Cortex 16 #3
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16 #3

No pude evitar fruncir el ceño al notar que Faraine estaba aún más seca que antes.

Sabía que, si me atrevía a tocarla, desmembrarla sería mucho más fácil, así que ni siquiera quise mirarla demasiado.

Sin embargo, Alba no mostró el menor indicio de alarma al ver a su querubina en ese estado, casi igual que Lummina cuando la vio por primera vez.

Eso me tranquilizó un poco: si ellas no reaccionaban con desesperación, quizá no era tan grave como pensaba, y ese estado deplorable era reversible.

—Ah, esa querubina… Sí —dijo Alba con cierta gravedad—. Mimina, ¿qué significa todo esto?

—Alba, antes de que te enfades… no podía dejar que esta pequeña se secara varada en la orilla —respondió Lummina, con un dejo de disculpa en la voz.

—Pues eso era justo lo que había ordenado para ella: que se secara y muriera varada en la orilla.

Las observé a ambas, sorprendido. Entendía que hiciera eso con los querubines varones, sabía que era un método efectivo para deshacerse de ellos sin ensuciarse las manos, pero… ¿una querubina? ¿Una sagrada?

—Y sabes que yo no sería capaz de dejarla morir… —Lummina se tomó una pausa y me miró, con un leve temblor en los labios, antes de decir lo siguiente—: Puedo aceptar que abandones a los querubines que ya no te sirven… pero ¿una querubina? Eso no es propio de ti, Alba.

Bajé la vista, inclinando apenas la cabeza y conteniendo la respiración un instante.

—Mírala bien —respondió Alba con dureza—. ¿No ves que no puede nadar? Es defectuosa.

La palabra me golpeó. Me quedé mirando sus extremidades lisas, las que llamaron mi atención cuando la conocí. Al principio pensé que podrían habérsele caído por pasar tanto tiempo fuera del mar, pero no… Había nacido sin ellas.

—Pero puedes curarla, ¿no? Darle aletas —añadió Lummina.

Alba negó con firmeza.

—No puedo hacer nada por ella. Los defectos de nacimiento solo se corrigen si ella llega a convertirse en serafina, y un ser defectuoso como ella jamás podrá convertirse en una.

—¡Cúrala, Alba! —gritó Lummina, con la desesperación infestando su voz—. No tienes que hacerte cargo de ella. Yo lo haré, ¿entiendes? Solo… cúrala. —Su tono se volvió casi un susurro, cargado de súplica.

La serafina del mar la observó con una calma aterradora, sin un solo atisbo de duda. Luego negó con la cabeza, firme, inquebrantable.

—No, Mimina. No. Eso va en contra de lo que dicta Eryndra. No podemos permitirnos llenarnos de niños celestiales. ¿Te imaginas el caos que desataría una guerra por el puesto de serafín?

Lummina abrió la boca para replicar, pero le costó hacerlo de inmediato.

—Alba… —acabó por decir.

—Lo entiendo, y te quiero, Mimina. Tu corazón es pura misericordia, pero debemos proteger el equilibrio del mundo. Por favor, no me hagas esto más difícil.

—¡Alba! —rogó Lummina—. No me dejes así.

—Lo siento tanto… —respondió Alba, con un dejo de tristeza.

Me quedé mirando el cuerpo resquebrajado de la pequeña querubina.

Estaba seguro de que Calyssa habría dicho lo mismo, pero con palabras aún más duras: un producto defectuoso debe ser descartado para mantener el equilibrio celestial en Lorelai .

Pero dolía. Dolía porque yo también fui un producto descartable, alguien que ni siquiera quiso nacer en primer lugar.

Alguien que vino al mundo sin que nadie le quisiera.

Entrecerré los ojos al observar a Faraine y en silencio deseé haber sido un poco más amable con ella durante el tiempo que estuvo viva.

Cuando la serafina del mar quiso retirarse, sumergiéndose bajo las aguas, Lummina se aferró a su dedo, intentando detenerla, pero fue en vano.

—Alba, Alba, espera... No te he pedido nada, por favor.

—No me has pedido nada desde que te fuiste, Mimina —dijo Alba con la voz cargada de juicio—. Nos defraudaste a todos. Si no le he contado a Lydia que sigues con vida, ha sido por su propio bien. Eres… una mala hija.

Lummina se quedó pasmada mirándola, ladeando la cabeza como si le pesara de un lado.

—Eres una malagradecida —gruñó—. Incluso dejó vivir a esos querubines varones por tu culpa. ¿Así le pagaste? ¿Fingiendo tu muerte para hacerla sufrir?

—«No mereces morir rápido, como intentas hacerlo. Puedo traerte una soga de Catarbella para que acabes contigo como mereces. Con dolor» —dijo ella, fuera de contexto—. ¿Qué habrías hecho tú al escuchar eso?

