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R esultaba irónico poner un pie en la posada de quien había estado a punto de matar.

Quizá a eso se refería El Zorro al llamarlos perfectos: lo eran porque sabían perdonar y brindar cuidado incluso a quienes les habían causado daño.

Lummina me dedicó una sonrisa enigmática, como si la posada le perteneciera y se enorgulleciera de ella.

No, en realidad me miraba como si hubiera sido ella quien había creado a los humanos.

Malthus, entretanto, procedió a inmovilizar la pierna de Faraine para luego vendarla.

El ambiente dentro de la cabaña era reconfortante gracias al calor.

El exterior de Lorelai jamás había conocido el calor.

El astro del día era débil, incapaz de bañar la tierra con la energía suficiente para templarla.

Quizá por eso existía una posada como aquella.

Por el constante ir y venir de personas, deduje que no era un hogar hermético, sino un espacio abierto a cualquiera que deseara pasar un momento.

Los seres perfectos no temían a los extraños, confiaban en ellos porque también eran perfectos.

—Nunca había visto un meridiano como ella —observó Malthus, pareciendo olvidar que su propia pierna sangraba igual que la de La Trucha—. Porque, supongo, es una meridiana, ¿verdad?

—¿Qué es un...? —estuve a punto de preguntar, pero Lummina me lanzó una mirada con los ojos abiertos de par en par. Me callé de inmediato.

—No lo sabemos, señor Malthus. Cuando hallamos a Faraine, nos preguntamos qué tipo de criatura sería. Lo que sí es innegable es que siente, actúa y se comunica como lo hacemos nosotros, los humanos.

Desvié la vista, alzando las cejas. Todo cobraba sentido ahora. Para los demás humanos, éramos una especie o raza distinta. «Meridianos» era, con toda probabilidad, la denominación que nos daban.

En ese instante, una mujer atravesó un umbral de cortinas. Joven, con delantal y un pañuelo en el pelo, cargaba una canasta. Se acercó a Malthus con un gesto de evidente hartazgo. Apostaría a que trabajaba allí y que estaba fastidiada de hacerlo.

—Aquí está, padre. ¿Quién es el cliente? —inquirió la desconocida.

—El muchacho, hija. Tiene un corte profundo en el rostro y, si no se lo vendamos pronto, corre el riesgo de infectarse.

La chica se giró para mirarme. El cambio fue sorprendente, su expresión pasó del hastío a la fascinación.

Me encogí en mi asiento cuando se aproximó con una confianza inusitada y se sentó a mi lado con una sonrisa desbordante.

Solo entonces reparé en sus ojos azules, las pecas que salpicaban su rostro y su cabello castaño.

Demasiado expresiva como para sentirme cómodo.

—Soy Ellie —se presentó. Su silencio me dijo que esperaba mi nombre.

—Yo… —Por alguna razón, fui incapaz de responder. Tal vez «Cardillo» era demasiado humillante para presentarme, así que me quedé sin decir nada.

—No, está bien. —Rio y se acercó un poco más—. A ver si adivino. ¿Lucan? ¿Airen? No, espera… tu cara me da la sensación de… Ya sé. Te llamas Kyeran.

Me alivió que su creatividad superara la mía, y aunque ese nombre de niño elegante no me quedaba en lo más mínimo, le sonreí.

—Así es —respondí, lo que la llevó a un extraño colapso. Se abanicó con las manos y, al cabo de unos segundos, volvió a dirigirse a mí, renovada.

—Es una herida horrible la que tienes ahí, Kyeran —dijo, acercando su mano a mi rostro.

Aunque mi primera reacción fue retroceder, comprendí que una mujer humana no tenía capacidad para lastimarme.

Dejé que palpara mi herida, aunque se extralimitó tocando el resto de mi rostro—.

Tienes también una piel muy suave para ser un chico.

Comprendí lo que insinuaba. Los ángeles varones carecíamos de vello facial como los humanos. Nuestras facciones, de hecho, se mantenían andróginas desde la niñez, un rasgo de belleza que, en ese momento, me generaba una incomodidad palpable bajo su intensa mirada.

Negó con la cabeza y rebuscó en el canasto, de donde sacó una venda y un líquido desinfectante.

—Son hermosos los meridianos, sin lugar a duda —murmuró para sí. Acto seguido, me acercó una tela empapada en el líquido y comenzó a pasarla con suavidad por mi piel, cubriendo la herida—. ¿Quién te ha causado esta herida tan profunda?

Era inexplicable lo tenso que me hallaba.

No estaba acostumbrado a ser tratado de esa manera, y la inusual quietud me impulsó a buscar a Lummina.

La trono seguía en conversación con Malthus, o más bien, me observaba de reojo en silencio, con una expresión grave.

Incapaz de interpretarla, volví a centrarme en Ellie.

—Mi madre.

Mentir no tenía caso.

—¿Qué? —preguntó indignada—. ¡Inaceptable! ¿Ya les dijiste a los emisarios?

—¿Emisarios? —pregunté, curioso por la familiaridad del término.

