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—H e visto a Neblina hoy —me contó El Zorro una vez que volvimos al refugio y desarmamos el equipaje—. Me ha ignorado por completo. Ahhh, se veía tan linda.

Tras su insistencia, acepté ocupar un catre en la misma habitación del refugio. Aunque su voz me irritaba, sus conversaciones me resultaban divertidas.

—Si te ignora y, según lo que me cuentas, te desprecia, ¿por qué solo hablas maravillas de ella?

—Es obvio, viejo, porque sus virtudes y belleza no tienen nada que ver conmigo. ¿Te imaginas que me pusiera a inventarle defectos solo porque no me toma en cuenta?

—No se trata de inventarle defectos, pero… A ver, trátala como ella te trata a ti —le sugerí, mientras calentábamos la sopa del almuerzo en un pequeño fogón que El Zorro robó del área común… o como él diría, que «tomó prestado sin permiso».

—Es imposible, Cardillo. La miro y me desarmo.

El querubín hizo un gesto como si le hubieran disparado directo en el pecho.

—No tienes remedio —resoplé.

La conversación con El Zorro fue mutando, deslizándose por temas triviales, desde el sabor de la sopa hasta el origen de las barandillas del refugio y por qué los emisarios nunca volvían a ser vistos por nadie más.

Respecto a esto último, el querubín perdió el aire ante mi teoría: Eryndra los cazaba.

Claro, si no, no tendría sentido que desaparecieran de la faz una vez cumplieran los veintiún años.

Lorelai era grande y vasto, pero no tanto como para perderlos a todos.

El Zorro, por supuesto, era bastante más optimista.

—Yo creo que encuentran una aldea humana y se casan con una mujer… o un hombre, no juzgo. Luego renuncian a su labor de ser ángeles.

—Para ti todo es tan novelesco —me reí mientras sorbía la sopa—. Por cierto, eso está prohibido, ¿no?

—¿El qué?

—El que un ángel esté con un humano.

—¿Con «estar» te refieres a aparearse o a amarse?

—Qué sé yo. ¿Ambos?

—¿Y por qué estaría prohibido?

En ese instante le conté sobre lo ocurrido en la posada a la que había ido a parar esa misma tarde, el cómo se me había acercado Ellie y cómo, por supuesto, Lummina se había enfadado hasta el punto de ponerse histérica.

—¡¿En serio?! Viejo, ¿me estás diciendo que se volvió loca? —exclamó, escapándosele sopa de los labios.

—No exageres. Digamos que se ha puesto muy nerviosa, sí.

El Zorro dejó el plato de manera melodramática a un costado, mirándome con los ojos bien abiertos.

Me jaló del brazo, salimos de la cueva y, por consiguiente, de la montaña del refugio.

El viento gélido nos azotó. Cuando El Zorro quiso cruzar el puente, lo detuve sosteniéndolo de la ropa.

Primero, no entendía por qué habíamos abandonado el cálido lugar donde cenábamos, y segundo, creía que sería demasiado peligroso para él cruzar sin práctica.

Yo era combatiente y estaba acostumbrado a cruzar por ese intento de puente hacia la montaña de enfrente.

—Te quieres matar —afirmé, pero él lo negó como si se lo estuviera preguntando—. Zorro, basta. ¿Para qué quieres ir allá? ¿Qué tienes en la cabeza ahora, aparte de mierda?

El querubín, sin embargo, no me hizo caso y subió al puente sin barandillas.

Me miró y empezó a andar de espaldas para burlarse.

Los nervios provocaron que se me revolviera el estómago.

No entendía si éramos amigos, pero por lo menos podía decir que en ese momento me importaba si se caía y se partía la cabeza en el precipicio.

—¡Vamos, Cardillo, a la montaña de enfrente!

No quería seguir su estúpido plan, pero sin más remedio me subí al puente tras él. Las ráfagas de viento me desequilibraron al segundo y tercer paso. Al cuarto, tuve que agacharme para afirmarme con las manos.

—¡¿Para qué quieres cruzar a la montaña de enfrente?!

