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E l interior de la montaña es difícil de describir.
Un sinfín de espirales y pisos se entrelazaban, conectando habitaciones en un laberinto imposible de abarcar de un vistazo.
Tenía belleza en cada rincón: luces etéreas flotando como maripolillas gigantes, enredaderas que serpenteaban por todas las superficies y estructuras inimaginables (puentes colgantes, pasillos sinuosos) que solo el linaje de la tierra podía haber concebido.
Lo supe al instante, era una certeza instintiva.
Lo que no podía discernir era si las pequeñas cascadas, que caían rumorosas de un piso a otro, eran obra del linaje del agua o del aire.
Nunca había visto querubines del agua como los que ahora corrían por los corredores.
Algunos eran casi de mi estatura, tal vez cercanos a mi edad, con piel azul iridiscente, escamas relucientes e incluso aletas que se agitaban al andar.
En cuanto al resto, y tal como yo, eran capaces de disimular sus poderes, pues sus similitudes eran notables: los mismos cuernos curvos y orejas afiladas.
Me apoyé sobre la baranda de madera, gruesa y nudosa, imaginando que se trataba de una plataforma viva que respiraba como un árbol cualquiera.
De pronto, una pregunta me asaltó: ¿ cómo, dentro de ese lugar, existía un ser del linaje de la tierra capaz de deformar un árbol de esta manera, hasta el punto de hacerlo irreconocible en su forma original ?
En realidad, el refugio era el vasto interior de una montaña hueca.
Sus corredores descendían en círculos concéntricos, protegidos por esas barandas gruesas y vivas, hechas de árbol.
Por supuesto, al centro había un vacío que se abría hacia el fondo del refugio.
Al principio pensé que eran una medida de seguridad inútil, hasta que un pequeño querubín cayó en él.
Para mi sorpresa, una de las ramas del árbol, como si tuviera consciencia propia, se extendió a la velocidad de un rayo, lo atrapó y lo devolvió al pasadizo, sano y salvo.
Mis preguntas se desvanecieron al ver, en la base, a un grupo de tres querubines de la tierra tomados de la mano, formando una hilera que terminaba con el último aferrado al inicio de la barandilla.
Comprendí dos cosas: primero, que eran ellos mismos quienes construían y sostenían el refugio; y segundo, que su poder concentrado hacía que el interior de la montaña latiera como un organismo vivo.
Como parecía ser libre al interior del refugio, y sabiendo que me vigilarían de cerca los primeros días, decidí explorarlo mientras Nylena perdía su interés en mí.
Así logré ver que, a diario, grupos de querubines mayores salían a expediciones y volvían tarde, agotados.
¿De dónde venían? ¿Qué se suponía que estaban haciendo?
No sabía a quién preguntarle. Si dejaba aflorar mi curiosidad, seguro que Nylena lo interpretaría como un deseo de participar y de quedarme, y eso no podía estar más lejos de la realidad.
¿Por qué cuidaban a los querubines varones y les permitían crecer?
¿Por qué malgastaban el tiempo y los recursos del linaje del aire en ello?
No tenían que darles una muerte estrafalaria como lo hacía Calyssa, pero era una orden directa de la diosa el acabar con ellos.
La única explicación un poco coherente era que no lo hacían por nuestro bien, sino para alimentar su propio ego, para alardear de la bondad que los humanos creen que poseemos y todas las serafinas fingen y eso, para mí, era todavía más vil que no hacer nada.
Sonreí ante la mera idea de delatarlas ante la diosa de Lorelai.
Sería satisfactorio verlas rogar por piedad mientras eran castigadas por su rebeldía.
Eryndra me tendría en gran estima, quizá hasta me ofrecería una muerte más digna.
Para eso, sin embargo, debía idear un modo de escapar, y no sería nada fácil.
Pasé varios días husmeando entre pasadizos y siguiendo de lejos a los querubines de las expediciones, hasta que por fin di con algo. En la base de la montaña. Descubrí varios túneles custodiados —no sabría decir por qué clase de criaturas— que parecían conducir al exterior.
Saqué mi libreta del bolsillo y me deslicé hasta quedar sentado contra la pared de piedra, el corazón me golpeaba el pecho con fuerza.
Apoyé la rodilla y tracé un bosquejo rápido, marcando la ubicación de cada túnel.
Si lograba colarme por alguno, tal vez podría medir la distancia entre el interior de este monstruo de piedra y el mundo libre que había afuera.
—Cardillo —me interrumpió un querubín justo en mi momento de máxima concentración. Lo miré fastidiado y oculté la libreta.
Lucía como un zorro, no solo por sus ojos astutos y oblicuos, sino por unas facciones sumamente finas y afiladas que le daban un aire casi felino. Su cabello, de un castaño claro que rozaba el rubio, enmarcaba un rostro que, aunque parecía más joven que el mío, no lo era por mucho.
—¿Quién te ha dicho que ese es mi nombre?
—¿Pues no eres Cardillo? ¡Oh, disculpa! —respondió, bajando la mirada con vergüenza.
—¿Qué quieres?
Se volvió con una expresión adolorida, como si mis palabras lo hubieran golpeado.
