Cortex 4
8%

4

D esperté un momento después. No tenía idea de cómo me habían transportado ni cómo había pasado de estar lúcido a quedar por completo entumecido. Moví mi cuerpo, que todavía pesaba demasiado como para siquiera sentarme. Cerré los ojos de nuevo.

—¿Cardillo? ¿Me oyes?

Una voz juvenil pero masculina resonó justo cuando una potente ráfaga de aire me golpeó como un castigo.

Abrí los ojos con esfuerzo y allí estaba el querubín que me había hablado antes de la ceremonia.

Detrás de él, las paredes de la caverna, cubiertas de dibujos y ornamentos, devolvían la luz temblorosa de una vela suspendida junto a una litera.

Todo se parecía al cuarto que me habían dado para dormir, pero este estaba decorado, más vivo.

Al lado del chico que me miraba con atención, estaba una querubina… La presencia de esa niña me sacó de la atonía y me despertó por completo. Me sorprendió ver a una niña, una hembra pequeña, en el refugio de Nylena.

Era azul, cubierta de escamas iridiscentes, y sus orejas eran dos aletas delicadas.

Pertenecía al linaje del agua. Pero ¿qué hacía una niña allí, en un refugio, si ellas eran sagradas para las serafinas?

Además, ni siquiera poseía las aletas que distinguían a los demás querubines del agua que había visto.

Sus brazos y piernas eran lisos, y carecían por completo de aquellos relieves que definían a su especie.

—¿Es tu hermana? —le pregunté, con la garganta rasposa, al querubín con aspecto de zorro.

—¿Ella? Qué va. La acabo de conocer. Es loco, ¿no? Una niña… —Dejó de mirarme para dirigirse a ella—. ¿Qué te ha hecho tan desdichada para quedar con la baja calaña?

—Habla por ti —me quejé, intentando incorporarme. Mi cabeza todavía daba vueltas, y estuve cerca de derrumbarme al intentar ponerme de pie.

— ¡Wow, wow, wow ! No te sobre exijas, viejo. No después de que Lady Lummina te apagara.

—¿Me… apagara?

Debía ser una broma que toda esa parafernalia que me había dejado inconsciente fuera culpa de esa mujer. Al intentar explicármelo, El Zorro solo logró que mi espanto creciera.

—De algún modo consumiste su saliva, Cardillo, y tuvo que haber activado el efecto durante la ceremonia. Caíste en la trampa.

—Trampa —dijo la niña por primera vez, con la voz fina y clara.

—¿Ah? ¿Qué estás dicien…? —Indignado, traté otra vez de ponerme de pie, pero volví a caer mareado al suelo.

—Tranquilo, es temporal. El efecto suele durar solo unas semanas.

—Semanas —repitió la niña, con los ojos fijos en mí.

El querubín me ayudó a ponerme de pie. Por fin, pude mantener el equilibrio.

No tenía idea de qué me estaba hablando, así que suspiré e intenté sacar mis propias conclusiones, porque El Zorro era inútil explicando.

Según lo que entendí, la sopa que había ingerido se asentó en mi sistema nervioso y, como la trono del cielo podía controlar la electricidad, había provocado un relámpago en mi interior.

Lo suficientemente fuerte para aturdirme, pero no para hacerme daño.

¿Debía agradecerle que no me hubiera matado? Bueno, desde luego que no; ahora estaba jodido, sería imposible escapar. Me había enfermado. Sin embargo, si lo que decía el zorro era cierto, el efecto duraría solo un par de semanas y luego desaparecería.

—Por cierto, muy mal, Cardillo. Quizá tú no quieras un mejor nombre, pero yo quería dejar de llamarme Buenoparanada. ¡Arruinaste nuestra bienvenida, nuestra ceremonia de nombramiento! —se quejó El Zorro.

—Pues creo que ese nombre te va bien —le solté.

La niña de agua soltó una risita bulliciosa, lo que me dejó en claro que ella entendía a la perfección lo que hablábamos. La observé con curiosidad y, aunque era descabellado, me pregunté si acaso Buenoparanada la había traído.

—¿Yo? ¡Qué va! —respondió él—. Acaba de llegar al refugio al igual que nosotros y no se ha despegado de mi lado desde la ceremonia.

—Tienes una personalidad muy solidaria, ¿eh? ¿Siempre andas por ahí recogiendo a cualquier criatura que pestañea dos veces?

—¡Qué va! —replicó él, casi ofendido—. Yo estaba en la fila y al verla tan perdida me dio pena. Además, una querubina hembra es muy importante, no podía dejarla abandonada.

—Bien, tú también crees que son sagradas —resoplé—. Buenoparanada, adiestrado hasta la lengua.

—Oye, es un hecho que las mujeres crean vida y la dotan de color. Ellas son el origen de todo, viejo.

—¿Me ves cara de viejo? Ese no es mi nombre.

—¡Mi nombre tampoco es Buenoparanada!

—Pues no tienes un nombre además de ese.

—Y eso es culpa tuya. Creo que deberías compensarme y darme un nombre.

La niña comenzó a saltar y a vitorear a mi lado, su voz aguda era un verdadero fastidio.

—Bien —dije, cruzándome de brazos con una sonrisa y apoyándome en la litera—. Veamos, ¿qué nombre te podría ir bien?

—¡Cualquiera, menos Buenoparanada! —me interrumpió antes de que pudiera pensar.

Si debía nombrar a ese querubín y recordar su nombre durante mi estancia en el refugio, al menos debía elegirlo con cuidado para no olvidarlo.

—El Zorro, ¿qué te parece? —propuse.

—¿Zorro?

—El Zorro. Primer nombre «El»; segundo, «Zorro».

