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F ui derribado por una de las dos espadas implacables con las que Lummina cortaba el aire como si quisiera partirlo en dos.

La montaña en la que entrenábamos era tan alta que, al estrellarme contra el borde, alcancé a vislumbrar mi propia muerte en el abismo que estuvo a punto de tragarme.

Por milésima vez, me vi en el suelo. Exhausto, con el cuerpo adolorido y las extremidades cargadas de moretones aún no formados, apenas podía moverme.

Sin embargo, la trono me observó con esa severidad que le era natural y, sin concederme respiro, me instó a levantarme una vez más.

—Arriba, Cardillo —me ordenó con dureza. Levanté la cabeza del suelo con el cabello enredado por el viento.

Por la forma en que me hablaba, tan seria y despreocupada, quedaba claro que Nylena no le había contado nada sobre lo ocurrido el día anterior, cuando la había espiado.

Aproveché que tampoco podía leerme para ahogar las preguntas que me devoraban por dentro: ¿ qué vínculo tienes con ella?

, ¿cuánto tiempo pasas a su lado?, ¿por qué pareces tan suya? ¿Por qué, por qué, por qué ?

Al incorporarme, las piernas me temblaban, como si suplicaran un descanso.

Aun así, alcé la espada frente a mí. No estaba acostumbrado a las armas humanas ni al peso extraño que cargaban.

En cambio, Lummina sostenía dos con la misma naturalidad con la que otros levantarían una pluma, cruzándolas frente a su pecho como una imponente cruz de acero.

Sus brazos, aunque esbeltos a simple vista, revelaban la tensión de sus músculos firmes que se le dibujaban bajo la piel cada vez que apretaba el agarre.

Cuando dio un paso hacia mí para embestirme, mis dedos, entumecidos y sudorosos, soltaron el mango sin querer.

La espada se precipitó al suelo, arrastrando un chirrido metálico contra la tierra.

Un suspiro se me escapó entrecortado antes de que mis rodillas cedieran y se clavaran en el suelo.

El sudor me corría por la frente y me nublaba la vista.

Ella, en cambio, permanecía erguida frente a mí.

—Arriba. ¿Qué haces? No hemos terminado —espetó, tendiéndome la mano para ayudarme a levantar.

Me quedé mirándola sin moverme, con los hombros subiendo y bajando por el agotamiento.

—Diez horas seguidas de entrenamiento al día… —resoplé entre jadeos—. ¿Te parecen normales?

—Lydia me hacía entrenar catorce —replicó sin inmutarse, clavando las espadas en la tierra—. Como sea. Te daré quince minutos de descanso.

Alcé ambas cejas al mirarla.

—Las mujeres están locas… y mientras más poderosas, peor —murmuré, dejándome caer de espaldas.

—¿Cómo dijiste? —preguntó entre dientes.

Me quedé mirando el firmamento con los brazos abiertos, dejándome cubrir por él como si fuera una inmensa manta de nubes. Si cerraba los ojos, me dormiría.

—Que las más locas de todas son las serafinas… —contesté con sorna tras recuperar un poco de aire—. No conozco a Eryndra, pero si las serafinas ya son así de insoportables, ni quiero imaginar lo que hace una diosa.

Lummina no dudó. Dio un salto y cayó sobre mí, firme, con los pies a cada lado de mi torso. Su sombra me cubrió y su rostro, helado como un filo, se inclinó hacia mí.

—Atrévete a repetirlo.

Por supuesto, había rozado a su adorada Nylena y no iba a tolerarlo. El recuerdo de cómo se habían acercado el día anterior me ardía en la sangre. Fruncí los labios, conteniendo la rabia, y la miré fijo.

—Las serafinas… son unas desquiciadas de mierda —escupí con desprecio.

Se quedó inmóvil, tan seria que parecía que hasta sus gestos se habían congelado.

Contrario a lo que esperaba, no descargó sus golpes sobre mi rostro. En lugar de eso, se deslizó a un lado y volvió a darme la misma orden de antes.

—Arriba. Pelearemos sin espadas.

—¿Y mis quince min...? —intenté protestar, incorporándome un poco con los codos apoyados en el suelo.

—¡Arriba! —rugió.

Al obedecer, mis piernas ardieron como hierro al rojo vivo. La capucha de piel de lobo que llevaba por el frío me pesaba más que nunca, aplastando mis hombros con cada movimiento.

—Haré que te arrepientas de haber hablado mal de mi madre —dijo, tronando los dedos frente a mí como si anunciara una tormenta.

A diferencia de lo que ocurría con las armas, Lummina jamás había logrado vencerme en un entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo. Pero ahora me encontraba exhausto, maltrecho y con hambre… mucha hambre. Por primera vez, vislumbraba la posibilidad de perder.

—Espera… —dije. ¿ Había nombrado a su madre ?

Antes de que pudiera preguntárselo, dio un giro rápido y su pierna voló hacia mí.

Apenas logré esquivarla, recibiendo solo el roce de su zapato.

Sin perder el ritmo, usó los brazos para impulsarse, se puso de cabeza y me lanzó una patada directa a la quijada.

Caí hacia atrás, desconcertado. ¿Le molestaba que hablara mal de Lydia y no de Nylena? Eso no me lo esperaba.

Decidí tomar el control y vaciar mi mente.

Cuando intentó plantarme un puñetazo, atrapé su mano y la doblé lo suficiente para que doliera, lo justo para debilitarla.

La levanté sobre mi cuerpo y la dejé caer con fuerza contra la tierra.

Su cabeza y espalda golpearon la superficie con un impacto seco.

Solo cuando la vi con la mirada perdida, tosiendo un par de veces, me di cuenta de que me había excedido.

—Lu… Lummina —tartamudeé aterrado—. Mierda, ¿estás bien?

