Cortex 19
39%

19

L e exigí a Maersen —por toda la falsedad que me había obligado a decir frente a los otros pueblerinos— que me llevara a una posada donde Faraine pudiera humedecer su piel antes de que se secara por completo.

Así fue como terminé en ese lugar, en lo que apenas podía llamarse una posada: una choza humilde, compartida por una familia humana compuesta por dos ancianos, una mujer adulta y un bebé.

Mientras la mujer llevaba a Faraine hacia una especie de bañera de madera —rudimentaria, pero al menos con agua tibia— me senté en lo que parecía ser el único rincón libre, un espacio de descanso junto a una pequeña mesa baja.

Allí, un bebé reposaba sobre una silla tallada para él, con las piernas colgando sin fuerza, apenas moviéndose de tanto en tanto.

Me quedé mirándolo con cierta fascinación incómoda.

Era demasiado pequeño. Me preguntaba cuántos años tendría, si es que siquiera se podían contar.

Los querubines como yo nacíamos ya a los cuatro años, caminando, hablando y siendo, en lo esencial, autosuficientes.

Por eso jamás había visto un humano así, tan diminuto, tan…

inacabado. Parecía una criatura que aún no comprendía su propia existencia, atrapada en su cuerpo blando, con los ojos grandes y perdidos como si el mundo le doliera desde el primer día.

La choza en sí era pequeñísima para contener tanta vida.

Estaba cargada de decoración innecesaria: tapices colgados en las paredes, todos con figuras que representaban astros y cuerpos celestes, tejidos con lana gruesa de algún animal de montaña que aún no había tenido el disgusto de conocer.

Todo desprendía un olor penetrante, una mezcla densa a humo de leña, humedad vieja, sudor humano y leche agria.

El aire era cálido pero pesado, como si no circulara del todo, y cada rincón parecía lleno de historia… o de polvo.

Las paredes, en lugar de piedra o adobe como las del resto del poblado, estaban hechas de tablas ensambladas de forma tosca, muchas ya mordisqueadas por maripolillas.

Las grietas dejaban pasar ráfagas finas de aire frío, lo que me hizo preguntarme cómo demonios lograban dormir ahí sin congelarse cada noche.

Tal vez ya se habían acostumbrado. Tal vez el frío los había vuelto parte del paisaje, como esas vigas torcidas que parecían sostener el techo solo por costumbre.

Y, aun así, se sentía más hogar que muchos otros lugares que había pisado.

—Joven, ¿cuál e’ tu nombre? —me preguntó la anciana, con voz suave, mientras salía a buscar al bebé. Olía a pan horneado, a masa recién sacada del fuego, con un dejo dulce que parecía aferrarse a la ropa y a las paredes.

—Me llamo… —intenté responder, pero las palabras se me congelaron en la garganta.

La miré, primero con sorpresa… y luego con una esperanza que me atravesó como un relámpago. Podía sentirlo: los ojos me brillaban sin permiso. Hablaba mi idioma.

La anciana podía comunicarse conmigo, y eso, por absurdo que sonara, era lo primero que de verdad me alegraba desde que había puesto un pie en Markadiel.

Ella debió notarlo, probablemente en la expresión que no pude esconder y en ese respiro entrecortado que se me escapó del pecho.

Rio, divertida, y luego se sentó a mi lado con naturalidad, como si ya me conociera.

Tenía, como los demás, los párpados monólidos y la piel curtida por el astro del cielo, pero desde cerca, su olor era aún más penetrante.

Pensé por un segundo que los humanos, al envejecer, no solo ganaban arrugas y sabiduría.

También comenzaban a desprender ese tipo de aromas que se impregnaba en todo lo que tocaban.

—¿Tu nombre e’ gracioso? —preguntó la anciana.

—No, no —respondí, aún con la sonrisa colgando en los labios—. Sonrío de alivio porque creí que todos aquí hablaban ese idioma horrible.

—Oh… ¿Horrible? —repitió, alzando una ceja—. Ere’ un joven muy franco.

—Me llamo Cyrone —dije al fin, y me sorprendió lo bien que se sentía poder decir mi nombre en voz alta.

—Un gu’to, Cyrone. Mi nombre e’ Kuntari —dijo con una leve inclinación de cabeza, ceremoniosa y cálida al mismo tiempo.

Afuera, la música seguía retumbando contra las paredes de la choza, esa cadencia rítmica que parecía envolverlo todo, incluso cuando la noche ya había caído.

Las sombras del interior se alargaban con el parpadeo de una lámpara de aceite, y por un momento sentí que Markadiel dejaba de ser un lugar hostil. Solo por un momento.

—¿Tu hijita tiene alguna condición en la piel… o por qué e’ azul?

—No es… no es mi hija —respondí—. Es mi hermana.

Fue lo primero que se me ocurrió. Lo dije rápido, como quien lanza una piedra al río sin pensar en las ondas que provocará.

—¿Hermana? Vaya… Maersen no’ dijo que tenía sei’ hermanos. No sabía que también tenía hermanas.

Rodé los ojos con tanta fuerza que casi pude ver el techo por completo.

