todavía. Ese cumpleaño’ puede quedar enterrao en el olvido. Desde ahora, será hoy. El día anterior a la Fiesta de la Dorá’. ¿Qué te parece?

Sonreí a todos, un poco escéptico.

—Lo que ustedes quieren es una excusa para comer.

—Cyrone —me regañó Lummina.

—Pero les debo mucho —interrumpí, observándolos con una sonrisa—. Supongo que una comida antes de mañana no hará daño.

—¿Entonces renuncia’ a tu cumpleaños original?

Asentí, y el ambiente volvió a tornarse cálido. Me senté junto a los demás, tal como me indicaron, en la cabecera de la mesa, y desde allí vi a Enkur, ubicado en el extremo opuesto.

—No todos los días se renuncia a un cumpleaños original —dijo Lummina, sentada a mi lado, y levantó un vaso de limón diluido en agua.

Consentí el choque de vasos. Llevaba poco, pero con tantas celebraciones, tarde o temprano aprendería las absurdidades humanas y sus costumbres, como la de chocar vasos.

—¿Cuánto’ año’ cumples hoy? —preguntó Kuntari.

Me llevé la copa a los labios y un sabor amargo me hizo fruncir el ceño.

—Veintiuno —respondí, mirando el líquido con cierta desconfianza. ¿Sería veneno?

—Mijo, ¿te dieron a probar del licor? Me dijo Lummina que no lo habíai probado nunca. No e’ fácil de conseguir. ¿Te ha gustao’? ¡Lo abrí solo pa’ la ocasión!

No podía identificarlo del todo; no sabía mal, pero tampoco comprendía qué lo hacía tan único ni por qué era tan difícil de encontrar. Aun así, aprecié el gesto y seguí bebiendo, sintiendo el ardor en la garganta al tragar. Me contuve para no toser.

—Se agradece que lo hagas para mi hipotético cumpleaños —le dije.

Al mirar de reojo, noté que Lummina me observaba con una intensidad que me desarmaba. Sus ojos no solo me prestaban atención, parecían escarbar en mis movimientos. Quise voltear hacia ella, pero me contuve consciente de que, si lo hacía, ese momento se rompería y ella apartaría la mirada.

Quería que siguiera ahí, sosteniendo esa fijación silenciosa y, posiblemente, cargada de significado.

Me mantuve en silencio, comiendo como si no me diera cuenta.

La comida iba desapareciendo entre risas y conversaciones. Cuando Kuntari sacó un juego de mesa complicado de entender, empecé a sentirme un poco mareado. No era el tipo de mareo que te hace perder el equilibrio o el control, sino una especie de fluidez, un estado de relajación total.

—Oye, Cyrone, ¿qué era ese Rito del que hablaba’? —preguntó Muris mientras esperaba a que la anciana Kuntari terminara su turno. Se tomaba su tiempo, bajando cartas y retirando fichas del centro.

—No quiero deprimirlos a todos —respondí, apoyándome en el brazo.

—No puede ser algo tan horrible —comentó, todavía muerta de curiosidad.

Sonreí, porque responderle y arruinar la noche parecía una posibilidad, cuanto menos, tragicómica. Así que decidí quedarme callado.

—Este chicuelo me recuerda tanto a Korl —añadió Enkur, que solo escuchaba, pues su ceguera le impedía jugar.

—Viejo mío, ¿vas a ser tú quien no’ deprima a todos? —le espetó Kuntari con sorna.

—No, en serio. Mi hijo siempre tenía algo burlesco que decir —replicó Enkur.

—Lo lamento —contesté, con un dejo de culpa. Sabía que a veces me pasaba de la raya.

—No lo lamente’ mijo. E’ una bendición escucharte hablar. Incluso si mi hijo regresara, no podría verlo ni correr hacia él.

—Naturalmente… —le dije, y Lummina me dio un empujón—. ¿Qué? A él le agrada que conteste así.

Enkur rio y se quedó con una enorme sonrisa en el rostro.

—Ustede’ serían bueno’ amigo.

Sin que nadie lo previera, Lummina se levantó de golpe, con la mirada clavada en la ventana. Sus manos chocaron con la mesa y, al notar las miradas sobre ella, forzó una sonrisa y se cubrió la boca.

—Lo siento, creo que vi algo. Voy a comprobar qué es.

—Pero e’ muy tarde pa’ que ande solita, chicuela. ¿Qué es lo que ha vi’to? —preguntó Enkur.

Ella se abrió paso entre nosotros rumbo a la puerta.

—No estoy segura. Vuelvo enseguida. Por favor, no detengan el juego. Sáltense mis turnos —dijo, agitada, mientras apartaba las sillas para llegar a la salida.

Cuando se fue, todos quedamos un poco en alerta.

Mi primer pensamiento fue que quizá había visto a un arcángel de Eryndra rondando la casa.

Además, en los últimos días me había sentido observado, como si alguien me vigilara de manera constante.

Se me erizó el vello al recordar la violencia que aquella criatura podía desatar.

—Cyrone, deberías ir con ella —dijo Maersen.

—Pues claro que lo haré, maldición —murmuré, incorporándome con la misma urgencia.

Maersen me lanzó una mirada inquisitiva, pero no tuve tiempo de prestarle atención. Con toda probabilidad sospechaba que mis sentimientos por Lummina eran reales, y lo eran. No me quedaba ni un ápice de fuerza para ocultarlo, ni ganas de hacerlo.

Afuera, el frío me hizo castañear los dientes mientras cruzaba la tierra escarchada, aguzando la vista.

La choza de Kuntari se alzaba en la cima de una colina, aislada del resto de la aldea.

No había plantas, solo varios montículos de tierra que se elevaban como pequeñas montañas.

Y allí la vi, oculta entre los relieves del terreno.

No estaba con un arcángel, pero tampoco estaba sola.

Frente a ella, sosteniéndole las manos con una necesidad intensa, estaba Nylena.

Avancé con sigilo, tratando de escuchar mientras me mantenía escondido.

—No lo entiendo, Lummina… ¿por qué no quieres estar conmigo? —jadeó Nylena, apretando su mano con desesperación—. Sé que soy un desastre… Sé que siempre destruyo lo que amo con todo mi corazón. Pero me siento perdida si no te tengo a mi lado… Lu…

—No he ido tan lejos, Nyl —susurró Lummina, apartando con delicadeza el cabello del rostro de Nylena. A pesar de que el tono de Nylena estaba cargado de llanto, era imposible que una lágrima brotara. Los serafines habían perdido la capacidad de derramarlas.

—Te extraño tanto que me duele respirar. ¿No me extrañas?

—¿A dónde quieres que regrese? —preguntó la trono con voz amarga—. El refugio ha caído, y no puedo vivir en el Nido del Viento. Ese no es mi lugar… mi lugar ya no existe, y estoy intentando encontrar uno nuevo.

—¿Con ese hombre? ¿Ese querubín de Calyssa?

—El rostro de Nylena se tensó, su tono se volvió más cortante—.

¿No sabes cuánto me duele verte cerca de él?

Puedo leerte, Lummina. No lo tratas ni lo miras como a los demás querubines, y eso…

—suspiró, con un temblor que delataba su dolor—. Eso va a acabar conmigo.