Cortex 5 #2
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Si ella fingiría cordialidad para mantenerme atado a su cuerda, yo haría lo mismo.

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La primera pincelada del astro del día bañó las cumbres de las montañas y me arrancó del sueño antes que los ruidos de mis compañeros de cuarto.

El espacio que compartíamos era, como era de esperar, un dormitorio común.

Podíamos elegir cualquiera de las cuevas con literas y muchos ya habían reclamado sus lugares, adornándolos como si fueran dominios propios.

Después de apuntar todos nuestros nombres en el códice, El Zorro me llevó a escoger mi litera.

Dimos un par de vueltas hasta que encontramos una desocupada y, al sentir el rechinar de su estructura, entendí de inmediato por qué la habían dejado libre.

Daba igual, podía dormir en el suelo si debía hacerlo.

El paisaje que se asomaba por la abertura de piedra me resultaba hipnotizante.

Estábamos perdidos en la inmensidad, lejos de toda civilización y los pequeños reinados de las serafinas.

Desconocía el nombre de aquel paraje, pero nos hallábamos en el corazón de una cordillera gigantesca.

Si escapaba, el reencuentro con Calyssa podría tomarme una eternidad.

Partí antes de que el astro del día trepara hasta su cenit.

Incluso en lo más alto del firmamento, aquel cuerpo celeste apenas ofrecía un calor desvaído, muy lejos de la intensidad del fuego dentro del refugio.

Por eso me cubrí con un abrigo de piel tan pesado que ampliaba mi silueta.

Al dar un paso fuera de la montaña, la vertiginosa altura me hizo consciente de que un paso en falso significaría una muerte segura.

Cuando Lummina habló de la cima de la montaña de enfrente, no había usado una metáfora: ante mí se extendía un puente de piedra, tan largo como desprotegido, sin una barandilla que lo resguardara.

—Si no te sientes capaz de cruzar, puedes decidir no hacerlo.

—Oí su voz a mi derecha. Lummina lucía aún más despierta que yo.

A diferencia del día anterior, llevaba el cabello recogido en una coleta que se mecía por la fuerza del viento.

Una amplia capa que llegaba hasta el suelo cubría sus hombros y gran parte de su figura.

—¿Cruzar con este viento?

La trono pareció divertida.

—Si usas la gravedad del puente, no debería costarte tanto.

—Claro, lo dice la inmortal… Ojalá todos tuviéramos esa ventaja.

Lummina saltó y aterrizó en dos pequeñas nubes, lo bastante densas para sostenerla. Con cada paso que daba las nubes se hacían y deshacían, para no dejarla caer.

—Además, los querubines tenemos prohibido usar nuestros poderes —continué tras aclarar mi garganta para disimular la sorpresa que me causó su agilidad.

—Aquí no. Puedes usarlos y mejorarlos cuanto quieras —dijo ella por encima de su hombro antes de avanzar un poco más.

Miré hacia todos lados y no vi a nadie más.

—¿No esperaremos a los otros combatientes? —dije elevando la voz. Sabía que me había escuchado a la perfección, sin embargo, siguió caminando como si nada. Suspiré y me subí al puente.

Como dije, no tenía barandilla y caminar sobre él se sentía como una cuerda floja tendida sobre el vacío.

Aun así, me concentré, contuve la respiración e hice mis pies tan densos como el plomo.

El inconveniente era el tiempo, tardaría una eternidad en llegar al otro lado.

Una ventisca me embistió como si quisiera arrojarme al vacío, pero resistí, aferrándome con fuerza a la inestable superficie.

El verdadero problema llegó cuando el puente empezó a resquebrajarse bajo mi peso.

Di otro paso, pero al disminuir la atracción que ejercía con mis pies para evitar que colapsara, el viento aprovechó la debilidad y me derribó.

Alcancé a colgarme del borde con un brazo; de no hacerlo habría caído al abismo.

La altura era tal que, entre la neblina espesa, el suelo ni siquiera se distinguía.

Tragué saliva, aferrándome con desespero y abrumado por el vértigo. Fue entonces cuando vi la nube de Lummina justo encima de mí. La trono me observaba desde las alturas.

—Dime una cosa —dijo cuando me vio arrimarme a la plataforma—. ¿Habrías ayudado a uno de tus hermanos en una situación como esta?

El viento empujó de nuevo, deshaciendo todo mi esfuerzo y volviendo a dejarme colgado.

—¿Tú qué crees? —espeté, apretando los dientes—. ¿Sabes lo que me hubiera hecho Calyssa de haberlo hecho?

—No lo sé. —Me observó curiosa mientras se bajaba de la nube y se sentaba sobre el puente. El viento apenas le acariciaba el cabello.

Allí iba otra vez. Con ambas manos, levanté mi cuerpo. Justo cuando creí que Lummina separaría mis brazos de la plataforma para dejarme caer, sentí sus pequeñas manos jalarme hacia arriba. Al subir, ella me veía con atención mientras yo jadeaba del cansancio.

—Cuéntame, ¿qué te habría hecho Calyssa?

