20 #2
A pesar de la máscara, hubiera reconocido ese cabello rubio blanquecino, voluminoso y rizado, en cualquier parte del mundo.
Me detuve en la intersección de un par de senderos del pueblo y ella pidió bajarse de mis brazos.
Al devolverla al suelo, me quedé con las preguntas en la boca: ¿desde cuándo estaba ahí?
Guardé silencio, esperando a que se acomodara en el barril abandonado de la esquina, bajo la sombra de una de las viviendas de la aldea.
Me acerqué con pasos lentos, como si se tratara de una criatura asustadiza, un nono o cualquier otro roedor; como si un solo movimiento brusco pudiera espantarla para siempre.
Elevó su cabeza para mirarme y, aunque no pude ver bien su rostro por la máscara, su voz delató su nerviosismo.
—¿No te ha parecido ingeniosa mi manera de echar a ese arcángel? —preguntó con un leve temblor en la voz—. Ya ves, los markadienses protegen de verdad a sus mujeres y niños.
El párpado me volvió a temblar.
—Fue una estupidez. Has salido herida.
Rebusqué en el bolsillo hasta dar con uno de los trapos que Kuntari me había dado para limpiarme la sangre del rostro y que, por supuesto, jamás había usado.
—Bah, soy una trono. Soy inmortal, me curaré enseguida. Mis heridas no importan —me contestó, restándole seriedad a la situación con una risa sutil.
—Claro que importan —respondí con la voz más dura de lo que esperaba, mientras la rabia y el miedo me tensaban los músculos.
Suspiré y le tendí el pañuelo. Ella lo observó un instante antes de aceptarlo.
—¿Desde cuándo estás aquí, Lummina? —pregunté mientras la veía limpiarse.
—¿Creías que Eryndra no se daría cuenta de que fui yo quien saboteó tu purificación? Soy una traidora también, tengo que esconderme…
—No te pregunté por qué —la interrumpí—. El porqué da igual, quiero saber desde cuándo estás aquí.
—Desde hace tres días —respondió, rendida. Vio cómo se me fruncía el ceño y añadió—. Antes de que te enfades conmigo, no te lo dije, porque molestarte mientras te integrabas entre los humanos era impensable. Con lo difícil que se te hace eso…
—¿Qué quieres decir?
—La simpatía no es una de tus virtudes, señor fruncido —se burló—, así que me quedé aquí, entre los lobeznos. Me queda lindo el traje, ¿no crees?
Suspiré al verla. No iba a negarlo, pero eso no iba al caso.
—Venir aquí a bailar cuando todo se está desmoronando en tu vida no me parece la mejor opción.
Ella siguió sonriendo, pero la luz de su rostro se apagó.
—Nylena me ha golpeado… —me dijo, y contuve el aliento—.
Ella me prometió que jamás me trataría de esa forma, como las demás serafinas, pero ahora me culpa del apocalipsis, de que el refugio haya caído, de que tú hayas escapado.
Incluso de que te mire demasiado —dejó escapar una risa corta y amarga—.
Ni siquiera debería preocuparme que mi alma gemela me odie.
Debería estar buscando a mis querubines antes de que los mate…
Guardé silencio, pensando en lo vulnerable que había quedado tras la agresión del arcángel. La sola idea de que alguien la atacara me resultaba insoportable. Y peor aún, imaginar que ese alguien fuera la persona a la que ella más amaba.
—Puta víbora —siseé entre dientes, casi inaudible.
—¿Te lo he dicho? —continuó con voz temblorosa—.
Mi iridia es Lorelai. Este mundo no solo se desmorona a mi alrededor…
mi vida también se deshace. Lorelai se está apagando, y con ella, yo.
Me cuesta moverme, Cyrone. Mi cuerpo está rígido, débil.
Pronto mis dedos y mis piernas empezarán a ennegrecerse.
¿Qué haré entonces? Si no bailo, si no camino, si no me muevo… si no grito, ¡me moriré!
—¿No has visto lo animado que está el ambiente en Markadiel? —le dije con una sonrisa irónica, intentando suavizar el momento—. En mi opinión, al mundo aún le queda bastante vida.
Lummina seguía respirando entrecortado, mientras negaba con la cabeza una y otra vez, como si se resistiera a mis palabras.
Estaba desesperada, y no era para menos.
Se sentía culpable por todo lo ocurrido, cuando probablemente yo era el verdadero responsable.
Pero ¿cómo iba a decírselo? No podía arriesgarme a que me odiara. No lo soportaría.
—La primera trompeta sonó, Cyrone. Tengo miedo.
Me arrodillé ante ella y me atreví a levantarle la máscara.
Debajo, su rostro era un desorden de maquillaje corrido y lágrimas.
No había notado cuándo había empezado a llorar, oculta tras su voz controlada y esas risitas nerviosas.
Estaba hecha un desastre, pero incluso así me parecía hermosa.
Con cuidado, le pasé los dedos por las mejillas para limpiarlas.
—Oye, no te preocupes. Me tienes —le susurré, y por un instante consiguió respirar hondo, como si el mundo dejara de apretarle el pecho.
—Cyrone…
—Dime.
La observé con cuidado. Seguro que nunca me había visto así, con esa expresión, esa emoción. No era porque siempre hubiera sido hostil con ella, sino porque sabía que yo jamás me había mostrado así con nadie.
