Cortex 7
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T ras una semana en el refugio, dejé la montaña por primera vez desde mi llegada.

Llevábamos las provisiones necesarias para un viaje largo, en carruajes de madera tirados por torinos.

Para mi sorpresa —o quizá ya una costumbre del destino—, La Trucha y El Zorro me acompañaban, sentados justo enfrente, en la cabina.

Cerré los ojos y crucé los brazos, esperando evitar cualquier inicio de conversación.

Pero el querubín del aire, ajeno a mis indirectas, no tardó en romper el silencio.

—Creí que tendrías más curiosidad sobre nuestro destino de hoy —me dijo. Abrí un ojo, apenas.

Mis heridas no cicatrizaban con la rapidez de un serafín o un trono, pero los hematomas ya eran solo un leve rastro en mi cara. Habían pasado ya varios días desde lo sucedido y, con lo que parecía ser la bendición de Nylena, no había vuelto a encontrarme con Maersen.

—¿Te parezco alguien curioso?

—No, para nada. Pero me urge contarte.

Una leve sonrisa se asomó en mi rostro.

—Adelante, te escucho.

—¡Iremos a Grisentia! ¡Conocerás humanos por primera vez!

Supongo que anticipaba mi emoción. Solo conseguí levantar una ceja.

—Oh, viva.

—¡Viejo, la raza protegida! A la que la diosa Eryndra creó como seres perfectos y majestuosos. Como nosotros, pero sin una sola falla.

Asentí y me recosté en el borde de una de las ventanas del carruaje. Tal cual El Zorro me había dicho, entrábamos a un páramo denso de árboles y con senderos que gritaban «humanos». Incluso alcanzaba a ver faroles artificiales colgados de las ramas, una forma ingeniosa de iluminar la noche.

—Miedo, susto —dijo La Trucha, y los dos la miramos. Mis ojos se desviaron hacia su rodilla vendada. Se veía recuperada.

—Ah, sí, pequeña querubina, a los de tu especie les conviene no acercarse a los humanos —le dijo mi compañero.

Fruncí el ceño y El Zorro se dio cuenta.

—Bueno… los humanos son perfectos, sí, pero tienen sus cositas —empezó a explicarme—. Le tienen miedo a lo desconocido. Las crías del agua son muy diferentes, con piel azul y aletas. Si ven a Faraine, se van a volver locos y se va a armar un desastre.

—Desafortunada cría. —Miré a La Trucha y por un segundo quise estar en su lugar—. ¿Y si cambiamos de naturaleza? Me vendría bien ser un querubín del agua e irme a valer madres en el mar.

—¡Sí! —chilló la querubina.

—No se puede hacer eso —cortó El Zorro, como si no fuera obvio—. Morirás siendo un querubín de la tierra, y yo uno del aire. ¡Deberías estar orgulloso!

Por un segundo, la reflexión envidiosa me asaltó: ¿qué determinaba la suerte de nacer del agua o del aire?

El Zorro, con su personalidad, parecía haber sido «abrazado» por la fortuna en repetidas ocasiones, gozando de respeto desde su infancia.

¿Era justo? ¿Sería yo tan empalagoso y alegre como él si hubiera tenido esa suerte?

El carruaje por fin se detuvo tras varios minutos de espera.

Tomé mi arco y descendí de él. Cuando el astro del día iluminó mi rostro, me uní al grupo en un cerro elevado que ofrecía una vista panorámica de la aldea en Grisentia.

Aunque mi primera reacción fue la acostumbrada, ese paisaje organizado logró embelesarme.

Había una concentración masiva de personas, y sí, eran como nosotros, pero sin cuernos ni orejas puntiagudas.

Fue en ese momento que noté una mirada que me pesaba. Al girar mi cabeza, Lummina me estudiaba, tan concentrada que ni siquiera se dio cuenta de que la estaba viendo de vuelta.

—¡El último es una ojoleta rostizada! —gritó el querubín más chico y salió disparado hacia la aldea, sacando a la trono de su trance.

—¡No, no! Niños, no entren así, hay que presentarse… —Su voz se fue perdiendo al ver que los pequeños ya habían entrado. Suspiró con decepción y me miró de nuevo. Entonces no toleré el contacto y volví mi vista al frente.

No habíamos hablado desde aquel incidente.

—¿Te sientes mejor? —me preguntó. Una mueca involuntaria tiró de mis labios.

—Sí. Ya estoy bien curado —respondí con una voz que sonó extraña, incluso para mí.

—Excepto tu mejilla. —La trono se acercó y, con una confianza inesperada, rozó mi herida, la que nunca cerraba—. Puedo intentar curarla con mi iridia.

Sabía muy bien lo que implicaba «curarme con su iridia». Por supuesto que me negué, no tanto por rehuir su contacto, sino porque esa herida era incurable.

—No, gracias.