—Maersen no es mi hermano —le solté, seco. Sabía que no me convenía, que aquello podía jugar en mi contra. Pero la sola idea de compartir algo con él, incluso un vínculo de palabra, me revolvía el estómago.

—¿Ah, no? Pues son igualito’, y no lo digo solo porque sean meridiano’ y tan guapitos. Tienen lo’ mismos gestos, la misma forma de mirar. Siento que los trataron igual al criarlos. Igual de mal, si me lo preguntas.

Respiré hondo, luchando con esa mezcla de ira y agotamiento que me ardía bajo la piel.

—Se equivoca —repliqué con un tono que no pude suavizar.

Solo quería largarme. Encontrar un rincón en ese mundo donde nadie me recordara quién era, y donde el nombre de Maersen jamás tuviera que volver a tocarme el oído.

Kuntari se levantó de manera brusca a mi lado y alzó la mano con una violencia inesperada, como si fuera a plantarme un golpe seco en la cabeza. Por puro instinto, me encogí sobre mí mismo y tensé los músculos, preparado para contraatacar incluso desde donde estaba sentado. No me quedaba otra.

Pero se detuvo.

—Ay, mijo… —suspiró, bajando la mano con lentitud—. ¿No lo vei’? Creciditos en la violencia, todo’ ustedes. Aquí en Markadiel van a aprender lo que es comer calientito todos lo’ día’. No te preocupe’.

Me dio unas palmaditas suaves en la cabeza, como si fuera un cachorro desobediente al que no se le puede culpar de nada. Me quedé inmóvil, confundido, sin saber qué hacer con el calor de la vergüenza que me subía por la nuca.

Había acertado. Había visto algo en mí que yo mismo intentaba negar, y eso me incomodaba más que el golpe que nunca llegó.

El bebé empezó a llorar. Un chillido repentino, desproporcionado, como si en ese momento hubiese tomado consciencia de sí mismo por primera vez…

y no supiera cómo lidiar con ello. No encontraba otra razón para semejante berrinche.

La vieja se acercó a él de inmediato, con ese mismo afecto excesivo que me resultaba tan ajeno.

Lo tomó en brazos y empezó a llenarlo de palabras dulces:

—Mi niño, precioso, hermoso… —Como si acabara de hacer algo admirable. Como si llorar fuera motivo de celebración.

Yo la observaba en silencio, todavía desconcertado por la escena.

—Ese tipo… ¿dónde está? —pregunté de pronto, refiriéndome a Maersen. Su ausencia comenzaba a pesarme, y el comportamiento errático de Kuntari con el bebé solo me ponía más alerta.

—Está practicando el baile —respondió sin mirarme, ocupada en calmar al niño—. No queda naíta para la Fiesta de la Dorada, así que hasta el viejo Enkurden está ahí, tocando para los jovencitos.

Luego me lanzó una mirada rápida, como quien advierte sin amenazar:

—Tomando eso en cuenta, tú también vai’ a tener que unirte a los ensayos.

Preguntarle en qué consistía el baile habría sido contraproducente.

Si lo hacía, me invitaría —o peor, me obligaría— a participar.

Ya tenía una idea de qué se trataba: esos movimientos corporales ridículos y coordinados que ensayaban en público, como si contorsionar el cuerpo con gracia tuviera algún propósito trascendental.

La percusión seguía latiéndome en la cabeza.

—Ni loco —le solté.

La anciana estalló en una carcajada, franca y sonora, como si yo hubiera dicho algo graciosísimo.

—Acá en Markadiel to’o es baile, to’o es goce, es nuestro modo de agradecer a la diosa Eryndra por to’as las mandas cumplías. Así que no hay discusión.

Me dio una palmada en la pierna y añadió, con esa autoridad disfrazada de ternura:

—Arriba, Cyroncillo. Me vai’ a ayudar a picar las verduras.

Me quedé quieto un instante, pero bastó con ver su postura firme y el brillo decidido en sus ojos para saber que no tenía alternativa. Me levanté sin protestar.

Entendía a la perfección las reglas no escritas: no se podía estar bajo el techo de alguien sin ofrecer nada a cambio. Lo mismo hacíamos en el refugio. Trabajo por comida, trabajo por protección, trabajo por silencio. Solo que aquí esas costumbres venían contaminadas con algo peor: gratitud.

—¿Qué se supone que es una «manda»? —le pregunté cuando me entregó un machete del tamaño de mi cabeza.

Al sostenerlo y observar el filo delgado, comprendí que no era un arma de verdad.

No servía para rebanar cuellos. Era para cortar cosas que no se defendían: verduras, por ejemplo.

Sobre la mesa de madera oscura, tan gastada que parecía haber sobrevivido a más generaciones que todos los presentes en la choza, había unas matas verdes que brotaban de la tierra.

Probablemente terminarían en nuestros platos más tarde, aunque ya era de noche.

—Una manda e’ como la que le pedí a los astros cuando mi niña iba a dar a luz al Honti —dijo, y con un gesto de barbilla me confirmó que hablaba del bebé—. También como la que hice cuando era joven y conocí al amor de mi vida, el Enkurden. Obtuve un amor hermoso y un nieto sanito, Estian.

—Un favor, entonces —resumí, deslizando el filo por una de las verduras.