15
E l mundo se redujo a un dolor de cabeza y párpados de plomo.
Al parpadear, apareció el refugio, la habitación que había querido abandonar.
Intenté incorporarme en el camastro, pero todo mi cuerpo se aferraba al colchón, macizo, como si una fuerza invisible me retuviera.
La verdad de lo ocurrido me golpeó y sentí una furia intensa.
Había tropezado de nuevo con la misma trampa y, aunque no podía culparla del todo, lo hice igual; pero el verdadero imbécil era yo, por dejarme arrastrar con tanta facilidad.
Me entregué sin juicio, sin una chispa de sensatez, y ahora el arrepentimiento me quemaba por dentro.
La vergüenza era tan feroz que a veces se mezclaba con el odio…
o quizá siempre había sido odio. Odiaba a Lummina, y no pensaba perdonarla jamás.
Para su desgracia, la hallé recostada en un rincón de la habitación, dormida sobre una silla de madera. Tenía las manos por almohada, y por un instante estuve a punto de rendirme otra vez ante esa visión, pero no. No volvería a ocurrir.
Con la consciencia ya recuperada del todo, me levanté de la cama y me acerqué a ella. La observé dormir mientras la ira se encendía en mi interior, como brasas reavivadas por el viento. Qué estúpido. Me odiaba. Y era culpa de ella, de su carisma, de ese encanto capaz de derribar mis defensas.
Me acerqué a Lummina, posé la mano en su hombro y la sacudí con un agarre seco y calculado.
—Levántate —ordené.
No necesité decir nada. Despertó de golpe, abrió los ojos y leyó en mi cara el enojo que la esperaba.
—Hola… —murmuró.
Ese saludo, tan campante, hizo que me hirviera la sangre.
—No me vengas con un «hola» —escupí, helado—. Me dejaste inconsciente. Otra vez.
—Sí… lo hice —admitió, con un leve asentimiento.
Me agaché frente a ella y me incliné hasta casi rozarla.
—Tienes agallas, ¿lo sabías? —susurré, con un filo áspero en la voz—. Dejarme inconsciente dos veces… Eso es mucha confianza, Lummina.
Estaba tan cerca que percibí el leve temblor de su barbilla. Y, aunque suene cruel, me complacía saber que me temía. Si ese miedo podía contarse como una retorcida forma de respeto, me bastaba. Ya me había dejado pisotear demasiadas veces por esta desconocida. No volvería a permitirlo.
Lummina desvió la mirada, inquieta, como si buscara una salida que no existía. Parecía no encontrar ni una palabra, ni un gesto que la salvara.
—Escucha, Cyrone…
—No me llames así —la corté de golpe. No era solo una corrección; era una advertencia. No quería escuchar ese nombre, no de su boca. No con ese tono que me irritaba hasta los huesos.
—Está bien, solo escucha. Lo hice porque…
Se detuvo, y nuestras miradas chocaron en un silencio cargado de tensión. Alcé una ceja al notar que no continuaba.
—Lo hice porque Calyssa no es la mejor opción para ti —acabó por decir.
Incliné el rostro apenas, con los ojos fijos en ella, sin atreverme a creer lo que escuchaba.
—No puedes volver con ella. Es obvio, se nota en tus ojos que no eres feliz. Nunca lo has sido.
No pude evitar sonreír, aunque no tenía nada de alegría. Era una mezcla amarga de confusión e incredulidad. Solté una risa corta, casi burlona.
—No tienes idea de lo que estás diciendo. No me conoces, así que no pienses ni por un maldito segundo que tienes derecho a decidir sobre mi vida. Y aunque supieras algo de mí… ¿qué demonios te importa?
—Te vi cuidar de Faraine. Incluso de ese chico, ese querubín…
—El Zorro —la interrumpí sin pensar.
—Con El Zorro sonreíste, o creo que algo parecido a una sonrisa. Sé que no tiene nada que ver conmigo, lo entiendo… pero creo que serías un buen ángel, si estuvieras en buenas manos.
Puse los ojos en blanco y me incorporé, saliendo de la posición en la que estaba. Empecé a recorrer la habitación, con el escepticismo y el fastidio escritos en el rostro.
—Por favor, ahórrate la basura del «buen ángel» —murmuré con desdén—. Déjame aclararte algo, nido de rizos: no soy un héroe, y no necesito que una chica delirante me venga a decir que podría serlo.
Ella guardó silencio y, al no tener más opción que bajar la mirada, solté un suspiro largo. Mi paciencia se había agotado. No quería seguir escuchando su intromisión, no se lo había pedido.
—Fuera de aquí. No quiero verte la cara ahora mismo.
