Cortex 18
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C orrí hasta que por fin comprendí que, en el estado en que se encontraban, ninguno de ellos podría alcanzarme.

Solo entonces me detuve y comencé a avanzar a paso firme por el sendero entre las montañas.

Cruzar el bosque rojo fue como adentrarme en un mundo teñido de sangre, incluso el pasto parecía bañado en un bermejo intenso.

Seguí las indicaciones de Lummina hasta llegar a un claro donde árboles caídos dejaban espacio a piedras talladas en formas extrañas, difíciles de interpretar.

A lo lejos, distinguí las luces de una aldea humana.

Ver las luces encendidas entre las casas me hizo sentir un idiota.

Tal vez, incluso intimidado. ¿De qué servía esconderme entre seres con los que jamás podría conectar?

Eran distintos, ajenos, con motivos de existencia que a veces ni ellos parecían comprender.

Infiltrarme entre humanos carecía de sentido, por más que Lummina insistiera en que era mi última esperanza.

Pero si no lo hacía, ¿qué otra salida me quedaba?

Miré desde lejos hasta que me dolieron los pies. Busqué un rincón oscuro donde poder descansar, pero no encontré ninguna cueva que me ofreciera refugio. Al final, ni siquiera hice el esfuerzo de seguir buscando, me dejé caer bajo la sombra de una escultura alta.

En un parpadeo, existir se volvió insoportable.

Ya no podía regresar al refugio de Nylena ni al Valle con Calyssa.

Había destruido todas mis opciones, y aún me quedaba casi un año por vivir.

Era inútil aferrarme a cualquier ilusión, ahora era el supuesto culpable de un apocalipsis.

Todo lo que había sido se reducía a eso.

Me perseguirían hasta mi último día para matarme, y sobrevivir solo para eso me parecía una cruel broma.

Me importaba una mierda si el mundo se acababa.

Todo había sido injusto desde mi primer día en Lorelai, y no valía la pena luchar contra eso.

Solo suspiré, me cubrí el rostro con una mano, como si intentara sostenerme, y bajé la cabeza.

Justo entre mis pies, descubrí unas letras talladas con asombrosa claridad: Tel meh de Córtex mi hak .

Abrí los ojos del todo y me giré con lentitud hacia la estatua que se alzaba sobre mí.

Su contorno era peculiar, pero no había duda de que representaba una figura femenina.

No era Calyssa con exactitud, pero encarnaba a la serafina Córtex en toda su majestad.

Una amarga risa se filtró entre mis labios.

No encontraba descanso, ningún lugar donde sentirme protegido.

Me puse de pie y, con los labios fruncidos, retrocedí, mirándola contra la luz que derramaba el astro celeste.

Era inmensa. Con la desesperanza atorada en la garganta, me acerqué y le propiné una patada certera en el centro.

El sonido del crujido de la piedra fue mi única recompensa, pues la estatua permaneció en su lugar.

No me di por vencido y le asesté otro golpe, esta vez con más fuerza, y la grieta se extendió hasta que la figura se hizo pedazos.

El estruendo del derrumbe fue casi tan insoportable como el polvo que se extendió por el aire ahogándome.

Me quedé mirando los fragmentos dispersos: algunos eran afilados, otros deformes.

Me senté entre los escombros y tomé un trozo que, en mis manos, se asemejaba a una daga mal tallada.

La escruté mientras un temblor se asentaba en mi párpado.

Dañado .

Desgastado .

Usado .

Quebrado .

Quizá, y de forma contraria a mis pensamientos, la estatua sí buscaba protegerme.

Tomé el fragmento de piedra. Con la punta dirigida a la herida de mi rostro, presioné con fuerza y la sangre volvió a fluir.

La libreta… maldición, la había olvidado en el refugio. Podría haber llevado un nuevo registro. ¿Cuánta sangre debe perder un querubín para morir? Hubiera querido documentarlo.

Aparté la daga solo para girarla contra mí.

La hundí con fuerza, apretando los dientes mientras la sangre corría caliente por mi cuello.

No tardó en coagularse, sellando la herida y obligándome a repetir el castigo.

Una y otra vez. Hasta que mi rostro se volvió irreconocible.

Que se jodiera mi rostro, ese que Calyssa solía alabar.

Que se jodiera el dolor. Si ni siquiera yo podía sentir compasión por mí, ¿qué esperanzas tenía de que le importara a alguien más?

Con una mezcla de odio y desesperación, elevé la mano con una fuerza tal que me temblaba en el aire.

Estuve a punto de clavar el afilado fragmento en mi cuello.

Si Calyssa solía atacar esa zona para acabar con los querubines, debía ser efectivo.

No lo hice de inmediato, estaba aterrado.

Cerré los ojos, como si así pudiera contener el pánico, pero lo único que logré fue agudizar mis sentidos.

Mis orejas se alzaron al percibir unas pisadas que sonaban cada vez más cerca.

Al girarme, vi a una criatura descender por el cielo, expandida a los lados, como una niebla densa que cobraba forma.

