Cortex 16 #2
31%

16 #2

Desde esa altura, los dos hemisferios de Lorelai se abrían ante nosotros. A un lado, el amanecer teñía el cielo con tonos dorados; al otro, el atardecer se fundía en púrpuras y carmesíes. Todo cambiaba según hacia dónde miraras, como si el mundo entero se desplegara en un mismo instante.

Viajábamos a una velocidad impresionante.

Cualquiera podría haberse mareado o desvanecido ante tanta magnificencia, pero yo seguía aferrado a aquel cuerpo frágil, sabiendo que, esta vez, el tiempo era lo único que nos faltaba.

Ella temblaba y se quejaba en voz baja. Pensé en su mano, en cuánto debía dolerle no tenerla, y la culpa se instaló en mí.

No porque creyera que la planta mortífera que yo había creado fuera la causa, sino por algo que Lummina había dicho: que Faraine se había secado por saltarse sus baños en los manantiales, porque, en su lugar, había ido a verme a mi cuarto.

No estaba tan equivocado en sentirme culpable.

No tuve el valor de abrazarla, pero sí de susurrarle, con una voz baja, grave y sincera:

—Lo siento. De verdad, lo siento. Si te hubiera abierto la puerta… El Zorro lo habría hecho. Soy un completo desastre…

Lummina se volvió apenas al escucharme, y me callé en cuanto me di cuenta.

Mis emociones respecto a ella eran complicadas.

Aún le guardaba rencor por haberme retenido, pero lo que sentí cuando intentó entrar a mi cuarto era todo lo contrario.

¿En serio pretendía vengarme y devolverle el daño?

¿O, en el fondo, la idea misma me era insoportable?

—Mira, Cyrdillo —dijo Lummina señalando hacia abajo—. ¿Sabías que fui yo quien ideó las estrellas del día?

Seguí la trayectoria de su mano, hacia las estrellas que sobrevolábamos, brillando como brasas que cambiaban el calor del cielo cada diez minutos. Antes de Lummina, el cielo siempre había sido azul. Pero pedirle a ella que mantuviera algo como era —inmutable, predecible, aburrido— no tenía sentido.

—¿Y esa forma de llamarme? —pregunté al notarlo.

—Bueno, es que no tengo idea de cómo llamarte. No quieres el nombre que te di, y Cardillo no te pega para nada…

Sonreí sin poder evitarlo. El estúpido de El Zorro me había dicho lo mismo.

—Así que decidí unirlos. Cyrone y Cardillo: Cyrdillo. ¿Te parece?

—Eres creativa —le dije, sujetándome con fuerza al lomo del Nebucoro cuando descendió de manera brusca.

Ya habíamos logrado estabilizarnos mientras cruzábamos las nubes, que no eran sólidas, pero tampoco simples masas de gas.

—Claro que lo soy. Toca las nubes —me desafió con una sonrisa.

Estiré el brazo libre hacia la nube que nos cubría. Al rozarla, la superficie se rompió como una burbuja de pintura, estallando en un caos de colores que se mezclaban y danzaban en el aire.

—¿Cómo Lydia te permitió hacer todas estas locuras? —pregunté, sorprendido y con un dejo de indignación.

Lummina soltó una risa clara y se giró hacia mí. Su cabello ondeaba al viento, y las luces que caían del cielo me azotaban la vista.

—Ella me enseñó todo lo que sé. Igual que yo, adora los colores.

—¿Y cómo no te ha descubierto? —pregunté, con la voz un poco temblorosa mientras el Nebucoro se precipitaba—. Se supone que estás muerta. ¿Qué dice de la lluvia de estrellas?

No podía ver su cara, pero noté un cambio en su respiración. ¿Sería por la caída? Lo dudaba, Lummina era inmune a las alturas.

—Lydia dejó de mirar el cielo cuando morí —respondió al fin—. ¿Cómo podría ver mi lluvia de estrellas?

Aquello me dejó un poco descolocado.

—Una serafina del cielo que no mira el cielo —resoplé—. ¿Te imaginas que yo hiciera eso siendo un serafín de la tierra? Siempre andar mirando hacia arriba.

Quise aligerarle la carga, sus hombros estaban tensos. Sonreí apenas cuando escuché una risa leve escaparse de sus labios.

—Ella me adoraba como a una hija —dijo, y aunque creí que había conseguido arrancarle un poco de congoja, su voz se quebró—, pero no lo suficiente como para desear mi felicidad.

Hice una mueca, oculta a sus ojos.

Quizá Lydia adore los colores, como ella dice, pero no lo suficiente como para reconciliarse con ellos y mirarlos de nuevo.

i

Una vez aterrizamos en la orilla del océano, me quedé absorto ante su inmensidad.

Retrocedí cuando una ola espumosa quiso cubrir mis botas, como si temiera que el agua me quemara.

Era ridículo, pero nunca me había sentido tan pequeño frente a algo tan vasto.

Siempre creí que la tierra era infinita, que en ella podía crear cualquier cosa sin importar la escala.

Pero al contemplar ese océano sin fin, comprendí que las posibilidades ocultas en sus profundidades eran mayores.