—Si yo hubiera salvado a uno solo de mis hermanos, ella me habría torturado hasta que les diera una muerte mucho más dolorosa e indigna —respondí después de calmar mi respiración.

Lummina sonrió, incrédula.

—¿No eres el malo? ¿Intentas convencerme de eso?

—No quiero convencerte de nada. No me importas lo suficiente. No como yo a ti.

Me puse de pie sobre el puente para continuar, pero entonces cometí el mismo error y el viento me arrastró hacia un costado y caí como un idiota.

Esta vez no alcancé a salvarme aferrándome al borde, así que me dejé llevar hacia el fondo del risco.

Solo pude pensar: «Mierda, estoy cayendo».

No hubo espacio para nada más. Algo irrumpió en el aire y me tomó de los brazos.

Cuando miré hacia arriba, Lummina había desplegado dos alas plumíferas, enormes, tan grandes como para elevarnos a ambos.

El brillo del astro en el firmamento me impidió seguir observándola, hasta que llegamos a la montaña de enfrente.

Cuando volví a tocar tierra, las náuseas me subieron por la garganta y estuve a punto de devolver la cena de la noche anterior.

Me contuve y logré ponerme de pie, aún tambaleante.

Luego vi a Lummina, quien se había despojado de la capa.

Tenía, en efecto, dos alas largas y exuberantes que brotaban de su espalda como si siempre hubieran estado ahí.

Por esa razón llevaba el torso casi descubierto, envuelto apenas en una manta que le cruzaba el pecho.

Fue insoportable de mirar, tuve que apartar la vista y respirar hondo para evitar que el calor se me subiera a las mejillas.

—Es evidente que no te han enseñado nada sobre tus propios poderes.

—Tienes alas —afirmé lo obvio, solo para convencerme a mí mismo—. ¿Cómo? No eres una serafina…

—Me las ha dado Nylena. —Tuvo que notar la duda en mi rostro. —¿Tampoco sabías que los serafines pueden conceder dones?

—Te lo pregunté por algo —obvié otra vez—. Estoy seguro de que ayer no las tenías.

—Las invoco solo cuando debo cuidar mi iridia, Cardillo.

Mis ojos se abrieron sin mesura, a pesar de mis esfuerzos por impedirlo. Los tronos, al igual que los serafines, adquirían la inmortalidad. Y con ella, su precio: una iridia. Una razón de vivir, un propósito, una fuerza.

Una condena.

—Quita esa expresión —dijo ella con una sonrisa—, por supuesto que tú no eres mi iridia.

—No pensé eso. —Claro que sí lo había hecho, por eso aparté mi vista de su figura y la clavé en el puente que dejamos atrás.

Ella buscó mi mirada e intentó colocarse frente a mí. La evadí cuanto pude, hasta que me detuvo al tomarme por los brazos.

—¿No me vas a preguntar cuál es mi iridia?

Tensé los labios cuando me miró tan fijo que sentí que podía leerme la mente. Negué con la cabeza.

—No.

—¡Ah! Es tan aburrido hablar contigo —se quejó al soltarme, y caminó hacia la cima de la montaña en la que estábamos.

—Pues te voy a preguntar otra cosa —dije mientras le seguía el paso—. ¿Dónde están los otros querubines combatientes? ¿No deberíamos ser un grupo?

Lummina rio en voz alta y me miró por encima del hombro.

Al llegar arriba, el horizonte infinito se desplegó tan vasto que el fin de las llanuras se perdía a la vista.

No veía el inicio de Riorense, el océano, tampoco el final de las ciudades de la costa.

El astro del día en el cielo, teñido de un celeste intenso, derramaba su luz sobre la exuberante vegetación.

No noté de inmediato que allí había armas de todo tipo, como lanzas, arcos, dagas, hoces, entre otras.

—No. Yo soy la única combatiente del refugio —respondió ella mientras buscaba un arco y una mochila con un par de flechas que luego se colgó al hombro—. Ser combatiente es una labor muy peligrosa. No quiero que mis querubines mueran en este trabajo.

—Qué manera más linda de decir que te da igual que yo muera.

Ella me sonrió y me entregó un arco. Me sorprendió lo pesado que era y la manera en que ella lo tomaba con tanta facilidad. Entonces noté que sus brazos estaban un poco marcados bajo la piel pálida y brillante.

—Si no me importara tu vida, te habría dejado caer al abismo, Cardillo. Te invité a venir aquí por dos razones.

—Me obligaste, querrás decir. Déjame adivinar, la primera razón es para que no me cargue a uno de tus querubines.

—Correcto, quiero tenerte en la mira. La segunda es que sé que eres competente para proteger el refugio.

—¿Y quién te ha dicho esa mentira?

Lummina rodó los ojos y, sin esfuerzo ni aparente intención, me apuntó con la flecha y la lanzó. La punta, y buena parte del cuerpo de la flecha, se me incrustó en el costado derecho del abdomen.

—¡¿Qué hiciste?! —me quejé. No había sido mortal, pero lo habría sido de no haberme movido.

