Cortex 13
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U n ángel no sucumbía a la indignidad de la muerte humana.

No había descomposición, olores fétidos ni la grotesca desintegración de la piel en sepulcros oscuros y fríos.

La belleza de un ángel persistía hasta que se convertía en polvo y esos restos, en cada Rito de Aniquilación, era barrido por las querubinas de la tierra, como si se tratara de simple suciedad.

En lo personal, no deseaba presenciar los restos de El Zorro una vez que había perdido su forma, reducido a simples cenizas.

No habría allí rastro de lo que alguna vez fue, y me parecía humillante para él ser observado en tal estado.

Sin embargo, La Trucha me lo suplicó, lo necesitaba, así que la acompañé hasta la cima de la montaña.

Junto al códice, descubrí una pequeña sala.

Jamás imaginé que allí se custodiaban los cuerpos de los querubines fallecidos.

Quizá era una disposición reciente, porque a juzgar por los rostros de Nylena y Lummina en la ceremonia, la idea de querubines asesinándose entre sí, o incluso muriendo, no parecía ser nada común.

Abrí la pequeña puerta y allí, sobre una mesa, se encontraban las cenizas de El Zorro.

Para mí, no era más que un montículo de tierra; me resultaba imposible concebir que aquel polvo fuera el querubín impertinente que solía buscarme y que, de algún modo, había hecho soportables esas dos semanas.

La Trucha corrió hacia la mesa y cayó de rodillas, desmoronándose en un llanto salvaje.

Sus lamentos eran los de un animal herido, quejidos extraños, nada humanos.

Yo la observé desde el umbral, en silencio.

—¡Chorro! ¡Chorro! —gemía la niña. Era inoportuno corregirla, aunque Zorro nunca fue su verdadero nombre. En realidad, jamás pudieron nombrarlo.

No había razón para creer que esto no fuera mi culpa. Había subestimado a Maersen y su convicción de que yo había traicionado a nuestros hermanos. Matarme a mí, de seguro, le pareció un regalo.

—¡Aaaaah! —gritó la pequeña, ahogándose en su dolor. Bajé la mirada y noté que parte de la tierra se escurría por un lado de la mesa y caía al suelo.

Me acerqué a Faraine y me agaché a su lado para recoger el polvo del piso. Comencé a barrerlo con una mano y a sostenerlo con la otra, intentando evitar que se me escurriera entre los dedos.

—Lo siento… —susurré con el ceño fruncido. Tragar saliva me dolía.

La puerta a nuestras espaldas se abrió, permitiendo entrar una estela de luz que nos hizo voltearnos.

—Lummina. —Me puse de pie luego de dejar caer el polvo en el montículo.

La trono me acercó una botella de cristal, finamente tallada, hermosa en cada curva. Me la ofrecía para guardar a mi amigo.

Avancé a pasos lentos hacia ella.

—Siento mucho su pérdida, no creí que algo así fuera posible que sucediera… —Se calló cuando apoyé el brazo en el umbral y la miré desde arriba, aprovechando nuestra diferencia de altura.

—Sé que no hubieras podido evitarlo —espeté—, pero debiste haberme dejado a mí. Me drogaste y no pude hacerlo.

—Sí, perdón... —susurró bajando la cabeza.

—¡¿Perdón?! ¡Me drogaste y no pude ver la puta ballesta! —rugí sobresaltándola—. ¿Era un plan de ustedes dejar que lo mataran de esa forma tan absurda?

—¿Qué? ¡No! —respondió indignada, y dio un paso atrás para poder mirarme bien a los ojos—.

No. Te vi en medio de una crisis nerviosa y pensé que un poco de avarallana te calmaría.

No es una droga, solo es una hierba calmante.

Por supuesto que no creí ni en mi peor pesadilla que alguien lastimaría a…

Se quedó sin palabras para continuar.

—Murió sin un nombre. Adelante, ¿cómo le vas a llamar ahora? —solté con insidia. Ella mantuvo sus ojos fijos en los míos, aguantándose el manantial que estaba por derramar.

De pronto, las ansias de torturarla por los sentimientos que yo tenía dentro se disiparon, me despertaron de aquel egoísmo que me ahogaba. Suspiré y me dirigí a La Trucha, que seguía gimoteando de llanto.

—Ya, levántate —traté de decirle, pero no me hizo caso—. ¿De qué te sirve llorar por alguien a quien conociste tan poco tiempo?

Eso que había dicho, por alguna razón, la hizo llorar todavía más fuerte. Lummina negó con su cabeza en mi dirección, como si le hubiera preguntado algo, y se acercó a la querubina.

—Ya, pequeña. Te entiendo, él ha sido bueno contigo, ¿no es así?

Te ha cuidado, te ha hecho reír… —Su voz era maternal y dulce, tanto que la pequeña controló un poco su llanto espasmódico para mirarla.

Lummina acarició su cabello azul—. A veces duele el poco tiempo que conseguiste con alguien, pero duele aún más el que no has podido tener.

La trono le limpió las lágrimas y la abrazó con fuerza.

El tiempo que no has podido tener . Observé el montículo de cenizas con la mirada vacía. Era ridículo. Yo estaba a punto de marcharme del refugio y no volvería a verlo. No tenía sentido sentirme así de mal, pero en el fondo sabía que era mi culpa que él no tuviera más tiempo para vivir.

