Cortex 20 #3
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La miré de reojo. Una trono, una criatura celestial venida de Catarbella, diciendo eso con una sonrisa y un guiño malicioso. La ironía me hizo carraspear y mirar hacia otro lado. Estaba jugando su papel demasiado bien.

Kuntari ayudó a su esposo a tomar asiento en la cabecera, mientras los demás empezaban a acomodarse alrededor de la mesa para cenar.

—Así que son meridianos, ¿eh? Aquí han dicho que e’ un mito que Meridia exista —comentó el anciano—. ¿Sí e’ verda’ que hubo una guerra natural?

—Oh, sí. Mis abuelos la vivieron —respondió Lummina—. Meridia sigue siendo tóxica. No saben las mutaciones que han surgido de allí… ¿Verdad, cariño?

Me miró con una sonrisita encantadora, y solo pude asentir como un idiota, sin tener la menor idea de a qué se refería.

—Horribles —dije, tomando un trozo de pan con la intensidad de quien prefiere masticar que hablar.

Ella apenas ocultó la risa.

En el refugio, El Zorro me había explicado que los ángeles que vivían entre humanos fingían provenir de una ciudad prohibida llamada Meridia.

Según las historias, allí había ocurrido una «guerra natural» y la diosa Eryndra los había castigado con toxinas que deformaban sus cuerpos.

Eso justificaba, para los humanos, nuestras orejas alargadas, nuestros cuernos malformados y otras diferencias.

Era más fácil aceptarnos como humanos «dañados» que como lo que realmente éramos. Al menos así nos dejaban ser parte de ellos, aunque nunca del todo.

—¿Cómo es que ustedes saben hablar nuestro lenguaje? —preguntó Lummina con curiosidad, sin dejar de mecer a Estian en sus brazos—. Tengo entendido que aquí siempre se ha hablado markadiense.

—Sí —respondió Enkur, con la mirada clavada en algún punto distante—. Con mi mujer quisimo’ hacer una vida en Dregonia, ¿no? Inmigramo’ a ese sitio… pero nuestras diferencia’ de rasgo’ y nuestro nulo lenguaje… nos hicieron sufrir bastante.

—Lo’ estiano’ son cosa seria. No son hospitalario’ —añadió Muris con un gesto agrio, sacudiendo la cabeza.

—Lo siento mucho —dijo Lummina, bajando la mirada y apretando con más cuidado al bebé contra su pecho.

—No hay problema, mijita —replicó Enkur, esbozando una sonrisa cansada—. Aquí somo’ má’ felice’ todavía.

—Puedo verlo —dijo ella con sinceridad—. Son una familia preciosa.

—Sí, y eso que no’ falta Korl, mi hijo mayor… —agregó Kuntari, dejando en el aire una melancolía que se asentó como bruma sobre la mesa.

Noté el cambio en el rostro de Muris apenas se mencionó el nombre de su hermano. Alzó ambas cejas con molestia y desvió la mirada hacia su plato, empujando los alimentos con el tenedor como si de pronto se hubiera olvidado del hambre.

—¿Dónde está ese chico? —preguntó Lummina, curiosa, ignorando la incomodidad en la mesa. Por un instante, deseé que tuviera mi capacidad para leer el ambiente.

—Anda perdío, ya sabe’ —resopló Enkur, arrugando el entrecejo—. Descubrió lo’ hongo’ de Markadiel y se ha vuelto violento. Yo le he dicho que, mientra’ no abandone esa cosa, no será bienvenío en esta casa.

—¿Los hongos de Markadiel? —volvió a consultar la trono, frunciendo el ceño—. Suena como una toxina peligrosa.

—Son lo peor de la naturaleza —intervino Kuntari con una gravedad que le endureció la mirada.

El silencio cayó un momento. Muris seguía sin levantar la vista y Estian, ajeno a todo, balbuceaba sonidos ininteligibles desde el regazo de Lummina.

Enkur, notando la tensión, se apresuró a cambiar el rumbo de la conversación.

—Lummina, chicuela, te quedará’ aquí, entonce’.

—Si no hay problema, por supuesto —respondió ella con una sonrisa cálida, aunque algo más medida que antes—. No quisiera ser una carga.

—Tranquila, mijita —le aseguró Enkur, levantando su copa—. Aquí en Markadiel no somo’ como en el este. Tratamo’ a lo’ visitante’ mejor de lo que nos trataron a nosotro’.

El gesto fue secundado por un murmullo de aprobación, aunque Muris apenas lo imitó. Había un dolor no resuelto rondando en esa familia.

—Haremos que Maersen duerma en el salón para que Cyrone pueda estar con su pareja en el cuarto. Sé que él no tendrá inconveniente’ —dijo Kuntari, mientras se levantaba con decisión. Me preguntaba cómo tomaría todo eso Maersen una vez volviera de sus compromisos fuera—. Será temporal.

