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E n el refugio imperaba una dinámica frustrante.

Era molesto ver a los querubines reír despreocupados, brincar y jugar a cosas que nunca había visto.

Una parte de mi instinto anhelaba unirse a ellos, moverse un poco y olvidar por un instante lo vivido.

Olvidar que ese día no había muerto junto a mis hermanos.

Olvidar que, pese a haber vivido veinte años, en verdad no había vivido nada.

El espacio más amplio del refugio estaba al fondo, donde comenzaban los corredores espirales y se erigían las entradas a los túneles que planeaba estudiar para mi huida.

El piso era de tierra, y las paredes de piedra amplificaban el eco de los pasos desmedidos de los pequeños que jugaban allí.

El refugio completo parecía querer recordarme mi impotencia.

La única que no jugaba y, de hecho, se había acostumbrado a pegarse a mí o a El Zorro, era La Trucha, que lucía tan delicada como una escultura de mármol mal hecha. Bastaba tocarla para que se convirtiera en polvo.

—¿No quieres jugar? —le pregunté cuando la vi mirar a los niños con curiosidad. Negó con la cabeza.

—No poder.

—¿Por qué dices que no puedes?

—Mis brazos y piernas —me explicó vagamente.

Era cierto. Sus extremidades lucían quebradizas, divididas como greda agrietada. Me preguntaba por qué se deshacía en sí misma. ¿Le dolería el roce del aire? Parecía que sí.

—¿Estás enferma? —le pregunté, agachándome a su altura—. ¿Es por eso que tu madre Alba te ha echado del océano?

—No. Yo no defectos. No.

Ladeé la cabeza un tanto escéptico, ¿se estaba autodenominando perfecta?

—Vaya, entonces ve a jugar, ¿no? Se nota que tienes ganas.

Se mantuvo un rato en silencio hasta que decidió asentir.

Sonrió poco convencida, se puso de pie y corrió hacia los niños y jóvenes, quienes en un principio la observaron vacilantes.

Unos pocos, que de seguro eran del linaje del aire, aceptaron incluirla.

Jugaron a una extraña dinámica con aros, esferas y turnos.

Me senté contra la muralla de piedra, en el suelo.

Si bien tenían recursos para todo tipo de armas, los asientos no eran prioridad.

Miré a un chico a mi lado, era bajo, pero tenía un aura oscura. Entre sus dedos sostenía un palo del que aspiraba fuego, o eso parecía, pues exhalaba humo como el de una chimenea. Al notar que lo observaba, me miró con cara de pocos amigos, no dudaba de que no los tenía.

—¿Qué miras?

Su voz era decepcionante para el porte que cargaba, chillona y un poco rasposa.

—¿Qué es eso? —me atreví a decir.

—Un cigarrillo.

—Ah, vale.

Gracias por tantos detalles , pensé y apoyé mi cabeza en la pared.

—¿Te interesa? ¿Quieres?

Negué y volví a mirarlo.

—Te ves mayor, ¿no eres emisario todavía? —le pregunté

—Podría preguntarte lo mismo —dijo—. Tengo diecinueve.

—Y yo veinte.

—Me llamo Maersen, por cierto, ¿y tú?

—Yo… ¿Maersen? —Me giré con lentitud hacia él. Creí haber recordado algo, pero un grito femenino llamó la atención de ambos.

Entre los jóvenes que jugaban, se había formado un montículo, todos reunidos en círculo alrededor de algo.

Me puse de pie y me acerqué apartando a un par de querubines.

Cuando llegué al centro, vi a La Trucha llorando a gritos.

Sin preverlo, desde lo más alto del refugio descendió una figura dotada de alas largas, cuyo batir obligó al resto a apartarse con brusquedad.

Tuve que agudizar mi audición para escuchar la débil voz de la niña hablándole a Lummina:

—Pierna…

El resto emitió sonidos de sorpresa al verla rota. Lummina la cargó en sus brazos con delicadeza y la pegó a su cuerpo para emprender el viaje de vuelta a la cúspide.

—Tranquila, te la voy a curar…

Dio un salto y despegó del lugar. Avancé por los corredores circulares, movido por la urgencia, y dejé atrás a Maersen antes de siquiera recordar quién era. Debí imaginar, aunque fuera por un segundo, que él ya me había reconocido al seguirme así.

