Cortex 17 #2
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—¡Era mi única regla! —rugió Eryndra—. ¡Evitar por todos los medios que estos querubines se volvieran peligrosos! ¿Y tú qué haces? ¡Rompes la regla más básica y dejas crecer a uno con un poder descomunal! ¿Tienes la menor idea de lo que pasará si esa planta alcanza territorio humano?

—Lo sé, altísima diosa —respondió Calyssa—. Si eso ocurre, Lorelai desaparecerá.

—¿Y ese era tu plan desde el principio? ¿Destruir este mundo para que empiece la guerra de serafines? ¿Estás traicionándome? —espetó Eryndra, y Calyssa se encogió como si el peso de aquellas palabras la aplastara.

—¡No! ¡Lo lamento! Yo… solo usaba a ese querubín como a cualquier otro sirviente. ¡Fue Nylena la que me lo quitó! ¡Yo lo tenía bajo control!

—¡No me metas a mí en esto, maldita sabandija! —exclamó Nylena, con la voz llena de veneno—. Se te escapó solo, como un animal que ya no te obedecía.

—Diosa Eryndra, ¿de verdad creerá eso? —dijo Calyssa, dando un paso al frente—. ¿Cree que este lugar, que protege querubines varones y querubinas defectuosas, se construyó por sí solo? ¡Ha sido Nylena desde el principio! ¡Ella es la verdadera culpable!

Había dejado de ver la discusión. En ese momento, me costaba apartar la mirada de los niños que gemían, consumidos por la fiebre.

El dolor era intenso, podía verlo en sus ojos.

Sí, yo había creado esa planta. Era cierto.

Pero jamás habría permitido que se propagara de esa forma, nunca habría llenado el refugio con miles de ejemplares.

¿Cómo había ocurrido? ¿Se me había ido de las manos?

—Este lugar no es mío… —mintió Nylena, con una serenidad que solo podía provenir de un plan ensayado—. He llegado aquí por el sonido de la trompeta. No tengo idea de cómo se ha formado este refugio, yo jamás habría roto una regla de su alteza Eryndra.

Entrecerré los ojos con el ceño fruncido. La escuché mentir tan bien que se me revolvió el estómago.

—Ha sido ese querubín, ¡¿no lo ven?! —sentenció, alzando la voz y señalándome de nuevo—.

¡Es adulto! ¡Es varón! Seguro que huyó del Valle de la Tierra para levantar este fuerte y planear atacarnos a todas.

Y lo más probable es que lo haga para rebelarse contra el mundo de Lorelai e iniciar el apocalipsis. ¡Todo esto es culpa de ese querubín!

Lummina despertó con ese grito. Se giró hacia mí, perdida y confundida por haber escuchado esa acusación como lo primero al volver en sí.

—Qué mentirosa eres, Nylena —espetó Calyssa, sin perder el tiempo—. Tú viniste a mi Valle a destruirlo. De paso, te llevaste a todos los querubines y los escondiste en este santuario ridículo donde los mantienes como si fueran tuyos.

Lummina y Nylena se observaron en silencio.

—¿Por qué haría algo así? —replicó Nylena con una voz cargada de falsa inocencia—. ¿Qué ganaría desobedeciendo de forma tan descarada las reglas de Eryndra? ¿Para qué querría salvar niños y hacerme cargo de ellos como si fueran míos?

La trono no respondió. La miró con dolor, pero no dijo nada.

—Ya basta —interrumpió Eryndra—. Una palabra contra la otra, y aún no hemos escuchado al que están acusando.

La diosa se giró hacia mí. Me quedé absorto en sus ojos tan dorados como implacables.

—Tú. ¿Fuiste tú quien creó este refugio?

Respiré hondo, a duras penas, con las manos atadas a la espalda, y negué con la cabeza.