—¿Qué dice? ¿En serio? —reaccioné de inmediato en un sobresalto—. ¿Y Faraine?

—La pequeña puede dormir conmigo y Estian. No tengo problema —intervino Muris con una sonrisa serena, ajena al caos que su propuesta acababa de desatarme por dentro.

Era una tortura estar cerca de Lummina. La mera idea de compartir una habitación con ella me provocaba una sensación desagradable, como si el corazón se me hubiera encajado entre las costillas y batallara por salir.

Pero noté algo: Lummina sonreía, sí… pero su expresión era tensa, un gesto impostado, apenas contenido. Tal vez para ella era incluso peor.

—Claro, mijo, ¿dónde má’? ¿Vai a dejar a tu mujer durmiendo sola? —añadió Kuntari con tono pícaro, como si la escena no pudiera ser más embarazosa.

Una maraña de pensamientos me revolvió por dentro. Todo se confundía: los latidos, las palabras que no encontraba, la súbita consciencia de cada centímetro que me separaba de ella. Me quedé en blanco.

Lummina, como si disfrutara de tener la última palabra, se adelantó con total naturalidad y dijo, con esa voz suya que lo trastornaba todo:

—Claro que no me dejará sola. ¿Verdad, amor?

Me miró un segundo. Le fruncí el ceño.

—Estás disfrutando esto —le susurré, acusándola sin rodeos.

Ella alzó las cejas, haciéndose la inocente.

—Por supuesto que no lo haré —me dirigí a Kuntari, fingiendo determinación.

—Por cierto, ¿Maersen dónde está? —preguntó Lummina, tan serena que me desconcertó. No parecía sorprendida de que ese idiota estuviera aquí. Ni un poco.

—Ha de estar ayudando a la pequeña Faraine a ensayar su baile —contestó Muris, como si aquello no significara nada.

Pero para mí lo significaba todo. Fue como una orden disfrazada de comentario, porque en cuanto lo escuché, me levanté de golpe y me dirigí al exterior sin mirar a nadie más.

Maldito imbécil, Maersen. Sabía a la perfección que La Trucha se había quedado ensayando, como si su vida dependiera de ese baile para Eryndra.

Lo había aceptado a pesar del frío que cortaba la piel en el altiplano, porque Faraine era una querubina del mar.

Para ella, el hielo no era obstáculo, pero todo era distinto si el que estaba con ella era Maersen.

Maersen, el mismo que había disparado a quemarropa sin dudarlo. El mismo que mató a un hombre solo por haberme hablado. ¿Y ahora lo ponían a solas con una criatura que apenas medía más de un metro?

Pude haber jurado que, de habérmelo cruzado en el trayecto, le habría plantado un puñetazo en la cara.

Directo. Sin dudarlo. Pero fue difícil sostener esa rabia cuando lo vi sentado en un rincón, tocando ese maldito instrumento desafinado.

A su lado, Faraine daba pequeños brincos.

Torpes, descoordinados, pero llenos de esfuerzo.

Le faltaba percusión, sin duda, algo que marcara el ritmo que sus pasos buscaban seguir.

Me acerqué y, al instante, ambos interrumpieron lo que estaban haciendo al verme.

—Maersen, te encanta provocarme, hijo de puta —le solté entre dientes, cuidando que la niña no escuchara.

Pero para mi desgracia, Faraine se me colgó con un abrazo inocente, sin tener idea de lo que ocurría.

—No, tranquilo, la pequeña tenía problemas para bailar sin música —dijo él con una voz tan tibia que me habría gustado quebrársela de un golpe.

Lo habría aplastado con el puño si fuera del tamaño de una rata. Seguro que mi mirada lo gritaba.

—Faraine —dije, intentando suavizar la voz para ella, aunque seguía cargada de tensión—, ¿por qué sigues con esa estupidez? ¿Acaso alguien te ha amenazado para bailar?

A mí, prácticamente, sí.

—A las otras niñas… no gusta mi baile —respondió cabizbaja, sin soltarme.

—¿Y qué importa eso? —me arrodillé frente a ella—. Acabas de empezar. ¿Qué esperan? ¿Que seas perfecta en tan poco tiempo?

—No solo eso… no gustan yo.

—He visto a varias niñas meterse con Faraine durante los ensayos —se entrometió Maersen, como si le hubiera dado permiso para hablar—. Ese es el problema de los querubines del agua, no pasan desapercibidos como los demás. Algunos niños creen que su piel azul es… desagradable.

Ni siquiera me volteé a mirarlo cuando lo escuché.

—Trucha, he visto querubines todavía más desagradables que tú siendo adoptados como mascotas por humanos —ironicé, solo para callarlo.

