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A l despertar una fuerza invisible me mantenía inmóvil.

Cada intento de moverme resultaba inútil, y cualquier respiro en busca de comodidad parecía imposible.

Incluso en ese estado suspiré aliviado, pues mi último recuerdo había sido el de mis pulmones ardiendo, a punto de explotar por la desesperada falta de oxígeno.

Ahora, por fin, podía respirar tranquilo.

Me tomó un tiempo ubicarme en el espacio.

Ya no estaba en el Valle de la Tierra, de eso podía estar seguro.

Me hallaba dentro de una caverna sumida en la penumbra, y alcanzaba a ver el exterior a través de un hueco en la roca.

Al observar una bandada de volcranes surcar el paisaje, comprendí que estábamos a una altura vertiginosa.

Esa era la razón de mi debilidad: había aire, sí, pero no suficiente para recuperar mis fuerzas.

Con todos esos indicios, deduje que estábamos dentro de una montaña, como si alguien la hubiera ahuecado de forma deliberada.

Las paredes y el suelo eran piedra desnuda, rugosa y fría, y todo parecía a medio construir, como si hubieran querido erigir un cuarto en aquel hueco, pero lo hubieran abandonado antes de acabarlo.

Desde algún rincón cercano llegaba el aroma de algo cocinándose, especias y humo llenaban el aire.

Sin embargo, no lograba percibir ningún otro sonido.

¿Acaso era una mazmorra? ¿Un calabozo destinado a encerrar querubines varones?

La idea parecía cobrar sentido mientras intentaba moverme, restringido por las esposas de cuerda que se cerraban cada vez más alrededor de mis muñecas y me cortaban la circulación.

Solté un resoplido cargado de ironía al recordar cómo había aprisionado a las querubinas del aire de la misma manera con mis raíces, cómo las había hecho sangrar y me había jactado de ello. Quizá, después de todo, me lo merecía.

Un ruido cortó el silencio. Una puerta enorme se cerraba al final del oscuro corredor que se extendía más allá de mi alcance visual y unos pasos reverberaron en eco por la caverna.

Me quedé inmóvil, expectante, hasta que la luz reveló a Lummina.

El nerviosismo que me recorrió lo atribuí a mi estado de indefensión.

Traía entre las manos un bol del que se elevaba un suave vapor.

Lummina se detuvo a unos cinco pasos de mí, una distancia calculada, probablemente para asegurarse de que no la atacara.

—¿Cómo se supone que te ataque si me tienen así? Por suerte no me ataron la lengua también —espeté.

Ella frunció el entrecejo.

Relamí mis labios y eché mi cabeza hacia atrás, reposándola en la fría pared de piedra.

—Ya. Perdimos, ¿verdad? Nos vencieron.

—¿Cómo puedes actuar tan despreocupado? —me preguntó ella. En su tono se percibía el asco—. Estás atado. Tal vez acabamos con tu madre y con todo tu hogar.

Alcé una sola ceja.

—¿Debería preocuparme? Lo siento —dije, cerrando los ojos por un instante—.

¿Qué han hecho? ¿Qué hicieron con mi hogar?

¿Por qué? —Soné tan convincente que cuando volví a abrir los ojos vi a Lummina relajar su expresión, pero su rostro se endureció de nuevo cuando sonreí apenas con el costado de mi boca—. ¿Ahora sí te lo crees?

—Debía imaginarme que un desalmado como tú no sentiría cariño ni siquiera por su propia familia.

Lummina avanzó y se agachó a mi lado. Por fin pude descubrir lo que tenía en sus manos: sopa. Me quedé pensando en la extraña palabra que había usado para describir a Calyssa y a mis hermanas.

Familia .

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó ella, esforzándose por sonar más suave conmigo.

Fruncí los labios de la ira.

—Mi nombre es Lummina —añadió para insistir.

—Oh.

—¿Y el tuyo?

Miré al techo de la caverna un momento, la frustración crecía en mi interior. Luego volví a dirigirme a ella.

—Rylonesthiandon.

—¿Rylones… thian? —balbuceó confundida—. Ry… Rylonesthi…

Resoplé al oír cómo intentaba decirlo y fracasaba.

—¿Te burlas de mí? —soltó ella indignada.

—Por supuesto, mujer. Los querubines varones no tenemos nombres —respondí fastidiado.

Lummina suspiró, de seguro conteniéndose para no lanzarse sobre mí y golpearme.

—Aquí, en el refugio, encontraremos un nombre para ti —dijo, tratando de sonar conciliadora.

—¿Refugio? Vaya, qué bondad. Es de lejos el refugio más hospitalario en el que he estado —ironicé, tratando de moverme mientras las cuerdas se aferraban a mi cuerpo.

