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—Eso también podríamos ponerlo a decisión de Eryndra.

La respuesta era contundente. La diosa Eryndra, la misma que había ordenado la muerte de los querubines antes de la adolescencia, era la clave.

—¡Querubinas mías! —exclamó Nylena con su voz convertida en una orden ineludible—. Ataquen a las niñas de la tierra y capturen a los querubines varones.

Juntó las palmas y las colocó contra sus labios. Al instante, el viento se concentró agresivo a su alrededor, mientras silbaba con fuerza.

—Bien —contestó Calyssa.

La serafina del aire cruzó los brazos y en ese instante fui el primero en ser liberado de la celda invisible.

Pude levantarme con libertad, hice crujir mi cuello y mi hombro, sintiendo el alivio en mis músculos tensos.

Ojalá hubiera sabido que tendría que pelear ese día, habría traído algún arma, lo que fuera.

La tierra se estremeció con un gruñido sordo y el viento agitó mi cabello.

Una raíz brotó a mi lado justo cuando las querubinas del aire gritaron el inicio del combate.

Arranqué la raíz del suelo de un tirón, noté su peso en mis manos, y comencé a endurecerla con mi poder mientras avanzaba para convertirla en un mazo.

Mis hermanas también salieron a pelear, por supuesto, pero ninguna me cubrió la espalda cuando seis de las criaturas de Nylena se abalanzaron sobre mí.

Despaché a cuatro de ellas con unos golpes precisos en el cuello y vi cómo sus cuerpos se desplomaban sin vida.

Cuando la quinta se me acercó, la acabé con un brutal cabezazo en la frente.

No me era cómodo golpear chicas, pero tenía una sola misión: proteger el Valle de la Tierra hasta mi último aliento.

«Si vuelves a atreverte a salvar la vida de esos querubines, de la forma que sea, te obligaré a acabar con ellos en cada ritual», recordé las palabras de Calyssa.

La sexta querubina destacaba entre las demás, se movía con la seguridad de quien ha combatido mil veces.

Flotaba como si el aire fuera su terreno natural y avanzaba con pasos firmes, casi desafiando la gravedad.

Cada golpe suyo era una muestra de técnica y furia contenida.

Alzó su pierna y me asestó una patada directa en la mejilla sangrante.

Caí al suelo, aturdido, y ella soltó un chillido de disgusto al verse manchada de rojo.

Me miró con resentimiento y ascendió cuanto pudo para poner distancia entre ambos.

Fue entonces cuando vi, por primera vez, aquellos ojos amarillos.

—¡Neblina! —gritó Nylena, mientras se enfrascaba en un feroz combate con la serafina de la tierra. Era un claro llamado para que le apoyase en la batalla. La querubina de ojos felinos voló en dirección contraria a mí y desapareció en la distancia.

Las que intentaron atacarme después no lograron acertar ni un solo golpe. Era como luchar contra hormigas. Mi poder me mantenía anclado a la tierra, inamovible, mientras ellas se desgastaban intentando arrancarme del suelo.

Mientras varias contrincantes yacían abatidas a mi alrededor, examiné el entorno.

Me detuve en seco al volver a ver su cabello rubio cenizo ondeando sobre el galpón.

Lummina se aproximaba a los niños, dándoles órdenes a las querubinas del aire que la seguían.

No leí sus labios, pero de seguro les dijo que los desataran.

Me quedé helado, con el cabello y mis prendas revoloteando sin control en dirección al cielo.

Entrecerré los ojos y me acerqué a ella a paso lento.

En medio del caos y el polvo que lo cubría todo, su figura se recortaba con una extraña nitidez.

Verla vendar las manos sangrantes de los niños me desconcertó casi tanto como la primera vez que la conocí.

¿Por qué insistía en algo tan absurdo? Me irritaba mucho.

Aquello que no comprendía siempre despertaba en mí una rabia difícil de contener.

