13 #2
Y más aún porque estar a su lado, sentir cómo nuestros codos se rozaban apenas, me resultaba casi insoportable.
Cada contacto encendía algo dentro de mí que no podía controlar.
No podía aceptar su tacto con tanta facilidad, ni aunque estuviera dispuesto a morir por ella.
Me quemaba por dentro… Mierda, me estaba quemando.
Estar a su lado era un suplicio silencioso.
Me observó y me mantuve tan impasible como pude. De pronto, sus dedos se movieron hacia mi mejilla, trazando con las yemas el contorno de mi herida abierta.
—Tienes una herida que nunca sana... —Por fin lo comprendió.
—Linda, ¿no?
—Debe dolerte —susurró con una compasión que no esperaba.
—No, la verdad es que ya no.
—¿Por qué no creas una planta que cure tu herida? Estoy segura de que podrías.
—La última vez que hice una planta nueva, mi madre no se lo tomó nada bien —resoplé.
—Pero aquí no está Calyssa. Haré que jamás se entere. Podrías hacerlo.
—Calyssa es capaz de detectar cualquier planta nueva dentro de Lorelai. Si lo hago, vendrá a este refugio a matarnos a todos.
Lummina me sonrió, una sonrisa que de seguro creyó que significaba que me ponía de su lado, que de pronto quería proteger el refugio, que me quedaría. No podía estar más equivocada.
—Para eso, tendrías que hacer un campo entero de plantas nuevas. Estoy segura de que tu poder de querubín no es tan fuerte.
Estaba en lo correcto.
—No, no creas que te veo débil. En lo absoluto…
Estoy segura de que, si te lo propusieras, podrías llegar a ser incluso más poderoso que la misma Córtex.
Incluso podrías ser el mismísimo Córtex.
—Se interrumpió, mordiéndose el labio—. Ya sé…
ya sé que está prohibido que un hombre se convierta en serafín, pero… pero…
Se detuvo un momento, apartando los dedos de mi mejilla sin dejar de mirarme.
—Pero sería hermoso.
Alcé las cejas, sorprendido, y la observé con atención.
—¿Hermoso?
—No he dicho hermoso —replicó, con una sonrisa.
—Lo has dicho.
—Quise decir… bueno, quise decir que sí. Tal vez sería hermoso que tú crearas el siguiente mundo. Si se pudiera… Mejor… mejor me callo —Sacudió la cabeza y se enredó los dedos en su pelo.
Mientras hablaba, me quedé un poco absorto en las curvas de su perfil, en su nariz y su cuello. Las espirales de su cabello.
Miré de nuevo al cielo, entrecerrando los ojos. De pronto, algo me pesaba demasiado.
—No vale la pena lo que haces —le dije, sin tapujos—. Los querubines no tenemos alma, corazón, principio ni fondo, como lo dice Eryndra. Si sigues insistiendo en salvarnos, te aseguro que Lorelai llegará a su fin.
Lummina me observó con melancolía.
—¿Lo dices por Maersen? Te aseguro que lo encontraremos y lo haremos pagar.
Me mantuve en silencio. Recogí mis piernas y ella pudo ver el frasco que contenía al que fue El Zorro. Ella lo tomó y se puso de pie. La observé, curioso, desde la piedra donde estaba sentado.
Lo dejó en el suelo, al borde del acantilado, y dio tres pasos hacia atrás. Cuando menos lo esperaba, el polvo emergió del frasco en diversos vórtices, viajando por el aire, luciendo como restos mágicos que subían al cielo.
—No será la última vez que verás a Zorro, Cyrone —me dijo, una vez que el polvo hubo ascendido por completo y se vio distante entre el polvo de estrellas.
¿Así era como Lummina creaba la lluvia de estrellas?
—Ese polvo que ahora adorna el cielo es su cuerpo, pero su alma volvió a Catarbella. Está esperando por el siguiente mundo.
—¿Tú también le llamarás «Zorro»?
Lummina se giró en mi dirección y ladeó la cabeza, permitiendo que su cabello se desparramara por su hombro.
—Estoy segura de que él está agradecido contigo por haberlo nombrado en un mundo como este.
Si hubiera estado de pie, solo con su voz y la forma tan suave en que me observaba, me habría caído de rodillas. En su lugar, ignoré la punzada que una vez más me había provocado y me dispuse a regresar al refugio.
Entonces, la trono se adelantó y me rodeó con los brazos antes de entrar. Sentí su pecho retumbar agitado contra el mío. Ingresó al refugio y me quedé solo. Antes de entrar también, miré el cielo por última vez.
i
Quedaba poco tiempo para dormir, así que me estiré en el catre para intentar descansar.
Me esforcé por evitar que la imagen de la flecha ensangrentada se repitiera una y otra vez en mis recuerdos, pero era en vano.
Me restregué los párpados, pesados de cansancio.
Sabía que el cuarto estaría vacío para siempre una vez que yo también me marchara de allí.
Me giré hacia la pared y cerré los ojos, esperando que el sueño llegara, hasta que un movimiento en mi lecho llamó mi atención. Me levanté a medias y, al ver a la querubina Faraine cubierta hasta la cabeza con mis frazadas, por un segundo sentí que alucinaba. La eché de inmediato.
—No, no me mires así. Estoy seguro de que hay una razón por la que no te dejan venir aquí. Vete.
—Miedo. Miedo, no... no quiero…
—¿Qué cosa te da miedo?
—Sola…
De algún modo, entendí a qué se refería. Suspiré y pensé que era tan menuda que, al menos, no me resultaría incómoda. Sería como dormir con un perro. Me alejé lo suficiente y me acurruqué, apoyando la cabeza de vuelta en la almohada.
Para mi desgracia, escuché sus sollozos ahogar el silencio.
—Zorro... Zorro no más…
—Así es, Trucha, Zorro se ha ido —le contesté, con los ojos cerrados.
—¿Tú ido también?
—No, Trucha, yo no me iré a ninguna parte —le mentí, para que me dejara dormir.
Cuando un ángel jura por el nombre de la diosa actual, se activa un poder celestial conocido como «la divina asunción». Este poder hace que el cuerpo y el alma del ángel queden atados a esa promesa. Una vez que se hace el juramento, no hay vuelta atrás; la palabra no puede romperse.
Por eso, entre jurar por Eryndra o callar, la elección es obvia.
Cardillo