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D urante mi primera semana en Markadiel, no tardé en confirmar que todo lo que me habían contado era cierto.
Aunque la aclamada Fiesta de la Dorada aún estaba a un mes de distancia, los espacios comunes rebosaban de gente ensayando diversas danzas.
El aire se llenaba con la mezcla de tambores e instrumentos de viento, creando una masa sonora que resultaba insoportable.
En términos de espacio, el lugar era vasto. No solo albergaba a los grupos de baile, sino también a quienes se preparaban para el carnaval con otros tipos de entretenimiento: juegos, marchas y tenderetes de comida de la zona.
Tras varios días en la ciudadela, noté que la diversidad se hacía cada vez más evidente.
Ya no eran solo humanos de piel bronceada: también los había de tonos más claros, amarillentos, incluso pálidos; altos y bajos, robustos y delgados, con acentos y voces muy distintas.
Algunos venían del oeste de Lorelai, bulliciosos, cargando sus instrumentos de viento para unirse a las bandas.
En mi octavo día, mientras deambulaba por el mercado de verduras, vi a Faraine en su intento de aprender a bailar.
A pesar de su torpeza, su entusiasmo era tan contagioso que parecía haberse ganado el favor de las maestras.
O eso creía la vieja Kuntari, quien, aprovechando que me había negado a los ensayos, se llenó de coraje y me usó como torino de carga.
Habría sido irónico contarle que, si me ponía a practicar aquellos bailes rituales, estaría rindiendo homenaje a la Dorada (es decir, a la mismísima diosa Eryndra), la misma que me buscaba para matarme. Para Kuntari, yo era solo un humano más. Un meridiano con los cuernos desarrollados.
—Mira, mijo —me habló, tirando dos veces de la capucha que me cubría los hombros—. Esas son las máscaras típicas de la fiesta de la Dorada. ¿Qué te parecen? Si te pone’ una, nadie te reconocerá y podrás bailar.
—Está decidida a que al menos lo intente, ¿no? —le respondí cansado, mientras examinaba las máscaras de monstruos mitológicos que un par de artesanos pintaban con detalle en un rincón del mercado.
—¡Si no bailas, te irás al inframundo! —sentenció, como si fuese la verdad más seria que se pudiera decir.
Dramatizaban demasiado con todo eso. A veces pensaba que, si los humanos llevaban a cabo semejante ritualidad, era más por miedo al castigo de las grandes divinidades que por verdadera devoción.
Si les contara que, en realidad, los ángeles cuidan incluso a los malvados, tal vez dejarían de sentirse moralmente obligados a comportarse.
Tenían suerte, y ni siquiera lo sabían.
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Al atardecer, me dirigí al sitio donde practicaba Faraine. Estaba apartada del círculo central junto al viejo Enkur, quien descansaba en una silla con un enorme y alargado instrumento de viento apoyado en su regazo. A juzgar por su postura relajada, parecía haber terminado un largo ensayo.
La Trucha me vio llegar y, con una sonrisa orgullosa, me mostró la falda de campana que llevaba puesta para practicar. Era espaciosa e incómoda, pero la lucía como un trofeo. Me observó un momento, pensativa, antes de señalar hacia el centro del círculo.
—En unos días… vamos al ensayo general…
Le desordené el cabello con suavidad al escucharla.
—Bien… aprendes rápido a hablar —le susurré, pero incluso así, el anciano me oyó.
—¿Cyrone? ¡Ah! Llegaste ju’to a tiempo, hijo mío —dijo con una calidez desconcertante.
Todavía me sorprendía la forma en que me había «adoptado». Me llamaba hijo sin reservas, a pesar de las pocas palabras que habíamos cruzado. Quizá los hombres y mujeres mayores solían ejercer esa paternidad espontánea con cualquiera que, como yo, parecía necesitarla.
—¿Justo a tiempo?
Miré hacia el centro del tumulto, donde se formaban en líneas mujeres a un lado y hombres al frente.
Todos llevaban las máscaras que Kuntari me había mostrado antes: representaciones exageradas de animales propios de Lorelai, en su mayoría canes de diversas especies.
Los colores eran despampanantes, brillantes como gemas recién talladas, muy distintos a la sobriedad de los animales reales.
—E’ el ensayo general del grupo principal de lobeznos para la fiesta de la Dorá’ —comentó Enkur con voz pausada—. Ya casi están vestíos como para la ocasión.
Me crucé de brazos y seguí observando, más por curiosidad que por verdadero interés. No tenía mucho que hacer, y los días comenzaban a volverse monótonos, como una prisión sin barrotes. Mezclarme entre humanos para esconderme no era como imaginaba terminar mi vida.
Tampoco había previsto tener que oír, durante tanto tiempo, las mismas melodías repetidas hasta el cansancio.
La percusión arrancó sola, marcando el compás como un corazón inquieto, seguida por los instrumentos de viento que se entrelazaban en una danza caótica pero estructurada.
Las mujeres, con sus faldas altas y llenas de vuelo, daban pequeños pasos que hacían ondear la tela como olas.
