Cortex 22
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P ocas veces tuve la oportunidad de ser consciente del paso del tiempo.

Cada día, cada noche, era especial en aquella choza diminuta donde apenas cabíamos.

Como soy un hombre de palabra —aunque seguía firme en mi negativa a bailar en pleno carnaval—, me dejé enseñar por Faraine los pasos de la Lobeznia, el baile festivo.

La Trucha sabía poco acerca de los pasos de los hombres, así que también se nos unió Enkur, el anciano lisiado, que se tomaba su rol de instructor con insólita seriedad.

—¡Más alto, mijo! Tiene’ que dar uno’ salto’ masculino’ y poderosos. ¡Tengo que escuchar la’ pisada’ como relámpago’! —me gritó con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

—Bueno, a ver, muéstreme usted cómo se hace —le solté. La sonrisa que le concedí dejaba claro que lo decía con humor, aunque el chiste fuera más negro que el café de la mañana.

—Maldito —murmuró Maersen, aguantando la risa con el instrumento en la boca.

—No te equivoque’, mijo, yo solía ser el guía de lo’ lobeznos. Fui el mejor en la Fiesta de la Dorá’. ¡El mejor! —alzaba el bastón como si estuviera contando una hazaña bélica.

—Y no me diga que por eso terminó así —repliqué antes de dejarme caer al suelo al finalizar el ensayo.

—Ah, Cyroncillo, muy gracioso —gruñó entre risas, mientras Maersen se tapaba la cara con una mano, guardando sus carcajadas.

—No entendí —dijo La Trucha, mirando a todos confundida. Me acerqué y le despeiné el cabello con cariño, celebrando su bendita inocencia.

—Bien, empecemos otra vez. Saltaré tan alto que te voy a pisar la cabeza —le advertí a Faraine.

El baile de la Dorada representaba las cuatro fuerzas de la naturaleza. Las lobeznas imitaban el mar, deslizándose de un lado a otro con gracia. Con las manos en la cintura y las faldas alzadas, se mecían al viento como si fueran olas movidas por ráfagas.

Luego veníamos los lobeznos: los hombres fingíamos ser el cielo y la tierra, saltando con fuerza para simular rayos que chocaban con el suelo. Teníamos que sonar como truenos, con pisadas que retumbaban y que, por cierto, agotaban.

Cada tarde, Kuntari asaba carne en una hoguera plantada frente a la choza.

El aire helado se colaba por cualquier rendija, pero nos envolvíamos en gruesas capas de abrigo que apenas lograban retener el calor.

Parecíamos bestias de las nieves, torpes y desproporcionadas, aunque era eso o pisarnos los pies intentando compartir el diminuto interior de la casucha.

Enkur reposaba en su silla, una estructura que crujía bajo el peso de su cuerpo alto y macizo.

El resplandor del fuego dibujaba sombras profundas en su rostro curtido.

No pude evitar una duda sincera: ¿qué había llevado al viejo Enkur a esa movilidad reducida?

Porque, aunque ya tenía sus años, de ningún modo parecía un vejestorio incapaz de caminar.

Por suerte, Lummina no solía guardarse nada. Era una chica irrespetuosa, sí, pero con una voz que, de alguna manera, hacía que todo le sonara dulce. Tal vez era el privilegio de verse tan bonita.

—Señor Enkur, ¿cómo se lastimó la pierna?

Aquel día fue la señora Kuntari quien respondió por él, mientras giraba las piezas de carne sobre las brasas chisporroteantes.

—Mi viejo no solo era buen bailarín y artesano, también le gustaba montar volcranes.

Me atraganté con el jugo que ella misma había exprimido un momento antes. Los volcranes eran aves enormes, propias del altiplano, y por su tamaño podían confundirse con los dragonartos.

—¿Vol…? ¿En serio? Ay, pero si eso está prohibido —intervino Lummina.

—Está prohibío, pequeña, bien dicho, pero no de siempre. Antes en Markadiel solíamo’ domar a esa’ bestia.

—Mierda —susurré—. ¿Y te caíste de un volcrán, Enkurden?

—No podría estar contándole nada si hubiera sío así —rio Enkur, acercando una de sus manos a la fogata que crepitaba.

—A mi viejo lo atacó un volcrán —explicó Kuntari—. No fue el primero al que atacaron, claro, pero quizá ese fue el límite… porque poco después prohibieron montar volcranes.

—¡Tal ve’ era la única forma de hacer que me cansara de montarlo! ¡Usté no imagina lo que se siente caer y volver a alzarse en el cielo!

Mi mirada se desvió hacia las manos de los ancianos, que se entrelazaban con fuerza mientras contaban la anécdota.

Me resultaba extraño, pero al mismo tiempo reconfortante, ver a una pareja de sexos opuestos unida de esa forma.

Me pregunté cómo habría sido para ellos si hubieran sido convertidos en ángeles desde niños…

y tuvieran que ser enemigos naturales. Querubines y querubinas no podían estar juntos.

Miré a Lummina por un segundo, y cuando ella me devolvió la mirada, desvié la vista al suelo. De pronto, las malezas a mis pies parecían interesantísimas.

—Siento mucho que haya pasado por eso, señor Enkur —dijo Lummina.

—Está bien, mija. E’ un precio justo por probar un poco de la maravilla de la’ nube’. Estar ahí… e’ como soñar de’pierto.

Lummina le sonrió, visiblemente conmovida.

La trono parecía encajar en la familia como si siempre hubiera pertenecido a ella.

