12
E sa misma tarde, a solo tres días de huir del refugio, me sorprendí de lo fácil que había sido hacerle creer a Lummina que me sentía cómodo allí, con ella.
Cómo le había hecho bajar la guardia, insinuándole que quizá me divertía, que estaba cambiando para bien.
Que su presencia y su afecto me estaban transformando.
Solté una risa contenida ante la idea. Las ansias de escapar, de traicionar a la gente de la montaña, me ardían bajo la piel.
No sabía si era la lealtad que Calyssa me había impuesto o el miedo que me atenazaba por estar demorando tanto en irle a revelar el escondite de los querubines.
Pero mientras más pensaba en hacerlo, más insoportable se volvía la necesidad de cumplir con mi juramento.
No tenía la menor intención —ni motivos— de mantenerme leal al refugio. Nylena y Lummina no podían deshacer la maldición que la serafina de la tierra había dictado sobre mí. No me servían de nada. Volvería, sin falta. Solo tres días, y regresaría al Valle de la Tierra.
El Zorro entró en el cuarto donde cumplía una de las tantas labores secundarias del refugio.
Era ridículo; me habían asignado la misión de revisar el estado de los catres de las habitaciones y anotar en mi libreta si estaban en condiciones.
No voy a negar que la idea de romperlos todos y decirles que ninguno servía me rondaba la mente, pero me contuve, porque eso también implicaba romper el mío para no quedar en descubierto.
—Viejo, me estás evitando.
Me giré en su dirección con la libreta en las manos. No tenía tiempo para el drama.
—Quizá tú me evitas a mí —le respondí tranquilo.
—Pues quizá sí, viejo, ¿y cómo no? Lo que vimos fue del todo incómodo. Yo no sabía que lady Lummina y madre Nylena tuviesen ese tipo de relación —me dijo, mientras se sentaba en uno de los catres, que rechinó con su peso—. Sabía que madre Nylena la amaba, pero vaya, ese es un amor muy… humano…
Lo observé con una ceja alzada y procedí a anotar en mi libreta que ese ejemplar estaba defectuoso.
—Me da igual.
—Oye, está bien admitir que no te da igual. Yo he vivido con un corazón roto toda la vida. Es la parte humana que todavía tenemos con nosotros.
No contesté nada, no hacía falta. El Zorro no tenía idea de la fortuna que tenía al haber nacido en el linaje del aire. En cualquier otro, esa humanidad era succionada hasta la última gota. Yo no la tenía, y cuando creí que me quedaba una pizca, resultó ser una ilusión ridícula.
La puerta se volvió a azotar contra la piedra al dejar entrar a una tercera persona. Una «trucha seca» que, de hecho, yo evitaba mucho más que al mismo Zorro. La niña corrió hacia mí y se abrazó a mis piernas. Suspiré de disgusto.
—Ella te quiere, Cardillo, no seas así.
—¡Quiere! —gritó la querubina, muy de acuerdo con esa afirmación.
—Para lo último que tengo tiempo es para cuidar niños.
—¿Sabes para qué tendrás tiempo esta noche? —me preguntó El Zorro, alzando las cejas de manera frenética.
En cualquier otro contexto, habría creído que me diría un disparate; sin embargo, sabía a la perfección a qué se refería. A esa estúpida ceremonia que yo había logrado reducir la última ocasión: nos nombrarían por primera vez.
—Da igual el nombre que pretendan darme, no lo aceptaré.
Me di la vuelta para bajar al siguiente cuarto, pero la rodilla me pesó el triple cuando Faraine se aferró a ella. El Zorro soltó una carcajada y se levantó como si lo estuviera invitando a seguirme.
—¡Oh! ¡Ya veo, ya veo! ¡Te acostumbraste a Cardillo! Aunque, la verdad, no te pega mucho, viejo. Pero, para serte sincero, yo también le he cogido cariño al nombre de El Zorro —gritó, eufórico, mientras me daba pequeños empujones para salir de la habitación.
Al cruzar el umbral y entrar en el pasadizo del refugio, me topé de frente con Maersen.
Se detuvo un instante, sus ojos me recorrieron de arriba abajo, y luego, bajando la cabeza, continuó su camino.
Solté el aire que había contenido, no lo había visto en todo este tiempo.
El cobarde debió de haber recibido un castigo terrible a manos de Nylena, como para rendirse con tanta facilidad.
Quizá se dio cuenta de que su venganza no tenía principio ni fin, carecía de sentido porque no podía herirme más de lo que ya estaba.
