Cortex 14 #2
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14 #2

—¿Qué? ¿Qué pasa, Cyrone? Debiste haber elegido otra cosa para intentar escapar. ¿Un farol de luz? ¿En serio? ¿Quién creíste que los hizo?

—Lummina —susurré, retrocediendo en el suelo y luego poniéndome de pie. Si había alguien a quien no quería enfrentar en un duelo para salir, era a ella—. ¿Cómo?

Ladeó la cabeza. Vi su rostro: estaba furiosa.

—Puedo sentir mis faroles donde sea que estén.

Reí con ironía y, sin querer, choqué con Faraine, que estaba detrás de mí.

—Ya, ¿como una serafina? ¿Acaso tienes poderes del nivel de una serafina?

—¿Acaso es tan difícil hacer lo que hice? —Lummina avanzó hacia mí con su voz cargada de desdén.

De pronto, sus dos hoces emergieron de la espalda, destellando ominosamente bajo la luz de las estrellas. Las arrastró por el suelo de piedra, emitiendo un chirrido metálico incómodo como presagio. Busqué en mi pantalón el cuchillo que llevaba conmigo y lo empuñé, listo para el enfrentamiento.

—Faraine, cariño, vuelve al refugio. Nos veremos allí — dijo Lummina con suavidad, en marcado contraste con la furia que reflejaban sus ojos.

La niña, con una sorprendente agilidad, salió corriendo de vuelta por el túnel, dejándome solo. Y era mejor así. Si esa noche Lummina acababa conmigo, prefería que una querubina tan joven no fuera testigo de tal brutalidad.

—Cyrone, no olvides que puedo hacerte dormir.

Retuve la sonrisa lo mejor que pude.

—Prometiste no hacerlo —le contesté, permitiendo que me rodeara como una bestia acechando a su presa.

—Siempre y cuando no decidieras escapar —respondió, y seguí sus movimientos con la mirada, sin girar la cabeza, hasta que desapareció de mi campo de visión.

—No esperes más, hazlo —la desafié, sintiendo su presencia a mis espaldas.

El silencio que nos envolvió y la pausa que ambos nos tomamos me hicieron sonreír.

En ese instante, se había percatado de que ya no me tenía bajo su control, que su poder sobre mí se había disuelto.

Cuando esa verdad se hizo innegable, la cólera se apoderó de ella.

Su primer movimiento fue tan inesperado como salvaje, pero, aun así, logré interceptar la embestida de su hoz derecha con el filo de mi cuchillo.

Al mismo tiempo, esquivé la hoz izquierda cuando la arrojó contra mí.

Lummina gruñó de impotencia. Recuperó las hoces en el aire con una agilidad sorprendente y volvió a empuñarlas contra mí.

Sus ataques eran predecibles: arriba, abajo, a la izquierda.

Sin embargo, la velocidad de sus saltos y agaches me dejó sin aliento a mitad del enfrentamiento.

Al igual que yo, retrocedió, alzando sus hoces frente a su rostro y respirando con dificultad.

Me mantuve a la defensiva, una postura natural, pues a pesar de la tentación, me había prometido no herirla de nuevo.

—Cyrone… —rogó, y su rostro mutó de la seriedad a la más pura desesperación—. Por favor.

—¿ Por favor qué? ¿Quieres que me mantenga cautivo bajo tus órdenes? Para eso, cuanto menos, debiste haberme creado.

Lummina profirió un grito y se lanzó hacia mí exasperada.

Unió ambas hoces, sus filos se agrandaron en un instante.

Buscaba cercenarme. La aflicción cruzó su rostro de nuevo cuando el hierro de sus armas chocó con el filo de mi cuchillo, produciendo un sonido estridente que derramó su eco en el túnel.

—¡Por favor! —volvió a rogar. Su voz era apenas un susurro que se quebraba—. Esto es lo que amo. Si Calyssa… si la diosa Eryndra se entera de este lugar, moriré.

Me topé con los antebrazos de Lummina y la retuve con tal fuerza que las armas se le deslizaron de los dedos. Por la forma en que me miraba, no estaba seguro de si las había soltado por voluntad propia o por imposición.

—Haré lo que me pidas.

Esa voz, esa mirada eran más peligrosas que las afiladas hoces con las que planeaba rebanarme el cuello.

Con la pesadez de quien actúa contra su propia voluntad, le asesté un puñetazo certero en el vientre que la hizo doblarse.

