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L o recordaba, claro que sí, con una claridad casi dolorosa, pero plasmarlo en palabras era un esfuerzo que apenas podía soportar.

Me avergüenza admitir que, por mucho tiempo, me negué a ser fuerte y a aceptar la realidad tal como era.

Envidiaba a esas almas puras que lograban mantenerse felices en la dulce ilusión de la falsedad.

El mundo no era agradable, no tenía remedio.

Esa cruel verdad la descubrí a mis quince años, al encontrar a un niño agonizando al borde de una cuesta.

No tendría más de cinco años y, sin embargo, su pequeña cabeza masacrada y sus diminutas extremidades estaban cubiertas de más heridas de las que podía contar.

Debí haberme mantenido al margen, diciéndome que si tenía pequeños cuernos en su frente, su muerte o sufrimiento carecían de importancia.

Pero me rehusaba a creer algo así, porque yo mismo pude haber estado en su lugar.

No resistí la urgencia de deslizarme por la pendiente al ver a un ave carroñera observándolo con ojos voraces.

Cuando llegué junto al pequeño, espanté al animal, como si él tuviera la culpa de todo.

—¡Aléjate, basura! —grité, lanzándole una piedra que lo obligó a levantar vuelo. Suspiré, con un hilo de voz que apenas se escuchaba—. Todavía ni siquiera ha muerto, maldición.

Cuando me arrodillé junto al pequeño, lo moví con la esperanza de que me mirara. Pero sus diminutos párpados estaban tan hinchados y de un morado tan oscuro que le impedían abrir los ojos.

Le habría preguntado qué pasaba, pero parecía estar perdido en un sueño conveniente, en algún estado mental que lo arrancaba del dolor actual.

No creía que Calyssa le hubiera hecho ese daño; debieron ser las querubinas, Fiora en especial. Él se quejaba en su inconsciencia, temblando como si se congelara, y yo no podía hacer más que observarlo.

¿Era todo lo que podía hacer? ¿Quedarme a su lado para que no muriera solo?

Eso no me habría servido de nada si cambiáramos de posición.

Era un inútil, y me jactaba de ser el protector del Valle.

Me enorgullecía de ser el único varón mayor, cuando para serlo debía caminar sobre los cadáveres maltratados de mis hermanos más pequeños.

De pronto, la sensación se volvió insoportable.

Me limpié la lágrima que me molestaba, fruncí el ceño y volví a dejar al niño en el pastizal de la cuesta.

Me puse de pie, en esa posición podía concentrarme mejor.

Anhelaba controlar el poder que me había condenado a tanto dolor y, entonces, hacer algo mejor con él.

Fui tan ingenuo que pensé que podría rebelarme contra ese orden, y que con esas plantas que ahora brotaban alrededor del querubín, floreciendo en blancos ejemplares, podría alterar su destino fatal.

Casi perdí el aliento cuando las heridas del niño, como por un milagro fantasioso, desaparecieron al rozar los pétalos.

El pequeño se movió entre las flores, como si despertara agitado de una pesadilla horrible.

Cuando me observó, se asustó. Negué con la cabeza y me arrodillé frente a él.

No sabía cómo explicarle que había logrado algo propio de un serafín.

No era fácil inventar nuevas especies de la naturaleza, pero algo muy dentro de mí me lo había permitido.

¿Había sido la emoción, el dolor? No estaba seguro, pero ahora esa sería mi herramienta para disminuir un poco el sufrimiento de mis semejantes.

Por eso seguí adelante con el plan. Cada vez que veía a un querubín herido, malogrado o hambriento, usaba la planta que coroné con el nombre de «Efyndris».

Entonces, los niños comenzaron a mirarme como a un héroe, un título que no quería ni buscaba, pero que me demostraba lo que había logrado en tan solo un par de meses.

Una herida desaparecía. Un malestar se esfumaba. Una enfermedad se curaba.

Como no pude discriminar entre a quién ayudar y a quién no, los salvé a todos, y eso no pasó desapercibido para Calyssa. Cuando me vio curando a un niño al que ella misma había enfermado, estuvo a punto de acabar con mi vida por traicionarla.