—¡Cardillo! ¡Eres tú! —Le oí decir a mis espaldas.

El recuerdo de aquel día volvió a mí como una bofetada.

Recordé la tierra atacando mi garganta cuando intenté gritar, y cómo luché en vano contra ese mar sólido que me absorbía.

Recordé cómo todo se fue a negro y dejé de oír los gritos de mis hermanos.

Recordé esa quietud placentera, aquel final caótico pero tranquilo.

Si no respiraba, no me dolería, solo moriría en el sueño.

Eso creí, hasta que unas raíces se enredaron en mis brazos y me jalaron de vuelta.

Cuando volví a ver la luz, no sentí alivio.

Al contrario, tosí tanto, que creí que mi final llegaría en un popurrí de arcadas, tosidos, escozor en los pulmones y un asqueroso sabor salado.

Respiraba tendido boca arriba, como un pez fuera del agua, hasta que una mano me alcanzó, tocó mi cuello y luego se deslizó por mi espalda, haciendo que la tierra abandonara por completo mis pulmones.

«Bien hecho, hijo mío, levántate y vamos a casa.»

Aún persistía un dolor imposible de palpar; no raspa ni quema, solo se instala en el pecho y lo enfría por dentro. Maersen, Lorr... mis hermanos. En estricto rigor, los había matado.

Pero oí los pasos de Calyssa formando huellas en la tierra, alejándose de mí, y no tuve otra opción que aferrarme a la falsa calidez de su palabra: hijo .

Era la primera vez que ella me había llamado así.

Con esa voz en mi consciencia repitiendo la palabra como un eco esperanzador: «hijo, hijo, hijo», de pronto, para mí, existir tuvo sentido.

Sanarme, ponerme de pie y correr tras la serafina me pareció consecuencia instintiva.

No me quedaba más remedio que olvidar sus nombres. El dolor era demasiado pesado y, bajo tierra, sus voces se habían apagado. No tendría que volver a nombrarlos jamás.

Ahora yo era un «hijo» y honraría ese título hasta mi último día.

Antes de alcanzar la cúspide, Maersen me sujetó del hombro.

Al girarme con ímpetu, me vio de frente cuando hizo estallar su puño contra mi cara.

No imaginé que un solo golpe pudiera dejarme tan aturdido, privándome de vista y audición al mismo tiempo.

Cada sentido se debatía entre el dolor y la confusión mientras él se lanzaba sobre mí, gritando con un odio brutal.

—¡Maldito imbécil! ¡Cómo es que puedes seguir vivo!

Esas palabras resonaron como un látigo en mi cabeza. Un dolor punzante me atravesaba la nariz, juraría que estaba rota.

—Escucha… —dije justo cuando él estuvo a punto de golpearme otra vez, buscando hacerme reaccionar—. Maersen, lo siento, ¿está bien? Yo no…

No pude impedir que me golpeara de nuevo. Esta vez dolió un poco menos y, al estar ya en el suelo, el impacto adicional en la espalda se evitó. Escupí un diente trasero; volvería a crecer en un par de horas, pero el dolor de la inflamación prometía ser insoportable.

Maersen se arrodilló junto a mí, con la mirada y la voz de una bestia:

—Así que por eso te fuiste con Calyssa de vuelta al Valle después de nuestra muerte, vivo y entero, ¿eh? Una mierda, Cardillo… eso es lo que eres.

—Que me haya escogido como guardián no es mi culpa.

Agoté su paciencia y él atrapó mi cuello por la nuez, bloqueándome por completo el aire. Lo miré directo a los ojos, sabiendo que eso era justo lo que esperaba.

—¡Hijo de puta! ¡Siempre te creíste mejor que yo!

«Me matarás», hubiera dicho si no fuera porque me había arrebatado la voz.

Sus dedos presionaron con fuerza el centro de mi garganta, cortando mi piel con sus uñas.

El dolor físico era apenas un murmullo, lo que realmente me aterraba era el caos de mis pensamientos, incapaces de aceptar que eso estuviera ocurriendo de verdad.