Pero me guardé ese pensamiento antes de salir, arrastrando a Faraine y a El Zorro como si fueran mi propia sombra, para continuar con mi tarea.
i
El salón pleno del refugio se llenó de nuevo, y entre aquel público de ángeles ruidosos y toscos, sentí cómo se reabría mi herida, empapando el ridículo uniforme negro que nos habían dado para la ceremonia de nombramiento.
Llamé la atención tal como temía, y El Zorro, siempre el menos discreto, me lanzó una mirada de horror.
—Oh, viejo, te estás manchando el uniforme.
—Gracias por avisarme —respondí, con una mano en la cara.
Él procedió a colocar su mano también, haciendo presión como si de esa forma pudiera ayudar a la coagulación. No le importó mancharse, lo que me pareció noble, pero inútil a la vez.
—Parará más tarde, en una hora más o menos.
—Pero no puedes subir al escenario embarrado de sangre —susurró espantado.
—Claro que sí. Mírame —murmuré de vuelta cuando todos guardaron silencio.
La ceremonia de nombres comenzó, y yo me desconecté por completo. Perdí el hilo desde la primera palabra de Nylena. Solo esperaba que todo fuera breve y que me dejaran ir a dormir cuanto antes, para que un día menos me separara de la fuga. Las ganas de escapar me carcomían.
Mientras crecíamos, los querubines desarrollábamos otros sentidos inexplicables, incluso serafinescos.
Entre ellos estaba el poder de detectar energía.
Nada transmitía más energía que la mirada.
Por eso giré hacia mi izquierda y, al fijarme bien, noté a Maersen observándome desde la distancia.
Seguro que estaba enfadado. Pronto sería nombrado, a pesar de su fallido intento de matarme.
Al fin, al igual que él, yo también obtendría un nombre.
Ese pensamiento me arrancó una risa de satisfacción. Entonces la energía de la mirada de El Zorro me golpeó. Al observarlo, sentí su juicio.
—¿Te da risa estar desangrándote?
—No le des tanta importancia. —Rodé los ojos—. No duele en lo absoluto.
Sí, dolía, pero era un dolor que solo me provocaba cosquillas.
Cuando tuvimos que movernos de nuestros lugares y ubicarnos donde se esperaba, los recuerdos más desafortunados volvieron a mí.
Subir a un escenario, con una luz que apenas me permitía ver al público, me transportaba directo a cuando mis hermanas querubinas me observaban de pie con un machete en las manos.
Muchas veces estuve de espectador, imaginándome lo doloroso que sería perder las manos antes de la cabeza.
Agradecía al cielo, a Catarbella y a Eryndra que, mientras veía a los niños arrodillarse, ese destino no fuera el mío.
Todavía era un querubín, pero deseaba estar vacío como un serafín.
En aquel galpón, el miedo me estaba provocando una taquicardia, y no ayudaba el estar cubierto con manchas de mi propia sangre, mientras múltiples miradas curiosas se clavaban en mí.
No era bueno controlando la respiración cuando algo extraño palpitaba en mi pecho, retumbando, molestando.
Quería arrancármelo, aunque sabía que no podría vivir sin él.
Cerré los ojos y me centré en la voz de Nylena, que atraía a uno de los querubines al frente.
—Pequeño, tu mirada lo dice todo. El melvek dai nos, kle no ge . «El que siempre teme, pero nunca corre». Te llamarás Kleno.
Los querubines aplaudieron, y un escalofrío recorrió mi espalda. Sentirme de nuevo en el Rito de la Aniquilación me hizo tragar con dificultad. Mantener los ojos cerrados solo empeoraba la sensación. Apreté los dientes con fuerza y fruncí el ceño para no desbordarme.
Cuando el siguiente fue adelante, tuve que mirarlo.
Sus pasos estrepitosos sonaban como si estuviera siendo encaminado, empujado, tal como los querubines eran forzados a su ejecución.
Al verlo parado frente a mí, de pronto lo imaginé arrodillado y sentí la urgencia de mover un machete.
Había practicado después de aquel día, ahora podía hacer cortes limpios, rápidos, indoloros.
No sabía si lo lograría, pero quería intentarlo.
Apreté el puño para contener las ansias.
No… no lo van a matar, no necesito matarlo.
Solo lo nombrarán. No estoy en el Rito de la Aniquilación, estoy en una ceremonia de nombres .
Mi sangre se seguía escurriendo. El Zorro, que estaba a dos hombres de distancia de mí, se asomó para mirarme, preocupado.