Me tomó del cuello de la ropa y me empujó a una choza vacía.

Para Calyssa, el cerebro humano era maleable; se podían introducir ideas y creencias a través del estrés, en especial el que provenía del dolor y la ansiedad de no saber si lo siguiente sería peor.

Arrancó mi camisa y el primer azote me dejó sin voz para gritar.

La brutalidad se incrustó en mi carne, de la misma forma poética en que la cuerda había cercenado mi piel.

El segundo y el tercer azote fueron aún peores, calando todo mi cuerpo, a pesar de que el golpe despiadado se había descargado en mi espalda.

Cuatro, cinco, y ya había vomitado lo único que había comido ese día.

Seis y siete, y dejé de contar mientras ella seguía descargando su odio contra mi piel desnuda.

Solo me quedó morderme el labio para que ninguno de los niños me escuchara.

«Te estoy probando», me explicó varias veces. «Quiero recuperar a mi perro guardián, no importa cuánta sangre te haga derramar, solo yo puedo curarte».

Más tarde, cuando su brazo se tronó del cansancio y me abandonó en ese inhóspito lugar, el frío de la noche me caló hasta los huesos.

Pasaron unas pocas horas y mis heridas, que no dejaban de arder, se infectaron, enfermándome y disparando mi temperatura corporal a límites inimaginables.

Al ver el astro de los cielos subir y bajar sin darme un segundo de descanso, me di cuenta de que pasaría varios días encerrado en ese lugar.

El escozor siguió atornillándome, como si mi carne tuviera memoria y fuera capaz de reproducir los azotes una y otra vez.

En ese momento, todavía tenía la resolución de mantenerme firme en mi rebeldía contra Calyssa, de decirle que no importaba lo que me hiciera, que seguiría luchando por los demás, que los sanaría una y otra vez, aunque ella tuviera que herirme sin cesar.

Pero era así de valiente solo en mis fantasías.

En la realidad, bastó que el hambre se hiciera un espacio en mi estómago, formando un vacío doloroso desde mi boca hasta mi abdomen, para que me rindiera.

Ese dolor era diferente al de los azotes, pero aún más inquietante.

Era el dolor de morir de manera lenta y cruel.

Estaba famélico. Llevaba tantos días sin comer que estuve cerca de decidirme por morder la punta de mi propio dedo, cuando Calyssa me visitó pasados… cuántos días Eryndra sabría. La luz que entró por la puerta al abrirse me quemó en el suelo.

—¿Todavía no piensas pedirme perdón por lo que has hecho? —La escuché decir.

Estaba listo para pedirle perdón. Hubiera deseado hacerlo con desespero y rogarle que terminara con todo, que me dejara ir o, de otro modo, que me matara y acabara con esta agonía. Lamentablemente, mi estado no me permitía hablar.

—Bien, eso es bueno —me contestó, contradiciéndose a sí misma—. Eres duro de matar, y eso no lo puedo desperdiciar. Por eso, Caru mío, he preparado algo solo para ti.

Mi madre me hizo ponerme de pie. A pesar de mi deplorable estado, aún podía caminar. Tenía razón, era muy duro de matar. Me dejé guiar a donde fuera, pues me daba igual, solo quería ponerle punto final y descansar.

Estaba demasiado desorientado para leer el camino o saber dónde iba.

De pronto, como si la realidad hubiera cambiado, me hallé en el centro del escenario del Rito de la Aniquilación, con un machete en las manos.

Respiraba agitado, tratando de mantenerme despierto.

Estaba cansado, hambriento, sediento, enfermo.

.. Solo quería que esa sensación acabara.

«Eres duro de matar». Por supuesto, no era inmortal, pero había nacido para serlo.

Era fuerte y resistente y, sin embargo, desgraciado por eso.

El galpón era inmenso. Mis hermanas, a los pies de este, se veían pequeñas y frágiles, aplastables.

—Queridas querubinas, el Rito de la Aniquilación es una ofrenda a la naturaleza. En el pasado, los dioses proclamados por el Sempiterno del Empíreo eran varones. Ellos, vacíos de alma y cuerpo, trajeron el caos y la guerra a la tierra...