—Yo… no puedo con esto sola.
Respiré hondo y desvié la mirada, antes de volver a perderme en sus ojos negros y profundos, donde casi podía reflejarme a mí mismo. Asentí despacio, y una sonrisa se dibujó en su rostro, cálida y alentadora.
Sin poder contener la vulnerabilidad que me carcomía por dentro, dejé caer mi cabeza en su regazo. La tela suave de su falda de seda rozaba mi mejilla, y en ese contacto sentí un calor que me atravesaba de lado a lado.
—Quédate conmigo —susurré.
No se lo pedí por haber sido la primera mujer que me vio de verdad ni por salvarme de Calyssa, ni siquiera de la diosa Eryndra. No fue por ese maldito primer beso que me dejó sin consuelo, ni porque ella me hubiera dado un nombre, una historia, una razón para seguir.
Se lo pedí porque era ella, y la necesitaba.
Con una urgencia que dolía. Su piel, su voz, el calor de su cuerpo cerca del mío.
Ella dudó un instante. No creo que esperara lo que acababa de hacer. Pero, temblorosa y suave, posó su mano sobre mi cabeza. Sus dedos se hundieron en mi cabello, enredándose despacio, como si se quedaran atrapados ahí a propósito.
—Tal parece que nunca te vas a deshacer de mí, Cyrone.
Se me escapó un suspiro entrecortado. Me aliviaba tanto escuchar eso que casi me eché a llorar.
—Eso… eso está perfecto —respondí.
Nos quedamos en silencio. Ella seguía acariciándome, y yo no podía apartarme. Sentía que, si me movía, si rompía ese momento, me desharía.
Pero entonces se tensó y su atención se fue hacia algo más. Luego me dijo, apenas audible:
—Esa mujer mayor que nos está mirando, ¿la conoces?
Alcé la cabeza de su regazo con urgencia y me puse de pie.
Sentí cómo el calor me subía por el cuello.
Me giré en alerta, un poco avergonzado, como si me hubieran atrapado haciendo algo indebido.
Y sí, ahí estaba la anciana Kuntari, observándonos con una mezcla de sorpresa, picardía y satisfacción. Aclaré mi garganta.
—Ah, Kuntari. Muy oportuna.
—¡Increíble, chiquillo! Días durmiendo bajo mi techo y nunca me contaste que tenía’ una enamorada —respondió, sonriendo, pero cruzándose de brazos como una madre que descubre un secreto que le alegra más de lo que le molesta.
—Bueno. No… quiero decir, es complicado.
—Somos una pareja —soltó Lummina sin titubear, poniéndose de pie con una calma descarada y saludándola como si aquella mentira no acabara de volarme la cabeza.
Me congelé. La miré de reojo, descolocado por completo. Abrí la boca buscando palabras, pero no encontré ni una que no sonara estúpida. Así que la cerré de nuevo. Ella, en cambio, sonreía. Sonreía como si supiera lo que me estaba haciendo.
—¡Genial! Soy Kuntari —dijo la anciana, extendiendo su mano.
—Lummina. Es un placer —saludó ella, con una calidez tan bien fingida que cualquiera juraría que era humana desde siempre.
—¿Eres una lobezna? —preguntó Kuntari, con genuina curiosidad—. ¿Formai parte del grupo principal del baile?
—A veces me uno para la fiesta de la Dorada. Me encanta esa tradición.
—Entonces ere’ totalmente bienvenida a la cena de hoy —decretó Kuntari con tono festivo.
Yo seguía en silencio, todavía procesando que nos había llamado pareja. ¿Lo había dicho para salir del paso?
La miré. Ella evitó mi mirada, pero su sonrisa no se borró.
Si estaba jugando conmigo, yo iba perdiendo.
Fuera de eso, no pude evitar sorprenderme por lo fácil que se le hacía a Kuntari invitar gente a su casa, considerando que parecía diseñada para una persona.
Caminamos detrás de la anciana mientras los ensayos comenzaban a desarmarse y la multitud se disolvía en grupos familiares, en parejas, en extraños que compartían un mismo ritmo. Fue entonces que Lummina tomó mi mano.
Tardé un segundo en comprender el gesto.
Era para fingir, para ser aceptada como parte de la familia de Kuntari. Un acto simple, práctico, necesario. Pero sentí que algo ardía dentro de mí, como si debiera afilar mis sentidos para la guerra.
—Aguanta, Cyrone —me susurró Lummina, preocupada por el rostro que debía habérseme quedado—. Es la única forma en la que confiarán en mí.
i
En casa, me sorprendió ver a Lummina desenvolverse tan bien con el humano más pequeño de la familia. Sostenía a Estian como si fuera suyo, como si no le pesara el llanto ni los sonidos torpes que emitía y que a mí me parecían de una criatura averiada. Pero para ella, un bebé no era ninguna novedad.
—Dicen que los ángeles cuidan en especial de los niños —comentó Lummina, mirando con dulzura a Muris, que parecía encantada de ver a su «nueva cuñada» sostener al infante.
—Espero que así sea. ¿No le’ parece la cosilla má’ bella que ha tocao Lorelai? —dijo Muris, convencida de que lo era, sin importar la respuesta que le diéramos.
—Por supuesto —respondió Lummina, sin pestañear—. Si yo fuera un ángel, me dedicaría a cuidarlo siempre.