Cortex 17
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N o tenía la menor idea de cómo manejar un Nebucoro.

Apenas respondía a mis señales cuando le pedía ascender o descender, y solo por instinto lográbamos esquivar los astros que se interponían en nuestra ruta.

La velocidad era otra prueba: me dejaba exhausto cada vez que cortábamos el viento con la misma furia con la que este rugía.

Y, aun así, era yo quien llevaba las riendas.

¿La razón? Lummina había perdido por completo la cabeza.

Con suerte —y quizá algo de desesperación— había logrado invocar al Nebucoro en la playa de Riorense.

Pero cuando aquel sonido metálico se instaló en nuestros oídos, ella no pudo reaccionar.

Se quedó inmóvil, ausente, como si le hubieran arrancado un órgano vital.

Ni siquiera bastó tomarle las mejillas y chocar mi frente con la suya: su mirada seguía perdida, anclada en algún lugar donde ya no podía alcanzarla.

Sabía por las leyendas que el primer trompeteo marcaba el principio del fin, en especial para nosotros, los querubines varones.

No nos quedaría más de un mes de vida, el mundo colapsaría y la diosa actual caería ante las cuatro serafinas.

Era una profecía tan antigua como temida, aunque siempre se había sentido distante, casi irreal, como un destino reservado para siglos venideros.

Por eso comprendía a la perfección por qué Lummina se había quedado paralizada.

Al menos conservó la lucidez suficiente para obedecer mi instrucción y sujetar a La Trucha mientras yo guiaba a la bestia rumbo al refugio.

Había demasiadas cosas que se me escapaban. ¿Por qué la primera trompeta sonaba desde el refugio? ¿Qué podía haber ocurrido ahí para que el apocalipsis comenzara? Y ¿por qué tenía que ser justo cuando más lejos estábamos?

—¡Cielo alto! —gritó La Trucha, que había despertado por los sacudones que di al maniobrar el Nebucoro.

Sí… cielo alto , se lo concedía. Yo también estaba mareado en ese viaje absurdo que me revolvía el estómago.

Entre las nubes y las estrellas, sentía que en cualquier momento caería derrotado.

Al menos lograba concentrarme en no desviarme de la ruta, y esa tensión era lo único que me mantenía despierto y alerta.

Las aldeas se veían minúsculas allá abajo, perdidas en la lejanía, y sentí un atisbo de alivio cuando las copas de las montañas comenzaron a dibujarse con claridad en el horizonte.

La cordillera se alzaba nítida desde esa altura, y entre sus pliegues distinguí, por fin, el refugio.

El Nebucoro soltó un gruñido potente, como si anunciara nuestra llegada.

Mi sonrisa, sin embargo, se fue congelando poco a poco. A medida que nos acercábamos, la montaña parecía más habitada que nunca.

Mis ojos se abrieron de par en par en el instante en que la vi.

Calyssa estaba afuera del refugio, erguida como una sentencia, y detrás de ella, los querubines varones de su linaje eran reducidos a la fuerza, arrastrados y obligados a arrodillarse.

Algunos apenas podían sostenerse, salían tambaleando, cabizbajos, pálidos… lucían enfermos.

—¡Ledy! —gritó Faraine, arrancándome de golpe del espanto. Giré la cabeza, sobresaltado. Allí no había nadie más que ella, la querubina.

Mis ojos bajaron antes que mi rostro, como si el alma se me adelantara en el miedo.

Lummina caía inconsciente directo a estrellarse contra un risco.

Iba a partirse todos los huesos. Sin pensar, sin medir y sin una sola gota de lógica, me lancé también del Nebucoro, con la esperanza ciega de que La Trucha tuviera la sensatez de quedarse montada.

Mientras caía, torpe como quien desconoce sus propias habilidades, busqué mi centro de gravedad, tal como hacía de niño al hacer rebotar piedras sobre el río. Si lograba controlar mi peso, si lograba reducir mi impulso, quizá podría dominar la velocidad de mi descenso.

Con manos temblorosas pero decididas, rebusqué entre las semillas que llevaba en el cinturón —una mezcla de especies extrañas que apenas conocía— y tomé la que creí que tendría un tallo largo.

Cerré los ojos y conecté con ella. Le ordené crecer.

Le exigí extenderse hacia Lummina, y la planta obedeció.

Ramificaciones verdes se desplegaron en pleno aire, extendiéndose como dedos hasta aferrarse a su cuerpo, envolviéndola y atrayéndola hacia mí. Yo, que ya había logrado reducir mi velocidad de caída, la recibí bajo el brazo.

No había tiempo para respirar. Usando la raíz que nos envolvía, le di una nueva orden: crecer hacia arriba. Y lo hizo, desplegó hojas anchas que se abrieron como una tela viva sobre nosotros para reducir el impulso del descenso.

—Lummina —murmuré.

—No es cierto… —susurró ella, apenas recobrando la consciencia—. Lo descubrieron. Descubrieron nuestro hogar…

Parpadeaba con lentitud, desorientada. Había visto la invasión del refugio antes de caer.

Me incliné hacia ella, con seguridad y una suavidad inesperada.