—El re... —Mi voz se quebró a la mitad de la palabra. Sacudí la cabeza con frustración—. No... no fue este…

Otra vez, el hilo de voz se me cortó antes de poder continuar. Todas las miradas estaban fijas en mí, pero la de Lummina me atravesaba: su cabeza negando con prisa parecía decirme que debía defenderme, y, por supuesto, eso era lo que quería hacer, pero mi lengua se negaba a responder.

—Diosa Eryndra, el... —intenté avanzar, pero la lengua se me dormía. El pánico comenzaba a apoderarse de mí—. ¡No! ¡El... yo...!

Los arcángeles me sujetaron con más fuerza, seguros de que intentaba escapar. Los demás permanecían en silencio, expectantes. Nylena rompió el hielo.

—Él ha sido, diosa Eryndra. No tiene nada que decir para defenderse.

—Nyl —susurró Lummina, pero Nylena no hizo más que posar una mano firme en su hombro para callarla.

Mi mentón tembló por la impotencia. Quise gritar, quise explicarme, pero era como si una fuerza invisible me lo impidiera. Un frío helado me recorrió la columna al recordar el juramento que le había hecho a Lummina, en nombre de la diosa Eryndra.

Juro por Eryndra que a nadie le contaré sobre este refugio .

Un asco profundo se apoderó de mí al recordar esas palabras. Quise vomitar, pero no tuve tiempo. Los arcángeles me tumbaron con fuerza y me sometieron por completo.

—Córtex, esto ha sido culpa tuya —sentenció la diosa Eryndra con voz fría, y mi madre, sin más opción, tuvo que admitirlo.

—Sí… Sí, diosa. Lo lamento —murmuró ella con pesar—. Yo misma le daré muerte a este querubín.

Podría haberme reído por la ironía, pero la impotencia me ahogaba.

—No —interrumpió la diosa con autoridad—. Yo le daré muerte. Tenemos que evitar el apocalipsis a toda costa, y el primer paso es asegurarnos de que el alma de este querubín haya regresado a Catarbella. Si no lo hacemos, las trompetas no dejarán de sonar. Una tras otra, hasta el fin del mundo.

Mientras me encontraba medio enterrado en la tierra, lo único que pude hacer fue mirar a Calyssa, aunque doliera.

Deseaba con toda mi alma que hiciera algo, que se arrepintiera de haberme tratado como a un objeto durante toda mi vida, que hablara por mí, que no permitiera que me mataran.

Ella lo sabía. Tenía que saberlo. Sabía que no fui yo quien creó ese refugio.

Esperaba que ella encontrara mis ojos, pero, a pesar de sentir mi mirada con claridad, eligió no corresponderme.

Me rendí. Mi existencia no valía nada. No hice ningún intento por resistirme a los arcángeles que me aplastaban con su peso.

Me dejé hundir aún más en el barro, resignado, esperando que la muerte llegara.

Cuando me hallé abandonado, cargado con el presagio de mi muerte, estalló.

Un estruendo retumbó dentro del refugio, como si una explosión lo hubiera sacudido desde el exterior.

No pude ver con claridad qué ocurría, pero el caos se instaló a mi alrededor en un instante.

Mi visión, ya limitada, se tiñó de un rojo espeso, un polvo bermejo que reconocí al instante: el polvillo mortal de las plantas que yo mismo había creado.

Esa era la razón por la que todos tosían con violencia, incluso los arcángeles que me sujetaban y que empezaban a ahogarse mientras luchaban por mantenerme firme.

La diosa Eryndra caminaba tambaleante, casi le faltaba el aire.

Cuando los arcángeles me soltaron producto de la debilidad, miré hacia el refugio y noté un enorme hueco en su costado, abierto por el impacto de un cuerpo celeste.

La fuerza había destrozado las plantas que cubrían el interior, liberando su mortífero polvillo al aire.

Todos tosían, luchando por respirar; entonces Lummina se acercó a mí y, con torpeza, pero con toda la determinación del mundo, chocó su frente contra la mía.

—Huye, Cyrone. Vete a una aldea humana, mézclate entre ellos —me susurró con voz ronca.