Aprovechando esa vulnerabilidad, la empujé hasta hacerla caer de espaldas al suelo.

Me coloqué sobre ella, observando cómo su respiración se volvía entrecortada por el dolor.

Por un segundo fugaz, me sentí sucio, culpable.

Lo había prometido, había prometido que no volvería a dañarla, pero debía escapar a como diera lugar.

Aplasté la culpa con mi siguiente acción: coloqué el cuchillo en su garganta.

Mi mano, sin atender a mis impulsos, tembló errática, como si el frío me invadiera. No era su poder; ella yacía indefensa, observándome con los ojos suplicantes. Cuando un trueno resonó con fuerza sobre la montaña, lo supe: estaba aterrada.

—Tienes que dejarme ir —susurré. No como una orden, sino como un ruego desesperado.

Otro trueno retumbó en el exterior. Empecé a temer que fuera un llamado, una señal para Nylena. Lummina me miró directo a los ojos y, con un gesto de angustia profunda, negó con la cabeza.

—No quiero hacerte daño, pero no me estás dejando otra opción —le advertí.

Una gota de mi sudor le cayó encima. Ella, temblorosa, apenas pudo musitar:

—No…

No había caso.

—Lummina. No le diré a nadie sobre el refugio. Si hago eso, ¿me dejarás ir?

Se mantuvo un momento en silencio y tragó saliva.

—Júralo por Eryndra —me pidió, agitada—. Júralo o no te creeré…

Suspiré y asentí, dejando caer a un lado mi arma. El metal rebotó sobre la piedra del suelo, y Lummina cerró los ojos por un instante y luego dejó salir el aire de sus pulmones con lentitud.

No podía creer lo que estaba a punto de hacer.

—Juro por Eryndra que a nadie le contaré sobre este refugio.

Una figura de esposas doradas se formó en el aire, materializándose y rodeando mi muñeca con la de ella, sellando la promesa. Jurar algo por Eryndra, la diosa de Lorelai, significaba un pacto inquebrantable, y ella, la temblorosa chica bajo mi cuerpo, había logrado que lo hiciera.

Estaba actuando como un estúpido, y no podía evitarlo.

Sin entender por qué, e incluso cuando Lummina parecía agotar todas las fuerzas con las que intentaba retenerme, me quedé sobre ella, mirándola. Estaba agitada, su pecho subía y bajaba con rapidez y sus ojos llorosos, oscuros y enormes, no se apartaban de mi rostro.

No podía negarlo, lo que fuera que estaba sintiendo por Lummina superaba todas mis barreras mentales.

Tenía que marcharme, huir.

Pero no quería.

—¿Y ahora sí terminaste de intentar pelear contra mí o qué? —susurré, después de aclarar mi voz.

Ella, todavía con los ojos húmedos, negó con la cabeza con una ferocidad inesperada. Me tomó desprevenido cuando atrapó con su mano el cuello de mi chaqueta y me atrajo con fuerza. De pronto, a solo un par de centímetros de su rostro, olvidé cómo respirar.

Por un momento pareció dudar, pero luego me arrastró hacia sus labios. Me besó con un hambre feroz, desesperada. Y yo, con los ojos abiertos y la mente en blanco, me quedé inmóvil apenas un instante antes de rendirme y devolverle la misma intensidad que me incendiaba por dentro.

Mi pecho latía con ímpetu salvaje y mis pensamientos se disolvían en un torbellino de deseo, confusión y una necesidad imposible de contener. ¿Y cómo iba a hacerlo? Sus labios eran tan suaves y cálidos; su sabor, dulce; su cuerpo, pequeño e inquieto debajo de mí. Era mi fin.

O eso creí hasta que, de repente, se me hizo difícil concentrarme en ella. Rompí nuestro contacto y me quedé inmóvil, desorientado. Ella se quedó respirando contra mis labios.

—No me siento bien —susurré, mareado.

—No. Es verdad, no te sientes bien —contestó ella.

Sus palabras no me llegaron de inmediato. Sacudí la cabeza para intentar comprender qué me ocurría, pero el mundo me dio vueltas y, con los pensamientos nublados, me sentí aturdido.

—Espera… ¿me hiciste algo?

Lummina me devolvió la mirada con un dejo de culpa y las mejillas muy sonrosadas, apenas oí un susurro: «Lo siento». Mi cabeza se iluminó en chispas cegadoras que me enviaron directo a la oscuridad.

Perdí el conocimiento, tal y como había sucedido hacía dos semanas.