—¡Vamos a ir a ver a lady Lummina! —me gritó, ya a varios metros de distancia.

—¡¿Qué?! ¡¿Para qué?!

El Zorro se detuvo y al volverse para mirarme parecía una pintura, con las ráfagas de viento haciendo bailar su ropa por completo.

—¡Para que le pidas perdón por haber estado a punto de besar a otra mujer!

Negué con la cabeza, tambaleándome; casi caigo de la impresión. Todo lo que rodeaba esa idea era absurdo.

—Yo no he… Yo no quise… ¡¿Por qué tendría que pedir perdón por eso?! —terminé por decir.

—¡Porque ella es la niña de tus ojos!

El viento nos balanceó a ambos, emitiendo un zumbido ensordecedor.

—¡¿De qué hablas?! ¡No estoy para estupideces! ¡Volvamos ya!

En el instante en que me negué, el viento se detuvo por completo. El silencio fue tan inquietante que me quedé boquiabierto cuando El Zorro se acercó lo suficiente para susurrarme. No pensé que tuviera tal control sobre su propio poder.

—Cardillo, si lo que me has dicho es cierto, tienes una oportunidad con ella.

—No me metas en tus fantasías patéticas, ¿quieres? En mi mundo los hombres y las mujeres son enemigos acérrimos. Las querubinas y, por supuesto, las tronos nacieron para odiarnos.

—E incluso si fuera así, ¿no te removería el alma enterarte de que una criatura como esa te quiere?

Cuando miré detrás de él, me percaté de que las plantas que se aferraban a la montaña más alta todavía se mecían con fiereza. Entonces supe que El Zorro nos había encapsulado en una burbuja de aire, donde el viento no nos rozaba en lo más mínimo.

Me fruncí hacia él y negué con la cabeza.

—Me vale mierda, Zorro.

—Lummina sube todas las noches a la montaña más alta y asciende hasta una de las nubes. Desde ahí, genera polvo de estrellas y lo derrama por Lorelai para llenarlo de color.

El Zorro miró hacia el cielo, apuntando y sacudiendo mi hombro, como si no pudiera ver por mí mismo las auroras de colores que se formaban en la noche. Era, sin duda, bello.

—¿Has tenido la oportunidad de tener algo tan hermoso como esto? —me preguntó cuando notó satisfecho que mis ojos se iluminaban.

—¿Cómo nos subirás hasta arriba?

El Zorro volvió a apuntar hacia la cumbre de la montaña donde entrenábamos con Lummina.

—La altura es aliada de los querubines del aire. Mientras más alto nos hallemos, más fácil se nos hará elevarnos.

—¿Me vas a llevar en brazos? ¡Ja, ja, ja! ¿Y si yo te lo hago difícil y me atraigo al suelo?

Esto empezaba a parecerme divertido. El viento reanudó su movimiento y El Zorro saltó, pisando el aire mismo, de una forma parecida a la que lo hacía Lummina.

Sentí una especie de envidia al verlo caminar tan despreocupado.

—Ah, maldita sea. Maldito poder inútil de la tierra.

Lo perseguí hasta la montaña, avanzando con cuidado sobre el puente de piedra, midiendo cada paso y esforzándome por mantener el equilibrio sobre las piedras irregulares.

Cuando escalamos hasta el punto más alto, las auroras boreales se hicieron más inmensas, más intensas y, por supuesto, más tenebrosas. Miré hacia arriba, y la idea de que esa montaña se haría pequeña me aterrorizó. ¿Qué hacía un querubín de la tierra persiguiendo el cielo?

Lo supe todavía menos cuando El Zorro me tomó de los brazos y me levantó como si fuera una pluma, como si nunca hubiera sido grande en mi vida.

Exhalé un aire que pareció elevarme más rápido; extrañé la tierra tierna recibiendo mi peso.

Quise volver cuando me atreví a mirar hacia abajo y la montaña era una ridiculez que podía medir con los dedos.

Mierda, mierda. ¿Cómo no iba a tenerle miedo a las alturas?