Me quedé sin palabras. Mis labios se separaron de la sorpresa mientras la veía con el rostro sin expresión alguna.

—Lydia no quiso decir eso y lo sabes.

—No quería, y aun así lo dijo.

—Solo no sigas quebrantando las reglas de Catarbella —añadió la serafina del mar, con la voz cargada de advertencia—. Te lo digo por tu propio bien.

—Alba, no te vayas... —insistió Lummina.

—No ruegues —replicó la serafina—. Eso sería suficiente para que dejara de respetarte.

Lummina quedó sin aliento, como si el aire mismo la traicionara, y cuando sus ojos se posaron en mí, vi que las lágrimas se desbordaban por sus pestañas. Volvió a mirar a Alba y entonces hizo lo que menos esperaba.

Se arrodilló, completa y solemne, hasta posar la frente contra la arena fría.

Allí, rendida en todo su esplendor, suplicaba por la vida de un ser defectuoso.

Por la vida de un querubín que, para cualquiera, no significaría nada.

Pero para ella sí. Le dolía tanto que ese dolor era visible, tangible, y aplastaba por completo su orgullo.

—Te lo suplico, Alba —susurró con desesperación—. Por favor, no le hagas eso. Esa niña no es una mala hija, no merece morir con dolor.

La serafina la miró, incrédula, entre la indignación y la compasión. Después de un largo silencio, con un dejo de decepción, respondió:

—Está bien, Lummina. Pero quiero que sepas algo: no quiero volver a verte, ni tampoco ser parte de tus faltas de respeto hacia la diosa Eryndra.

La trono siguió sollozando, sin consuelo, incluso cuando Alba levantó su mano y la magia comenzó a tejerse sobre Faraine.

Poco a poco, la piel blanca recobraba su tono azul profundo y las grietas se cerraban hasta formar una superficie tersa, limpia y brillante.

La querubina recuperaba su forma, su esencia.

Cuando me apresuré a unir la mano con el brazo, fue como si nunca se hubiera desprendido, como si la amputación jamás hubiera existido.

Volví la mirada hacia Alba, quien se alejaba furiosa, como un niño al que obligan a hacer algo que no quiere, sin siquiera mirar atrás. Se sumergió en el mar sin despedirse, dejando a Lummina sola y desconsolada en la orilla.

En todo ese tiempo, nunca la había visto así, tan vulnerable, tan destrozada.

Antes de acercarme a ella, miré una vez más a Faraine, que seguía dormida, ajena a todo, como si nada le hubiera pasado.

Al menos el dolor que había sufrido quedaría sepultado cuando despertara y la hiciera reír.

La dejé en la orilla enredada entre las mantas y me volví hacia la trono.

Caminé hacia su punto en la arena, donde se retorcía en lágrimas que parecían brotar de su alma misma.

—Siempre es así —sollozó, lanzándome una mirada de reojo—. Termino hartando a las serafinas que me criaron.

Se obligó a recomponerse, limpiándose las lágrimas con la capucha amarilla. Cuando pude hablar sin que me temblara la voz, me senté a su lado y le susurré, algo avergonzado:

—Gracias…

Eso fue suficiente para que dejara de llorar del todo. Se giró hacia mí, con los ojos grandes, desconcertada.

—¿Me estás dando las gracias? ¿Tú?

—Sí. La verdad es que verte así me ha provocado algo.

—Vergüenza ajena —me interrumpió, y solté una risa.

—Ya, pero también cosas buenas. Solo desearía que alguien hubiera luchado y rogado así para salvarme la vida cuando yo era niño.

Se instaló entre nosotros un silencio cálido, casi reconfortante. Le di espacio para que digiriera mis palabras.

—Lo hubiera hecho por ti —me respondió por fin.

Mi sonrisa se suavizó, se volvió más tranquila, como un alivio que se posaba sobre el alma. Miré la espuma del mar deslizarse hacia la orilla y luego retroceder, hipnótica.

—Lo sé —exhalé con calma—. Ahora lo sé.

Tras un minuto de introspección, volví a hablar.

—Invoca al Nebucoro, o créalo, como sea que lo traigas. Volvamos al refugio.

Di media vuelta y caminé hacia La Trucha, tendida en la arena húmeda, para levantarla con sus mantas y regresar cuanto antes.

—¿Al refugio? —repitió, como si no hubiera escuchado. Me quedé quieto y volví a mirarla.

La contemplé levantarse junto a la orilla, un tanto sobrecogida. Me pregunté por qué se había puesto así, pero solo hice un gesto con los brazos: «¿No has oído lo que dije?».

—La verdad… yo… —Lummina se llevó una mano al cabello—. Puedes irte. Puedes irte al Valle de la Tierra.

