19 #2
—Sí, y fíjate que los astro’ siempre me escuchan —agregó con una sonrisa astuta—. Justo les pedí un jovencito con brazos fuertes que me ayudara a partir las verduras para la cena.
Giré la cabeza hacia ella con lentitud y, al encontrarme con su mirada juguetona, la vi reírse hasta que sus ojos casi desaparecie-
ron entre los pliegues de su piel curtida. Me hizo gracia. No quise admitirlo, pero le respondí con una leve sonrisa.
—Pídales que yo haga eso del baile —le dije con una media carcajada incrédula—, y tal vez se dé cuenta de que son puras tonterías.
La anciana se acercó, balanceando al bebé en brazos con una dulzura que no parecía encajar con todo el cansancio acumulado en su cuerpo. El niño chilló de risa, encantado por el vaivén. Ella me miró con una ceja en alto.
—Oh, no me desafíe’, jovencito. Los astro’ me adoran.
i
Más tarde, Faraine apareció chorreando desde el cuarto de baño, o como demonios le llamaran ahí.
Lo importante era que las resquebraduras en su piel habían desaparecido por completo.
El agua dulce de la cordillera le había sentado bien; era señal de que podría sobrevivir en esa aldea. Al menos por el momento.
La niña azul corrió hacia mí y, sin pensarlo, se dejó caer sobre mi pierna.
La tomé por debajo de los brazos y la trasladé a la silla más cercana.
Me clavó una mirada entrecerrada, ofendida, y me sacó la lengua.
Fingí que su ataque letal me había perforado el alma y me llevé la mano al pecho.
Ella rio bajo, satisfecha con su victoria, y yo retomé la compostura.
—Me encantan los hermanos que se llevan bien. Ojalá Muri’ supiera hacer lo mismo con el suyo —comentó la vieja Kuntari mientras dejaba una olla humeante de sopa en el centro de la mesa. El aroma era potente, una mezcla de hierbas silvestres y caldo espeso.
Supuse que Muris era la mujer adulta de cabello negro que se secaba las manos en su delantal mientras caminaba hacia el bebé. Tenía una voz suave y una postura contenida, elegante.
—Ya, lek ne vei sotré mek —dijo al tomar al pequeño en brazos—. Hola, un gusto, soy Murisya, pero puede’ llamarme Muris.
Le respondí con mi nombre, de forma escueta.
La observé de reojo: el cabello liso caía en una línea perfecta por su hombro, como una cortina de agua negra.
Me resultaba llamativo. Entre los ángeles era más común ver cabelleras espesas, rizos rebeldes que hablaban por sí solos.
Ella, en cambio, parecía hecha a precisión.
Como los demás en Markadiel, su piel era morena y sus ojos rasgados, pero había algo que la distinguía: el gris en sus pupilas, que eran como ceniza fría, como neblina en la madrugada. Una rareza dentro de la rareza.
Sentó al bebé en su asiento alto, tallado a mano, con figuras de estrellas en las patas.
Pero el niño, en cuanto perdió el calor del cuerpo de su madre, rompió en llanto como si el mundo se estuviera desmoronando.
Muris lo devolvió a su regazo sin quejarse, con una paciencia que parecía heredada de la montaña misma en la que estábamos.
—Te comportas igual que un niño de cero años. ¿Cómo ves eso, Trucha? —le solté, girándome hacia ella con una ceja alzada.
—¡No! —protestó, inflando las mejillas—. ¡Yo seis años!
—Yo tengo seis años —la corregí de forma automática.
Kuntari se dejó caer en su silla, con ese ruido de huesos humanos. La mesa vibró cuando apoyó los codos.
—Nunca había vi’to una niña con aleta’ de orejas y con piel azulina —comentó, sin apartar la vista de Faraine. No era una acusación, sino curiosidad.
—A nuestra madre le gustaba meterse con gente extraña —le respondí con el tono más neutro que pude, pero me reí sin querer.
Ella asintió, muy seria al principio, pero luego sonrió.
—Conozco a muchas así, niño.
Se levantó un momento para servirme desde una pequeña jarra de barro. El líquido que brotó era espeso, dorado, casi como un ungüento. Lo vertió en una copa con tallo retorcido que seguramente tenía décadas encima.
—¿Quieres chama Warm’i?
Parpadeé. El nombre parecía sacado de una ceremonia antigua. Observé la bebida. Olía a tierra fermentada y frutos secos cocidos bajo el sol.
—¿Qué es? —pregunté con cautela.
—La bebida de la’ mujeres valientes —contestó con una sonrisa de dientes desordenados—. Pero a los hombre’ también le’ sirve, sobre todo a los que no saben bailar.
Le lancé una mirada de sospecha, pero tomé la copa.
—Brinde por lo’ astro’, chiquillo.
—¿Por los astros? —dije, alzándola.
—¡Por lo’ astro’! —repitió la vieja, y Faraine imitó el gesto alzando su vaso de agua, con una sonrisa de delfín.
Luego nos sirvió sopa en los platos y asentí.
