18 #2
Faraine empezó a patearme la espalda, así que la dejé en el suelo y aproveché para estirarme. Los huesos me crujieron por el cansancio, y le advertí que no debía alejarse demasiado. Le recordé que la última vez casi la habían cazado para convertirla en cena.
La observé saltar, curiosa, hacia un puesto donde un humano tejía, con una especie de máquina de madera, un enrevesado mantel de motivos geométricos.
La niña lo señaló con entusiasmo y vi las grietas en sus brazos.
Ahí recordé que el tiempo corría en mi contra: debía encontrar pronto un lugar donde pudiera sumergirla en agua, antes de que se secara como una fruta olvidada al astro del día.
Con el frío que hacía, tendría que ser agua templada, al menos; idealmente una bañera como las que usan los humanos para asearse. Respiré con frustración.
Regresó hacia mí sonriendo, y yo le devolví un leve asentimiento. Al menos no me causaba más problemas que su constante deterioro. Me siguió el paso, y cuando pidió que la cargara de nuevo, le dije que no.
—¿Tengo cara de Nebucoro o qué? —le pregunté, mientras me cubría los ojos con una mano para protegerme de la luz directa y buscar algo parecido a una posada, similar a la que habíamos visto en nuestra primera expedición. Ahí habría bañeras. Habría agua.
Recorrimos varias construcciones con letreros tallados en una escritura que no reconocía.
No pude evitar notar que, a pesar del frío que reinaba, no había ni rastro de vegetación.
Todo lucía seco, en contraste con el bosque rojo que rodeaba la zona.
Parecía un desierto congelado, una contradicción en sí misma, pero tan árido que el astro del día, aunque no daba calor, emitía una luz cegadora que incluso bronceaba la piel de los aldeanos.
En un clima así, era imposible que creciera alguna planta.
Me preocupó no disponer de los recursos de un ángel de la tierra para protegerme o para lo que fuera necesario.
Iba tan concentrado observando las casas y el entorno —más que a los humanos con los que me cruzaba— que terminé chocando con uno de ellos. Estaba, como varios otros grupos, practicando movimientos sincronizados. No fue el único que se frustró cuando lo interrumpí y arruiné su rutina.
—¡ Hek ve nik elthé ! —me gritó uno, lo que confirmó mi peor sospecha.
En Markadiel no hablaban el mismo idioma que usábamos los ángeles. Era un dialecto propio, inventado por ellos mismos como un acto de emancipación frente a todo lo que la propia diosa Eryndra había trazado para su gente. Qué fastidio.
—¡Gracias! —gritó Faraine desde mi espalda, tal como lo habíamos ensayado. La miré y fruncí el ceño. En sus expresiones era evidente que no nos estaban dando la bienvenida.
—¡ Hol! ¡Hak ! —exclamó otro desde atrás.
Negué con la cabeza, esperando que entendieran que no tenía la más mínima idea de lo que estaban diciendo.
— Elthé mak de ... —dijo otro, señalando directo hacia mi cabeza. Se refería a los cuernos, esos malditos cuernos que no podía ocultar.
— Lak… ¡Eh, la mah dek yosté ! —soltó el primero con el que choqué, aunque ya no se dirigía a mí.
Su atención se desplazaba hacia el fondo, donde la multitud comenzaba a apartarse, abriendo paso a alguien sentado con un instrumento en los labios. A alguien igual que yo… o casi. Se me heló la sangre al ver esa maldita cara otra vez.
Maersen.
Se incorporó al verme, y comenzó a caminar hacia mí con esa suficiencia suya, como si todo el lugar le perteneciera.
Cuando estuvo apenas a un par de pasos, sonrió y desvió la mirada hacia los demás.
Yo sabía que mi rostro delataba las ganas incontenibles de matarlo ahí mismo, de estrangularlo con mis propias manos hasta que no pudiera volver a respirar jamás por ningún maldito lado.
— Hek, ma dronme —dijo sonriendo. Y bastó eso para que el resto se calmara de inmediato.
—¿ Dronme má ? —murmuró uno, y todos volvieron sus ojos hacia mí.
Pero yo no les presté atención. Seguía con mi mirada clavada en Maersen. Estaba ardiendo por dentro.
—Te están haciendo una pregunta, Cardillo. Oh, claro. No entiendes una sola palabra. Eso es porque no eres de aquí. Sí… ¿Qué carajo haces aquí? No tienes nada que hacer aquí.
Contuve el aliento, infestado de cólera. Luego lo solté, lento, intentando no dejar que me consumiera.
—Pues ahora sí que creo que vine por algo… —le respondí entre dientes, con el puño tan cerrado que sentí el crujir de mis huesos. Solo necesitaba una provocación más. Una.
—Les he dicho que eres mi hermano —susurró, sonriendo como si aquello fuera una broma privada—. Anda, respóndeles: Dronme ma kai . «Somos hermanos».
Los aldeanos de Markadiel me miraban, expectantes. Esperaban una confirmación. Una palabra. Un gesto. Y yo me debatía entre dos venenos.
Podía mancharme la boca y decir que sí, que era su hermano…
aunque lo fuera, al menos por linaje, por esa puta naturaleza que jamás pedí compartir.
O podía lanzarme sobre él ahora mismo y terminar con todo.
Acabar con su vida sería tan fácil como levantarme por la mañana.
Ese pedazo de ángel no era más que una sombra.
Un débil. Una farsa. Y aun así sonreía como si tuviera el control.
Me palpitaban las sienes. No iba a aguantar mucho más.
Pensé —con más rabia que convicción— que tal vez debía quedarme en Markadiel.
No tenía tiempo de buscar otra aldea humana donde ocultarme de la mismísima diosa Eryndra.
Aquel era el único refugio posible, y por eso no podía armar un caos.
Por más que deseara pintar el suelo de ese lugar con su sangre, no podía. No aún.
— Dronme ma kai —susurré, sin apartar la mirada de sus ojos, sin ceder un milímetro de odio en mi voz.
Los aldeanos sonrieron, satisfechos con la respuesta. Incluso uno de ellos se acercó y me dio una palmada en la espalda, como si ahora fuéramos hermanos de verdad. Tuve que contener el impulso de romperle la mano.
Ahí me di cuenta de algo más: ellos compartían rasgos entre sí que nosotros no teníamos.
Sus pieles, bronceadas por la intensidad con la que caía la luz del astro del día a esas alturas; los párpados monólidos que estrechaban sus miradas; los rostros marcados por líneas de expresión que hablaban de trabajo, de tierra, de vida en común.
Nosotros éramos intrusos. Incluso Maersen, aunque intentara parecer uno de ellos.
— Harka té , hermano —me dijo el aldeano, como si fuera una bienvenida. Como si ahora perteneciera a algo.
Pero no. Yo no planeaba pertenecer a ese lugar.