Conecté con las raíces bajo mis pies y las dirigí hacia Lummina.

Ella no se percató de mi ataque hasta que los sarmientos, veloces y traicioneros, ya se habían enredado en sus brazos.

Levanté la mano e hice brotar espinas afiladas de ellos.

Sonreí con satisfacción cuando escuché su pequeño grito.

Me miró, como si mi presencia al fin se hubiera vuelto tangible para ella.

Ataqué al resto de querubinas de la misma forma. No permitiría que se llevaran a esos niños. ¿Para qué los querían? Las «buenas intenciones» de la serafina del aire, Nylena, no me convencían en lo absoluto.

No podía confiar en ninguna mujer que fingiera misericordia por seres como nosotros.

Las querubinas forcejeaban, desesperadas por liberarse de mis espinas.

Sin embargo, presionaría aún más fuerte si se resistían.

Apreté los dientes, usando toda mi fuerza para aferrarlas con más y más intensidad.

Ganaríamos. Si el linaje de la tierra me tenía de su lado, ganaríamos.

Esa era la razón por la que estaba vivo, y debía honrarla.

Lummina me observó. Su rostro estaba contraído por la furia, disimulaba con maestría el dolor que debía estar desgarrándola por dentro.

Entonces desató algo que no pude prever.

Sus ojos, de iris negros, se tornaron blancos e irradiaron una luz sobrenatural.

El atardecer se detuvo en el firmamento, ahogando toda claridad.

Su mirada destellante coincidió con el estruendo de una explosión: una tormenta se desató sobre mi cabeza y un rayo impactó contra las raíces que la retenían.

La madera se encendió en... ¿fuego? El elemento que nadie podía controlar. El fuego.

Di pasos hacia atrás, aturdido por la impresión. Pensé que Lummina era una querubina del aire. Me había equivocado. La miré con el viento gélido golpeándome el rostro y pestañeé con incredulidad. ¿Qué hacía una querubina del cielo entre las del aire?

Las nubes negras se amontonaron sobre nosotros y el cielo se abrió en un diluvio.

Lummina, libre de las llamas, se lanzó hacia mí con la hoz apuntado directo a mi pecho.

De no haber reaccionado a tiempo, me habría partido en dos.

Esquivé el corte y, aprovechando su impulso, le propiné una patada en los tobillos que la hizo caer de rodillas.

En cuanto perdió el equilibrio, la inmovilicé con una llave bajo el brazo.

—Suelta la hoz —le ordené en un susurro contundente, pero apenas audible bajo el estruendo de la lluvia.

Ella gruñía como una loba atrapada, forcejeando en vano contra mi agarre. Su cuerpo, aunque lleno de ira, era bastante débil.

Un trueno estalló en el cielo, y apenas podía mantener los ojos abiertos bajo la lluvia que me golpeaba el rostro.

Lummina pataleaba con furia, pero me arrodillé sobre una pierna, hundiendo mi peso para mantenerla sometida.

Con esfuerzo logré sostener su mirada. Sus ojos, encendidos como brasas, ardían incluso bajo el diluvio.

Fue en ese instante cuando, detrás de ella, vi a la serafina del aire soltando el cuerpo inconsciente de Calyssa, que se desplomó en el suelo como un fardo inerte.

Nylena tenía una expresión imposible de leer, pero comprendí su desesperación al verla juntar las manos y besar el costado de ellas. Esa era su posición de poder.

Solté a Lummina al sentir que una fuerza invisible me estrangulaba.

Me agité luchando por respirar hasta caer de espaldas.

Mi mirada quedó fija en el cielo, del que seguía cayendo la lluvia a borbotones.

Me llevé las manos al cuello e intenté liberarme del agarre invisible, pero no podía hacer nada ante el poder de una serafina.

Desde el suelo vi cómo Nylena llegaba junto a Lummina y la abrazaba con desesperación.

Habría seguido observando la escena, intentando comprenderla, pero mis ojos se fueron a blanco.