Me miró como si estuviera en otro mundo, como si mis palabras no existieran. Apreté los dientes y, con un hilo de miedo, traté de ayudarla a incorporarse, pero su peso era tan firme que parecía que estuviera muerta.

—Déjame —dijo, con la respiración entrecortada.

—Lo siento… lo siento, Lummina —repetí—. Soy un imbécil.

—Sí que lo eres… —susurró, y con cuidado logró sentarse—. ¿Cómo pudiste insultarla? Mi madre me entrenó para cuidarme sola. Me adoraba, nunca lo hizo para hacerme daño.

—No volveré a hacerte daño. No volveré a tocarte —respondí, sin procesar del todo sus palabras.

—Estoy bien —dijo, poniéndose de pie con una naturalidad que me dejó sin palabras, como si nada hubiera pasado.

La vi caminar con una despreocupación que me hizo tragar saliva. Sentí un nudo en la garganta.

—¿No deberíamos llevarte con el curandero del refugio? —pregunté—. Tal vez puedan decirte si estás bien. Te golpeaste muy fuerte en la cabeza…

—Escucha… Lydia es estricta, incluso fría a veces, pero creó un paraíso para mí desde que nací hasta que me coronaron trono.

La miré con los ojos bien abiertos, sin poder creerlo. La había roto, la había descompuesto; ahora no podía dejar de hablar de Lydia.

—¡Me importa un carajo Lydia! ¡El curandero…! —grité, hasta que me interrumpió con un rugido.

—¡Estoy bien, Cardillo!

No pude ignorar las lágrimas que surcaban sus mejillas, traicionando sus palabras.

Me quedé en silencio, observándola. El golpe no había sido nada; algo más la perseguía en ese momento. Rodeé las espadas, me acomodé sobre una roca cercana y le permití seguir hablando. Se sacudió las lágrimas con un gesto casi distraído.

—Las serafinas no son tan malas como crees —dijo, y por un instante su voz parecía ligera, confiada.

Sonreí con melancolía. Intenté recordar algún momento en que Calyssa no hubiera sido tan cruel como yo creía, pero no encontré ninguno. Cada memoria era peor que la anterior.

—¿Sabes que Lydia cree que he muerto? —continuó, con una emoción cercana al orgullo y familiar a la culpa—.

Fingí mi muerte para que me dejara ir del Abismo Estelar.

Me dijeron que cuando me marché ella perdió su iridia.

Ahora tiene los dedos ennegrecidos… Le hice tanto daño.

—Su voz se quebró y volvió a espantar un par de lágrimas.

—Pero ¿por qué hiciste eso? —pregunté, intrigado de verdad. Parecía casi adorar a su madre—. Si no estás mintiendo, se supone que deberías estar junto a ella en este momento.

Me miró con una expresión que combinaba ironía y cansancio, y por primera vez sentí que podíamos compartir la verdad sin necesidad de espadas ni golpes. La tensión se suavizó un poco, y por un instante me resultó extraño sentirme cómodo a su lado.

—Ella me traicionó —dijo, y su voz se quebró—.

No quería que creciera sola, así que creó tantos querubines y querubinas como fueran necesarios para que me sintiera querida y acompañada, para que creciera contenta y fuerte.

Pero cuando me convertí en lo que siempre había soñado, el día después de mi coronación como «trono del cielo», aniquiló a todos los varones y dejó con vida solo a las niñas.

Y yo… yo los quería tanto. No podía entender cómo mi madre había podido hacer algo así.

De pronto, la razón por la que Lummina cuidaba a los querubines del refugio y los salvaba de la muerte comenzó a cobrar sentido.

—Mis hermanos… aún recuerdo el miedo en sus ojos cuando la madre que les dio tanto amor los asesinó con una sonrisa. Todo frente a mí.

Lummina temblaba. Me quité la capucha de piel y se la lancé encima. El manto la envolvió por completo, transformándola en un pequeño montículo. Cuando al fin asomó la cabeza por la abertura y me miró, se echó a reír.

Se veía… graciosa. No pude evitar reír también.

—Esto pesa un montón —se quejó, enredándose en la tela como una anciana torpe.

—La elegí por eso. Hoy he decidido dejarte ganar —dije, ladeando la cabeza.

—Sí, por supuesto —respondió mientras alzaba una ceja.

Se secó las lágrimas y se incorporó, lista para marcharse.

—El entrenamiento ha terminado por hoy, Cardillo. Ayúdame a guardar las armas en la bóveda… —dijo con firmeza, aunque un dejo de cansancio aún se filtraba en su voz.

Noté que llevaba la capucha colgando de los hombros y rodé los ojos. Me acerqué por detrás y levanté el peso de la piel para colocarla sobre ella. Se volteó en mi dirección, sorprendida.

—Así es como se lleva esta capa —murmuré.

Sin añadir nada más, empecé a desclavar las espadas de la tierra, para después llevarlas a una cueva a un costado de la cima de la montaña.

Mientras caminaba, no podía dejar de pensar en lo que había dicho: Lummina perdió a seres que significaban todo para ella…

y eran querubines. Los quiso, los respetó…

—¡Cardillo! —gritó desde arriba.

Me asomé para atender a su llamado.

Entonces se quedó congelada, como solía hacerlo cuando algo la sorprendía. Se mantuvo unos instantes atrapada en sus propios pensamientos. Sacudió la cabeza para responder, tratando de recomponerse.

—Este… has… ¿has visto la ballesta? La he perdido —dijo, tocándose el cabello.

Le sonreí con la mitad de mi boca.

—No me sorprendería que hasta la ballesta haya pedido un día libre de ti —contesté, dándome la vuelta.

Sentí un golpecito en la cabeza y sonreí. Me había lanzado una piedrecilla.