Incluso Maersen se quedaba perplejo ante eso, incapaz de ocultar su desconcierto al vernos fingir ser pareja.

Aun así, callaba; sabía que era por la seguridad de su lady, que si a mí me habían aceptado por ser —supuestamente— su hermano, esa era la manera en que podían aceptarla a ella.

Agradecía que para la familia fuera normal que dos hermanos se odiaran y discutieran por cualquier cosa: por si el cielo estaba despejado, por si se caía un trozo de carne al suelo, por si el abrigo le quedaba ridículo.

Era habitual que, mientras cargábamos los enseres para el mercado, uno empujara al otro por el sendero.

Nadie se entrometía, incluso celebraban aquella relación dañada como si fuera un espectáculo, disfrutando de nuestra enemistad con humor.

Al menos, yo lo odiaba de verdad. Y aunque él me tendía la mano después de empujarme por las escaleras del pueblo, yo no caería en su juego. Mi espacio de hermano, mi familia, estaba ocupado por la chillona de La Trucha.

La Trucha parecía más triste de lo que un niño debería permitirse.

Me contaba los desaires de sus compañeras de baile por ser diferente.

Nadie se atrevía a tocarla ni a hacerle daño, pero el desprecio silencioso era peor.

Quedaba una semana y un par de días para la Fiesta de la Dorada, así que imaginé encontrarla, como siempre, en el centro de la plaza, ensayando con las demás.

Me alarmé al no vislumbrar ni un rastro de su piel azul.

Regresé hacia la choza, sintiendo los órganos revueltos bajo mi abdomen, como si cada paso me llevara más cerca del vértigo.

Al llegar, la encontré sosteniendo algo pesado entre las manos.

Cuando me acerqué, se sobresaltó, como si estuviera haciendo algo prohibido.

Ocultó el objeto detrás de su espalda, pero era tan pequeña que pude distinguir con facilidad que se trataba de una ballesta.

Casi pierdo el equilibrio al recordar la última vez que vi esa arma. Era la de Maersen, con la que había matado a El Zorro. El viento cortante de la montaña azotaba mi rostro y hacía que el silencio se sintiera más denso, como si la propia cima contuviera la tensión.

Tragué saliva. Quise regañarla, arrancarle la ballesta de las manos, pero me contuve.

No quería traer de nuevo a su mente aquel día fatídico.

Ella no podía haber visto quién disparó a El Zorro ni con qué.

Me arrodillé frente a ella, tratando de mantener la calma mientras le pedía, con voz suave pero firme, que me devolviera el arma.

—Esa cosa que traes es peligrosa.

—Lo sé —respondió—. Pero Mary me dijo que…

—¿Qué te dijo?

—Que los emisarios vendrán a matarme… porque soy un fenómeno. No quiero que me maten…

Alcé las cejas y la invité a acercarse a mí, mientras el viento enredaba mi cabello y no me permitía ver con claridad.

—¿Emisarios? A ver… Primero, estoy seguro de que los humanos consideran a los emisarios una leyenda, ni siquiera los han visto para imaginar cómo reaccionarían ante alguien diferente. No «fenómeno». Diferente —hice énfasis en la palabra—. Segundo, así no se sostiene una ballesta.

Cogí el arma de sus pequeños dedos y le mostré la forma correcta: apoyar el cuerpo de la ballesta contra el hombro, colocar el dedo sobre el gatillo con suavidad, pero firmeza, alinear la mira con el objetivo y tensar la cuerda sin perder el equilibrio.

Desde nuestro punto en la cima, alcancé a darle a una montaña cercana.

El impacto hizo caer la nieve acumulada en las rocas como cascadas diminutas.

—¡Ya entendí! ¡Ya entendí! —gritó, dando saltos de emoción.

—De acuerdo, ahora tú —dije, entregándosela de nuevo. Pero el arma se le cayó al suelo por el peso—. ¿Lo ves? No puedes hacer nada con un arma como esa que, por cierto, podría matar a alguien.

Me miró con los ojos muy abiertos, y susurró:

—No quiero matar a nadie…

Volví a hincarme a su altura.

—Y yo, como tu hermano mayor, no te permito matar a nadie… excepto a Maersen. A él sí puedes dispararle, pero solo cuando no estén mirando…

Tal vez cualquiera diría que en eso de la crianza era un desastre, y no podría negarlo.

—¿Hermano? —me preguntó, con un ligero brillo en los ojos que la delataba.

Era cierto: hasta ese momento no me había escuchado llamarla así, salvo para fingir ante los humanos. Su vida era pequeña y apretada, quizá sin espacio para reflexiones profundas, y probablemente había asumido que era un juego de fingir, como lo hacía con Lummina o con Maersen.

Pero no. Con ella era real.

—Uy, espera… ¿Escuchaste mal? Yo no he dicho eso —intenté retractarme con una sonrisa.

Ella me devolvió el gesto, desbordando una alegría que me arrancó una rara calma.

—¡Sí lo has dicho! ¡Lo has dicho! —exclamó, intentando jalarme la mejilla.

La esquivé y tiré suave de sus orejas hacia los lados y ella se sacudió, riendo, hasta que la solté. Entre carcajadas, por fin se calmó y quedó seria por un instante.

—La ballesta… la he robado… a Maersen —confesó con miedo.

Alcé las cejas como si no lo supiera. Negué con pesar antes de posar una mano sobre su hombro.

—Esa es mi hermana.