Cortex 19 #3
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19 #3

Cuando nos asignaron un lugar para dormir en la sala de estar, entre sillones desgastados y muebles desplazados hacia las esquinas, esperé a que La Trucha, sobre el futón que le habían puesto, comenzara a roncar antes de ponerme en pie.

Sin cruzar umbrales, me dirigí al sitio donde horas antes había partido los vegetales.

El machete no estaba ahí, pero tras rebuscar entre los utensilios esparcidos por las encimeras, lo encontré en un lavabo: la hoja filosa relucía bajo la luz de los astros nocturnos, que se colaba por el tragaluz de la choza.

Lo tomé por el mango y recorrí los tres cuartos dispuestos uno junto al otro, a no más de dos pasos de distancia.

La casa era un espacio común: un pasillo estrecho, tres habitaciones y un baño.

Si acababa con la vida de ese insecto, sin duda les daría un respiro.

Les haría un favor. Por lo poco que había llegado a conocerlos, no eran malas personas.

Un poco ingenuas, sí, pero en absoluto crueles como Maersen. Esa noche sería la última para él.

El imbécil había escapado como una rata, tomando la vía fácil, incapaz de enfrentar sus actos o batirse conmigo. Por eso, como la sabandija cobarde que era, le daría su merecido sin importar el costo.

La puerta chirrió al abrirse, y él se removió bajo las mantas, sin sospechar que quien ingresaba lo haría para despertarlo con dolor.

Alcé el cuchillo con la intención precisa de enterrárselo en la manzana del cuello, que subía y bajaba con cada respiración pesada.

Pero justo cuando lo bajé con toda la fuerza que tenía, se despertó.

Sus manos se alzaron de golpe y atraparon la hoja en pleno descenso.

El machete le cortó las palmas, y su sangre, espesa y oscura como su cabello, comenzó a gotearle sobre el camisón de dormir.

—Mierda, Cardillo… —murmuró entre dientes, con los brazos temblando por la tensión—. Creí que serías más inteligente.

Sus ojos, aún somnolientos, me perforaban con una mezcla de furia y angustia.

—Si me matas, esta familia los va a echar de aquí. Del pueblo entero.

—No te preocupes por eso —le dije con la voz firme, sin soltar el cuchillo—. No se enterarán. Haré desaparecer tu cadáver de la faz de la tierra. Nosotros sabemos cómo hacer eso, ¿no?

No estaba usando toda mi fuerza para matarlo.

Me estaba conteniendo a propósito, solo para observar sus patéticos intentos por resistir, por aferrarse a la vida.

Había algo satisfactorio en verlo luchar en vano, con los ojos inyectados de miedo.

Presioné con más fuerza, sintiendo su piel ceder poco a poco, hasta que soltó un gruñido ahogado de dolor. Entonces me detuve.

El perro había empezado a ladrar como loco, y al instante se escucharon pasos torpes acercándose al cuarto. Imaginé a Kuntari o, peor aún, a Faraine, encontrándome así.

Solté el machete, que rozó su cuello con un choque seco, dejando apenas una línea roja sobre su piel. Me di vuelta justo cuando el perro empujó la puerta con las patas, furioso, como si quisiera derribarla.

—¡Alerta, alerta! —gritó entre ladridos, desesperado.

Y detrás de él apareció alguien que no esperaba. El viejo ciego, tanteando las paredes con las manos, guiándose por los sonidos.

—¿Maersen? ¿Estás bien? ¿ Hek ne ? —preguntó, sin saber que yo estaba ahí.

El querubín respiraba con dificultad, apretando la herida en su cuello con una mano ensangrentada.

Yo permanecí en silencio. Esperando. Si se le ocurría delatarme, lo dejaría con vida, pero asesinaría al viejo y a toda esa estúpida familia de humanos que habían decidido montar su nido en la aldea de Markadiel.

Era su elección. Él decidiría si yo me convertía en un asesino. Yo podía desaparecer de nuevo, esconderme en otro rincón del mundo, pero él… él perdería todo aquello a lo que se había encariñado como un idiota.

Sin embargo, para mi sorpresa, Maersen tragó saliva y habló con calma, apaciguando al anciano.

—Solo fue una pesadilla, señor Enkur. Lamento haberlo despertado.

—No, chiquillo, no e’taba durmiendo. Loke me alertó y vine como pude —respondió el viejo, avanzando a tientas hasta que Maersen lo ayudó a sentarse en la cama. Se quejó levemente al hacerlo.

Pero el perro no se tranquilizaba. Seguía mirándome con furia contenida. Y de pronto, empezó a gritar, escupiendo saliva por los costados del hocico:

—¡Hay otro aquí! ¡Hay otro aquí!

—Shhh, Loke, por favor… vas a despertar a mi ñora —le rogó el anciano, acariciándole la cabeza. Los humanos no podían descifrar a los animales como nosotros, los ángeles. Para mi fortuna—. Tranquilo, amigo, tranquilo.