Lummina se levantó en silencio y caminó hacia la puerta. Justo antes de salir, se detuvo y me lanzó una última mirada.
—Si vuelves al Valle, solo te harás más cruel… y no es necesario. Espero que lo notes antes de que sea tarde.
Le lancé una mirada fría, sin un rastro de duda.
—¿Cruel, eh? —bufé—. ¿Y tú quién eres para hablar? Dijiste que no usarías ese poder aplastante sobre mí. ¿Lo recuerdas?
La trono pareció no saber qué responder. Titubeó apenas.
—Lo lamento…
—Fuera.
Lummina cerró la puerta tras de sí.
Y yo decidí que, al menos durante las próximas dos semanas, no me movería de ese lugar.
i
En la soledad —para mi desgracia— todo era aún más fácil de recordar.
Vagué entre pensamientos hasta embriagarme con ellos.
Invocaba imágenes de mí mismo de niño, de los momentos en que mis hermanas me abandonaban en lugares peligrosos, pero siempre me veía desde fuera, como si todo le sucediera a otra persona.
Cada intento de recuperar mis emociones, de experimentar esos sucesos desde mi propio cuerpo, resultaba inútil.
No podía traer de vuelta aquel miedo ni aquella rabia, ni para bien ni para mal.
No recordaba lo que sentí al despertar colgado de un árbol a los seis años.
Tampoco podía revivir la sensación de caer al río lleno de peces carnívoros.
Lo único que permanecía nítido en mi memoria era el instante en que Calyssa me llamó hijo por primera vez.
Esa palabra, esa satisfacción, se repitió cada vez que le fui útil.
Cuando cuidaba aldeas con sus poderes delegados.
Cuando encontraba a los querubines varones que planeaban escapar de su destino.
Siempre fui funcional, siempre cumplí. Y mi vida, mi permanencia, era un regalo suyo. Por eso no podía permitir que las palabras de Lummina calaran tan hondo.
¿Que no era feliz?
¿Me había visto acaso corriendo libre, sin rendirle cuentas a nadie?
¿Había estado ahí cuando aprendí a hacerme respetar entre los míos, entre el linaje de la tierra?
No era como Maersen ni como los demás niños nacidos sin propósito. Yo había llegado al mundo para ser distinto entre los querubines de la tierra, el único capaz de desarrollar habilidades insuperables: crear plantas que jamás habían existido.
Lummina no tenía idea de nada.
Fruncí los labios cuando un recuerdo inoportuno se instaló en mi mente.
Ese beso… ese beso solo había servido para someterme, lo sabía.
Y, aun así, el sabor seguía allí, lúcido, como un relámpago que me hubiera taladrado el cerebro con electricidad.
Podía recordar la textura de sus labios, el aroma tibio de su respiración, la temperatura exacta.
Recordaba también la sensación de enredar mis dedos en su cabello, y cuando entreabrí los ojos, el tono dorado de sus pestañas, como si guardaran luz propia.
Me senté en la cama y fijé la mirada en el vacío hasta que descubrí una planta en un macetero tallado. Por lo esbelta y gruesa que era, lo firme de su tallo, el verde intenso de sus hojas… imaginé que podía sobrevivir incluso con apenas un poco de luz. Increíble.
Me acerqué y, tomando la planta desde la base, la arranqué. Observé sus raíces por un instante, y entonces, sin querer, otro recuerdo vino a mí. Uno que al principio creí innecesario.
¿ Por qué no creas una planta que cure tu herida? Estoy segura de que podrías .
Era inútil hacer eso. No necesitaba curar la herida en mi rostro. No me molestaba, al menos no mientras la sangre estuviera coagulada. Lo que de verdad necesitaba era volver a ser útil, volver a pertenecer, recuperar un motivo para existir.
Arrojé la raíz fuera de la habitación y tomé el macetero entre las manos.
Me concentré para conectar con los restos de minerales enterrados en la tierra, con el objetivo de crear algo nuevo a partir de ellos.
Coloqué las palmas a los lados de la cerámica y, con los ojos cerrados, invoqué la vida que aún persistía en las partículas de ese suelo.
No buscaba una planta que curara mi herida. Esa herida no me importaba, no como ese refugio que me tenía prisionero ni como esa trono que, solo con su existencia, había logrado someterme.
Necesitaba una planta que me devolviera la libertad.
Una planta nueva, capaz de arrancarme de ese encierro y recuperar el control de mi vida.
Una planta de venganza.
Una planta que pudiera enfermar a Lummina grave.
i
Caída la noche, el primer brote emergió a través de la tierra.
Acaricié la hoja inicial y sentí cómo la yema de mi dedo adquiría un tono rojizo, un sarpullido leve, apenas perceptible.