—Óyeme —replicó—, eres demasiado grande y fuerte como para dejarte libre como a los demás niños. Además, con justa razón desconfío de ti. Quiero proteger a los chicos… y asegurarme de que no les partas el cuello.

Cuando Lummina se acercó y fijó sus ojos en los míos, un escalofrío me recorrió, puro instinto, como si estuviera a punto de hacerme daño. Aparté la mirada sin disimulo. En ese instante, con su nombre ya revelado, lo único que deseaba era pronunciarlo en voz alta.

—Lummina. —Ladeé la cabeza, arrastrando un murmullo cargado de desafío—. Si pretendieras proteger a los querubines de mí, debiste haberme abandonado en el Valle, ¿no crees? No traerme al mismo lugar que ellos. ¿Para qué me has traído?

Ella bajó la mirada, y yo sonreí.

—Oh, oh… ¿Me quieres matar? ¿Es eso?

Con un gesto resignado, la chica tomó el cucharón de la sopa y me lo extendió. Mi sonrisa se congeló, atrapada entre la sorpresa y la confusión.

—Eso no parece un intento de asesinato —susurré, mirando la cuchara humeante.

—Estoy tratando de mantenerte vivo. Un querubín puede morir de hambre —contestó ella, con un hilo de exasperación en la voz.

Me fruncí. Con esfuerzo cerré la mano en un puño y la apreté mientras las cuerdas rechinaban.

—¿Qué mierda estás intentando hacer? —espeté entre dientes—. Si esperas que les sirva a ustedes manipulándome de este modo…

—Entiendo tu desconfianza —me interrumpió Lummina, con voz firme—. Pero créeme: incluso si nos dieras tu lealtad por miedo, no la usaríamos. No te necesitamos.

Alcé una ceja.

—¿Ah, no? Entonces pruébalo. No me ofrezcas alimento si no quieres hacerlo. Déjame morir.

—No soy como tú.

—¿Y cómo soy yo, Lummina? ¿Acaso siquiera nos conocemos?

—No necesito perder el tiempo conociéndote.

—Oh, sí. —Sonreí con amargura y decidí desafiarla—. Me detestas por lo que hice. Demuéstralo, pruébalo. ¡Deja de fingir conmigo y déjame morir!

Lummina vertió la sopa sobre mí. Estaba caliente, no tanto como para quemarme, pero sí lo suficiente para producirme un dolor agudo. Un gemido ahogado brotó de mi garganta lo bastante fuerte como para que la querubina se colocara de pie, sorprendida.

—Oh, no… Lo siento —susurró, con un tono que parecía arrepentido, pero enseguida dio un paso atrás—.

¡No! ¡No lo siento! Claro que te detesto.

No sé qué tipo de relación tienes con Calyssa, o si ella te ha usado de algún otro modo por ser un niño bonito, pero lo que hacen año tras año a esos seres inocentes es asqueroso. Es infame.

—¿De qué otro modo podría ella…? —murmuré confundido, dominado por una mezcla de furia y dolor—. Oh, estás demente.

—¡Muérete de hambre! ¡Quizá así entiendas cuánto han sufrido tus hermanos todos estos años! —dijo Lummina con la voz quebradiza.

Justo entonces la piedra del fondo crujió al apartarse a un lado. Era la puerta anunciando la llegada de alguien más. Cuando ambos divisamos a la inconfundible serafina del aire, nuestras reacciones fueron opuestas.

—Nyl… —susurró Lummina con las orejas gachas, como una cachorra regañada.

—Preciosa, ¿qué sucede? Te he oído gritar… —preguntó Nylena. Luego, sus ojos me encontraron empapado en el suelo—. ¡Oh, por Eryndra! La sopa…

—Me la ha dado. Probablemente no como se lo ordenaste —le dije.

—¿Que se lo he ordenado? —Nylena miró a Lummina con una expresión de total incomprensión—. Yo no… Ah, Lu, aprecio que nos quieras mantener a salvo, pero ¿atarlo? —Nylena sonrió con un cariño que me resultó nauseabundo y luego se dirigió a mí otra vez—. Tú, ¿cómo te llamas?

—Él no tiene un nombre —contestó Lummina por mí, con un resentimiento que casi se podía tocar.

—Pero Calyssa te ha llamado de algún modo. Cardillo, ¿no es así?

Ignoré su pregunta y volví a sonreír con el costado de mi boca.

—¿Ahora que nos secuestraste a todos los querubines tengo que llamarte «madre»?

—¡¿Te das cuenta, Nyl?! ¡Este maldito no tiene remedio! —exclamó Lummina, dejando que la frustración desbordara su voz.