En el instante en que menos lo esperaba, me detuve en el aire y, de pronto, mi estúpido deseo se hizo realidad. Estaba regresando al suelo con toda la fuerza de mi caída, y comencé a odiar al Zorro, que reía enérgico desde arriba.

Sin embargo, incluso cayendo no pensé que me había soltado para matarme.

Esa confianza no la hubiera tenido por nadie más.

Reflexioné solo un poco cuando, de pronto, caí sobre un espacio blando, denso, pero que no se resistía a que yo lo hundiera con mi peso.

Era incómodo, como estar en un colchón demasiado fácil de atravesar.

Incluso, si usaba mi fuerza para apuñalarlo, lograba ver mi mano al otro lado.

—¿Te maravillan las nubes, Cardillo? —me preguntó, aterrizando a mi lado.

—¡Te odio! —Me levanté con torpeza sobre la plataforma gelatinosa—. ¡¿Cómo has podido dejarme caer?!

—Sería el peor de todos si no te permitiera sentir lo que es el aire. Lo que es la nada, estar en la nada, no tocar nada. ¡Cállate!

—¡No he dicho nada! —El Zorro se me acercó y me dirigió la cabeza hacia un lugar en concreto arriba, en diagonal a mi derecha.

Ahí, en la distancia, había otra nube, o lo que parecían ser resquicios de esta, pues desaparecían y se formaban con cada uno de sus pasos. Encima de ella, se erigía una figura tan grácil que parecía bailar junto a su vestido y cabello, ambos moviéndose en perfecta sincronía con sus brazos.

Su silueta era todo lo que se veía tras las luces etéreas que dejaba tras de sí.

Cada aurora se deshacía en pequeños fragmentos que luego se derramaban en el cielo de Lorelai, marcando un camino de luz.

El porqué lo hacía danzando era un enigma, pero creía oír, en una baja frecuencia, su melodiosa voz trazando un tarareo.

—Lummina era la querubina favorita de Lydia, la serafina del cielo —me contó El Zorro, tan embelesado como yo—. Dicen que ella renunció a su puesto. Es una locura, porque se adoraban la una a la otra. Me pregunto qué habrá pasado.

—¿Con la favorita te refieres a...? —Me costaba hablar y, a la vez, presenciar aquel espectáculo.

—Sí, a que ella era la elegida por Lydia para ser la próxima serafina del cielo, Caelum.

—Pero ¿y qué pasó? —pregunté mientras veía la lluvia de estrellas entremezclarse con las auroras pintadas a la perfección. Nunca había visto nada que combinara tan bien.

—¿Crees que, si de verdad lo supiera, no vendría a contártelo en un segundo?

—Cierto, tienes razón, eres un bocaza.

No oí las quejas de El Zorro después de mi sutil insulto.

Me quedé prendido de lo blanca que la trono lucía con lo que parecía ser su acto final.

Mi compañero querubín se cubrió los ojos cuando el resplandor fue tan intenso que, de verlo directamente, nos habríamos quedado ciegos.

Aun así, me esforcé por mirarla, por no perderme un centímetro de ella y de lo que hacía, de lo que era, de lo que pretendía.

—Eres un ambicioso, Zorro —le susurré cuando Lummina acabó su espectáculo estirando una de sus piernas, en una posición magistral—. Eres un ambicioso, esa chica jamás podría ser mía.

—¿Qué has dicho? —insistió el querubín, puesto que mi susurro había sido casi inaudible.

Contrario a lo que esperábamos, no estábamos solos junto a Lummina. Una cuarta persona se hizo notar, aplaudiendo al final del baile. La trono se reverenció y sonrió alegre, dando pequeños saltitos hacia otra hermosa mujer que se levantaba de su propia nube para recibir el abrazo.

La sonrisa embelesada que mantuve se congeló cuando pude ver la de Lummina, que mostraba toda la hilera de sus bellos dientes al escuchar lo que Nylena le susurraba al oído.