—Sí… ellos castigan a los humanos corruptos en las aldeas.

—Ellie, eso son solo leyendas. Nadie ha visto realmente a tales emisarios —intervino su padre, Malthus.

Crucé la mirada con Lummina, que se veía agotada y apagada, como si algo le doliera.

—Bal me dijo que los ha visto, papá. Castigaron al vagabundo que le robaba las cosas a la viejita del templo —explicó con un tono dramático—. Y eso no es nada, Kyeran… tu madre merece un castigo. No es aceptable que una madre haga daño a su propio hijo.

Sonreí con ironía, imaginando a alguien castigando a Calyssa, a Córtex. Ella bajó la tela con la que me curaba.

—Tienes una sonrisa muy linda…

—Ya —le corté, confundido por tanto halago.

—No, es en serio. Me da la impresión de que no sueles sonreír seguido. ¿No te habían dicho que tienes un hoyuelo?

—Ni siquiera sé qué es eso… —Permanecí quieto mientras ella posaba el parche sobre mi mejilla.

—Es algo que te lucirá mucho mejor una vez que esa herida desaparezca.

Dejé escapar un suspiro, sin encontrar las palabras para hacerle entender que aquella era una marca que llevaría conmigo hasta el fin de mis días.

—¿Te gustaría tomar un baño? Disponemos de agua caliente, y te ayudaría con el estrés.

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¿Por qué acepté? Lo ignoro, pero allí estaba, en una habitación desconocida y tratando de descifrar cómo los humanos, carentes de poder, habían logrado tallar muebles con una perfección y formas tan excepcionales.

Jamás había experimentado tanto placer con la temperatura de un espacio.

El calor se filtraba bajo mi piel y, de repente, el escozor del desinfectante en mi mejilla dejó de importarme.

Debí haber traído a Lummina a la fuerza.

Cuando intenté acercarla, me dijo que no tenía ganas.

¿Sería cierto? En fin… ahora estaba fuera de la habitación, hablando con un anciano, en lugar de venir a disfrutar el «paraíso» de aquel lugar cálido y sofocante.

Ellie entró en la habitación, portando una tela lo bastante amplia como para envolver por completo a una persona.

—No mires tanto la tinaja —me dijo risueña—. No se enfriará, pero tampoco se calentará más de esa forma.

Esbocé una risa forzada, intentando ocultar mi total ignorancia sobre el tema.

Parecía un lago, y aunque conocía el acto de bañarse, me parecía poco higiénico hacerlo en agua estancada.

Cuando ella se aproximó y se dispuso a desabrochar mi prenda superior, retrocedí un paso y me encargué yo mismo. No había escapatoria, lo entendí.

—Pareces nervioso. ¿Es tu primera vez en una posada?

Me desprendí de la prenda superior, seguida de mi cinturón, donde llevaba semillas de diversas plantas listas para germinar, así como mis dagas y cuchillos de distintas longitudes y filos.

—¿Soy demasiado obvio?

—Me agradan los hombres como tú, que no saben ocultar nada.

Al girarme, descubrí a Ellie con la vista fija en la pared.

Era un gesto ineludible, mis hermanas actuaban de la misma forma cuando un varón se desvestía, calificándolo a menudo de «repugnante».

Me sumergí en el agua, y al sentarme el nivel me cubrió hasta la clavícula.

Exhalé, sobrecogido por la sensación abrumadora que me invadió. Se sentía muy bien.

Ellie se giró y me observó con alegría, de seguro había anticipado mi reacción. Se acomodó justo detrás de mí en la butaca al borde de la tinaja y permaneció en silencio, esperando a que yo comenzara la conversación.

—Sabes, he intentado asesinar a tu padre.

Había elegido la forma más inoportuna de iniciar una conversación, pero la idea me carcomía.

Empezaba a vislumbrar, poco a poco, que los habitantes de aquel lugar eran buenos…

buenos de verdad. O quizá me habían manipulado con la pura maravilla del agua caliente, el vapor que se alzaba y que embotaba mis sentidos.

—¿De verdad? —inquirió—. Uf, bueno, supongo que habrás tenido alguna razón.

—No, sí, eso depende de tu perspectiva. —Sonreí, echando la cabeza hacia atrás. La relajación era tal que me sentía flotando—. ¿No te enfadas? ¿En serio?

—Kyeran, mi padre está bien. ¿De qué serviría enfadarse? —dijo—. ¿Quieres que te dé un masaje? No te preocupes, es un servicio de la posada.

Asentí sin entender, pero cuando sentí sus manos en mi cuello, la sensación me dominó por completo.

—¿Qué es este lugar? —le pregunté. Quise decir: «¿El paraíso?».

Catarbella no estaba a la altura de esa cabaña.

—Esta es una posada en la que acogemos a forasteros de otras aldeas. Es un negocio que se ha transmitido por generaciones, ¿sabes? No existe otro lugar como este en toda Grisentia. ¿Te duele? ¿Quieres que sea más suave?