—¡Sí, me gusta! —gritó el chico, sonriendo por primera vez desde que desperté.

—¿En serio? —Alcé una ceja, creyendo que me tomaba el pelo. Había buscado fastidiarlo. En su lugar, se sostuvo de las caderas con las manos y asintió, orgulloso.

La niña de agua me gritó en la oreja:

—¡Nombre!

—A esta pequeña también deberías darle un nombre —sugirió El Zorro.

La miré y me sostuve el mentón, pensativo. Era lógico cómo debía llamarla.

—Trucha.

La niña fue más inteligente que El Zorro y frunció el ceño al oírme.

—No gusta.

—Pero, oye, Trucha te queda bien —comentó El Zorro. Solté una risa contenida—. Oye, viejo, no te rías, la pequeña creerá que te estás burlando.

—¿Y qué crees que hago, viejo ?

—No es correcto. No debemos burlarnos de ellas. Debemos venerarlas.

Volví a reír, esta vez con menos contención, dejando que la carcajada se escapara con mayor libertad.

—¿Ahora te burlas de mí? —por fin, El Zorro sonaba ofendido.

—No puedes esperar que venere a las querubinas de la naturaleza o a cualquier hembra. Mi vida ha sido un infierno por su culpa.

—Pero ¡si son los seres más hermosos que conocerás jamás! —exclamó con una devoción inquebrantable en su voz.

—Déjame adivinar, ¿eres un querubín del aire?

—¡Por supuesto! Nylena, mi creadora, no solo me ha cuidado desde el primer momento, sino que también rescata a querubines de otros linajes. A ellos los matan de formas atroces. ¿Puedes creerlo?

—Zorro, yo vengo de otro linaje. Por supuesto que lo sé — suspiré. Una pregunta me surgió de imprevisto—: A todo esto, si eres un querubín del aire, ¿por qué eres nuevo en el refugio?

—Mi venerable madre Nylena finge que nos mata, ¿qué crees? Si no, estaría incumpliendo las órdenes de la diosa Eryndra. Por eso, cuando cumplimos los dieciséis años, nos envía aquí.

—Por lo menos los deja vivir hasta los dieciséis —reflexioné en un susurro para mí mismo—. Y luego qué, ¿les permite llegar a tronos? ¿Qué pasa si uno de ustedes se convierte en serafín? ¿No es esa una condena para el mundo?

—No nos proclamamos tronos, viejo, nosotros nos llamamos «emisarios». Cuando cumplimos veintiún años somos emisarios. Podemos vivir como adultos, bajo el juramento de dejarnos matar en una posible guerra de serafines.

—Vaya, qué generoso por parte de Nylena —ironicé.

—Bah, moriremos de todos modos, viejo. La muerte no es el castigo que crees que es. Es algo triste, desde luego, pero en nuestro caso puede ser algo hermoso. Una ofrenda. Un regalo de nuestra parte para las hermosas querubinas.

—Quiero vomitar cada vez que lames los pies de esas criaturas —espeté, pasándome una mano por el rostro.

—¿Has visto a la trono Neblina? Ella es el ser más bello que mis ojos han visto, viejo. Cuando llegue el momento, dejaré que me mate.

—¿Por qué mierda harías eso?

—Porque es hermosa, y estoy enamorado de ella. —Las últimas palabras sonaron más como un suspiro.

Lo miré como quien no entiende nada, y es que, en efecto, no comprendía el alcance de esa palabra. «Enamorarse» no era un verbo que se usara entre los del linaje de la tierra, y menos aún si provenía de un querubín varón.

—Zorro, ir al códice. Nosotros mañana no hacer, no comer. Nada de nada —habló La Trucha. La niña tenía una pronunciación pobre y ni hablar de su comunicación.

—¿Qué acaba de decirte? —pregunté, alternando mi mirada entre él y ella.

—Se refiere a que debemos anotarnos en el códice del refugio. De lo contrario, no comeremos y nos aburriremos como ostras todo el día de mañana.

—¿Qué es un códice? Espera. —Sacudí la cabeza, intentando aclarar mis ideas—. ¿Cómo es que sabes lo que dijo?

—¿No lo sabes? Se nota que has vivido en el Valle toda la vida. Ayayay, Calyssa los aísla de todo —explicó El Zorro, con un tono condescendiente—. Verás, viejo, los niños del agua no hablan bajo el agua. Están aprendiendo el lenguaje con nosotros.

La niña Trucha, impaciente, fue directo a la puerta de piedra que cerraba la habitación y la señaló.

—¡Rápido! —exclamó.

—Y si quieres saber qué es el códice, más vale que nos apresuremos antes de que lo cierren por hoy —añadió El Zorro.

Lo seguí. Después de todo, había sido el único en explicarme lo ocurrido sin esperar nada a cambio. Quizá, por una vez, no sería tan malo quedarme cerca.

Tener una iridia es... fascinante y aterrador al mismo tiempo.

La iridia es como la esencia de un inmortal, lo que les da vida, su razón de existir. Perderla no es solo lastimarte: es algo peor que morir. Te petrificas.

Es un castigo cruel y lento: tu cabeza sigue funcionando, pero el cuerpo se pone negro y se queda rígido. No puedes gritar, no puedes moverte. Sabes todo lo que pasa, ves lo que le ocurre a tu cuerpo... y estás atrapado. Una prisión de carne y hueso. Un infierno silencioso.

Hace poco me pasó algo parecido. Me desperté de una siesta y no podía moverme. Intenté, intenté y nada.

No sé si es como perder una iridia, pero sentirse atrapado así da un miedo de mierda.

Si eso es lo que cuesta ser inmortal, paso. No quiero una iridia.

Cardillo