14
D urante los dos días siguientes, me mantuve ausente de mi entorno.
No estaba dispuesto a prestar atención a nada ni a perder el tiempo creyendo que me encontraba en un lugar donde podía relajarme.
Ese refugio era igual a cualquier otro lugar: un sitio inseguro, tan oscuro para nosotros como todos los demás en este mundo.
De seguro los demás querubines sentían lo mismo después de haber visto a uno de los suyos morir a sangre fría en un lugar que se suponía libre de la muerte.
Mi desmayo había ocurrido hace dos semanas exactas, cerca del atardecer. Impaciente, esperé a que el astro celeste del cielo cayera. Debía admitir que la falta de labores con las que ocupar mi mente lo hacía peor. La benévola Nylena nos había concedido días libres a todos para procesar la pérdida.
Me acerqué al área de juegos, en el primer nivel del refugio, donde las bolas y los bates habían sido reemplazados por un altar en honor a Zorro.
Me colgué de la barandilla de los pisos superiores, observando cómo querubines que jamás había visto dejaban ofrendas (flores, jarrones, faroles) al pie de ese homenaje.
De un momento a otro, se abrieron para dar paso a una desconocida: una figura con un vestido largo y un ramo arrancado en las manos, adornado con seda e hileras de rosas.
Curioso, rebasé la baranda y aterricé de pie, haciendo un ruido que no pasó desapercibido. Los querubines se voltearon, pero la intrusa del refugio ni siquiera se inmutó. Se mantuvo arrodillada, con los ojos cerrados, en una posición solemne.
—Neblina —la llamé y, como esperaba, la querubina alzó la mirada.
Sus iris amarillentos brillaban tanto que resultaban perturbadores. Felinos, pero con el letal brillo de una víbora.
—Entonces sí te importaba el Buenoparanada... —La observé con suficiencia, esperando provocarla, pero se mantuvo seria y serena.
—¿Perdona?
—No te hagas la desentendida. Él moría por ti.
—No sé a quién te refieres —me contestó con una frialdad palpable—. Solo cumplí con lo que mi madre, Nylena, me ordenó: traer un ramo de rosas al homenaje plantado en el refugio.
Sin comprender por qué, me mordí el interior de la boca.
—Ah, mierda... Me estoy refiriendo al muerto. Al querubín al que mataron antes de ayer.
Ella no mostró ni una pizca de desolación, incomodidad o tristeza. Pensé en lo patético que había sido El Zorro por amar a alguien que ni siquiera se enteraba de su propia muerte. Sin esperarlo se me escapó una risa estrepitosa. Neblina alzó una ceja.
Me dirigí al homenaje, como si El Zorro estuviera allí, y grité:
—¡Qué va, viejo! ¡Has gastado tu efímera vida en proteger y hablar maravillas de un ser al que no le importaste ni un segundo!
¿Valió la pena, aunque sea un poco? —Tomé el ramo de rosas y lo apunté hacia quienes me rodeaban, que creían que había enloquecido—.
Lo mismo ustedes, creen que aquí pueden protegerse de la mierda para la que nacimos, pero nadie los va a proteger. Nadie…
La sonrisa me tembló cuando el resto se quedó en silencio. Entonces suspiré y, con el aire que exhalé, las rosas comenzaron a secarse y a morir en mis manos.
—¿Hasta cuándo van a creer que a la serafina del aire le importan sus vidas?
—No te atrevas a irrespetar a mi madre Nylena, o ella va a…
—¿Qué? Ah, sí… O si no ella me matará —interrumpí a Neblina, justo antes de lanzarle el ramo de flores marchitas.
Los querubines guardaron un silencio expectante mientras sus miradas se cruzaban; algunos, ajenos aún a la trascendencia de mis palabras, otros, con una chispa de comprensión iluminando sus ojos.
—Entiendo lo que dices, Cyrone, pero... ¿qué otra opción nos queda? —inquirió un querubín, no mayor de trece años, con la voz teñida de incertidumbre—. Allá afuera nos persiguen y nos matan. Aquí, al menos, tenemos la oportunidad de crecer.
—Aquí solo se esconden de una realidad de la que no podrán escapar —respondí, desviando la vista hacia el solemne homenaje.
Busqué en las miradas a mi alrededor, anhelando encontrar algo más que solo miedo, pero fue en vano. No valía la pena llevarme a nadie de vuelta al Valle. Si debía escapar y enfrentar mi destino, del que ningún escondite me libraría, lo haría solo.
Me alejé, con las manos en los bolsillos y el pecho cargado de decepción. A mis espaldas, escuché la voz de Neblina recriminarme:
—¡Maldito varón inútil, destrozaste las flores y ahora tendré que ir al…!
Sus gritos se cortaron de manera abrupta. Sin siquiera mirarla, hice que las rosas cobraran vida de nuevo. A esas alturas, revivir plantas marchitas era una habilidad que dominaba a la perfección.
i
Al caer la noche, me deshice por fin de la ropa insulsa que nos habían dado en el refugio y me puse la que llevaba el primer día.
El cuero de torino negro se amoldó a mi piel como si nunca me lo hubiera quitado.
Junto al cinturón clavé un cuchillo de carnicero sacado de las provisiones: me serviría para abrirme paso entre montañas y esquivar bestias, y, si hacía falta, para eliminar a cualquiera que se interpusiera en mi camino.