—Señor Enkur, ya es tarde. Debería volver a su cama —dijo Maersen, mirándome directo y firme. Su voz fue suave; pero su mirada, amenazadora.

Estaba muerto de miedo. No solo de mí, sino de lo que sabía que yo era capaz de hacerle a su humano. Sonreí de lado y ladeé la cabeza, desafiándolo.

—No, chiquillo. Estoy preocupao’ por ti —dijo de pronto el anciano—. Se te ha notao’ inquieto desde que llegó tu compañero. No lo hai hecho sentir bienvenío. Eso no e’ normal en ti, ¿sabes? ¿Qué pasa?

—Señor Enkur… usted no lo entendería. Usted y los suyos nunca se han dañado entre sí —replicó Maersen, sin apartar la mirada de la mía.

Negué apenas con la cabeza. Era patético. Seguía creyéndose su propia historia absurda con tal de no asumir la culpa por la muerte de los demás querubines.

El anciano soltó una carcajada que rompió la tensión del ambiente. Maersen desvió la vista hacia él, confundido.

—¿Cree’ que nunca nos hemos hecho daño? —dijo Enkur, entre risas—. Chicuelo, los humanos estamos condenaos a dañarnos unos a otros, todo’ lo día’.

—No creo que sea comparable con lo que nos hemos hecho nosotros —contestó Maersen.

—Eso es relativo. A vece’ nos herimos tan feo que las palabras se sienten como cuchillos. Nos gritamos, nos echamos… nos matamos emocionalmente, y aun así seguimos junto’ a pesar de todo eso.

—Usted habla como un verdadero anciano —dijo Maersen, esbozando una leve sonrisa—. «La familia es un regalo».

—No, chicuelo. La familia no e’ un regalo —replicó el viejo tras una breve tos—. E’ un accidente de la vida. A vece’ uno bueno… otras, uno bien malo. Dime, Maersen, ¿ustede’ compartieron buenos momentos?

—Cuando éramos niños —respondió, luego de una pausa que pareció dolerle—. Cardillo era el más miedoso de todos, y también el más fuerte. Creíamos que malgastaba esos dones, pero igual le admirábamos por eso. Hay que tener personalidad para ser tan fuerte y creerse tan débil.

Mientras hablaba con el viejo Enkur, noté algo distinto en su mirada. Había un brillo nuevo en sus ojos. ¿Era humanidad? ¿Arrepentimiento, tal vez? Me daba igual.

—Entonce’ lo suyo e’ un accidente bueno, de esos que vale la pena cuidar —continuó Enkur, con voz rasposa pero firme—.

Cada daño en forma de palabra, incluso en forma de acto, si venía de mi ñora o de mi hija…

O de mi hijo… lo perdoné. Y empecé de nuevo, porque ello’ son mi accidente. Mi perfecto accidente.

—Gracias, señor Enkur —susurró el querubín, cabizbajo, mientras recibía el apretón de hombro áspero pero sincero que el anciano le ofrecía.

—Tenemo’ que hacerlo sentir bienvenío, Maersen. Mañana le enseñaremo’ el pueblo a él y a la niña. ¿Te parece?

—Señor… lamento haber traído más gente a la choza. Sé que apenas hay espacio.

—Aquí caben todo’, chico. Uno má’, uno meno’... Lo bueno de una familia elegida e’ que no puede ser un accidente malo. No puede, ¿no?

Maersen asintió en silencio. El anciano, al darle unas palmaditas suaves en la mandíbula, se embarró con la sangre que seguía brotando del corte en su cuello.

—Jo... Estái todo empapao —comentó Enkur, ajeno aún al tipo de líquido que manchaba su mano.

—Así es, don Enkur. Más vale que vaya a lavarse, ¿no?

Enkur se incorporó con esfuerzo, apoyándose de nuevo en las paredes, mientras el perro blanco y negro —que ya se había cansado de gritar— le seguía en silencio.

—Buena’ noche, chico. Que la diosa Eryndra cuide tus sueños.

—Igualmente… —le respondió Maersen.

Quedamos en la habitación, en silencio y solos. Maersen suspiró, como si estuviera reuniendo el valor para confesar algo.

—Lo maté porque… porque quería que te ahogaras en el mismo infierno que yo. Que sintieras, en lo más profundo de tus entrañas, la podredumbre de desenterrar a los tuyos, uno por uno, arrancándolos de la tierra… sin vida…

—Me importa una mierda, imbécil. —Me giré con una furia helada, mis cuernos chocaron con los suyos en un golpe brusco—. No habrá perdón. Y si no es hoy que te arranco la vida, juro que te haré desaparecer. Desaparecerás, y el mundo no recordará tu nombre. Nunca te perdonaré. Nunca.

Lo tomé de su ropa y lo empujé con violencia antes de soltarlo. Me alejé con las manos apretadas en puños. Estaba dispuesto a matarlo. Aunque hubiera fallado esta vez, no me detendría hasta lograrlo.