Cortex 21
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L a habitación que habíamos intercambiado con Maersen por órdenes de la matriarca Kuntari era pequeña, y la cama no desentonaba con el resto: un catre de fierro, angosto, con un cabecero blanco apenas disimulado por una capa de pintura reciente que intentaba cubrir el óxido.

El resto del espacio estaba invadido por un caos de cachivaches desordenados y varios instrumentos que se parecían al oboe.

Era imposible que esas pertenencias fueran de Maersen, dado el poco tiempo que había pasado allí.

Debía ser la habitación abandonada de Korl, el hijo mayor de la familia.

Exceptuando esos enseres y muebles, pude imaginar que los restos de comida esparcidos sobre el escritorio de madera, los libros desparramados fuera de un bolso y la ropa tirada sí pertenecían a ese imbécil.

No existían serafines de los animales —todos habían sido creados por la diosa Eryndra—, pero Maersen estaba tan involucrado como ella en la diversidad de la fauna, en su admiración y cuidado desde pequeño.

Por eso no me sorprendió encontrar entre los libros esparcidos en el suelo varias enciclopedias sobre las creaturas de Lorelai.

Tomé un ejemplar para distraer mi mente de aquellas ideas que amenazaban con hacerme flaquear. No solo había texto: aparecían dibujos de torinos y génovas; también de claros, caballos, volcranes, perros como el que seguía ladrando inútilmente en el jardín… e incluso retratos de querubines.

Querubines que me resultaban extrañamente familiares, aunque difusos.

Entonces comprendí que aquellos bosquejos eran obra de Maersen.

Tal vez, si mi memoria no fuera tan frágil, habría reconocido en ellos a mis hermanos muertos.

Aquellos con quienes crecí… con quienes descubrí la dicha de existir, sin más.

Si hubiera tenido suficiente memoria, quizá me habría dado cuenta de que Maersen era uno de ellos, uno de esos seres que me había formado, el único que alguna vez me cuidó como un hermano.

Quizá recordaría si ya entonces dibujaba, si seguía siendo apasionado por la música y los instrumentos de viento.

Pero no recordaba una mierda, lo único que venía a mi mente era su rostro deformado por el odio mientras me estrangulaba en el suelo del refugio, y cómo sostenía la ballesta para arrebatarle la vida a un ser inocente como El Zorro.

Eso era todo lo que tenía en la cabeza, y por eso estaba sentado en el catre, consumido por la rabia.

Lancé el libro hacia la pared y rebotó en el suelo.

A mi lado, Lummina se sobresaltó. Aunque me preguntaba con qué expresión me miraba, no me giré ni una vez para comprobarlo.

Verla me provocaba repulsión, dolor, odio…

y todo eso se enredaba dentro de mí hasta convertirse en un nudo en la garganta.

—Cyrone… —empezó a decir, como si me debiera explicaciones. Yo no era un miserable, claro que sabía que no me las debía—. ¿Estás enfadado? Entiendo que lo estés. Les oculté a todos que permití que Maersen huyera.

No solo había permitido que huyera sin castigo, también le había dado las mismas instrucciones que me dio a mí para salvarme la vida.

Todo eso que creí único y especial también se lo había entregado a ese hijo de puta.

No se suponía que lo tratara igual. No pensé que nos pusiera al mismo nivel.

Y de pronto, la conexión que creí tener con ella se disolvía en la nada.

Ella y yo no éramos nada.

—No podía permitir que Nylena lo ejecutara frente a los demás —dijo—.

No estoy de acuerdo con su política de eliminar a quienes le desobedecen.

Nos pone al mismo nivel que el resto de las serafinas.

No podía dejar que los querubines nos temieran…

Se supone que los estábamos salvando de algo, ¿no?

Nyl jamás me entendió cuando intenté explicárselo.

—Nylena tenía un punto, Lummina —le respondí con un suspiro—.

No podemos dejar con vida a alguien que rompe las reglas más básicas de convivencia en un refugio.

Se suponía que estábamos ahí para salvarnos de algo, ¿no?

Ese algo era la violencia. ¿Acaso no era eso de lo que se suponía que debían protegernos?

Ese hombre me golpeó, y no solo no se detuvo, después mató a El Zorro.

—Maersen se arrepintió en el mismo segundo en que le disparó a El Zorro —me interrumpió Lummina.

—¿Y eso de qué sirve?

No supo qué responder.

—Por supuesto que no sirvió de nada —agregó al final.

Dejé que el silencio hiciera su trabajo, incómodo, espeso. Luego hablé otra vez.

—A mí me habrías matado, de haber podido. Por matar a otro querubín.

—Jamás. Te odié porque no te entendí en ese momento. Ahora sí te entiendo. Así como salvé a Maersen, tú también intentaste salvar a ese niño… a tu manera. ¿Podrás entenderme tú a mí, como yo lo hice contigo?

Me giré para mirarla. Tenía un talento natural para hablar solo con los ojos: pena, compasión, ese impulso de arrullarme como a un pajarillo herido. Todo era culpa de ese imbécil.