Lummina asintió, con una nota de melancolía en su gesto, y se dirigió a paso rápido hacia la aldea. Al quedarme solo con El Zorro, este se aproximó y me dio un suave empujón con el codo. Cuando lo miré, su rostro adoptó una expresión peculiar, acompañada de un frenético movimiento de cejas.

—Estás loquito por ella, viejo.

—¿Qué? —pregunté, confundido.

—Es hermosa, Cardillo, pero tiene un problema. —Suspiró, como si el propio aliento le doliera—. Anda, Cardillo. Pregúntame cuál es el problema.

—No estoy entendiéndote, viejo.

—Si pretendes estar con Lummina, te tocará enfrentarte a la madre Nylena. Esa serafina adora a la trono de una manera preciada, pero posesiva, casi enfermiza. Mucho ojo, Cardillo. No es buena idea ganarse la enemistad de una serafina de la naturaleza.

Me pasó de largo, alejándose con su aire de superioridad. Fruncí el ceño, intentando procesar lo que acababa de suceder. «¿Estar?» ¿Qué demonios significaba «estar con Lummina»?

Entramos en la aldea humana, y mi primera impresión fue desconcertante.

Cada humano con el que cruzaba miradas me ofrecía una sonrisa hospitalaria.

Por un instante, olvidé mi peculiaridad, que era un humano cuya muerte lo había transformado.

Al ver su felicidad, la envidia me carcomió y el deseo de recordar mi vida anterior me invadió.

Las casas, la mayoría de madera, exhibían tejados a dos aguas de un color terroso.

Eran modestas y funcionales, parecidas a las del Valle de la Tierra, y se agrupaban alrededor de un espacio central que parecía funcionar como mercado o plaza.

Por todas partes se montaban pequeños huertos, algunos con cercas bajas donde crecían vegetales.

Lo más notable era la ausencia de defensas ostentosas; no había murallas altas ni fortificaciones, solo la protección natural del terreno y, quizá, la fe de los grisentes en la armonía de su existencia.

El aire olía a leña quemada, y a una felicidad que me frustraba presenciar y no sentir.

Me detuve cuando El Zorro, que iba delante, se paró en seco y choqué con su espalda. Lo sujeté de los hombros antes de que cayera. La pregunta sobre qué pasaba ya estaba en mi boca, pero él respondió primero.

—Faraine. ¿Dónde está?

Suspiré, negando con la cabeza.

—Tú eras responsable de ella.

—¡No, eras tú! —me recriminó, alzando la voz.

Su exabrupto atrajo miradas, sobre todo la de Lummina, quien se acercó preocupada.

—¿Qué pasa? Por favor, no empiecen una pelea aquí…

—Lady Lummina, lo que pasa es que… me dio sed —soltó, intentando ocultarlo—. Estábamos discutiendo eso.

Mis ojos lo taladraron con cansancio. Era inútil para mentir.

—Basta de tonterías, idiota. Lummina, la niña del agua ha desaparecido.

—¿Cómo? —El semblante de la trono se contrajo de golpe—. ¿Faraine? Pero ¡cómo!, se suponía que estaba con ustedes.

Miramos al suelo, sin atrevernos a decir más.

—Lo sentimos, lady… —dijo El Zorro en voz baja.

La pequeña mujer se nos echó encima furiosa.

—No se disculpen, vayan a buscarla. Si no la encuentran… —Tomó una respiración profunda para serenarse—. Si algo le sucede, será culpa de ustedes.

Se marchó en dirección opuesta, decidida a encontrar a la querubina.

—Tú ve por ese lado, yo iré por este, viejo. Si a Faraine le ocurre algo, estamos fritos —me manifestó el chico, empujándome antes de echar a correr.

Puse los ojos en blanco y me encaminé hacia donde me había indicado. Me hartaba tener que cumplir este tipo de tareas. Calyssa no me había entrenado para ser un niñero. Allí, en mi lugar, al menos mi poder y mi fuerza servían de algo.

Paseando por la aldea, analicé las casas, de formas triangulares y pequeñas, cuyas chimeneas y faroles encendidos ya predecían el inminente ocaso.

En efecto, el astro celeste empezaba a difuminarse mientras los minutos transcurrían sin rastro de La Trucha.

La vestimenta de la gente, faldas incluso para los hombres, me intrigaba, así como su costumbre de llevar el cabello corto.

No había tiempo para detenerme a preguntar al respecto.

Cuando la esperanza me abandonaba, me asomé tras un árbol.

Lejos del centro, en las afueras de la aldea, se levantaba una posada llena de chimeneas humeantes.

Y allí, entre las hojas, se escondía La Trucha hecha un ovillo, mientras un humano se le acercaba despacio, como un cazador a su presa.

A juzgar por su silueta, era un hombre, aunque su figura no resultaba imponente.

Estaba a punto de intervenir cuando percibí a la querubina arrastrándose por el suelo, emitiendo lloriqueos ahogados. Su pierna, ya herida, se había fracturado de nuevo.