Los hombres eran más bruscos: ejecutaban saltos amplios, giros y alguna que otra acrobacia improvisada.
Cuando se encontraban en el centro con las chicas, se acercaban tanto que casi se rozaban, pero nunca llegaban a tocarse.
— Del volcán que guía y nos sana, sale tu fuego, luz de la mañana. Madre que cuida, con su amor profundo, ¡alimenta el alma de todo este mundo !
Las voces de los hombres que cantaban armonizaban con precisión en los silencios que dejaban los instrumentos de viento, coordinados y ruidosos.
A mi lado, Faraine repasaba algunos pasos, moviendo la falda con el mismo ímpetu que las mujeres en el centro.
Por un momento me quedé contemplando el baile, pero mi última misión del día era descansar, y no podía postergarla más.
Así que, con la pereza como motor, me abrí paso entre el público que observaba hipnotizado.
Alguien me sujetó del hombro y me detuvo en seco al pasar. El toque me incomodó, pero no me alarmé. Me giré lo justo para ver quién era, y la fuerza de su agarre me hizo suponer que era Maersen. Hasta me sentí aliviado, pues por fin tendría una excusa para pelear con él.
Sin voltearme por completo, mi mirada de reojo se encontró con la suya.
En ese instante, el desconocido acercó algo al costado de mi abdomen.
No sentí presión, solo un cosquilleo que me sugirió que una herida se abría.
Fue entonces que lo vi por completo. Su piel era de un negro azabache, inusual y brillante; y sus ojos, de un blanco intenso que resplandecía bajo la capucha que vestía. Era un arcángel.
Su respiración era la de una bestia conteniendo la ira. Un terror helado me recorrió al comprender que lo que me había clavado a un costado era un arma de Catarbella, diseñada para dar muerte a los ángeles. Asustado, el aire se me escapó en un suspiro que me esforcé por contener.
—Bien hecho, vasallo —dije, en voz baja—. Me encontraste.
El gruñido que salió de su garganta fue animal. Ese ser no actuaba ni se comunicaba como un humano, porque no lo era. Era una criatura celestial pura creada solo para obedecer a una diosa. Volví a girar mi cabeza hacia el frente.
—¿Por qué no la clavas de una vez? —intenté provocarlo, pero él miró por encima de mi hombro, a los humanos—. Oh, ya veo… no quieres armar un escándalo.
El arcángel soltó otro de esos sonidos guturales, una orden que entendí sin problema: «Camina, déjate guiar hacia la muerte». Mis músculos se tensaron, pero, aun así, sonreí. No por valentía, sino por una mezcla de apatía y la pura tentación de hacer enojar a esa criatura.
Estuve a punto de girarme para asestarle un golpe cuando unas manos, con una fuerza sorprendente, me empujaron hacia un lado.
Me tambaleé y el filo del arma que sostenía el arcángel se separó de mi piel.
Mi mirada se encontró con la de una bailarina que, contra toda lógica, había abandonado su fila entre las lobeznas en medio del baile.
Su cabello era de un blanco inconfundible, a pesar de que pretendía esconder su identidad con esa máscara roja que llevaba.
No esperaba verla, a pesar de que lo deseaba con locura.
Por eso en un primer instante pensé que había perdido la razón y que solo la estaba imaginando.
Lummina se plantó ante el arcángel y le asestó una bofetada en la cara. El sonido seco me hizo despertar de mi estupor.
—¡¿Qué haces?! ¡¿Qué se supone que estás haciendo?! —le grité, pero el arcángel no me dio tiempo para defenderla.
El puñetazo fue tan certero y sonoro que todos se volvieron con horror hacia el individuo.
Lummina quedó en el suelo, arrastrándose y quejándose con un llanto agudo.
Eso bastó. No me detendría ante la idea de masacrar a esa criatura, y nadie más lo haría.
Un hombre que pasaba me empujó y se acercó al arcángel, creyéndolo un peregrino.
—¡ Mek veh la him Da hulk thá! —exclamó y lo sostuvo del brazo. El arcángel, sin embargo, se zafó de un manotazo y huyó entre la multitud.
Justo cuando me disponía a perseguirlo, tiraron de mi pantalón. Lummina me miró desde el suelo, la sangre le resbalaba por la nariz. Iba vestida como una lobezna, con telas de colores vivos y acabado metálico.
—Quédate aquí, Cyrone.
Me quedé mirándola, mientras mi corazón golpeaba como un tambor.
—Tengo que matarlo —dije, tratando de deshacerme de su agarre sin lastimarla.
—No. Solo… déjalos a ellos, que lo saquen de la aldea. Llévame a otro sitio.
Fruncí los labios, la rabia me quemaba por dentro. Solté un suspiro áspero y la tomé en brazos, la alejaría de todo eso.
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Sabía que vendría a Markadiel. Me lo había dicho. Pero no imaginé que se escabulliría por completo, sin decirle una palabra a nadie. Ni siquiera a mí. Estaba indignado, por supuesto, pero aquella furia se disolvía ante la dicha inmensa de verla de nuevo.