—Creo que está perfecto —le susurré, inclinando la cabeza hacia adelante y cerrando los ojos.

Me abandoné por completo a la sensación. Sus dedos comenzaron a amasar y deslizarse con una presión que se intensificaba, deshaciendo la tensión con cada caricia profunda. El calor de sus manos se metía en mi piel. Me liberaba de una carga en mis hombros de la que no sabía nada hasta ese momento.

Sin embargo, lo que no anticipé fue sentir su aliento en mi nuca. Abrí los ojos de golpe y me aparté con brusquedad.

—Ay, lo siento… Lo lamento, es solo que tu aroma se me hace muy varonil.

—¿Y eso te agrada? —pregunté, mi confusión era palpable y mis latidos, probablemente, audibles. En mi Valle algo así sería motivo de expulsión.

—Por supuesto que sí —murmuró, y acto seguido apoyó su rostro en el borde de la tinaja, observándome de una forma que no pude descifrar—. ¿A ti te agrada mi aroma?

Entrecerré los ojos y me aproximé. No tenía ni idea de cuál era. Al no ser tan intenso ni potente como el de Lummina, me había resultado difícil percibirlo. Una vez cerca, me di cuenta de que no era desagradable en absoluto.

—Hueles a nenúfar.

—Sabes de flores, ¿no?

La respuesta «soy un experto creándolas» no era adecuada, así que me limité a asentir.

Me resultaba difícil articular lo que sentía, pero me quedé sin saber qué hacer cuando ella comenzó a aproximarse, y sus manos envolvieron mi quijada.

Era algo normal, ¿no? Que se acercara tanto que pudiera sentir su respiración rozar mis labios.

De pronto, sus pestañas se hicieron visibles ante mis ojos, pero justo cuando creí que la situación se resolvería, oí pasos ruidosos acercarse desde afuera.

La puerta estalló contra la pared al abrirse.

—¡El señor Malthus no deja de sangrar! —La voz era inconfundible. Lummina lucía desesperada de verdad.

Ellie se puso de pie, un tanto conmocionada pero, sobre todo, preocupada.

—¿Mi padre?

—Sí… Su pierna no deja de sangrar.

Ellie se lanzó hacia la salida, dispuesta a atenderlo. Apenas nos quedamos a solas, hice el ademán de salir de la tinaja, pero Lummina me detuvo con un gesto firme, levantando solo una mano.

—Quédate donde estás, Cardillo.

—Pero si yo fui el que hirió a ese hombre…

—Él está bien, era una mentira —me cortó la trono, con la mirada fija en el suelo. Se echó el pelo hacia atrás y me miró con una expresión furiosa—. ¿Qué se supone que estabas a punto de hacer?

—No estoy seguro —le fui franco, pero entonces ella se acercó con tanta determinación que imaginé que me golpearía.

No lo hizo.

—Los ángeles tenemos prohibido seducir humanos —dijo, mientras el vapor de la tinaja ascendía y envolvía su rostro, difuminando sus rasgos entre la bruma.

—¿Seducir?

—Te crees muy lindo, ¿no? —espetó.

Levanté una ceja, sin comprenderla en lo más mínimo. Recibí la manta que me lanzó con fuerza.

—Escúchame, esta es la primera y última vez que intentas estar con una humana, maldito bicho repugnante.

—Espera, espera… Baja el tono —le exigí, y apenas se giró, me incorporé y envolví mi cintura con la tela—. Vas a explicarme a qué te refieres con «estar», ¿vale? Lummina…

Ella se giró hacia mí, desorientada, tanto por mi pregunta inesperada como por verme con tan poca ropa.

—Ah, Cardillo, no te hagas el desentendido —soltó, evitando mi mirada.

Le dediqué una sonrisa.

—Escucha, ahora tengo un nombre. Deja de llamarme Cardillo.

Mi comentario hizo que Lummina perdiera los estribos y me acusara de nuevo.

—Ese nombre que te ha dado esa chica… —Lummina apretó el puño—. Ese no es tu nombre.

—¿Ah, no?

—No. Ese no es tu nombre. No será tu nombre. Tu nombre es Cardillo. ¡Cardillo!

La trono lucía salvaje como nunca, pero lejos de asustarme o de repelerme, me hizo sonreír.

Debía ser el calor persistente del agua que todavía me llegaba hasta la rodilla, lo que aún me provocaba satisfacción.

Cuando ella se marchó del cuarto, me vestí para salir de aquel paraíso.

La enigmática idea de «estar» persistió en mi mente.

No lograba dilucidar su significado, pero algo era indudable: aun sin saber qué implicaba, no deseaba «estar» con Ellie.

Tal vez, como me lo había señalado El Zorro, quería «estar» con Lummina.

Ahora me pregunto por qué sigo escribiendo en esta libreta... Maersen contaminó todos los recuerdos que tenía de él, y ya no me quedan ganas de honrarlo y continuar con su legado.

¿Cuál legado? Si sigue vivo. Já.

Da igual. A partir de ahora, esto de escribir será solo para mí.

Cardillo