—¡Lo siento! —Se sorprendió ella y me asistió de inmediato, arrepentida y desesperada—. ¡Creí que lo esquivarías! ¡Hasta te di tiempo!

—Vete a la mierda —dije entre dientes, sentándome sobre la roca de la montaña y arrojando el arco a un costado.

Lummina tocó la vara de la flecha y, con solo acariciarla, se deshizo en arena oscura.

—Está hecha de asteroide —dijo arrodillada frente a mí—. No es sólida, solo en apariencia. Ya no me mires así.

—¿Y cómo esperas que te mire después de que me atacaras con una puta flecha?

—Si quieres ser combatiente, tendrás que aprender a esquivar —respondió, restándole importancia—. Tómalo como una especie de entrenamiento.

—Lo tomo como una inmadura forma de venganza por haberle quebrado el cuello a ese querubín. ¿Cómo vas a querer imponerme tu maldito punto de vista si a ti te han dado como don unas alas de mierda y a mí me han obligado a matar a mis hermanos en un ritual?

La trono se detuvo y bajó la mirada, como si la culpabilidad la hubiera golpeado de repente. Pronto, sin alzar el mentón, me observó con sus ojos enormes. De algún modo, aquello logró apaciguarme.

Aun así, rechacé su tacto cuando subió mi camisa e intentó buscar la herida que me había provocado.

—¡Voy a curarte! —me gritó, con un tono tan ambiguo que no pude comprender si era una orden o una petición.

—No, y una mierda. No me toques. No te me acerques —espeté, echándome hacia atrás cuanto podía para alejarme de ella.

Estaba harto de ellas, de las querubinas, las tronos, las serafinas. Tal vez demasiado harto.

Ella lo notó y, entonces, arrepentida, usó la voz más dulce que jamás le había oído:

—Mi iridia es Lorelai, Cardillo. Mi iridia es este mundo al amanecer, al atardecer y al caer la noche.

Es la risa de los humanos, los ruidos erráticos de los animales.

Las plantas brotando, los querubines jugando, la diosa observando, Nyl amándome.

Lo eres tú también, mirándome con rabia.

No puedo matarte, Cardillo, jamás lo haría.

Estas flechas son inofensivas, pero causan dolor.

Las uso para practicar mis tiros. Lamento haberte hecho pasar por esto.

Lamento también haberte condenado a mi veneno.

Prometo que, si no escapas, no haré uso de él jamás.

Miré a Lummina y, cuando levantó mi camisa otra vez, me quedé inmóvil.

La herida desapareció cuando la trono acercó su boca a ella y, con un leve roce, la selló como si no fuera nada.

Su respiración, sin embargo, entró en mí y se esparció por todo mi cuerpo.

Le di un leve empujón. Ella retrocedió atendiendo mi rechazo.

Era insoportable. Sentirla, mirarla, era una tortura real.

Me puse de pie y, del mismo modo en que ella lo había hecho siquiera sin pensarlo, agarré el arco y le arrebaté una flecha de la mochila que cargaba.

La tomé y la ajusté al arma. Le apunté y creí que se sorprendería, que la esquivaría, pero se quedó sentada mirándome desde abajo.

Esbozó una diminuta sonrisa con la línea de sus labios.

—Me lo merezco, está bien. Puedes vengarte.

«Son inofensivas, pero causan dolor», recordé. Por eso mis manos temblaron. Creí que eran ansias, un deseo ferviente de verla retorcerse de dolor una vez le disparara. Le dolería tanto que quizá gritaría, lloraría y perdería los cabales por unos instantes.

Bajé lentamente el arco y la flecha, destensando la cuerda.

Por muy insoportable que me resultara mirarla, no podía hacerle daño.

Al contrario, eran sus ojos lo que me infligían dolor a mí, con una inocencia que hería y que ansiaba aplastar.

No, era una sensación mucho más intensa que querer destruirla, quería protegerla. Evitar que llorara.

—¿Qué es lo que tienes, mujer? —le pregunté, confundido.

—¿A qué te refieres? —me preguntó, sorprendida de verme soltar la flecha y el arco a mi costado.

—Eres insoportable —espeté.

—¡Auch! —manifestó, poniéndose de pie para luego sacudirse la tierra de las rodillas—. Es una lástima. Tendrás que seguir soportándome, porque te enseñaré a usar todas estas armas.

—¿Y para qué? ¿De qué me va a servir?

Dio un par de pasos hacia mí, hasta quedar tan cerca como para golpearme con su esencia: orquídeas, lavanda, almizcle.

—Haré que te enamores tan profundamente de todo lo que amo, que lo protegerás con una devoción que nadie más podrá comprender.

—De nuevo vas con esos disparates —me quejé, alejándome de ella—. ¿No te lo han dicho? ¿Que los varones estamos vacíos por dentro y por eso no podemos dar vida ni gobernar mundo alguno?

—Hasta el cansancio —me contestó sin abandonar esa sonrisa llena de esperanza. Su cabello se sacudió y dejó su cuello al descubierto.

Entonces sentí una incomodidad debajo de mi pecho que retumbaba.

Era insoportable.