—Lo arreglaremos —le dije—. Encontraremos la manera.

Apenas tocamos tierra firme, a una distancia considerable de la montaña del refugio, oí los pasos apresurados y la voz de una mujer desesperada corriendo hacia nosotros.

Supe que era Nylena en cuanto distinguí que llamaba a Lummina por su nombre, con la misma angustia que yo sentí al verla caer del Nebucoro.

No me opuse cuando me la arrancó de los brazos.

La sostuvo como si con solo abrazarla pudiera protegerla de todo lo que estaba por venir.

Cuando comprobó que respiraba con normalidad y que no parecía tener herida alguna, notó mi presencia.

La serafina del aire se quedó quieta, como si yo hubiera intentado dañar a su amada.

Detrás de ella, a la distancia, en la entrada del refugio, Calyssa me observaba con la mirada cargada de traición. Bajé la vista.

—¡Ahí está! ¡Diosa Eryndra, él fue! ¡Él lo hizo! —gritó Nylena, con Lummina aferrada a uno de sus brazos y señalándome con un dedo tembloroso.

Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar. Una luz abrasadora estalló ante mis ojos, poderosa y pura, anunciando su presencia sin necesidad de palabras.

Desde lo profundo de la montaña del refugio, y cruzando el umbral de la entrada de uno de sus túneles, surgía la imponente y todopoderosa diosa Eryndra, que había descendido a la tierra.

Toda ella era dorada: piel, cabello, ojos… Un fulgor cegador que me obligó a entrecerrar los párpados. No me dio tiempo para procesar nada, ni de hablar. Solo levantó la mano y dio una orden.

Detrás de ella, los arcángeles emergieron y avanzaron hacia mí a toda velocidad.

Cuatro me sujetaron por los brazos; otro presionó mi nuca con fuerza, obligándome a inclinar la cabeza.

En Catarbella, por debajo de los serafines, existía otro tipo de ángeles que servían como guardaespaldas de la diosa y como guardianes de las almas que llegaban al paraíso.

Por eso se valoraba tanto su fuerza física, y la mayoría mostraban una apariencia masculina.

Sin embargo, no eran cuerpos humanos reales, solo imitaban esa forma externa y, pese a ella, carecían de sexo.

No descendían a la tierra a menos que Eryndra lo hiciera, ni podían morir si ella no lo hacía.

Sentí sus manos de ébano puro aferrándose a mi cuerpo.

—¿Qué...? ¿Qué es esto? —alcancé a murmurar, atónito.

Levanté la mirada lo más que pude. Nylena, Calyssa y Eryndra se observaban entre sí, con los ojos entrelazados en un intercambio silencioso.

Y entonces, con una voz grave, casi ceremoniosa, la diosa preguntó:

—¿Estás segura de que él fue el causante de la primera trompeta, Aestus?

Nylena asintió, sobrecogida, mientras seguía abrazando a Lummina, que permanecía ausente. Cuando la serafina fijó su mirada en mí, lo entendí: no mentía. De verdad me temía.

Pero ¿por qué? ¿Qué se supone que había hecho yo para provocar la primera trompeta ?

—Yo… Ni siquiera estaba en… —intenté defenderme, pero la lengua no me obedecía. Las palabras murieron en mi garganta. Miré a mi alrededor, confundido, buscando una señal, algo que me explicara qué demonios había pasado. Nadie respondió. Todos me miraban como si ya supieran la verdad.

La diosa Eryndra esperó a que yo hablara, que dijera algo para librarme de la culpa. Suspiró, como quien ha tomado una decisión que preferiría evitar.

—Arcángeles —dijo con firmeza—. Síganme. Vamos a mostrarle la evidencia al sospechoso.

Los arcángeles me empujaron para obligarme a caminar. Me condujeron hasta la entrada baja del refugio, la misma por la que habíamos salido esa mañana rumbo a Riorense. Lo que vi al llegar me arrancó el aliento.

Primero tres. Después cuatro. Luego cinco.

Eran más de veinte querubines esparcidos por el suelo, pálidos y temblorosos, con respiraciones entrecortadas y tos que parecía desgarrarlos desde adentro.

Contuve la respiración y me atreví a echar una mirada al interior de la montaña hueca. Lo que asomaba desde allí me heló la sangre. Plantas. Cientos. No, miles. Todas saliendo de las paredes y del suelo como una infestación.

Eran mías. Todas salidas de las semillas que había cultivado en secreto en mi habitación.

—No son mortales para los ángeles… eso no… —balbuceé, sin poder apartar la vista del desastre.

Eryndra me silenció con un simple chasquido, ni siquiera se dignó a mirarme. En cambio, se volvió hacia mi madre, Calyssa, que observaba la escena con una mezcla de decepción y miedo.

—Córtex —dijo con la voz gélida—. ¿Qué significa esto? ¿Has permitido que un querubín cruce el umbral de la adultez?

La miré tan solo de reojo. No me atrevía a hacerlo directamente. Mi madre negó con fuerza, moviendo la cabeza de un lado a otro, como si quisiera borrar toda posibilidad.