Sí, debía ser eso. Las ansias de vengarme.

—Maersen… ¿dónde está? —pregunté entre dientes.

Lummina me observó sin romper el abrazo con Faraine.

—Se ha ido. Incumplió la mayor regla dentro del refugio y ahora, por órdenes de Nylena, todos tenemos permitido acabar con él.

Era la primera vez que una regla del refugio me parecía perfecta.

i

Me quedé despierto toda la noche en el exterior de la montaña, observando el vasto paisaje de Lorelai que se extendía a la perfección ante mí, con una tenue iluminación de las estrellas.

Hacía un frío tortuoso, como siempre en Lorelai, y me habría calado hasta los huesos de no haber estado acostumbrado a él.

Dejé que Lummina se llevara a La Trucha, no sabía cómo lidiar con llantos infantiles.

Calyssa me habría azotado la cabeza hasta que parara, pero no creí correcto hacerle lo mismo a ella.

Sentía que un solo golpe podría desencajarle el cráneo.

Era pequeña y frágil, pero quizá el problema no era ella, sino yo, que me veía incapaz de dañarla.

¿ Por qué? Yo no era así .

Solo debía soportar un día más. Entonces podría marcharme de vuelta a lo que conocía y a todo lo que me hacía ser yo: sanguinario, duro, fuerte. Me daba vergüenza recordar mi pasado, mientras miraba de reojo la botella de cristal repleta de polvo.

Suspiré al sentir un aroma a orquídeas que el viento trajo hasta mí.

—Deberías estar durmiendo —le dije, llevándome la mano a la cabeza.

—Deberías estar durmiendo —repitió, sentándose a mi lado.

Me resultaba difícil ser yo mismo con esa criatura insoportable persiguiéndome. La voz de Lummina era la más dulce que jamás había escuchado, y era increíble lo mucho que aquello me molestaba. Deseaba arrancarle las cuerdas vocales para poder vivir en paz.

—Cyrone.

Reí con ironía.

—¿Qué pasa? —me preguntó. No fui capaz de mirarla para saber qué expresión tenía en el rostro.

Es que me haces querer que ese nombre sea mío solo cuando tú lo dices , pensé en contestarle, pero sería humillante. Quería, de verdad, arrancarle la voz.

No le contesté nada.

—Acostúmbrate a que te llame Cyrone, ¿de acuerdo?

—Llámame como te dé la gana. Me da igual, un nombre u otro es lo mismo. No cambia quién soy. Como dije, mi creadora no me ha puesto ninguno. ¿De qué me sirve un nombre dado por una desconocida como Nylena?

Ella me observó un rato en silencio, hasta que volvió a hablar con su vocecilla insoportable.

—El nombre lo he escogido yo…

En ese momento, no pude sino mirarla a los ojos.

—¿Tú?

—¿No te ha gustado? Lo he pensado desde que te conocí.

Ni siquiera supe qué responder a eso.

—El último querubín en quedar en pie —repitió.

—Es hasta trágico —suspiré, intentando controlar el calor que me invadía a pesar del frío gélido que reinaba—. El último en pie cuando todos han muerto. Puf, eso suena muy solitario.

Lummina puso un rostro tan, tan triste, que quise retirar lo dicho. Ella volvió a mirar al frente.

—Pues te ha gustado el nombre que te ha puesto esa humana... ¿por qué el que yo te he dado no? —Bajó las orejas.

Carraspeé descolocado.

—No he dicho que no me guste. —Miré hacia otra parte e intenté mantenerme quieto.

Un recuerdo fugaz de El Zorro hizo eco en mi pensamiento y miré con fastidio la botella. De seguro me estaría reprochando por la pregunta que estaba a punto de hacer.

—¿Por qué te ha jodido tanto que esa humana se me acercara?

Se tomó un momento para contestar, sin apartar su mirada del horizonte.

—Pues me parece indebido que un ángel utilice su belleza para seducir a un humano.

—Para tu información, Lummina, la que ha intentado seducirme ha sido ella.

—Eso da igual. No debes caer ante los instintos carnales humanos. Eso es una vulnerabilidad para nosotros, los ángeles.

La conversación había tomado un giro inesperado, pero no pude evitar soltar lo primero que se me ocurrió.

—Pero cuando se trata de Nylena y de ti, ahí sí está permitido, ¿no?

Lummina me observó boquiabierta, y yo evadí su mirada.

—Nylena y yo no... Bueno, quizá, tal vez sí. Es que tú no me vas a entender. Mira... Cyrone, es que ella y yo... No... —Suspiró, nerviosa.

—Están enamoradas —completé.

Cuando me giré hacia ella para ver su reacción, sonreía hacia la cordillera de Lorelai.

—Adoro a Nylena. Ella ha dado todo por mí, y yo por ella.

Somos las mejores amigas, almas gemelas, una de la otra.

Nyl ha creado este refugio solo por mí, porque le conté cómo sería mi mundo perfecto y ella se ha esforzado por dármelo, solo por amarme.

Si su manera de quererme la ha llevado a abrazarme y besarme, entre otras cosas humanas, ¿por qué iba a rechazarla? Es mi salvadora.

—¿Y a ti te gusta hacerlo?

—Pues... no me molesta —dijo Lummina—. Esto es lo mínimo que haría por ella. Podría morir si me lo pidiera.

No la entendía en lo más mínimo.