—Madre Nylena nos convocó a la iniciación del refugio… a nosotros.
—¿A nosotros?
—A nosotros, los nuevos. Nos darán un nombre.
—¿Nuevo? Qué adorable. Y yo que pensaba que a tu edad las madres ya habían hecho limpieza. Y sin nombre… vamos, imposible que nadie te haya llamado de alguna forma. Qué insignificante debes ser.
El querubín se encogió de hombros, esquivando con profesionalismo mi crueldad.
—Puedes llamarme Buenoparanada , si lo prefieres, así me solían llamar mis hermanas.
Solté el aire en un resoplido que era casi una risa, todo aquello me parecía absurdo.
Lo seguí cuando me hizo el segundo gesto de «ven». Al primero, desde luego, no le hice caso alguno.
i
El refugio no dejaba de sorprenderme. Detrás de una entrada de piedra hábilmente disimulada, se abría un enorme recinto cerrado, con graderías repletas de querubines sentados en espera de un espectáculo.
Por la forma en la que Buenoparanada descendía los peldaños con saltos teatrales hasta una especie de podio, a la vista de todo el público, comprendí de inmediato que el espectáculo éramos nosotros.
Antes de subir al podio, mi mente se llenó de preguntas.
¿Qué demonios se suponía que hacía yo ahí?
El escenario me recordaba al Rito de Aniquilación hasta el punto de provocarme náuseas.
Me quedé quieto, paralizado, hasta que un querubín me empujó con el hombro y me obligó a reaccionar.
Subí al podio, levanté la vista… y ahí estaban: Nylena, y detrás de ella, por supuesto, Lummina.
Ignoré por completo los sonidos de sorpresa que soltó la mayoría al verme subir al escenario. Estaba seguro de haber escuchado, en algún rincón del murmullo general, «está a punto de convertirse en un trono».
Nunca me convertiré en un trono, ni aunque lo quisiera , pensé.
—Querubines —inició Nylena, con un porte que silenció todos los susurros—. Los que ven aquí, frente a ustedes, aprenderán hoy lo que significa estar verdaderamente vivos. Esa fuerza que ustedes creyeron perdida, esa voluntad de vivir que han conquistado con esfuerzo, también la tendrán ellos.
Los ángeles vitorearon a Nylena, y no fue hasta que el bullicio llenó cada rincón de la vasta caverna que, por fin, dimensioné cuántos individuos nos encontrábamos en el refugio.
—Y como es el primer paso en nuestro refugio —continuó la serafina, alzando su voz por encima de la multitud—, les concederemos un nombre.
Al mirar a mi lado, lo reconocí al instante: el querubín que había estado a un paso de morir en el último Rito de Aniquilación.
Sus pequeñas manos, ahora vendadas, pero todavía bermejas de sangre, bastaron para hacerme comprender que su presencia allí no era suerte.
Estaba vivo, y esa certeza me atravesó como una lanza.
—Ellos tendrán la oportunidad de elegir su propio nombre —anunció Nylena—, pero en caso de no saberlo, yo lo haré en su lugar.
Rodé los ojos al oírla.
—Si no nos ha nombrado nuestra propia creadora, ¿por qué tendría relevancia uno dado por una desconocida? —dije en un volumen moderado.
Apenas pronuncié la primera palabra, noté cómo cientos de cabezas se giraban en mi dirección acompañadas de un murmullo de sorpresa general.
—¿Qué sucede? ¿Nunca habían oído una voz tan grave? — pregunté dejando que mi burla resonara en el tono—. Era de esperarse, ustedes están siendo utilizados por esta serafina. — Apunté directo hacia Nylena mientras daba un paso adelante.
La indignación inundó el salón, y el susurro colectivo pronto se convirtió en un rugido. Lummina estuvo a punto de abalanzarse sobre mí y arrancarme la cabeza, pero Nylena la detuvo con un gesto de la mano.
—Es ingenioso, ¿no creen? —seguí diciendo—. Un poco de libertad, un par de años más de vida, a cambio de servirle a la serafina del aire en la guerra de los serafines. ¿O es que Nylena no tiene motivos detrás de sus actos abnegados? ¿Poder? ¿Fuerza? ¿Ser la futura diosa?
—Aquí nadie está en contra de su propia voluntad, Cardillo —respondió Nylena, calmada y contundente—. Si no quieres estar aquí, eres libre de marcharte.
—Eso no fue lo que me dijo tu chica —dije, brindándole una mirada fugaz a Lummina antes de volver a la serafina, sin siquiera mover la cabeza.
El silencio que se plantó en el salón fue tan denso que mi eco resonó con una claridad escalofriante. Nylena observó a Lummina con una atención implacable, esperando una aclaración. La trono avanzó hacia la serafina y le tomó del brazo.
—Nyl, no podemos dejar que se vaya de aquí —susurró ella—. Es el perro de Calyssa. Filtrará la información de dónde nos encontramos y nos atacará. No olvides que le declaramos la guerra a esa mujer.
La serafina tomó la mano de Lummina y, con una delicadeza inesperada, la apartó a un lado para luego acercarse a mí.