La voz de Calyssa era demasiado aguda y difícil de escuchar.

Por un segundo, pensé que me había llevado a mi propia ejecución, y me alegré.

Todo hubiera sido más fácil si hubiera aceptado mi destino y me hubiera dejado ir en el Rito de Aniquilación que me correspondía.

Pero ahí estaba, egoísta y arrogante, vivo y pagando condena por no haber muerto.

Apreté con más fuerza el mango del machete cuando vislumbré, de manera borrosa, los rostros de los niños querubines.

Pronto fui entendiendo por qué yo era el único en el galpón.

Por qué tenía un machete. Por qué Calyssa había comenzado su discurso de Rito de Aniquilación.

Reconocí a mis hermanos, alineados en fila. A mi lado estaba el primero que había curado con Efyndris. No tenía doce años, pero no me cuestioné demasiado por qué estaba allí siendo tan joven.

Fueron obligados a arrodillarse frente a mí y a estirar las manos, con los ojos vendados. Estaban listos para ser decapitados, pero yo no lo estaba para cambiar para siempre. Miré a Calyssa, como si esperara que me dijera que todo esto era una vil broma.

Ella asintió.

—Hazlo, Caru, hazlo y todo habrá acabado. No tendrás que volver a sufrir nunca más.

Suspiré y, como si estuviera poseído, levanté el machete. Cuando lo planté por primera vez, con toda mi fuerza, me di cuenta de que haría falta más de un solo golpe para separar la cabeza de los hombros.

Entonces perdí el sentido de lo que estaba haciendo.

Solo quería que todo terminara.

Más tarde, finalizado el Rito de la Aniquilación, me encontré encogido contra una pared, tiritando. El frío, la fiebre, el hambre y el trauma me consumían. La serafina se acercó, pero no tuve el valor de mirarla a los ojos. Desde ese día, nunca más volví a hacerlo.

—No ha terminado —murmuré, con la voz quebrada por el terror—. No ha terminado. Nada de esto ha terminado. Sigue repitiéndose una y otra vez. —Me agarré la cabeza con fuerza, deseando reprimirlo, pero era imposible.

Calyssa puso su mano en mi hombro y supe que me transfería iridia, porque el dolor disminuía. Volví a respirar como si acabara de ser liberado de una asfixia.

—¿Y quieres que esto acabe, Caru? —me preguntó. De repente me sentí curado, aunque seguía temblando.

—Necesito que esto acabe —le dije—. Yo... solo necesito... que esto se acabe de una vez…

—Entonces ¿por qué no te lanzas ahí? —Calyssa asintió, y seguí el gesto de su cabeza hasta ver el volcán del Valle, siempre activo.

Negué con la cabeza.

¿Creía que no lo había intentado antes?

¿Creía acaso que era tan fácil como decirlo?

Calyssa sacó una daga del cinturón que colgaba de su vestido. Levantó mi mentón y apoyó el filo helado contra mi mejilla.

—Entonces te condeno, por tu bien. Antes de que cumplas los veintiún años, Cardillo, acabarás con tu propia vida, pero no te dolerá. Ni siquiera te darás cuenta de que lo hiciste.

La hoja rozó mi rostro, y comprendí que la daga era una reliquia de Catarbella: la Divina Asunción. No se borraría jamás.

—Para cuando llegue ese momento, júrame lealtad. Prométeme que no volverás a contradecirme hasta entonces. Queda poco tiempo, Cardillo, y en cuanto mi condena se cumpla, todo habrá acabado.

En el estado en el que me encontraba, aquello que había hecho —marcarme, condenarme— incluso se sintió como una liberación. Ella me estaba ayudando, estaba poniéndole punto final a ese sufrimiento y a esa culpa. Solo pude aferrarme a eso y agradecerle.

—Gracias… —murmuré.

Las reliquias de Catarbella que los ángeles invocan en la tierra son armas doradas que pueden herir a seres celestiales. Les dicen la Divina Asunción y pueden invocarlas serafinas, tronos y querubines.

Aunque lastiman, no matan a los inmortales...

Eso solo lo hacen las lanzas del Empíreo, y esas solo se activan en el apocalipsis.

Cardillo