5
D ebí haberlo imaginado: al salir, terminé siendo el centro de atención de todo el refugio.
Los querubines se apartaban a mi paso, susurraban cosas, algunos aterrados, otros enfadados.
Era obvio que jamás habían visto a nadie generar problemas dentro de ese lugar.
Yo había sido el primero en quebrantar esa paz, pero para que lo tuvieran claro, seguiría haciéndolo.
—Zorro —lancé sin rodeos—, dijiste que los querubines cumplen veintiún años y pueden seguir viviendo, pero aquí veo jóvenes menores de dieciocho, la mayoría.
—¡Bah! Los emisarios están cuidando a los humanos —me contestó harto, como si fuera lo más evidente del mundo—. Ellos tienen la suficiente autonomía y habilidad para salir, ocultarse de las querubinas y servir a la razón por la que existen.
Mientras subíamos por los pasadizos en forma de caracol del refugio, ignoramos las miradas curiosas que nos espiaban desde las cuevas.
Al salir de la que comprendí era la habitación de El Zorro, me di cuenta de que las aberturas en las correderas no eran simples huecos: parecían pequeños mundos escondidos, quizá cuartos, tal vez salones destinados a ceremonias como el salón pleno.
De todas formas, nada era simétrico o cuidadosamente cortado, las piedras estaban torcidas y se veían poco estéticas.
Comprender el diseño parecía imposible, habría que recorrer el refugio por un día entero y, aun así, su intrincada red de pasillos seguiría convirtiéndolo en un laberinto.
—¿Servir a la razón por la que existen? ¿Qué se supone que significa eso? —pregunté, tras procesar la información.
— Et Córtex, Hilaris, Aestus e Caelum, sirvem humanite —me contestó con aire solemne.
—En el idioma que hablo, por favor —dije, hastiado.
—Las cuatro serafinas sirven a la raza humana.
Lo miré como quien espera una gran revelación y recibe, en su lugar, una nimiedad.
—Absurdo.
—¡Te falta mucho por aprender, viejo! Claro que nuestra misión es cuidar de los humanos. Los querubines fuimos niños humanos, ¿sabes quiénes fueron nuestros padres? ¡Humanos! ¿Qué fuimos? ¡Humanos! ¿Qué seremos en el siguiente mundo? ¡Humanos!
—Ya, ya, ya te entendí —lo corté con desinterés.
—¡Códice! —gritó La Trucha, subiendo la pendiente mucho más rápido que nosotros.
Habíamos llegado a la cima del interior de la montaña.
El pasadizo terminaba allí y, al mirar hacia arriba, un cráter enorme servía de tragaluz para el refugio.
Empezaba a sospechar que en realidad estábamos dentro de un volcán.
La profundidad y el vacío de la montaña le daban sentido a esa teoría.
Quizá lo habían drenado por completo, pero eso era un disparate si no había sido obra de una serafina de la tierra.
Calyssa jamás habría colaborado en algo así.
Como El Zorro me había adelantado, el códice era un enorme libro iluminado por la luz que salía de la abertura. Por el reflejo azul en sus hojas, supe que era el astro de la noche el que lo bañaba con su brillo.
—¿Y la sorpresa?
—¿Cuál? —preguntó El Zorro.
—Dijiste que me explicarías para qué servía este libro al llegar aquí.
—¡Cierto, viejo! Qué memoria. Verás, los recién llegados pueden elegir qué hacer en el refugio. ¿Combatiente? ¿Médico? ¿Decorador? ¿Arquitecto? ¿Ganadero? Puedes ser lo que quieras, solo tienes que anotarte en el códice con tu nuevo nombre.
—¡Lo que quieras! —bramó La Trucha.
—Bien, elijo lo que exija menos esfuerzo. Me iré de aquí en cuanto se me pase esta mierda de enfermedad.
—Qué amargado eres… Oye, por cierto, ¿cómo te llamas?
Ya era hora de que lo preguntara.
—Cardillo.
—¡Mentira! Me habías dicho que Cardillo no era tu nombre. Además, no te pega nada. Ese nombre es demasiado tierno para alguien como tú.
Hice una mueca.
—Apártate, Zorro.
Me coloqué frente al soporte que sostenía el códice y lo ojeé de manera superficial. Como esperaba, había muchas labores y nombres grabados en él. Debí haber imaginado que estar ahí no sería gratis, que ese lugar tendría una dinámica en la que tenía que integrarme.
La Trucha se puso de puntillas a mi lado para observar, como si supiera leer.
—¿Tú sabes qué vas a hacer? —le pregunté a El Zorro.
—Claro. Seré mensajero.
—Eso suena trabajoso —opiné.
—Para nada, implica ir desde el refugio al Nido del Viento para enviar mensajes y volver. Así podré ver a Neblina todas las veces que quiera.
Se refería al sitio donde se asentaban los del linaje del aire. El Nido del Viento, también ubicado sobre una montaña.
—No solo daré mensajes al Nido del Viento. También iré a las aldeas humanas a llevar mensajes divinos.
—¿Y tú qué harás? —le pregunté a La Trucha. Ella se llevó un dedo a los labios, como si lo meditara en serio.
—Pues como todos los niños, irá a la escuela del refugio a aprender —me explicó El Zorro.
—O sea, nada útil —contesté con sorna.
—¡Viejo! No le digas eso a una niña que recién está estrenando el cerebro. Se lo va a creer.
