Cortex 21 #2
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21 #2

—¿Por qué te asustas cuando te toco, Cardillo? —preguntó con esa dulzura calculada que sabía usar tan bien. En ese momento, su amnesia resultaba bastante conveniente—. Ha de ser por tu herida sangrante, ¿verdad? Lo siento tanto. Te he dañado mucho, a pesar de lo bien que te portas conmigo.

Relajé los hombros y negué con la cabeza, restándole importancia.

—No hay problema, madre.

Claro que lo había. Cada vez que me miraba al espejo, recordaba que siempre luciría así. Pero ya me había acostumbrado al corte como para pedirle que lo cerrara. Era útil. Me servía para no olvidar su lección, para no atreverme a desobedecerla de nuevo.

Ella sonrió, una fina línea tensó sus labios.

—Eres muy bueno, muy fuerte, muy inteligente —me dijo—. Fue un acierto conservarte con vida solo para mí. Incluso te has vuelto apuesto.

Asentí, como si el halago fuera mérito mío. Entonces se arrodilló frente a mí. Nunca la había visto desde esa altura. Puso su mano sobre mi rodilla y volvió a sonreír.

—Eres un buen chico, Cardillo. Creo que ya es hora de compensarte por todo lo que has hecho por mí.

Se alzó y se acercó demasiado. Me respiró en el cuello, y una línea helada y punzante me recorrió el cuerpo.

—¿Qué haces? —alcancé a decir, justo cuando sentí sus labios rozar mi piel. Pero mi cuerpo, traicionero, reaccionó por instinto.

Fue eso lo que la llevó a pensar que me gustaba. Se equivocaba. No podía evitarlo.

—¿Sabes qué es lo que nos hace humanos, Cardillo? —me susurró.

La primera vez que Calyssa me obligó a conocer ese infame aspecto de nuestros cuerpos, ese que, según ella, nos definía como humanos, fue un quiebre.

No hubo golpes. No hubo gritos. Pero fue un acto atroz.

Confuso. Sucio. Un daño que no sangra, pero que nunca se va.

No fue dolor físico, pero sí una vergüenza que se me quedó pegada por dentro, espesa como aceite.

Me quitó algo, y ni siquiera supe qué era.

—¿Qué haces? —le pregunté de nuevo.

Fue extraño. Por un instante, la vi hermosa.

No como antes, que tan solo apreciaba su belleza como algo que me intimidaba, que me aplastaba y obligaba a respetar, sino con una delicadeza nueva, casi frágil; estaba conociendo la feminidad por primera vez.

Había algo en la forma en que la luz rozaba su rostro, en cómo me miraba y, sin embargo, no.

No la deseaba. En ese momento tenía la fuerza para empujarla, para detenerla.

Pero no tenía las herramientas para entender que debía hacerlo.

Tenía dieciséis años. Sí, demasiado grande para algunas cosas que ya había vivido. Y aun así…

Mierda, esto no…

—¿Qué estás recordando? —me preguntó Calyssa.

Me quedé inmóvil, observándola a los ojos sin parpadear. No pude responder.

—¿Qué estás recordando, Cyrone?

Esa palabra.

Mi nombre me sacudió como un balde de agua helada.

Calyssa nunca me habría llamado así.

Volví en mí. Era Lummina la que estaba de pie, justo frente a mí. Me había perdido en ese recuerdo, ese que había enterrado hacía un tiempo. ¿Cómo pude olvidarlo? ¿Qué clase de defensa construye la mente para esconder algo así?

Debía estar fallándome la cabeza. Quizá el cuerpo entero. No me di cuenta de lo agitado que estaba, con los nervios hechos pedazos.

Lummina se arrodilló, su voz era un susurro suave.

—¿Qué sucede?

Cuando su mano trató de tocar mi rostro, retrocedí de golpe, como si su tacto quemara.

—Perdón... —murmuró—. Perdón si te hice recordar algo que no querías. ¿Quieres que me vaya? Puedo irme si eso ayuda.

—No —logré decir con la garganta apretada.

En el fondo, quería gritarle que sí, que se fuera, que no me mirara más. Me sentía vulnerable bajo sus ojos, como si pudiera ver a través de mí, como si viera esa imagen maldita, tan vívida, tan humillante…

Claro que quería volver atrás. No para cambiar las cosas, sino para olvidar lo que ahora recordaba. Claro que tenía que neutralizar a Maersen. No por él, sino por mí. Porque si no, mi propia vida seguiría filtrándose en el relato.

Si alguna vez quise ser una persona distinta —menos violenta, menos cruel, menos insensible—, ya era tarde. No tenía arreglo. Estaba roto. Ese recuerdo había echado raíces en mí hacía años y solo había crecido en silencio. Entonces lloré.

O tal vez lloraba porque creí, por un instante, que Lummina me había visto de una manera diferente. Como alguien que valía, pero no era así. Ella los veía a todos con la misma ternura. No era yo. No era especial.

La trono se puso de pie frente a mí. En un principio no entendí lo que iba a hacer. Sabía que era poderosa, demasiado para alguien de su rango, pero no alcanzaba a imaginar la verdadera escala de lo que llevaba dentro, hasta que desató una tormenta en las afueras de Markadiel.

Los rayos empezaron a golpear con furia más allá de los muros, con tanta violencia que la luz artificial de la casa se esfumó en un parpadeo.

La oscuridad nos envolvió, dejando tan solo el brillo intermitente de los relámpagos que se filtraba por las rendijas.

El aire crujía como si el mundo estuviera a punto de partirse.

Sin decir nada, se subió al catre. El colchón se hundió de golpe cuando saltó sobre él.

Se colocó detrás de mí con decisión. Sentí sus brazos rodeándome.

Su rostro se apoyó en mi espalda, un peso cálido y silencioso.

—Vale, vale… —susurró. Su voz era apenas un murmullo entre los truenos—. Ahora no puedo verte ni oírte. Puedes llorar, hombre… hazlo.

Apreté los labios, con los dientes duros.

Las lágrimas malditas ya caían desde hacía un rato, pero en ese momento me quebré por completo.

Me permití sollozar, un llanto sucio y entrecortado.

Ella no se movió. No dijo nada. Su abrazo era firme, cálido, constante, como si no temiera tocar lo que yo era en ese instante: un montón de ruinas con forma humana.

—Estoy aquí —murmuró al cabo de un rato—. No voy a intentar arreglarte. Solo estaré aquí.

Sentí que algo en mí cedía. No se curaba ni se reconstruía, pero dejaba de luchar por unos segundos.

Me giré despacio, todavía temblando. Lummina me miraba como si no tuviera miedo de lo que veía en mí.

Quería decirle que no debía quedarse, que eso no era justo para ella; sin embargo, alzó una mano y, con la yema de los dedos, me limpió las lágrimas.

Apoyé la frente en su hombro. No fue un gesto romántico, sino puro instinto. Y ella me sostuvo, como si supiera que, por un momento, yo ya no podía sostenerme por mí mismo.

Por primera vez en años, no me sentí solo.

Me pregunto si, al día de hoy, hubiera encontrado la fuerza para negarme. Si hubiera podido sostener mi voz, aun temblando, frente a la incomodidad.

Hasta ese momento creía, de manera equivocada, que para un querubín, para un hombre, decir «no» era impensable.

Cardillo