—¿Qué sucede aquí?

Esa voz fue un alivio absoluto, sobre todo porque a mi agresor le bastó escucharla para soltarme. El aire volvió a llenarme y, tosiendo, me arrastré por el suelo para alejarme de él.

—Madre Nylena —susurró Maersen como un niño regañado.

—¿Has intentado matarlo? —La serafina sonaba tan furiosa que casi me hubiera convencido de que yo le importaba—. ¿Qué se supone que has hecho, Maersen?

—No es eso… yo…

—¡Claro que has intentado matarme, imbécil! —Mi voz salió ronca y afónica, áspera como un ladrido. Sostuve mi cuello y al mirar la sangre que cubría mi mano, por fin advertí a Lummina detrás de la serafina, con los ojos abiertos de par en par.

Solo entonces me di cuenta de que se me derramaban lágrimas por las mejillas.

—¡Eres un sinvergüenza! ¡Rata miserable!

Esto es lo mínimo que te mereces. ¡Por tu culpa, por tu culpa, maldita escoria, nuestros hermanos murieron!

¡Hunnek, Lorr… Baros! —ladró Maersen, y pese a que se había vuelto a abalanzar en mi contra, Nylena lo detuvo envolviéndolo en la presión del propio aire.

—Basta. Maersen, al salón de reunión —ordenó la serafina, que se había volteado en otra dirección—. Lu, cura al querubín.

Maersen siguió a Nylena y, cuando me quedé solo en el pasadizo con la trono, ella hizo un gesto para acercarse, pero la aparté con un ademán de la mano.

—Estoy bien —dije, apoyándome contra la pared para ponerme de pie. Mis rodillas temblaban.

—No. No lo estás.

Volví a caer al piso. Estaba exhausto. Lummina se me acercó y se arrodilló a mi lado, mis heridas debían tener un aspecto espeluznante, a juzgar por cómo arrugó la expresión de su rostro al apartar la ropa de mi cuello.

—¿Está bien La Trucha? —le pregunté, restándole importancia a mi estado.

—¿Trucha? ¿La pequeña Faraine? —susurró Lummina—. Está bien. Vaya, así que te preocupas por esa querubina, por eso has subido hasta aquí.

Así que La Trucha ya tenía un nombre, a diferencia de mí.

—Ha sido mi culpa… ha sido mi culpa que se haya roto la pierna.

Entonces un manantial de lágrimas escurrió por mi rostro edematoso, oscuro y cubierto de sangre. Avergonzado y un tanto sorprendido, me cubrí con la mano.

El olor a orquídea me distrajo por un instante, no alcancé a reaccionar antes de sentir unos brazos rodeándome la cabeza. No le importaba mancharse con aquel gesto absurdo. Entonces sentí el corazón de Lummina retumbando en mi oído.

¿ Qué era eso ?

No se sentía mal, pero era confuso e incómodo. La cercanía era demasiada. Parecía la imitación de algún acto humano. Nunca había visto a mi madre hacer nada similar, por lo que no debía ser normal. No se sentía normal, en lo más mínimo.

—Yo no creo que hayas tenido culpa de nada, Cardillo.

De pronto me sentí más cansado, aunque desde luego confundí esa sensación con estar tranquilo, entero, completo.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —le susurré mientras mis ojos se cerraban.

—Te protejo, eres mi iridia. Quiero cuidarte.

—Eso es ridículo.

«El perro guardián soy yo», habría dicho, pero se sentía demasiado bien estar en silencio.

Cuando los niños humanos mueren, la diosa Eryndra les da otra oportunidad de renacer. No los guarda en Catarbella, sino que los deja repartidos en las mismas tierras de Lorelai.

En las almejas, en las flores, en los cardos...

Siempre me he preguntado por qué las serafinas no matan a los querubines varones al nacer. Se ahorrarían tantos problemas... Supongo que lo ven como un juego, o tal vez para mantenerlos como esclavos.

Aunque sé que tienen la orden de eliminarlos antes de que crezcan, circulan rumores de que algunas serafinas guardan a los querubines hasta justo antes de que cumplan los veintiún años.

¿Por qué? ¿Por qué lo harían?

Cardillo