Justo antes de partir, me topé en la puerta con La Trucha. Parecía creer que ahora tenía vía libre para entrar en mi habitación a su antojo, sobre todo para dormir conmigo por la noche.
—Trucha, a tu habitación —le dije, pero ella intentó manipularme con sus ojos llorosos.
—¡No! —me contestó, derramando la primera lágrima—. Tú ir, yo sola. Aquí. No quiero.
—Uy sí, qué pena. —Le tomé los hombros para redirigirla—. Estarás sola, pero así es la vida, ¿no? A tu cuarto.
Pero ella se dio la vuelta de nuevo, esta vez para abrazarme con todas sus fuerzas.
—¡No! ¡Yo sola, yo miedo!
Suspiré, tambaleándome mientras ella me empujaba. Apenas logró hacerme retroceder un paso.
—A ver, Trucha, ¿cómo voy a camuflarte en el Valle? No pareces en absoluto una querubina de la tierra.
Pero luego pensé que, al menos por ser una niña, había más posibilidades de que Calyssa la aceptara. En todos mis años, jamás la había visto dañar a una querubina.
—¡Yo sí! ¡Querubina de la tierra!
Negué con la cabeza y miré al techo, como si fuera a encontrar una respuesta allí. Al final, tomé la decisión que me llevaría menos tiempo de huida.
—Bien, puedes venir conmigo, pero callada y a diez pasos detrás de mí, ¿entendido?
—¡Sí! —me dijo, y por fin me permitió retomar el paso.
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Con la libreta en mano y mis bosquejos torpes de los túneles del refugio, repasé cada trazo con cuidado, memorizando los giros y las bifurcaciones.
Terminé por escoger uno de los túneles que, según mis notas, me conduciría directo al mundo exterior, cerca de un sendero en la cordillera, lo que prometía un cruce sin la necesidad de escalar o enfrentar otras penurias.
Su único inconveniente era la oscuridad impenetrable que lo envolvía al caer la noche, tan densa como caminar a ciegas.
Por ello, descolgué uno de los faroles de los pasadizos principales, un artefacto que albergaba una especie de luz inerte, una energía mística propia de los querubines del cielo.
Llegué a la entrada del túnel, donde un querubín de nariz grande y cabello ondulado hacía guardia.
—¿Te toca hoy? —le pregunté, con tono amistoso—. Te ves un poco enfermo.
—Sí… Todos nos sentimos un poco enfermos tras lo ocurrido.
—Nylena me dijo que podía cubrir tu turno. Así podrías descansar un poco, ¿qué dices?
Sus ojos brillaron de inmediato; ni siquiera dudó.
—Gracias a Eryndra… Sentía que desfallecería aquí mismo. —Se apoyó en mi hombro al levantarse.
—¿Gracias a Eryndra? —Sonreí—. Fui yo quien te salvó.
—Gracias, hermano —me dijo, antes de marcharse.
Esperé unos instantes antes de entrar al túnel, haciendo un gesto a La Trucha, que se apresuró a seguirme.
Sabía que aquella luz del farol no duraría para siempre, su brillo se desvanecería con el tiempo y me vería obligado a cruzar el túnel con prisa.
Aceleré el paso y me volteé hacia Faraine, quien me seguía con una obediencia sorprendente, manteniendo de forma religiosa los diez pasos de distancia acordados.
Cada vez que me detenía, ella también lo hacía.
Al menos, pensé con un atisbo de alivio, no parecía que fuera a causarme mayores problemas.
Después de varios minutos de caminata, me topé con una pared sólida que me bloqueaba el paso.
Era una roca demasiado grande, una que no recordaba haber visto hacía unos días.
Contuve mi confusión y consideré el estruendo que provocaría si decidía deshacerla.
«A la mierda», pensé. Si tenía que correr el resto del camino para evitar que me atraparan, lo haría.
Me giré hacia Faraine e iluminé su rostro confuso.
—Mira, Trucha, apenas derribe esta piedra, correré con todas mis fuerzas, ¿oíste? Si quieres venir conmigo, tendrás que hacer lo mismo; de lo contrario, te quedarás aquí.
Ella asintió varias veces, con una mirada insegura y asustadiza, pero a la vez muy decidida.
Me volví hacia la piedra y, colocando una mano sobre ella, pensé en lo difícil que me había sido romper una veinte veces más pequeña en el pasado. Lo cierto era que entonces no sentía tanta furia como en ese momento. Me sentía invencible.
La piedra comenzó a resquebrajarse desde el interior, y el sonido de las fisuras, cada vez más grandes y extendiéndose por todo el radio, me produjo un placer inexplicable.
Me aparté, empujando también a La Trucha conmigo.
La roca se deshizo en pequeños fragmentos y nos dio paso.
Hice una cuenta regresiva hasta tres y empezamos a correr.
El farol se volvió inútil, pero podía ver el final del túnel, apenas iluminado por las estrellas.
Lo dejé caer y corrí aún más rápido, hasta que una silueta se interpuso y chocó conmigo.
Caí al suelo justo en el borde de la salida del túnel. Aturdido, vi los contornos de la persona a contraluz. Ese alguien extendió la mano y me mostró su palma, de la que proyectó una luz incandescente que me cegó.