—¿Tú podrías entenderme… si lo mato?

—Cyrone… —Lummina se acercó a mí, y el colchón rechinó con cada movimiento.

—Porque voy a hacerlo.

—Ya basta —me calló con firmeza—. No estás buscando venganza, y lo sabes. Matarlo no te devolverá nada. Solo quieres borrar lo que él significó para ti.

Entrecerré los ojos, incapaz de soportar su presencia.

Giré la cabeza hacia el otro lado y me topé con la enciclopedia abierta en el suelo y los dibujos esparcidos como hojas caídas de un árbol.

La luz de la lámpara temblaba sobre el papel, deformando las líneas.

Preferí pensar que Maersen era un pésimo dibujante; aceptar que no podía reconocer ninguno de esos rostros me encendía la sangre como brasas.

—¿Y qué crees tú que ese imbécil ha significado para mí? —murmuré.

—No lo sé. ¿Tu infancia? —respondió sin dudar—. Esa en la que, a pesar del maltrato, tenías algo por lo que luchar.

Noté que sacaba de su abrigo mi libreta, algo estropeada, como si hubiera pasado por el fuego, y la dejaba sobre la cama.

—La has leído —la acusé.

—Claro que no… —respondió—. Pero llevo tiempo conociendo a Maersen, sé que él también escribe sus pensamientos en una como estas. La he rescatado como he podido para devolvértela, pero no la he leído. No necesito hacerlo. Te veo y todo ese dolor ya está escrito en ti.

Solté una risa irónica, cargada de amargura.

—Qué duro… El dolor me lo han hecho otros, pero solo a mí se me nota —le contesté mirando hacia el techo, demasiado cercano a nosotros.

—Cyrone, háblame. Todo lo que tengas atorado háblalo conmigo.

—No tengo ganas.

Le respondí seco, breve. No me atrevería a admitir lo que se me pasaba por la mente.

Claro que me molestaba la existencia de Maersen y todo lo que dejé atrás en busca de la aprobación de mi madre, Calyssa.

Claro que la infancia y todos esos traumas estúpidos dolían.

Pero me enfermaba aún más pensar que Lummina lo veía a él de la misma manera en que alguna vez me vio a mí: digno de ser salvado.

Los celos me consumían mientras ella me miraba con lástima.

Había notado que mi corta edad me había enseñado muy poco, que era inmaduro, egoísta.

Por supuesto que no quería que salvara a otro hombre, aunque los salvaba a diario por montones.

Tenía que convencerme de que no era especial para ella.

Que si hubiera tenido otro rostro, otro nombre, igual me habría dejado escapar hasta Markadiel.

Aún estaríamos en la misma posición que en ese momento.

—Deja de mirarme así —le solté.

—Cyrone… —Su voz se volvió suave. Temí que me hablara como si fuera un niño idiota, pero entonces dijo algo que no esperaba en absoluto—. Calyssa jamás se ha disculpado contigo por cómo te trató.

Levanté una ceja y suspiré. Por supuesto que sí lo había hecho. No era tan estúpido como para quedarme en un lugar donde solo me golpeaban y menospreciaban. Nadie lo sería.

—Claro que alguna vez se disculpó. No siempre fue el monstruo que tú crees —respondí.

—¿Ah, no? —replicó, frunciendo el ceño. No se esperaba que hablara bien de ella, y parecía que le molestaba.

Un recuerdo distorsionado, sin embargo, volvió a mí tras años de ausencia. Calyssa me había pedido perdón aquel día, y en varios otros.

El Valle de la Tierra era un lienzo exuberante, cubierto de vegetación sobria y selvática.

Las querubinas lo habían decorado con esmero.

Si yo hubiera intervenido en ese paisaje, habría sido distinto: más oscuro, quizá, con unas pocas flores de colores intensos que resaltaran en la penumbra.

Pero nunca me dediqué a la vegetación. Mis encargos eran otros, más pesados, como eliminar a los enemigos de Calyssa, espiar a los linajes rivales, proteger el Valle.

Ella nunca me permitió crear nuevas plantas.

Temía que las hiciera mejores que las suyas.

Y no podía culparla, tenía talento. A los catorce ya había desarrollado una medicina curativa.

Estaba claro que eso solo iría en aumento.

Por eso me mantenía bajo su control, asignándome tareas que implicaban fuerza y poder.

Nada que me dejara crecer dentro de mi linaje.

—He neutralizado a los querubines del cielo que se infiltraron en el Valle —le dije a Calyssa.

Ella descansaba en su especie de palacio, mirando hacia el ventanal sin vidrio que dejaba entrar la luz cruda a la habitación. Me sonrió, una de esas pocas veces en que lo hacía con auténtico agrado, y me indicó que me sentara a su lado.

Obedecí, como siempre. Me quedé helado cuando posó su mano bajo mi mentón. Un estremecimiento me recorrió la columna; no supe si era placer, miedo o una mezcla perversa de ambos. Me sonreía. Estaba orgullosa de mí. Tenía que ser algo bueno, ¿no?