Cortex 16
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C reí que sabría enfrentar un momento así con calma, que tendría la entereza de actuar con cabeza fría en una situación como esa.

Me equivoqué, y no por poco. Al menos intenté mantener el control al arrodillarme junto a ella y sacudir su cuerpo, esperando alguna señal, una mueca, un quejido, cualquier indicio de vida.

Nada .

Lo primero que pensé era tan cruel como certero: fue mi culpa.

Había creado algo tan feroz, tan salvaje, que no solo me había dejado postrado durante días, sino que había arrastrado a alguien más hasta ese punto, hasta…

esto . Cuando quise cargarla en mis brazos, su cuerpo no respondió.

Su mano, tan ligera como si ya no tuviera huesos, se desprendió.

Me quedé de pie, temblando, con su extremidad entre las manos. Solo eso. Solo eso.

Y ahí me rompí del todo.

Retrocedí, trastabillé, choqué con la pared como un niño asustado, como si el suelo me escupiera.

Me desplomé. Las lágrimas no salieron. Solo un quejido áspero, brutal, de espanto, me brotó por la garganta mientras veía cómo esa mano desprendía polvo entre mis dedos.

Como si no fuera carne. Como si fuera ceniza.

—¿Qué es esto...? —susurré, sin aire.

Golpeé mi cara. Una, dos, tres veces. Pero no desperté. No era un mal sueño, era real.

Me mantuve ausente, atrapado en el horror mudo de sostener entre mis manos una pieza suya, frágil, como un hueso calcinado. Era como si el simple hecho de tocarla la estuviera deshaciendo. Faraine se quejaba… apenas en un murmullo, un susurro dolorido.

Pero yo no me atrevía a acercarme otra vez. No podía. Sentía que, si lo hacía, si volvía a poner un dedo sobre ella, terminaría de matarla.

Faraine no era cualquier niña. No como lo fui yo. Era una hembra, una querubina de la naturaleza. Sagrada, aunque yo no quisiera aceptar eso. Aunque me negara, esa idea me perforaba el pecho con una fuerza brutal, dejándome clavado en el suelo.

Una mezcla espesa de culpa, responsabilidad y un miedo visceral me sujetaba con cadenas invisibles. Solo podía observarla, roto, con los ojos desorbitados.

Entonces oí una voz.

Lummina.

Por un instante creí que alucinaba, que mi mente me estaba jugando otra trampa. Pero ahí estaba. Su rostro. Sus ojos fijos en lo mismo que yo no podía dejar de mirar: una querubina rota.

—¿Qué pasó? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Qué le sucede a Faraine?

Se arrodilló frente a la niña con una expresión que lo decía todo. Compartía mi mismo miedo, el de tocarla y verla desmoronarse por completo.

No fui capaz de responder.

—Pasó lo que temía. Pequeña Faraine, ¿me oyes? —Lummina alzó la voz tanto, tan desesperada, que tuve que cubrirme las orejas con las manos—. ¡Faraine!

El eco de su grito retumbó en mi cabeza. No supe cuánto tiempo estuve allí paralizado, hasta que, de pronto, sentí que Lummina me miraba. Y entonces, contrario a todo lo que habría imaginado de ella… me pidió ayuda.

—Cardillo… levántate… —Su voz temblaba, pero aún sostenía una extraña firmeza—. Tenemos que envolverla y llevarla a Riorense…

Sus palabras solo rebotaban dentro de mí como un eco lejano, sin llegar nunca a encajar. Sin sentido. Sin forma. Entonces me sacudió de los hombros.

—¡Cardillo, reacciona! ¿Dónde tienes tus mantas?

Me mordí los labios, incapaz de sostenerle la mirada. Ni siquiera cuando su palma estalló contra mi mejilla.

—¿Estás tonto? —exclamó con furia—. ¡Faraine se encuentra en estado crítico!

Su voz se había quebrado. Ya no era firme ni temblorosa: era caótica y dolida. Me sacudió otra vez, desesperada, hasta que bufó rendida.

—¡Como quieras, idiota! ¡Haz lo que quieras! ¡Yo me las arreglaré sola!

Lummina se giró hacia Faraine, respirando agitada.

Lo único que logró sacarme del letargo fue verla intentando abrir la puerta de mi habitación. Recordé lo que había ahí dentro, lo que esa planta podía hacer, y que la había creado para ser letal… y que ahora podría atacar a Lummina. Esa idea me sacudió. No, no así , no podía permitirlo.

Me puse de pie de un salto y cerré la puerta justo cuando ella lograba entreabrirla. Me miró, desconcertada, y no tardó en mutar a la furia.

—¡Quítate! —escupió, con los ojos encendidos—. Si no vas a ayudar, al menos no estorbes.

—No… —murmuré, y las palabras se me trabaron en la garganta—. Yo las buscaré… las mantas… Tú quédate aquí.

No supe si fue por mi tono, mi expresión o el temblor en mi voz, pero Lummina levantó las manos y dio un paso atrás, cediendo sin discutir.

Corrí hacia mi cama y desgarré las mantas. Al volver, ella me esperaba en el umbral con una ceja alzada y ese brillo inquisitivo en los ojos.

—¿Qué escondes? —preguntó, intentando asomarse por debajo de mi brazo. Luego se estiró sobre la punta de los pies, tratando de mirar por encima de mis hombros.