—Solo para un serafín —susurré para mí mismo, volviendo la mirada a Faraine, que dormía envuelta en las mantas como un pequeño rollo—. Trucha, si te entreno, podrías ser dueña de todo esto.

No hubo respuesta. La niña descansaba en un sueño profundo, adormecida por el cansancio.

Vi a Lummina adelantarme y mirar hacia el océano con una expresión que no era la mía, algo más dura, quizá más triste.

—Hablaremos con Alba.

La serafina del mar.

—¿En serio vas a buscarla en este océano gigante? Estás loca —respondí, arqueando una ceja.

—Ah, y tú siempre tan dulce, ¿no? —me lanzó con una sonrisa burlona.

Resoplé y negué con la cabeza.

—Lumminita, ¿quieres que nos pongamos a buscar a Alba en este mar infinito? ¿Estás medio loquita o qué?

—Mmm, puedes ser dulce cuando quieres, pero inteligente, no tanto. No vamos a ir tras ella, la voy a llamar aquí —contestó.

Fruncí el ceño al verla caminar en círculos, hasta que se detuvo y cerró los ojos con fuerza.

Su aspecto era el de alguien perdido en la locura.

De repente, desde lo alto del cielo, una piedra cayó y reventó la superficie del agua al impactar.

Luego cayeron varias más, bombardeando la extensión del Riorense.

Por un instante temí que pudieran dañarla, pero el océano se mantuvo imperturbable, como si esos géiseres provocados por los asteroides no fueran más que una leve molestia.

Entonces entendí que Lummina no buscaba destruir el ecosistema de Lorelai, sino atraer la atención de la gran serafina del mar.

Al pronunciar «gran serafina del mar», como solían llamarla, lo tomé como una metáfora, hasta que una mano titánica, tan ancha como yo de alto, emergió del agua y atrapó dos asteroides al romper la superficie.

Después, apareció una cabeza majestuosa, con cabellos azul marino que parecían tan grandes como la montaña donde había estado encerrado las últimas semanas.

Me encogí ante su presencia.

Mientras yo estaba paralizado por el asombro, miré a Lummina, que avanzaba hacia aquella monstruosa serafina con una calma inquietante, mezclando fascinación y nostalgia en su rostro.

Cuando dio el primer paso en el mar, las aguas se abrieron a su paso, como si temieran tocarla.

Con la seguridad de que no se cerrarían para ahogarla, avanzaba midiendo cada distancia con precisión.

Ni un ápice de temor la detenía, como si supiera que ni siquiera la fuerza colosal de la gigante serafina podría aplastarla por accidente.

—¡Lummina! ¡Detente! —grité, plantándome frente a ella. El agua se abría a izquierda y derecha como muros gigantes, y yo permanecía entumecido, hasta que alcé la vista.

Observé con recelo a la titánica mujer, cuyo cuerpo enorme sacudía el agua que empapaba sus largas pestañas. No podía descartar que, con ese tamaño, nos viera como simples semillas de osterón y decidiera devorarnos sin esfuerzo.

—¿Eres tú, Mimina? —preguntó con una voz profunda y retumbante, acorde a esa presencia colosal.

Lummina soltó una risa y, sin más, se zafó de mi agarre. Caminó por el pasadizo había sido diseñado para ella, hasta que abrazó con cuidado el enorme dedo de la serafina Alba.

—¡Mimina! ¡Te he extrañado tanto! —exclamó con alegría.

—Y yo a ti, Alba —respondió, apretando el dedo como si necesitara ella misma ese abrazo—. Pero la ingrata no he sido yo; tú no has salido del océano en años.

—Es cierto, eh… —Movió la otra mano, y me sobresalté encogiéndome por instinto.

Busqué un arma en mi cinturón y no hallé nada—.

Me he acostumbrado a este tamaño, ¿sabes?

Encogerme me cuesta un mundo, Mimina. Pero ¡usaste la señal que te enseñé!

—dijo, sorprendida—. ¿Es algo urgente? Anda, cuéntame.

La vida bajo el mar puede volverse muy aburrida.

Por primera vez, sus ojos se posaron en mí y me hizo notar con un tono desdeñoso:

—Oh, ¿me trajiste un hombre? Y para colmo, ¿uno que me mira como si yo fuera a devorarlo?

Sonreí apretando los dientes y le respondí:

—Yo soy un hombre y usted es una bestia titánica. Creo que los dos estamos igual de incómodos.

La serafina del mar frunció los labios con cierta desaprobación.

—¿Y qué esperas? ¡Vamos! ¿Acaso sabes el tamaño de las criaturas que habitan el mar? Si soy la guía de todas ellas, debo imponerles respeto con mi sola presencia, ¿no crees? Pero lo que en verdad me desconcierta es que, siendo un querubín macho, sigas con vida.

—Sea como sea, no vine a discutir sobre mi virilidad ni por qué tiene usted ese tamaño, así que…

—Alba —me interrumpió Lummina, levantando la mano para silenciarme—. Necesitamos tu ayuda para restaurar el cuerpo de una pequeña querubina de tu linaje.

La trono me indicó que retrocediera y le enseñara a la niña que dormía en la arena. Con sumo cuidado, destapé la primera capa de la manta.