No me importaba provocar solo una comezón, quería causar indisposición.
Buscaba una planta capaz de dejar enfermo y con graves síntomas a un ángel, que le impidiera perseguirme.
No deseaba una planta que la matara —por supuesto—, porque Lummina había salvado vidas y merecía ese crédito.
Pero dañarla, enfermarla… eso sí se lo merecía.
Era justo el reflejo de lo que ella me había hecho a mí.
Esa misma noche escuché a La Trucha llamar a la puerta, con la esperanza de que le abriera y le permitiera dormir en la habitación. Se equivocaba. Estaba concentrado en algo más importante y lo último que necesitaba era que Faraine me fastidiara con sus sugerencias idealistas e ingenuas.
—¡Entrar! Por fa.
No respondí, aunque golpeó varias veces. De cualquier forma, con un poco de fuerza podría haber abierto la puerta, pero La Trucha era una querubina débil, y esa debilidad me había causado más problemas de los que podía contar.
Despúes de todo, se marchó.
i
Al día siguiente el tallo comenzó a crecer, revelando manchas marrones que se extendían entre las hojas verdes. Al mecerlo, se desprendía un polvo espeso y denso que luego flotaba en el aire, invisible pero letal. Sabía que respirarlo podía enfermarme de gravedad.
Aguanté la respiración todo lo que pude, pero al final la tos me venció. Era seca e intensa, como si algo afilado raspara mi garganta desde dentro. A medida que avanzaba el día, la sensación se intensificaba.
Al caer la noche, me sentía miserable. La tos no cedía, cada inspiración era un desafío y la sensación de opresión en el pecho me robaba el aliento.
Mi cabeza latía con una fiebre abrasadora, y el dolor que sentía en las cavidades era insoportable, como si mis cuernos fueran martillados desde dentro.
El crujido y el ardor me aturdían y debilitaban.
—¡Entrar! ¡Por favor, entrar!
La Trucha no se rindió esa noche, su voz aguda sonaba en el pasillo. Cada vez que la escuchaba, el escozor en mis sienes aumentaba, como si se extendiera por todo mi cráneo. Irritado, le grité que se fuera cada vez que pedía entrar.
—¡Entrar! —insistió una vez más, desesperada.
—¡Vete, Trucha, no te dejaré entrar! —le respondí, a la vez que me cubría la cabeza con la almohada para bloquear el ruido.
La herida en mi rostro volvía a sangrar.
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Pasaron días que no pude contar hasta que, por fin, me puse de pie otra vez.
Para entonces, la planta había crecido hasta alcanzar la longitud de mi antebrazo.
Al levantarme y observarla de cerca, noté que, incluso sin moverla, ya había esparcido su polvo.
Flotaba en el aire, envolviendo el ejemplar como una especie de farol que irradiaba un brillo tenue y ominoso a su alrededor.
Cuando la toqué apenas con la punta de los dedos, sentí que me había vuelto resistente a su influencia. Por fin podía respirar a su lado sin que me afectara, sin que su polvo me hiciera daño. Si era sincero conmigo mismo, tras lo mal que me había hecho sentir, había pensado que acabaría matándome.
Tenía entre mis manos un arma real. No mortal, pues había logrado superar su efecto, pero bastante poderosa. Y estaba seguro de que Lummina no sería la excepción.
La invitaría a mi cuarto, haciéndole creer que me había rendido a su refugio, que aceptaba quedarme y convertirme en su futuro emisario. Pero en cuanto respirara ese polvo, enfermaría.
Con la trono debilitada, por fin podría regresar al Valle de la Tierra, como siempre debió ser. Nylena no perdería el tiempo persiguiéndome; al fin y al cabo, sería su amada enferma quien necesitaría toda su atención.
—Entrar…
Me giré hacia la puerta, desconcertado. La voz que atravesó la madera no era la de La Trucha…
o tal vez sí, pero distorsionada, rota, como un susurro ahogado.
Guardé silencio, esperando a que hablara de nuevo para captar mejor ese tono quebrado, pero no volvió a llamar.
En cambio, escuché cómo se desplomaba con fuerza contra la puerta, antes de caer al suelo con un golpe seco.
Abrí de prisa y allí estaba, tirada a mis pies. Su piel, que antes tenía un extraño color azul, ahora lucía espeluznante: agrietada, reseca y cubierta de yagas abiertas. Más que azul, parecía casi blanca, pálida como la muerte.
Me acerqué con cautela y noté que todavía respiraba, aunque un sonido sibilante emergía de su garganta cada vez que el aire pasaba por ella.
Si no estaba muerta, le faltaba poco.