—¡Eso no importa ahora! —respondí, más brusco de lo que pretendía.

—Pues para ti parece que sí… —dijo con tono frío—. Fue lo único que logró que te levantaras.

Sus palabras me arañaron. Quise responder, pero no pude, tan solo cerré la puerta tras de mí.

Para desviar su atención, señalé algo que probablemente no había notado al principio: la mano de Faraine, desligada de su cuerpo, yacía resquebrajada en una esquina del pasadizo. Lummina soltó un sonido ahogado, una mezcla de sorpresa y dolor, pero no se quedó paralizada como yo.

Recordé lo que había dicho antes —«pasó lo que temía»— y comprendí algo inquietante. Esto no la sorprendía, hasta parecía esperarlo. Y lo más extraño: no me había culpado en ningún momento.

—La envolveremos con la manta —dijo con rapidez— y tú la llevarás en brazos. Tiene que ser con extremo cuidado, ¿entiendes? Si no lo haces bien, es muy probable que pierda otra parte del cuerpo.

—No entiendo cómo puedes ver que se le ha desprendido una mano y no entrar en pánico.

—He criado muchísimos querubines del agua —respondió, sin mirarme—. Para evitar que se sequen y se rompan fuera del mar, debemos bañarlos en manantiales al menos tres veces al día. Faraine debió haberse saltado alguna de sus citas.

Sentí que la culpa me mordía el pecho. Si había una razón por la que Faraine no había ido al manantial, de seguro había sido por esas tardes enteras en las que se quedó detrás de mi puerta, esperando entrar.

—¿La llevaremos al manantial? —le pregunté a Lummina al recibir el diminuto cuerpo de la querubina en mis brazos, envuelta en el terciopelo de la manta. Entre las mismas capas, también habíamos guardado su mano, como si aún formara parte de ella.

—No, a Riorense. El manantial ya no servirá de nada. Debemos llevarla al océano.

Lummina no se detuvo a mirarme, no leyó la expresión de mi rostro ni el torbellino de confusión que me desfiguraba por dentro.

Estábamos en los riscos cordilleranos de Lorelai, en pleno centro del continente, y llegar a Riorense sonaba absurdo.

Aún más cuando La Trucha apenas conservaba su forma. ¿Cómo podría resistir un viaje así?

Sin embargo, no pregunté más. Me limité a seguirla por los pasadizos del refugio, descendiendo en espiral por corredores que parecían no terminar nunca, hasta alcanzar la salida al pie de la cordillera.

Lummina hurgó entre el mobiliario junto a la enorme puerta de piedra y sacó de allí dos capas gruesas.

Eligió la amarilla para sí, y me dejó la roja por descarte.

—Póntela, o te congelarás en el camino.

—Antes de salir, explícame una cosa. ¿Cómo piensas llegar a Riorense sin que La Trucha se seque del todo?

—Llegaremos rápido. Antes de que eso pase —respondió la trono, mientras abrochaba su capa con determinación. Luego empujó la pesada puerta de piedra y señaló hacia arriba—. Por el cielo.

No pudo hacerme entender nada en lo absoluto cuando cruzamos la puerta y el frío nos dio de lleno, pero en cuanto una criatura larga y extraña aterrizó frente a nosotros —de lomo extenso y patas diminutas— supe que no viajaríamos en un carruaje.

Aquello no se parecía a ningún animal conocido.

Estaba formado por una niebla espesa, que no era lo bastante densa como para parecer sólida, y, sin embargo, Lummina se montó sobre su lomo sin hundirse ni un poco.

Se acomodó como si se tratara de una superficie firme.

Me quedé inmóvil. Aun si desconocía gran parte de la fauna de Lorelai, esto no era un ser vivo ordinario.

Al mirarla, esperando respuestas, Lummina suspiró.

—Es un Nebucoro —me dijo—. Lo creó Neblina para permitirnos viajar con rapidez por todo Lorelai.

Luego dio unos golpecitos sobre el lomo de la criatura, indicándome que subiera.

Sostuve con fuerza el cuerpo frágil de la niña, sintiendo el terciopelo de la manta contra mis brazos, y dudé. Había en esa criatura algo inasible, algo que no terminaba de inspirar confianza. Si ponía un pie sobre ella, hecha de niebla como estaba… ¿me sostendría? ¿O me tragaría?

Lummina extendió el brazo hacia mí y, sin muchas opciones, le tomé la mano.

No tenía la fuerza suficiente para alzarme, pero le permití ayudarme.

Una vez arriba, noté que era sorprendentemente firme.

No había riesgo de caer. Lummina tomó el control con una naturalidad desconcertante, hizo un gesto con la mano y el Nebucoro comenzó a correr entre los riscos hasta que empezó a elevarse y contrajo las patas.

Ascendimos por el aire, como si una escalera invisible nos condujera hacia el cielo.

El vértigo me golpeó en el estómago, pero no dije ni una palabra.

Estaba demasiado concentrado en sostener bien a La Trucha, asegurándome de que no resbalara de mis brazos.

Miré hacia abajo un segundo: la cordillera se hacía diminuta.

El Nebucoro corría por el cielo como si pudiera apoyarse en él, atravesando nubes y dejando tras sus patas un rastro de luces centelleantes.