Me quedé en silencio, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

—Ha sido un tormento tratar de retenerte en el refugio, de imponerte lo que creo que es mejor para ti. Lo siento tanto… He sido dura contigo y no te lo mereces. Puedes volver al Valle de la Tierra.

Lo que había anhelado durante tanto tiempo me lo ofrecía con tanta facilidad que no supe cómo recibirlo. Negué con la cabeza, buscando cualquier excusa.

—La Trucha se volverá loca si no estoy yo en el refugio.

—Calyssa no le hará daño a Faraine, es una querubina —dijo Lummina, dejando escapar un suspiro entre las palabras—. Puedes llevártela si quieres. Sé que estará bien contigo, Cyrdillo.

Tenía razón, no había problema alguno en llevarla al Valle de la Tierra y, sin embargo, me mantuve firme, reacio a moverme.

No era como un animal encadenado que, al ser liberado, corre hacia su libertad sin mirar atrás.

El refugio no importaba, tampoco la idea de quedarme.

Era algo distinto, mucho más complicado.

—Esto no tiene sentido —le dije, con la voz apenas firme.

—Lo sé —respondió de inmediato, con un dejo de sinceridad que casi la hacía vulnerable—.

No con todo lo que luché para que te quedaras.

Creí estar haciendo lo correcto, pero… —Rio nerviosa y un leve rubor se extendió por sus mejillas.

Lo vi claro, tan fácil de leer—. Bueno… perdóname por haberte besado a la fuerza.

Creo que eso ha sido lo peor que he hecho en años.

—¿Lo peor? —me atreví a interrumpir, con una sonrisa irónica.

—Sí, lo peor —confesó, con sus ojos clavados en mi boca—. Porque lo hice sin que tú quisieras. Estaba desesperada. No sabía qué más hacer para retenerte, para que me escucharas y no te fueras.

Pensé durante días que estaba molesto por lo que me obligó a hacer, pero lo que de verdad me molestaba era cómo ese beso seguía patente en mi memoria, marcando cada poro de mi piel.

Di un paso hacia ella, y cuando quedé a un suspiro de distancia, tuvo que elevar la cabeza para mirarme a los ojos, como si ese mínimo gesto dijera más que mil palabras.

—No debiste haberlo hecho —le dije.

Ella asintió, pero no con convicción. Sus pupilas temblaban, sus labios se entreabrieron por un instante, como si contuviera algo que no se atrevía a decir. No era solo la cercanía lo que la perturbaba... Estaba nerviosa. Por mí.

—Me ha costado olvidarlo —añadí, sin moverme un ápice.

—Desde luego. A mí también. —Su voz tembló y bajó la vista un segundo. Fue breve, pero bastó para delatarla.

—¿Sueles hacer lo mismo con otros querubines? —pregunté.

—Claro que no —respondió con rapidez, casi con rabia, como si la ofendiera solo imaginarlo.

Asentí con calma, mirando hacia sus labios.

—Me lo esperaba —susurré—. Solo querías hacerme sufrir a mí porque me odias, ¿no?

—No te odio, Cyrdillo.

—Cyrone —la corregí, con un murmullo bajo, firme, que la obligó a alzar la mirada—. Llámame por mi nombre.

No necesitaba hablar fuerte para que me escuchara.

En ese momento, cada palabra era un imán que la atraía hacia mí.

Y solo entonces ella respiró. Por primera vez desde que hablamos, respiró con todo el cuerpo, como si algo se soltara dentro de ella.

Estaba lo suficientemente cerca de mí para invadir el aire entre nosotros, para que su aliento rozara mi piel otra vez.

Ese era el aroma que me había perseguido como un castigo durante noches enteras.

Ahí lo entendí: no quería que olvidara ese beso.

Quería que lo odiara. Que le doliera. Que le obsesionara.

No a la planta que creé en mi habitación, sino al beso.

Yo también quería vengarme, pero no con palabras ni con indiferencia. Quería enfermarla… porque yo estaba enfermo de ella.

—Cyrone —susurró entonces en respuesta.

Cuando creí que otra vez me dejaría llevar por el anhelo que me corrompía, un ruido nos sobresaltó a ambos. No fue cualquier sonido, sino un lamento sordo y metálico que atravesó la tierra, un estremecimiento que erizó cada parte de mi cuerpo.

Solo los ángeles podíamos oírlo.

Giramos la cabeza hacia el oeste, hacia el corazón del continente, allí donde las cordilleras se alzaban como cuchillas dormidas.

Volvió a sonar. Esa nota afilada, disonante, que vibraba estridente en todo el lugar.

Era la trompeta.

La primera.

El primer anuncio entre siete.

El cielo no rugió ni se partió el suelo. Pero lo supimos igual: el mundo había comenzado a acabarse. Había iniciado el apocalipsis.

Y ya no habría forma de evitarlo.

¿Cómo se protege algo —y a alguien— que se cae a pedazos?

Cardillo