Alcé las cejas, viendo al Nebucoro avanzar hacia mí con una seguridad que sugería un camino conocido.

Una orden ineludible. Al llegar, la niebla que lo envolvía se deshizo un poco sobre mi cabeza y una niña descendió de su lomo.

La Trucha me miró como si hubiera estado perdida por años y se abalanzó sobre mí.

Sus brazos rodearon mi cuello con tanta fuerza y prisa que el fragmento de daga se me escapó de los dedos.

Giré el rostro a un lado y, con la mano libre, limpié el exceso de sangre para no ensuciarla.

—¿Cómo me has encontrado? —pregunté.

—Ledy y Nebucoro... encontraron —susurró ella, con la voz enterrada en mi hombro.

Observé al Nebucoro apartarse y enroscarse para descansar, como si hubiese cumplido a la perfección la orden de Lummina y ya pudiera desentenderse por completo. ¿Lo había previsto ella? ¿Sabía que, sin la responsabilidad de cuidar a La Trucha, yo mismo me habría destruido?

Mientras las luces de la aldea, en la lejanía, se hacían más claras por la oscuridad de la noche, noté algo al abrazarla de vuelta con torpeza: su piel hizo un leve crac . Se estaba resquebrajando por falta de agua.

Rodé los ojos y un suspiro pesado se escapó de mis labios.

No podía distinguir si era de alivio o de fastidio, pero ahí estaba esa sensación.

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Bajo la fingida queja de La Trucha, quien aún alegaba que le dolían las piernas tras lo que ella misma llamaba como su «casi muerte», la llevé a cuestas hasta la ciudadela de Markadiel.

En esa región, el viento era todavía más cortante que el resto del continente, obligándonos a apresurar el paso y a envolvernos en las pocas prendas que llevábamos encima.

Durante el trayecto, decidí enseñarle a la niña a hablar bien de una vez por todas. Estaba harto de tener que interpretarla cada vez que queríamos comunicarnos, así que Faraine, aprovechando que llevaba todo su peso sobre mis hombros, usó su energía para pensar con el cerebro.

—Aldea de Markadiel. Bienvenidos.

—No, eso no —le corregí, exhausto—. Ellos nos darán la bienvenida… eso espero.

—Bienvenidos, espero —repitió—. ¡Gracias!

—Después de que ellos nos den la bienvenida, ahí dices «gracias». No es tan difícil.

La luz del día comenzaba a desvanecerse.

Según mis cálculos, en el peor de los casos, los ángeles de Eryndra tardarían al menos un día entero en recuperarse antes de salir a buscarme.

Hasta entonces, podía permitirme un poco de paz.

Incluso si conseguían levantarse antes, no podrían irrumpir en Markadiel.

Si había un lugar al que no podían ingresar, ese era una aldea humana, hogar de aquellos seres que protegían con celo sagrado.

Lummina había sido astuta al recomendarme venir aquí.

Noté, en efecto, que no habíamos descendido de la cordillera.

Estábamos en una zona altiplánica, lo deduje por cómo las aves, que solían posarse en las copas de las montañas, volaban bajo entre las casas de roca volcánica y los techos cubiertos de ichí, un pasto que solo crece en altura.

Al aguzar la vista, distinguí en el horizonte un volcán apenas activo, del cual emergían hilos de humo teñidos por luces de colores; reflejos del cielo y de los astros creativos de Lummina.

—Cúbrete, Trucha —le dije. Ella obedeció al instante, hundiéndose bajo la capa roja que le había prestado para ocultarse.

Estábamos cruzando el umbral del pueblo, y caminé como si formara parte del lugar.

Me mimeticé con los demás, que deambulaban sin apuro, cargando bolsas de mimbre llenas de alimentos y otros enseres.

Observé las construcciones de adobe, decoradas todas con motivos geométricos que representaban al astro del día.

Una vez dentro, comprendí que no se trataba de una pequeña aldea como las que solían dispersarse al oeste de Lorelai. Era una civilización en toda regla, con organización y estructura definida.

Faraine y yo quedamos algo desconcertados al ver a varios grupos de humanos realizando movimientos ridículos, aunque coordinados, al ritmo de algunos instrumentos de viento y percusión.

Daba la impresión de que se preparaban para algo importante, en cuanto un humano de mayor edad los dirigía y corregía con celo cada vez que alguien salía de su lugar.

Continué explorando hasta que encontré una especie de santuario flanqueado por torres.

Sus cúspides, de forma elíptica, giraban al compás del viento cordillerano.

En el centro se alzaba un altar vacío, aunque cubierto de jeroglíficos que no logré descifrar en el momento.

Parecían ruegos, similares a los que hacíamos en el Valle de la Tierra al Sempiterno del Empíreo, rogándole que siguiera abasteciendo este mundo…

aunque sabíamos que ese sustento dependía solo de nosotros y que, en el fondo, estábamos solos.

Probablemente los humanos hacían la misma clase de fútil ritual.