La serafina del aire tomó a la querubina por los hombros y asintió con suavidad. No tuve idea de qué quiso transmitirle, pero tan solo ese gesto bastó para que Lummina se calmara.

—Él no es cualquier querubín. Es el varón de otro linaje que ha llegado más lejos en la historia de Lorelai.

No te pido que te hagas su amiga, pero así como enseñamos a los querubines pequeños a reformar su modo de pensar, debemos enseñarle a este lo que de verdad implica ser un ángel de la naturaleza.

¿ Qué ?

—Cardillo ha tenido que presenciar un sinfín de Ritos de Aniquilación, así como toda clase de violencia. Lo viste, ¿no?... cómo las querubinas de la tierra atormentaban a esos niños. Es inevitable que actúe agresivo ante una hembra.

Nylena se acercó a mis talones mientras hablaba. Apartó las piedras sueltas del suelo y desató con cuidado las cuerdas que me aprisionaban. Luego se inclinó hacia mis brazos, sacó una daga oculta en su muslo y cortó la áspera cuerda. Sentí cómo mi circulación volvía a fluir.

—Cuidado, Nyl —susurró Lummina en el proceso.

Suspiré y me moví con brusquedad solo para intimidarlas. Cuando se quedaron quietas y en silencio, preparadas para atacarme de vuelta, me limité a crujir los brazos.

—¿Qué? —dije alzando una ceja—. ¿Creían que escaparía? No soy un idiota. Escaparé cuando no exista una serafina del aire acechándome.

Por muy fuerte que fuera, conocía la abismal diferencia de poder entre un querubín y un serafín.

No me arriesgaría a ser amarrado de nuevo.

Decidí seguir a Nylena cuando me hizo un gesto imperceptible para que así lo hiciera.

Al parecer me guiaría hacia el interior del refugio, situado más allá del corredor oscuro y de la puerta que hasta el momento solo había podido escuchar.

Pasé por el lado de Lummina sin siquiera mirarla, pero su presencia no pasó desapercibida para mí.

La esencia de lavanda y almizcle se esparció por el aire y me siguió unos pasos hasta perderse detrás de mí.

Antes de atravesar la enorme puerta de piedra, me volteé y le di una última mirada llena de resentimiento.

—¿Qué pasa, querubina, no vienes?

La mujer de cabello voluminoso avanzó, acortando la distancia entre nosotros. Su aroma volvió a molestarme, esta vez con una intensidad abrumadora.

—No soy una querubina —espetó Lummina, deteniéndose a solo un paso de mi pecho—. Soy una trono.

La diferencia entre un querubín y un trono era, en efecto, tremenda.

Los tronos, al ser ángeles que alcanzaban los veintiún años, no solo lograban la inmortalidad, sino que también obtenían la capacidad de suceder a la serafina de su linaje.

Eso marcaba su verdadero ascenso en la jerarquía, muy por encima de los querubines.

—Una trono un poco perdida, diría yo. ¿No deberías estar con Lydia en vez de Nylena?

Bastó mencionar a su madre una sola vez para desarmarla por completo.

Vi cómo sus ojos se abrieron de par en par, cómo la palidez le invadió la piel y cómo sus labios comenzaron a temblar.

Contuve la sonrisa que amenazaba con asomarse en la comisura de mi boca…

Había encontrado su punto débil. Aun con la congoja marcándole el rostro, me aferró del cuello de la camisa para dejar en claro su punto.

—Ya viste lo que somos capaces de hacer. Ahora que conoces la ubicación del refugio, sabes demasiado. Puedes intentar huir, pero no saldrás vivo si lo haces.

Luego me soltó y me empujó con ligereza. Con un chasquido, Lummina hizo deslizar la imponente puerta de piedra, lo que abrió paso a la oscuridad del refugio: el interior profundo de la montaña.

Hormigas. El refugio de Nylena está repleto de ellas, débiles y obedientes, moviéndose a trompicones como en un inmenso hormiguero dentro de la montaña.

Los querubines de la tierra, del aire, del cielo y del agua se organizan para mantener en pie lo que llaman «hogar». Así es, ellos son las hormigas.

Debo hallar la salida. Las ventanas de los cuartos no son una opción. La altura es brutal, la caída sería mortal.

Lo bueno es que parece que hay túneles en las zonas inferiores que conectan con otras partes de Lorelai, por donde los querubines más cercanos a la adolescencia van al exterior.

Mientras esté aquí, intentaré trazar un mapa y me largaré en cuanto pueda.

Menos mal llevaba en uno de mis bolsillos esta sucia libreta cuando me capturaron. Aquí podré anotar todo.

Cardillo