Lummina se alejó juguetona y la rodeó con grandes saltos, dejando a la serafina del aire encerrada entre nubes.

Entonces, al agudizar nuestro oído, pudimos escuchar lo que conversaban.

—¡Ahora tú! ¡Ahora tú, Nyl!

—Lu, no podría hacerlo como tú, ni en un millón de siglos.

—Bueno, serás exagerada.

Nylena detuvo a la chica en medio de su entusiasmo saltarín y le acomodó un mechón de cabello que se había escapado de su peinado. La forma en que la serafina la miraba me hizo tragar saliva.

—Espero tener un millón de siglos en tu compañía.

La trono rio en voz alta y le dio un empujoncito a la serafina.

—Entonces ¿podrás hacerlo mejor que yo?

—Si estás ahí para verme, es posible.

Ambos notamos que Nylena estaba dubitativa, un tanto insegura. Lummina la atrajo más cerca y, con la yema de los dedos, acarició su mejilla.

—Nyl… Nyl… ¿Sabes que te quiero con todo mi corazón?

Cuando la serafina apoyó su frente sobre la de Lummina, cerró los ojos. No pude evitar apretar los labios al presenciar su proximidad, un nudo inexplicable se había asentado en mis entrañas, las que creía vacías.

—Solo… quédate. Por siempre, quédate —susurró Nylena.

Lummina tomó las manos de la serafina y la miró con una sonrisa dulce y los ojos brillantes.

—Siempre, siempre.

Yo no era más que una sombra ocultándose de la enorme luz que emitían juntas. Cuando Nylena quiso tomarle el rostro y besarla, dejé escapar un suspiro casi inaudible. Me cubrí la boca cuando Nylena alzó las orejas y se volteó en nuestra dirección.

—Diantres —susurró El Zorro.

Todo ocurrió demasiado rápido. El Zorro disolvió la nube bajo nuestros pies con una ráfaga impetuosa y caímos de nuevo, a toda velocidad hacia tierra firme.

Aterrizamos como un meteoro en medio de un espectáculo nocturno en el cielo de Lorelai, una noche de rituales.

Una vez estampados contra el piso, El Zorro no me dio tiempo de ponerme de pie.

Percibí un viento capaz de arrastrarme contra mi voluntad.

Detrás de nosotros, Nylena avanzaba furiosa, alcanzándonos porque El Zorro no tenía mucha experiencia con esos vendavales.

Al ingresar al refugio, mi compañero pudo escabullirse de vuelta a la habitación.

Lo vi, de hecho, voltearse en mi dirección debido a mi lenta huida.

Preferí detenerme cuando Nylena me rebasó y me encaró.

Era alta e imponente, no iba a negarlo.

Me empujó contra la pared de la cueva.

—¿Qué se supone que hacías allá arriba?

Exhalé, el cansancio de recorrer tanta distancia en apenas segundos me ahogaba.

—Quería comprobar de dónde venía la lluvia de estrellas —mentí, y soné tan convincente que Nylena me soltó el cuello.

—Eres… —exhaló con fuerza y trató de recobrar la compostura— cuanto menos, problemático.

—¿Qué creíste que haría? ¿Dañar a tu princesa? —solté con ironía, buscando provocarla. La respuesta no se hizo esperar y me estampó de nuevo contra la pared de piedra.

Violenta y feroz, me susurró con los dientes apretados:

—No te atrevas a tocarla. Ella está respaldada por mí y, créeme, no hay nada en este mundo que esté más dispuesta a proteger.

Su voz reverberó en mis oídos. Esperé a que me soltara de nuevo y, cuando lo hizo, bajé la mirada.

Nylena se alejó. De pronto, sentí una envidia enervante: quería, con el mismo ímpetu que ella, proteger algo. Había sido un estúpido al sucumbir a las ilusiones de El Zorro, al pensar que podría existir algo tan hermoso como para aferrarme a ello en lo que me quedaba de vida.

Un mísero año de vida me restaba.

Y ese «algo» ya pertenecía a alguien. Peor aún, ese alguien era un ser inmortal.