3 #2
—Escucha, pequeño revolucionario. Te tengo un trato a cambio de que nos des menos jaquecas. ¿Qué dices?
—¿Por qué querría acceder a un trato? —le pregunté con una sonrisa que, al instante, se congeló ante su respuesta.
—Porque de lo contrario morirás aquí y ahora.
Resoplé, pero esta vez, la risa no acudió a mis labios.
—¿Así de fácil renuncias a los valores que dices proteger? —Aunque mis palabras resonaron alto y claro, buscando que el resto de los querubines las escucharan, Nylena se acercó lo suficiente para que solo yo pudiera oír su respuesta.
—Te estoy dando la oportunidad de conocer este refugio y ver lo que tengo aquí.
Si aceptas, sabrás por qué vale la pena renunciar a lo que sea por protegerlo.
—Sus palabras sonaban amables, pero sus ojos desmentían cada una de ellas.
Era hermosa, con esa clase de belleza que solo poseen los seres inmortales.
Un nudo amargo se formó en mi garganta al recordar la última vez que estuve tan cerca de la muerte.
No quiero morir. No todavía .
Nylena sabía que me tenía en sus manos y yo odiaba esa sensación, aquella certeza de que, si intentaba asesinarla, fallaría.
—Te ofrezco el siguiente trato: quédate aquí por tres meses. Si entonces te quieres marchar, puedes irte, siempre que jures que fingirás ignorancia con Calyssa sobre la ubicación y existencia del refugio.
—Y si no acepto, moriré aquí y ahora —repetí sus palabras, sin apartar la mirada ni un instante.
Era inquietante cómo Nylena podía mantener los ojos abiertos, sin necesidad de pestañear una sola vez. Pero aún más inquietante era el silencio absoluto del resto de los querubines, que ni siquiera se atrevían a respirar.
—¿Aceptas? ¿Sí o no?
Sonreí y asentí con la cabeza, solo para que mi respuesta saliera con un tono aún más burlón:
—No.
Nylena besó sus manos unidas y de inmediato una fuerza invisible me obligó a caer de rodillas.
La observé desde el suelo cuando formó un hacha de oro resplandeciente en su mano, invocando el poder de Catarbella y lista para darle un punto final a mi vida.
—Te doy una última oportunidad, Cardillo. —Su voz era grave. Era una promesa gélida.
—No quieres matarme, ¿no es así? —la desafié, a pesar de mi posición vulnerable.
Nylena curvó sus labios y negó con la cabeza, sin pronunciar palabra. Pero la forma en que sostenía el hacha con implacable determinación me dio la respuesta.
—¡Nyl, espera un momento! —interrumpió Lummina, arrancándome del miedo que estaba fingiendo no sentir—. Mira a los niños. Detén esto de una vez.
Incluso me había olvidado de que teníamos público para ese macabro espectáculo.
Pese a que no me volteé a mirarlos, con el resquemor de hallarles rostros de burla, supe que al menos un par estaban temblando como locos.
Seguro que recordaban todo lo que habíamos vivido antes en el Valle de la Tierra, en el Ponto de los Océanos, en el Abismo Estelar.
—No podemos permitir que estos niños nos vean matar a uno de ellos —trató de persuadirla.
Volví a respirar con una bocanada profunda, dándome cuenta solo entonces de que había estado conteniendo el aire. No moriría. No todavía.
—¿Y cómo planeas controlarlo y cuidar lo que tenemos, Lu? —susurró.
Ella sonrió y se acercó a Nylena buscando sus manos, sus grandes ojos oscuros brillaban. Una punzada me atravesó el estómago.
—Esa sopa tenía… —contestó Lummina. Mi audición era aguda, la había escuchado con absoluta claridad, pero aun así no lo había entendido en lo más mínimo. El misterio se cernía sobre mí.
¿ La sopa? ¿Tenía qué? ¿Se refería a la que me había tirado encima el primer día ?
—No te consta que lo ha bebido —dijo Nylena, teñida de escepticismo.
—Solo basta con una gota —replicó Lummina con firmeza.
Las miré con creciente confusión. Comenzaba a sospechar que me habían dado veneno o algo por el estilo. Pero era mucho peor.
—Ustedes, querubines míos, son todos dignos de vivir, pero también hechos para protegerse. Mientras yo viva, Lorelai, la humanidad y los querubines encontrarán un refugio como este. Uno intocable, inderogable —dijo Nylena tras girarse de nuevo hacia el público. —Inmune a los perros rabiosos...
Los gritos de felicidad y los aplausos ahogaron las palabras que Lummina musitó mirándome a los ojos. Su cabello lucía como una cascada rubia blanquecina que caía desde un pequeño trenzado en su casco. Casi me recordaba al color de un relámpago en la noche.
Un relámpago.
De pronto, algo hizo cortocircuito en mi cabeza, una explosión silenciosa de miles de chispas incandescentes danzando alrededor de mi cerebro.
No era doloroso, pero me paralizó por completo.
Mi cuerpo se volvió más denso, como si se hubiera solidificado en plomo puro.
El peso me arrastró sin remedio y choqué con el suelo con un golpe sordo.
Antes de que mis párpados se cerraran, la última imagen grabada en mi retina fue la figura de Lummina, reverenciándose con una gracia solemne frente a la masa de niños eufóricos.
Ella me había envenenado de alguna manera.
Ella se había filtrado en mis entrañas con sigilo.
Antes de que la inconsciencia me envolviera por completo, estuve seguro: Lummina me había enfermado.