Luego continué—. Si no les caes bien, ¿qué más da?

Sus vidas son tan cortas que no te alcanzan ni a la rodilla.

Tú vas a vivir miles de años. Ríete de ellas por eso, y deja ya esa tontería del baile, deja de perder energía.

Pero en lugar de hacerla reír, se le nublaron los ojos. Y antes de que pudiera entenderlo, ya estaba llorando. No sabía si por lo que le había dicho o por todo lo que llevaba acumulado. Probablemente ambas.

—Pero es que… si madre no aceptarme… ¿Dónde ir yo? ¿Dónde me van a aceptar?

Sus palabras me perforaron el pecho como un clavo lento y retorcido, y justo en ese momento maldije haberle enseñado a hablar mejor. Porque la entendía más de lo que quería. Más de lo que me habría gustado.

Tragué saliva y para salir del abismo, hice lo único que sé hacer bien: sarcasmo.

—Auch. ¿Quieres deprimirme también? ¿O estás intentando darme tanta lástima que acabe bailando contigo? —le dije, con una sonrisa torcida, tomándola con suavidad por los hombros—. Dime, Trucha, ¿de verdad crees que no te he aceptado en todo este tiempo?

La miré directo a los ojos, como si eso bastara para que lo entendiera.

—Y ten en cuenta que tengo muy poca paciencia, ¿sabes? Si no te hubiera querido cerca, ya te habría echado a patadas hace rato.

Ella parpadeó. Las lágrimas seguían allí, pero empezaban a ceder. Y por un segundo pude ver una chispa. Asintió una y otra vez, con esa insistencia torpe que tienen los niños cuando sienten demasiadas cosas al mismo tiempo.

—¿Sí? ¿Sí, qué? —intenté sonsacarle, pero lo que salió de su boca fue un revoltijo de palabras mal construidas, imposibles de entender—. Apuesto a que me estás diciendo que sí a que me ponga a bailar contigo. Lo que quieres es verme hacer el ridículo, ¿eh?

Para mi triunfo, soltó una risita entre lágrimas, que sonaba como si su alma encontrara un pequeño alivio.

—Eso pensé —dije, con una media sonrisa—. No tenía planes de hacerlo, pero te dejaré enseñarme. ¿Vale?

—Si desean, puedo tocar el oboe para acompañar —se ofreció Maersen, señalando el desastroso instrumento de viento, con la pintura de un volcán en él, que tenía en las manos.

—Tú muérete —le solté, sin siquiera mirarlo.

Fue justo al darme la vuelta que la vi. Lummina estaba allí, a unos pasos de distancia, observándonos en silencio. No sé cuánto llevaba mirándonos, pero su expresión me descolocó. No era burla, tampoco sorpresa. Era otra cosa: algo suave, íntimo.

Como si acabara de ver algo que no esperaba de mí.

No sabía si estaba al borde de las lágrimas por haberse conmovido, o por una tristeza pura, más antigua.

—No, no puedo con dos mujeres llorando a la vez, por favor —dije, poniéndome de pie como si escapara de una batalla emocional.

Lummina soltó una carcajada y se me acercó, dándome un golpe suave en el brazo para bajar la tensión.

No pude evitar devolverle la sonrisa. Era contagiosa, maldita sea.

No solo la formaban sus labios; también reía con los ojos, con la curva de las cejas, con los pómulos alzados.

Sonreía con todo el rostro, y esa luz me desarmaba.

Podría haberme quedado ahí, mirándola. Podría haberme perdido en la idea absurda de que tal vez —solo tal vez— ella y yo habíamos encontrado un hogar el uno en el otro.

Pero entonces Maersen abrió la boca y destrozó el momento.

Se levantó con el oboe en la mano, como si se sintiera obligado a rendir homenaje a alguien importante.

—Lady Lummina, ¿qué… qué hace aquí? —dijo, alterado—. Por Eryndra, si hubiera sabido que venía, me habría… me habría bañado.

—Maersen, tranquilo —replicó la trono—. Hay un par de cosas que necesito decirte antes de que entres a la choza… es que Cyr… Cardillo y yo inventamos que…

—Le debo la vida —interrumpió el querubín—. No había tenido oportunidad de agradecérselo.

Vi cómo a Lummina se le congelaban los ojos. No dijo nada, pero sus pensamientos eran evidentes.

—¿La vida? —pregunté, todavía sonriendo.

Mi rostro no cambió, no todavía. La sonrisa seguía ahí, pero por dentro algo se quebró.

Claro. Si él estaba en Markadiel, como yo, era porque también ella lo había salvado.

Lummina .

La misma mujer que me había dado una razón para respirar también había decidido que ese imbécil merecía vivir.

Y eso, en lo más profundo, dolía más que cualquier golpe.