—Mejor, así no se hace ilusiones —respondí, mientras hojeaba el grimorio—. Zorro, dime: ¿cuál es la labor más simple?
—Quizá la de proveedor. Para los querubines de la tierra es pan comido, solo deben generar alimento para el refugio y las aldeas humanas.
Asentí y lo busqué en dicho libro sin decir nada más. Solo quería que mi estadía fuera simple y rápida, nada que resultara demasiado pesado de soportar. Estaba por hallar la letra «P» cuando el códice se cerró de golpe. Por suerte, pude quitar mi mano antes de que quedara atrapada.
—Serás combatiente, Cardillo —escuché decir a una tercera voz a mi costado.
La miré iracundo en cuanto la reconocí. Lummina debía tener una gran valentía para dirigirme la palabra después de haberme dejado en ridículo al someterme de esa forma. El Zorro retrocedió con un respeto que ella no merecía, mientras que La Trucha se quedó a mi lado, mirándola con curiosidad.
—Pensé que en este nido de libertad podría escoger en qué ocuparme —repliqué.
—Voy a tenerte donde mis ojos te vean.
Sostuve su mirada durante unos segundos en una clara muestra de que no pretendía dar mi brazo a torcer, luego bajé la vista hacia el códice para continuar la búsqueda. Debía hallar «proveedor» entre las páginas, pero entonces lo que se estampó sobre el dorso de mi mano fue la mano de Lummina.
Me tomó por sorpresa, a eso atribuí que se me erizara hasta el último vello.
Alcé la mirada enfadado, pero también un poco desesperado.
Lummina se ubicó frente a mí, con el códice interponiéndose entre ambos.
La claridad que se filtraba por el tragaluz nos aislaba en su resplandor. Solo a nosotros dos.
—Dos días —me soltó, mirándome tan fijo que ni siquiera me permitía pestañear.
—¿Qué? —fue todo lo que pude responder.
—Dos días son los que te puedo dejar inconsciente —volvió a decir, quitando por fin su mano de la mía. Comenzó a caminar a mi alrededor, mientras sus pasos resonaban por la piedra—. ¿Acaso deseas volver a dormir dos días completos?
—Eso explica el hambre que tengo —me quejé, rodando los ojos.
—Y no soportarás otros dos días más sin comer, querubín.
—Oh no, me perderé esa comida repleta de veneno insidioso.
Ella suspiró y, tras dar una vuelta completa, volvió a quedar frente a mí. Su cabello blanco se cruzó con la escasa luz que se filtraba del techo, absorbiéndola por un instante.
—Lo siento. Sé que lo que hice estuvo mal… pero entiéndeme, estaba desesperada. Este refugio es todo lo que tenemos, y Nyl habría sido capaz de matarte con tal de protegerlo. No quiero controlarte, pero te has mostrado violento, y esa agresividad hay que arrancarla cueste lo que cueste.
—¿Y piensas conseguirlo obligándome a ser un combatiente? —pregunté, clavando la mirada en El Zorro, que negó con la cabeza—. Seguro que esa labor consiste en tallar figuritas de jabón en el aire. Algo así, ¿no?
—Pelear, Cardillo. Los combatientes pelean por la seguridad de la raza humana y de este refugio. A veces, hay que pelear para proteger lo que uno ama.
—Ah, claro… Excelente método para quitarme lo violento.
—La violencia cambia cuando la usas para defender lo que amas —concluyó con calma.
La miré, incrédulo. No podía creer que intentara convencerme con algo tan absurdo, tan ajeno a mí. Si algún día terminaba como El Zorro —idiota o, como él dice, enamorado—, juro que sería yo mismo quien se arrancaría la vida.
—Amarás este lugar. Amarás a la humanidad. Amarás tanto, y con tal locura, que no querrás marcharte jamás —susurró—. Dame tiempo.
Su tono se suavizó. Intentaba manipularme.
Procuraba que me fijara en el movimiento de sus labios al hablar.
Quería que notara que su rostro era delicado, mucho más que el mío, igual que sus manos y su cuello.
O tal vez… tal vez existía la posibilidad de que solo intentara hablarme como a cualquier otra persona y era yo quien lo malinterpretaba todo.
—Bien, como sea. Combatiente, obrero, payaso. Seré lo que tenga que ser, después me largaré de aquí.
Volví a abrir el códice y Lummina se inclinó sobre la mesa para consultar las páginas del libro, sin invadir demasiado mi espacio.
Traté de ignorar la cercanía de su respiración, la temperatura cálida de la misma.
Después de anotar mi nombre con cuidado, ella sostuvo mi rostro por el mentón apenas un instante, como para asegurarse de que prestaba atención.
—Mañana al amanecer —ordenó—, en la cima de la montaña de enfrente.
Asentí con el ceño fruncido. Ella soltó mi barbilla y me arrojó una bolsa contra el pecho, obligándome a atraparla.
La trono sonrió a mis compañeros y se despidió con una leve reverencia. Ninguno de ellos parecía temerle; al contrario, La Trucha dio saltitos cuando ella acarició su cabeza.
—¿No es bellísima? —nos preguntó El Zorro a ambos, pero solo la niña le contestó.
—¡Hermosa! ¡Hermosa!
Revisé la bolsa y había alimento para dos días completos, tal vez los que había pasado durmiendo.
—Dos semanas —susurré—. Dos semanas y me largaré sin que lo sepa.