—Viejo… —susurró.
—Shh —siseé para que no llamara la atención.
—Ojos rojos como la flor de Grisentia, vol nes tanke . Te llamarás Tannes.
Ese aplauso aterrador resonó de nuevo. Y entonces, cuando menos lo esperaba, unos dedos se clavaron con fuerza en mi cuello desde atrás. Me giré alarmado, y allí estaba ella, observándome con una concentración que parecía atravesarme.
El corazón se me aceleró aún más. Lummina negó con la cabeza y sacó de su vestido largo —que de algún modo tenía bolsillos— un pañuelo que acercó a mi boca.
Este se embarró con sangre y, sin embargo, el aroma entró en mí sin que pudiera evitarlo.
No pude impedir relajarme, sentir que mis manos dejaban de temblar y que el tambor en mi pecho, que me latía hasta en la cabeza, recuperaba su ritmo normal.
Suspiré atontado cuando ella lo quitó de mi rostro y volvió a colocar sus dedos en mi cuello. Asintió con una sonrisa y retrocedió.
Me quedé observándola, incapaz de tomar las riendas de mis acciones, producto de la inusual calma que sentía. ¿Era medicinal? Debía ser obra de algún querubín de la tierra, quizá una hierba, una planta con propiedades sedantes. De cualquier forma, lo agradecía.
—Cardillo —me llamó Nylena. Sabía que no le agradaba demasiado, pero aun así estaba dispuesta a nombrarme.
Era muy buena, sin lugar a duda. Tal vez era el efecto sedante, pero no me importó sumarme al revuelo y pararme frente a ella. Incluso me vi capaz de sonreírle, pero no lo hice.
Nylena de seguro notó mi mancha de sangre y eso le provocó una leve impresión. Aun así, meneó la cabeza y regresó a la solemnidad de la ceremonia.
—El último querubín en quedar en pie. De querb in Cyr sol ne . Tu nombre será… Cyrone.
No me negué a ese nombre mientras estaba bajo el efecto del calmante. Asentí y recibí aplausos. Volví a mi lugar y alcancé a ver a El Zorro vitoreando y rebosante de alegría. Y entonces no pude contenerme: le devolví la sonrisa. A él, de todos, sí quise sonreírle.
De pronto, el refugio ya no me parecía tan malo. Calyssa nunca se había dignado a nombrarme, y poder apreciar la belleza de Lummina era una especie de motivación para seguir trabajando en labores absurdas, junto a personas un tanto excéntricas, pero que no lastimaban a nadie.
Diosa Eryndra … Estaba muy drogado. Al pensar en ella, miré a la trono sin disimulo, y ella lo notó de inmediato. No estuve seguro de si le sonreí o no, pero ella soltó una pequeña risilla al verme.
Después de dos aplausos, era el turno de El Zorro, quien avanzó esperanzado hacia el frente del escenario.
Cuando eso ocurrió, el efecto sedante comenzó a disiparse.
Odiaba que durara tan poco, porque, aunque me encontraba en calma, ya no sentía tanta felicidad.
Extrañaría el nombre que yo mismo le había puesto, pero acepté que Nylena lo nombrara. Al final, ese era uno de sus sueños.
La serafina del aire lo observó con orgullo. Seguro que era uno de sus querubines preferidos, y era imposible que fuera de otra manera. Incluso a mí me caía bien.
Lo primero que noté fue que la sonrisa de Nylena se distorsionaba.
Debía ser el efecto de la droga, ¿no? Ese que me hacía alucinar con El Zorro siendo derribado por una flecha plantada en el lado izquierdo de su pecho.
Los gritos de los querubines, sin embargo, no los estaba imaginando.
A Maersen parado en el público con una ballesta, tampoco.
El querubín de la tierra había atacado a El Zorro, pero solo me miraba a mí.
Me percaté de que no estaba imaginando nada y que, de verdad, el querubín del aire estaba tendido en el suelo tras haber caído como un muñeco inerte.
Tenía los ojos abiertos, sangre en la boca y un poco más derramada en su pecho.
De una forma lamentable, pude diferenciar la suya de la mía a la perfección, aquella que lo había manchado cuando él había intentado cerrar mi herida.
¿Por qué? ¿Por qué?
En serio, ¿por qué?
No lo entiendo.
Estoy harto. Estoy jodidamente cansado.
¿Por qué a mí?
Una vez... otra vez... y otra...
Y otra más...
No puedo más.
Cardillo