Detrás de ella, la serafina del aire surgió súbitamente, furiosa. La agarró del hombro y la echó hacia atrás, para luego sujetarla de ambos brazos, como si intentara contener una tormenta.

—¿Qué haces, Lummina? —preguntó con dureza.

La trono me lanzó una mirada que repetía sus palabras.

—No será culpa nuestra si un querubín inocente muere —dijo, frunciendo el ceño hacia Nylena después de echarme un vistazo.

—Lu... Lu, espera —intervino Nylena entre tosidos—. Él creó las plantas que nos están enfermando. No es inocente, debe ser castigado.

Pero Lummina negó una y otra vez antes de avanzar y ponerse frente a mí, en una postura protectora.

—Él no habría creado algo tan vil como eso —dijo ella—. Cuando esas plantas invadieron el refugio, él estaba conmigo en Riorense. Él es inocente.

No pude evitar bajar la mirada, abrumado por la culpa. Nylena, sin embargo, ni siquiera se inmutó ante mi expresión de culpabilidad. Solo miraba a Lummina.

—¿Estabas con él? ¿Por qué? —preguntó, con su voz cargada de desesperación y reproche.

—Nyl, este no es momento para que te enfades por eso —respondió la trono.

La serafina respiró hondo, buscando calmarse, y habló con voz razonada:

—Lu, incluso si lo que dices fuera cierto, es peligroso para el equilibrio de Lorelai que él siga vivo. Ha sonado la primera trompeta del apocalipsis. ¿Quieres que todas suenen a la vez y estalle la guerra de los serafines? Te aseguro que eso ocurrirá si no permitimos que Eryndra lo purifique.

—Cyrone no tiene nada que ver con el apocalipsis —replicó Lummina—. ¿Acaso tienes alguna prueba? ¿Solo porque es varón? Estás hablando como las otras.

La serafina del aire abrió la boca, afectada, como si las palabras de la trono fueran cuchillos clavándose en ella.

—¿Qué pasa con todo lo que juraste cuidar? Por mí, por nosotras.

Con ternura, Lummina tomó las manos de la serafina, derribando el muro invisible que siempre levantaba para protegerse.

—Tenemos que dejarlo vivir —susurró—. Nosotras no matamos querubines. No lo hacemos…

Nylena tosía con debilidad, como si cada espasmo le arrancara un poco de vida.

Lummina no estaba mejor, apenas lograba mantenerse en pie.

Parecían ajenas al caos que las rodeaba.

Los demás se ahogaban, sus gargantas se cerraban, lo sabía.

Yo, en cambio, había desarrollado cierta resistencia a la enfermedad, así que no tenía por qué temer.

Al notar que Nylena no iba a impedírselo, Lummina la soltó y se agachó junto a mí.

—Corre hacia la cordillera —me hablaba con ronquera mientras tosía—. Cuando llegues a la salida del laberinto, dirígete al norte, hacia el bosque rojo. Cuando lo cruces, verás un roquerío con estatuas talladas. Al lado de ese santuario está la aldea de Markadiel.

—No quiero hacerlo —respondí con sinceridad—. Ser un fugitivo sin un lugar al que volver es motivo suficiente para rendirme.

Pero entonces esos enormes ojos de Lummina, llenos de súplica y esperanza, me atravesaron.

—Te buscaré —susurró.

Maldita sea .

Me levanté tambaleante y, justo antes de huir, crucé la mirada con Nylena. Por primera vez, me vio con un desprecio punzante y un odio afilado que casi podía cortar el aire.

Lo que no podía ignorar era la verdad: había sido Lummina, la misma trono, quien había impactado ese meteorito sobre el refugio, incendiándolo todo para salvarme.

Observé una última vez la base fortificada consumiéndose en llamas.

No le importó destruir los recuerdos que guardaba allí con tal de asegurar mi huida.

Con esa imagen grabada en la mente, me escabullí entre los arcángeles enfermos.

No tuve tiempo de agradecerle, ni siquiera de decirle adiós.