Si me detenía a pensar en mis propias necesidades, sabía que moriría de hambre si no la probaba.
Obligué a La Trucha a servirse también; torció la boca como si el olor de la sopa fuese una prueba.
Era una mezcla intensa de raíces hervidas, carne ahumada y un dejo dulzón a especias fermentadas, pero no teníamos derecho a criticar nada: ni la comida ni el techo, ni mucho menos a las personas que, por ahora, nos compartían lo poco que tenían.
—¿Quieren ver algo sorprendente? —preguntó Muris de repente, con una chispa emocionada en los ojos mientras limpiaba la comisura de los labios del niño con un trapo húmedo.
Faraine vitoreó en respuesta y yo tan solo me quedé mirando, con el mentón hundido en la mano.
Muris se inclinó hacia el niño y alzó ambas manos frente a él, como un ritual.
—¿Quién es mi pequeño má’ lindo?
—E… Esian… —pronunció el niño, golpeando torpemente sus manitas contra las de ella. La vieja Kuntari se llevó una mano a la boca y dejó escapar una risa cálida.
—¿ Lek me hi nuil hek ve ? —insistió Muris con la voz melosa.
—E… eeeee… —intentó de nuevo el infante, inflando los cachetes, luchando con su lengua. Al final, no logró más que soplar una burbuja brillante de saliva que estalló sobre su mentón.
Me quedé observando, ligeramente fruncido, esperando el supuesto «milagro».
Pero no pasó nada. De hecho, si era sincero, me parecía bastante decepcionante…
apenas lograba decir su nombre. Aun así, Muris lo abrazó como si hubiera pronunciado un poema entero.
Lo celebró llenándole las mejillas de besos.
—¡Bien hecho, mi Estian! —dijo entre risas. El niño ni siquiera había dicho su propio nombre bien.
Yo bajé la mirada al plato humeante. A veces olvidaba que los humanos no necesitaban grandes hazañas para conmoverse. Solo un poco de esfuerzo y quizá, después de todo, eso sí que era sorprendente.
Me quedé observando al bebé hasta que, de pronto, me devolvió la mirada.
Sus ojos, enormes y extraviados, se toparon con los míos: desconcertados, incluso un poco nostálgicos.
Había algo fascinante, sí, en la forma en que sus cuidadores celebraban cada estupidez que hacía.
Tal vez solo por ser «lindo», o porque, al parecer, ser pequeño —cuando eres humano— no es sinónimo de debilidad, sino algo digno de festejo.
Interesante.
La puerta de la choza se abrió de golpe.
Entró un anciano bastante alto, apoyándose en el hombro de Maersen, que me miró de reojo con una sonrisa cargada de suficiencia.
El maldito sabía que no tenía a dónde ir.
Aun sin que le dijera que era la mismísima diosa Eryndra quien me buscaba, debió haberlo intuido.
Tal como él, yo también había escapado del refugio, solo que lo mío no había empezado con el asesinato de otro querubín.
Las dos mujeres, Muris y Kuntari, se levantaron de inmediato para asistir al anciano, que tenía la mirada perdida pero una sonrisa amplia y serena, como si estuviera aún más desconectado del mundo que el pequeño Estian.
Una vez que lo sentaron en la cabecera, siguió contemplando el techo, ajeno por completo a la presencia de dos extraños en su diminuta casa, en la que apenas cabían tres personas con comodidad.
Era demasiado viejo.
—Papá, no te habíamo’ visto en todo el día. Tenemos aquí dos forasteros, hermanitos de Maersen.
—Ah, hí. Hí, ya me lo contó Maersen. ¡Bienvenido’ a Markadiel! Espero que no se vayan de aquí sin probar el Inti Tikha, el plato más sabroso que prepara mi ñora.
—Gracias, señor… —respondí, con curiosidad creciente, al notar que seguía hablando sin apartar los ojos del techo, hasta que lo entendí: no es que lo mirara por distracción, es que no veía nada. Tenía la mirada nublada en su totalidad. Estaba ciego.
—¡Gracias, señor! —repitió Faraine con entusiasmo.
—¿Una chicuela? ¿Otra niñita? Ya nos estamos llenando de mujeres por aquí, ¡qué maravilla! Éramos demasiados hombres testarudo’ bajo este techo.
Detrás del anciano, vi a un perro grande, de pelaje blanco y negro, que sonreía de forma obediente, sentado como si aguardara una orden para moverse.
—¿Cómo los han tratado aquí, hermanos míos? —preguntó el imbécil de Maersen mientras tomaba asiento al lado de Faraine.
—¡Bien, bien! —respondió La Trucha con entusiasmo, ajena a que él era el asesino de El Zorro. Por supuesto, no se lo diría.
No quería que ella cargara con la misma incomodidad que a mí me carcomía por dentro.
Lo observé, hirviendo de furia, deseando abalanzarme sobre él para borrarle los rasgos a golpes.
Me contuve lo más que pude; sin embargo, no pude evitar recordar el machete que me había entregado la anciana horas antes y pensar en lo bien que le quedaría incrustado en la yugular.
i