Saqué el arco del morral que llevaba en la espalda y busqué una flecha. La acerqué a mi rostro, calibrando la puntería. Justo a unos pasos de donde estaba, el hombre se volteó hacia mí y cayó de espaldas por el susto. Vi su rostro lleno de arrugas enmarcado en una barba larga y gris.

Aflojé un poco la fuerza con la que sostenía el arma al ver, por primera vez, las huellas del tiempo en un rostro humano. Eran marcas interesantes, como los anillos de un tronco que cuentan el tiempo de una vida. Mi concentración volvió al objetivo y el anciano, aterrorizado, imploró piedad.

—No me dispares, chiquillo, por favor.

A su lado estaba tirado el enorme cuchillo con el que había asustado a La Trucha. Era un cazador.

—Mierda —siseé. Mis ojos se inyectaron de odio mientras lo miraba—. Mierda, anciano, pensaba darte en las piernas, pero ahora te daré entre las cejas. ¿En qué demonios estabas pensando?

—Creí… Es decir, no pensé que la niña fuera humana. Lo siento. En esta aldea no tenemos acceso a la comida del mar.

Hay escasez de carne, debes entender que cualquier cosa que parezca comestible es…

—¿Es qué? —Di dos zancadas hacia adelante y la flecha se acercó tanto al hombre que pude haber jurado que el miedo lo tenía al borde de la incontinencia—. ¡¿Es qué?! —rugí, haciendo que el cazador diera un respingo.

—Ella es importante para ti, ¿verdad? Te ofrezco mi perdón. ¿Qué es ella? Los meridianos, ¿ustedes adoptan criaturas del mar?

—Es asombroso que te quede tiempo para preguntarme estupideces cuando estás a punto de morir.

El anciano cerró los ojos con las manos en alto.

—Por favor, piedad.

Presioné los labios y, por supuesto, no la tuve. Dirigí la primera flecha a una de sus piernas. El hombre gritó despavorido y volví a apuntarle.

—Chico, por favor. Por favor, lo siento. Lo siento mucho, tengo hijas… déjame ir.

Entrecerré los ojos, insatisfecho de que todavía pudiera hablar.

—Has lastimado a uno de los míos, vas a pagar por ello.

—No, no. Te prometo que no le he hecho nada. Quería cazarla, pero cuando la encontré ya estaba herida.

—Eso no suena convincente.

—Pero es la verdad. Si me lo permites, puedo curarla. Soy… soy médico. Dame una oportunidad.

Bajé el arco un instante, analizando su reacción. Al verlo aliviado supe que, como toda criatura amable conmigo —ya fuera querubín o serafín—, solo fingía para conseguir algo de mi parte. Le apunté de nuevo, esta vez con una sed salvaje de perforarlo.

—Adiós.

El hombre lanzó un grito desesperado y se arrastró por el pasto, quejándose de dolor. Disparé, pero fallé; la flecha se incrustó en la tierra, a su lado. Seguí su trayectoria y vi a Lummina a unos pasos. Ella la había desviado.

—¿Lummina? —espeté indignado. La joven me hizo un gesto con las manos para que me calmara y se acercó al anciano atemorizado.

Se arrodilló frente a él, manteniendo una distancia prudente, y luego extrajo la flecha clavada en su pierna.

—Lo lamento, señor, usted entenderá que nosotros, los meridianos, somos bastante protectores con nuestra raza.

—Sí… señorita…

Lummina colocó su rostro en la tierra, y perdí la fuerza con la que estaba parado al verla disculparse en esa posición.

—Lo sentimos, lo sentimos profundamente.

Pese a que el anciano seguía asustado, se puso de pie con la pierna sangrante y le ofreció la mano a Lummina para que se levantara junto a él.

—Está bien, señorita. En nombre de la diosa Eryndra, la perdono. Lo perdono a él también.

—Yo no me he disculpado —escupí, todavía sosteniendo el arco.

Lummina se giró en mi dirección con agresividad. Su sola mirada bastó para acallarme.

—Escuchen… Volvamos a empezar, ha sido un malentendido. Si les apetece, pueden pasar a mi posada. Mi mujer, mis hijas y yo nos encargaremos de curar las heridas de la pequeña, y también las del joven, si así lo desea.

—Sería un placer. A propósito, soy Lummina… este muchacho es Cardillo, y la niña, Faraine.

El hombre esbozó una sonrisa, todavía con un ligero temblor, y se presentó ante nosotros.

—Soy Malthus, un placer.

Cuando Lummina ofreció su hombro para ayudar al anciano a caminar hacia la posada, Faraine brotó del follaje, cojeando hasta aferrarse a mis piernas.

Entonces me miró desde abajo.

—Malthus no hirió. Yo bien.

Fruncí los labios, un tanto conflictuado por el daño que había ocasionado en vano. De todas maneras, era seguro que ese hombre iba a lastimar a La Trucha si yo no llegaba a tiempo.

Aún conservaba ese reflejo antiguo, ese instinto de perro guardián.